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 | | Asunto: | padrenuestro EPIFANÍA DEL SEÑOR, CICLO C | | Fecha: | 28 de Diciembre, 2008 13:32:04 (+0100) | | Autor: | TRIGODEDIOS <loli627167575 @.....com>
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Navidad.
La Epifanía del Señor, ciclo c.
Introducción.
La Epifanía es la manifestación de nuestro Señor Jesús a los gentiles. El
Antiguo Testamento fue escrito para el pueblo de Israel, pues el pueblo de la
Alianza fue la primera nación que Dios escogió como heredad suya, antes de
manifestársenos a los paganos. A pesar de ello, en la primera parte de la Biblia,
existen textos proféticos que fueron escritos previendo que nuestro Creador
también es el Dios de los gentiles. He aquí un ejemplo de dicha revelación,
referida a Jesucristo: "He aquí mi siervo, yo le sostendré; mi escogido, en quien
mi alma tiene contentamiento; he puesto sobre él mi Espíritu; él traerá justicia
a las naciones... Yo Jehová te he llamado en justicia, y te sostendré por la
mano; te guardaré y te pondré por pacto al pueblo, por luz de las naciones, para
que abras los ojos de los ciegos, para que saques de la cárcel a los presos, y de
casas de prisión a los que moran en las tinieblas" (IS. 42, 1; 6:7).
En muchos países se dan por finalizadas en este día las celebraciones
navideñas, pero la Iglesia seguirá celebrando la Navidad hasta el próximo
Domingo, día en que finalizará este periodo con la celebración del Bautismo del
Señor, para empezar a vivir, a partir del lunes de la próxima semana, la primera
parte del tiempo ordinario, que será interrumpido por el inicio de la Cuaresma.
Quienes pensamos que la Navidad no es únicamente una sucesión de actos
sociales, nos alegramos intensamente en esta celebración eucarística,
considerando lo que la misma significa para nosotros, pues, si bien es verdad que
Cristo se nos ha revelado mediante la adoración de los magos de Oriente como Dios
de toda la humanidad, ello no es para nosotros un don únicamente, pues también es
un compromiso, porque, si nos consideramos hijos de Dios, no podemos guardarnos
nuestro conocimiento de nuestro Padre común, y tenemos el deber de vivir como
verdaderos hijos de nuestro Creador. "Pero la piedad de Dios es grande -escribió
San Pablo en su Carta a los cristianos de Efeso-, e inmenso su amor hacia
nosotros. Muertos estábamos en razón de nuestras culpas, Dios nos hizo revivir a
una con Cristo -¡vuestra salvación es pura generosidad de Dios!-, nos resucitó y
nos sentó con Cristo Jesús en el cielo. Desplegó así, ante los siglos venideros,
toda la riqueza impresionante de su gracia, hecha bondad para nosotros en Cristo
Jesús. La bondad de Dios os ha salvado, en efecto, mediante la fe. Y eso no es
algo que provenga de vosotros; es un don de Dios" (EF. 2, 4:8). "En efecto, todos
vosotros, los que creéis en Cristo Jesús, sois hijos de Dios. Incorporados a
Cristo por el bautismo, os habéis revestido de Cristo. Ya no hay distinción entre
judío y no judío, ni entre esclavo y libre, ni entre varón y mujer. En Cristo
Jesús, todos sois uno. Y si sois de Cristo, también sois descendientes de Abraham
y herederos, según la promesa (que Dios le hizo a dicho Patriarca de hacer su
descendencia incontable como las estrellas del cielo y la arena del mar)" (GAL.
3, 26:29).
Dado que la manifestación de nuestro Señor a la humanidad es un don y un
compromiso para los cristianos, vamos a recordar las principales celebraciones
navideñas, exceptuando el Bautismo de Jesús que celebraremos el próximo Domingo,
con el fin de valorar lo que Dios ha hecho por nosotros, y de recordar cuál es
nuestro compromiso cristiano.
Si hay una época anual en que la alegría de los niños y la tristeza de los
enfermos y de quienes se sienten desamparados son muy palpables, ese tiempo es la
Navidad, una sucesión de fiestas que, cristianos y no creyentes, vivimos, a
nuestra manera, independientemente de nuestro estado social. Al igual que todas
las festividades eclesiásticas, las celebraciones navideñas, son vividas por
nosotros, a los niveles material y espiritual. Muchos de nuestros hermanos
cristianos rechazan las celebraciones navideñas, porque piensan que, si nos
atiborramos de comida y nos entregamos exclusivamente a la diversión, no podremos
celebrar el Nacimiento de nuestro Señor convenientemente en términos
espirituales, pero, para nosotros, es obvio que, los cristianos practicantes,
aprovechan las celebraciones sociales, para fortalecer su fe, y para acercar a
sus familiares y amigos al portal de Belén, de manera que, todos juntos, puedan
adorar al Hijo de José y María.
todos conocemos las tradicionales representaciones del Nacimiento de nuestro
Señor que presiden nuestras celebraciones navideñas en nuestros hogares y los
templos en que celebramos los Sacramentos de la Penitencia y la Eucaristía.
Muchos de nuestros hermanos han sustituido las representaciones del Nacimiento de
nuestro Señor por el árbol de Navidad, una fiel representación del Misterio de la
Santísima Trinidad, rechazado por muchos católicos, que sólo ven en ello una
intrusión del progreso, que difiere, negativamente, en la celebración religiosa
de la Natividad del Hijo de Dios.
En éste tiempo, los paracientíficos obtienen múltiples ganancias y las
consultas de muchos psicólogos y psiquiatras se ven llenas de gente que necesita
ser consolada. Esto sucede porque, independientemente de que creamos en Dios o de
que rechacemos a nuestro Padre común, hemos convertido la Navidad en una serie de
celebraciones vacías de espiritualidad y a veces también de calor humano que nos
hacen rechazar el aislamiento en que estamos inmersos, curiosamente, en una
sociedad que dispone de muchos medios de comunicación, a pesar de que sus
miembros no somos muy comunicativos, porque hemos creado una forma de vida que no
nos permite permanecer vinculados a nuestros prójimos.
Con respecto al hecho de si debemos celebrar la Navidad fuera de nuestros
templos, la Iglesia nos dice que no ve que ello sea perjudicial para nuestra
salud o salvación, siempre que:
1. No nos olvidemos de la primacía que tanto nuestras carencias como las
necesidades de nuestros prójimos en especial los más marginados de la sociedad
tienen antes de celebrar fiestas que supongan la inversión de dinero en alimentos
que no vamos a consumir o en ropa de la que podemos prescindir o en juguetes que
no son indispensables para nuestros niños, pues ellos pueden recibir regalos que,
no por ser económicos, carecen de valor sentimental.
2. No abusemos de nada que nos pueda hacer daño, por consiguiente, existe una
diferencia notable entre brindar por los amigos y familiares, y consumir una
excesiva cantidad de alcohol.
En España comenzamos la celebración de la Navidad social el 22 de diciembre,
día en que la Onlae celebra su sorteo nacional de Navidad, la lotería que más se
comercializa en mi país. A nivel religioso, la Navidad comienza durante la noche
del 24 al 25 de diciembre, pues, en esa ocasión, celebramos la Natividad de
nuestro Señor Jesucristo.
Las celebraciones más importantes del tiempo de Navidad, son las siguientes:
1. La Navidad propiamente dicha, que celebramos el 25 de diciembre. La
Eucaristía Vespertina (de la tarde) del 24 de diciembre, nos insta a meditar
sobre las dos venidas de nuestro señor al mundo. La Liturgia eucarística de la
Misa de media noche del 25 de diciembre, nos recuerda el Nacimiento del Hijo de
María. La Liturgia tanto de la Misa del alba como la de la Misa del día 25 de
diciembre, nos recuerdan que el día de Navidad simboliza el día del fin de la
instauración del Reino de Dios en el nuevo mundo que esperamos, y nos invita a
aceptar a Jesús, dándonos a conocer, esquemáticamente, por medio del prólogo del
Evangelio de San Juan (JN. 1, 1:18), la vida, la obra, la Pasión, la muerte, y la
Resurrección de nuestro señor.
La Solemnidad de la Sagrada Familia se suele celebrar el Domingo después de
Navidad. En esa ocasión, la Iglesia insta a todas las familias cristianas a que
sean imitadoras de la Sagrada Familia de Nazaret.
El 28 de diciembre, conmemoramos a los Santos inocentes, cuyo exterminio
recordaremos brevemente, cuando meditemos sobre la infancia de Jesús.
El 1 de enero, celebramos a Santa María, Madre de Dios, y recordamos la
purificación de María, la circuncisión de Jesús, la entrega de nuestro Señor a
Dios y su rescate por parte de José, su padre adoptivo -según veremos cuando
recordemos la infancia del Señor-, y celebramos la Jornada Mundial de la Paz.
El 6 de enero celebramos la Epifanía del Señor, es decir, su manifestación a
los no judíos, y la adoración de los Reyes Magos, según recordaremos la citada
festividad.
La celebración de la Navidad cristiana culmina con el recuerdo del Bautismo del
Señor, según recordamos anteriormente.
La Misa Vespertina de Navidad.
El día anterior a la conmemoración del Nacimiento de nuestro Señor, la Iglesia
celebra la Eucaristía con que finaliza el Adviento (la Misa matutina o de la
mañana), y la Misa Vespertina de Navidad, una celebración en que culmina la
preparación de los católicos a recibir a Jesús en su doble advenimiento, así
pues, los textos correspondientes a la citada celebración de los 3 ciclos en que
se divide el calendario litúrgico, son aplicables a las dos venidas del Mesías al
mundo.
A continuación recordaremos un texto que puede ayudarnos a comprender el doble
propósito con que celebramos dicha Misa Vespertina.
"Por amor de Sión no he de callar, por amor de Jerusalén no he de estar quedo,
hasta que salga como resplandor su justicia, y su salvación brille como antorcha"
(IS. 62, 1). fueron muchos los judíos consolados por el primero de los Profetas
mayores cuando vivieron el difícil episodio de la historia del pueblo de Dios del
destierro en Babilonia. Isaías veló por el fortalecimiento de la fe de su pueblo.
Nosotros vemos en Jesús a un nuevo Profeta capacitado para velar por el
establecimiento de la justicia en el mundo, una labor que nuestro Señor inició
cuando comenzó su Ministerio público, y que concluirá cuando acontezca su
Parusía.
Isaías nos sigue diciendo con respecto a las dos venidas del Mesías: "Verán las
naciones tu justicia, todos los reyes tu gloria, y te llamarán con un nombre
nuevo que la boca de Yahveh declarará" (IS. 62, 2). Si en el tiempo que vivió
Isaías Israel era el único pueblo de Dios, desde que nuestro Señor instituyó la
Iglesia, la Jerusalén espiritual y mundial ha crecido notablemente. Isaías nos
dice que, cuando acontezca la segunda venida de Jesús, todos seremos confirmados
en la aceptación y vivencia de lo que creemos con un nombre nuevo, que será el
instintivo de santidad que nos caracterizará, cuando haya concluido el proceso de
nuestra conversión al Señor nuestro Dios.
Sigamos meditando el texto profético: "Serás corona de adorno en la mano de
Yahveh, y tiara real en la palma de tu Dios" (IS. 62, 3). Isaías nos hace
entender que Dios nos ama inmensamente, por lo que, cuando concluya el tiempo en
que tenemos que ser probados y habitemos en su presencia y nuestra conducta sea
intachable, sentiremos más intensamente su amor para con nosotros, ya que
encontraremos respuestas a las preguntas que siempre nos hacemos, pues las mismas
no dejan de inquietarnos.
Isaías nos sigue diciendo: "No se dirá de ti jamás abandonada, ni de tu tierra
se dirá jamás desolada, sino que a ti se te llamará mi complacencia, y a tu
tierra, desposada. Porque Yahveh se complacerá en ti, y tu tierra será desposada.
Porque como se casa joven con doncella, se casará contigo tu edificador, y con
gozo de esposo por su novia se gozará por ti tu Dios" (IS. 62, 4:5). La Parusía
de Jesús, y la culminación del Reino de Dios en el mundo, unidos estos hechos a
nuestra conversión al Señor, son los significados atribuibles a la boda del
Cordero de Dios con la humanidad, la celebración que caracterizará el fin de éste
orden mundial, y el comienzo de una existencia sin fin para nosotros. Ahora nos
preguntamos: ¿Quién es el Cordero de Dios? San Juan Bautista dijo en cierta
ocasión con respecto a Jesús: "-Este es el Cordero de Dios que quita el pecado
del mundo" (JN. 1, 29). En su descripción profética de la Pasión de Jesús, Isaías
escribió con respecto al Emmanuel (Dios con nosotros): "Fue oprimido, y él se
humilló y no abrió la boca. Como un cordero al degüello era llevado, y como oveja
que ante los que la trasquilan está muda, tampoco él abrió la boca" (IS. 53, 7).
En AP. 5, 6, vemos a Jesús como Cordero de Dios ante el trono de nuestro Padre
común, con las marcas de sus llagas, lleno del Espíritu Santo, el cuál estaba
dispuesto a colmar de dicha a la humanidad, impartiéndole sus 7 dones.
Os propongo que consideremos una de las lecturas significativas de la
Eucaristía Vespertina de Navidad. El Apóstol Juan nos dice: "Os anuncio la
palabra de la vida que existe desde siempre. Nosotros la hemos oído y la hemos
visto con nuestros propios ojos; la hemos contemplado y la hemos tocado con
nuestras manos" (1 JN. 1, 1). El Apóstol nos dice que Jesús es la Palabra de
Dios, y que tanto él como sus compañeros Apóstoles vivieron con el Señor, lo
vieron, lo tocaron, lo contemplaron, y, finalmente, lo conocieron.
Prosigamos la meditación del texto sagrado: "Porque la vida que estaba junto al
Padre se ha hecho visible, y la hemos visto y oído y somos testigos de ella" (1
JN. 1, 2). Los Apóstoles, fieles testigos de Jesús, fueron los mejores
catequistas que la Iglesia haya podido tener, así pues, sus enseñanzas seguirán
siendo vigentes, hasta el final de los tiempos. "Ahora os la anunciamos (a la
Palabra de Dios) para que juntos participemos en la unión con el Padre y con su
Hijo Jesucristo" (1 JN. 1, 3).
La Misa de media noche del 25 de diciembre.
"Os ha nacido hoy -les dijo un ángel a los pastores-, en la ciudad de David, un
Salvador, que es el Cristo señor (LC. 2, 11). La celebración eucarística de media
noche del 25 de diciembre es muy significativa, pues durante la misma
conmemoramos la Natividad de nuestro Señor. Esta celebración puede comenzar con
las siguientes palabras proféticas: "Una criatura nos ha nacido, un Hijo se nos
ha dado. Estará el señorío sobre su hombro, y se llamará su nombre "Maravilla de
Consejero", "Dios Fuerte", "Siempre Padre", "Príncipe de paz". Grande es su
señorío y la paz no tendrá fin sobre el trono de David y sobre su reino, para
restaurarlo y consolidarlo por la equidad y la justicia, desde ahora y hasta
siempre, el celo (amor) de Yahveh Sebaot (Dios el señor) hará eso" (IS. 9, 5:6).
Isaías nos dice que, en la noche del 25 de diciembre, nos nace un Hijo, por
consiguiente, he aquí la razón por la que nuestro Señor se hacía conocer como
Hijo del hombre. Un ejemplo de esta realidad, es el siguiente versículo bíblico:
"Nadie ha subido al cielo, excepto el que de allí vino, es decir, el Hijo del
hombre" (JN. 3, 13). Dios le dijo al Mesías cuando su Hijo se encarnó en María y
en el día de su Natividad: ""Tú eres mi hijo, yo te he engendrado hoy" (SAL. 2,
7).
Por su parte, San Pablo nos dice con respecto al nacimiento de nuestro Señor y
a la Parusía de Jesucristo: "Porque se ha hecho visible la bondad de Dios, que
trae la salvación a todos los hombres" (TT. 2, 11).
Los dos relatos bíblicos del Nacimiento de nuestro Señor, podéis encontrarlos
en MT. 1, 18:25, y en LC. 2, 1:20.
Recordemos que, en el relato de la Anunciación que podéis encontrar en LC. 1,
26:38, San Gabriel le anunció a nuestra Señora su Maternidad divina, y le dijo
que daría a luz a un Hijo, al cuál le pondría por nombre Jesús.
San Mateo nos dice en su relato del Nacimiento de Jesús: "El nacimiento de
Jesús el Mesías fue así: María, su madre, estaba comprometida para casarse con
José, pero antes de vivir con él como esposa, quedó embarazada por la acción del
Espíritu Santo" (MT. 1, 18). Gracias al autor del Protoevangelio de Santiago (uno
de los Evangelios Apócrifos, es decir, un evangelio no recogido en el canon
bíblico), sabemos que María era hija de Joaquín y de Ana. Los padres de María no
podían tener hijos porque Ana era estéril. Joaquín se retiró al desierto para
hacer penitencia y orar mucho, con el fin de que Yahveh permitiera que él tuviera
hijos. Por su parte, Dios escuchó la oración de los padres de la Virgen, y les
concedió a María, que, sin duda alguna, es la mujer más venerada por los
católicos de todos los tiempos.
Según una tradición que parece ser incierta, cuando María era muy pequeña, fue
presentada por sus padres en el Templo de Jerusalén, para que sirviera a Dios.
Esta ofrenda le fue hecha a nuestro Criador por Joaquín y Ana, pues esa era su
manera de agradecerle al Todopoderoso el favor que les había hecho al concederles
a su hija, la que supuestamente le fue devuelta a El-Shaddai (el Santo de los
santos(, para que lo sirviera hasta el fin de sus días.
Con respecto a José disponemos de información escasa, así pues, del Patrón de
la Iglesia Universal, sabemos lo siguiente: Nuestro Santo era hijo de Jacob (CF.
MT. 1, 16). En su genealogía de Jesús, San Lucas escribió que el Patrón de los
seminaristas y de la buena muerte descendía de Elí (LC. 3, 23). Según LC. 1, 27,
sabemos que María estaba comprometida con José en matrimonio, cuando san Gabriel
le comunicó que sería la Madre del Hijo de Dios.
San Mateo, nos dice que, antes de que María viviera con José como esposa, quedó
embarazada por la acción del Espíritu Santo, según recordamos anteriormente. Con
respecto a este hecho tan misterioso, lo único que puedo deciros, con la
intención de no polemizar, es las palabras que San Gabriel le dijo a María,
cuando le anunció que su parienta Elisabeth estaba embarazada: "Ninguna cosa es
imposible para Dios" (LC. 1, 37).
San Mateo nos dice: "José, su esposo, que era un hombre justo, no quiso
denunciar públicamente a María, sino que decidió separarse de ella de una manera
discreta" (MT, 1, 19). María quedó encinta por la acción del Espíritu Santo, pero
ella no podía demostrarle a José esta realidad, de forma que le era totalmente
imposible hacerle creer a su futuro marido que no le había sido infiel. José
tenía el amparo de la Ley para lapidar a su prometida por haber cometido
adulterio, pero, el Hagiógrafo cuyo texto estamos meditando, nos dice que él era
justo, y que por esta razón no quiso exterminar a María, ora porque la amaba, ora
porque quería evitar que se extendiera el rumor de que María le había sido
infiel.
"Andaba él (José) pensando en este asunto, cuando un ángel del Señor se le
apareció en sueños y le dijo: -José, descendiente de David, no tengas reparo en
recibir en tu casa a María, tu esposa, pues el hijo que ha concebido es por la
acción del Espíritu Santo" (MT. 1, 20). El ángel le dijo a José: No seas
rencoroso con María, y recíbela en tu casa, pues ella será tu mujer, y el Hijo
que de ella nacerá, le ha sido engendrado por el Espíritu de Dios. Tengamos en
cuenta que, en aquel tiempo, las mujeres tenían que vivir sometidas forzosamente
a sus maridos o a sus padres (no a sus madres) o tutores.
El ángel también le dijo a José con respecto a María: "Y cuando dé a luz a su
hijo, tú le pondrás por nombre "Jesús", ", porque él salvará a su pueblo de sus
pecados" (MT. 1, 21). Recordemos que San Gabriel le dijo a María santísima en el
episodio de la Anunciación: "Vas a concebir en el seno y darás a luz un hijo, a
quien pondrás por nombre Jesús" (LC. 1, 31). Se nos hace preciso meditar
brevemente sobre la misión que Jesús llevó a cabo, con el fin de comprender mejor
el significado de su nombre, traducido a nuestro idioma: Recordemos que, en MT,
1, 21, leemos con respecto a nuestro Señor: "El salvará a su pueblo de sus
pecados" El Mesías fue enviado por nuestro Padre común al mundo para redimirnos
de nuestros pecados, es decir, para librarnos del castigo que merecemos por el
mal que nos causamos a nosotros o a nuestros prójimos los hombres
conscientemente. Este mal es conocido como pecado, no por la repercusión que el
mismo tiene sobre nosotros o en las personas de nuestras víctimas, sino porque la
Iglesia nos enseña que ello constituye una ofensa contra Dios, a pesar de que
muchos católicos consideramos que, si el amor de nuestro Padre celestial es
perfecto, es imposible el hecho de que El pueda ofenderse por causa de nuestras
acciones. Dependiendo de la gravedad que conlleve ese mal, podemos catalogar
nuestras acciones impropias como veniales o graves.
Nuestro Señor, además de venir al mundo para pagar el castigo que merecemos por
nuestros pecados, también vino para, después de pagar dicha culpa nuestra,
concedernos una existencia ilimitada, cuando acontezca el fin de los tiempos, una
vida en la que no padeceremos ningún tipo de miseria.
"Todo esto sucedió en cumplimiento de lo que el Señor había dicho por medio del
profeta: La virgen quedará embarazada, y dará a luz un hijo, a quien llamarán
"Emmanuel", que significa "Dios con nosotros"" (MT. 1, 23). No olvidemos que la
obra de Isaías es llamada precisamente Emmanuel, y, en sus páginas, podemos leer:
"He aquí que una doncella está encinta y va a dar a luz un hijo, y le pondrá por
nombre "Emmanuel"" (IS. 7, 14).
San Lucas escribió en su Evangelio: "Subió también José desde Galilea, de la
ciudad de Nazaret, a Judea, a la ciudad de David, que se llama Belén, por ser él
de la casa y familia (descendencia), para empadronarse con María, su esposa, que
estaba encinta. Y sucedió que, mientras ellos estaban allí, se le cumplieron los
días del alumbramiento, y dio a luz a su hijo primogénito, y le envolvió en
pañales y le acostó en un pesebre, porque no tenían sitio en el alojamiento" (LC.
2, 4:7).
La Iglesia nos invita, después de la celebración tradicional de la cena
navideña, a acompañar a los pastores que adoraron al Mesías en la cueva de Belén
y a venerar a María y a José, desde el comienzo de la Misa del Gallo, hasta la
llegada del alba, cuando se celebra la llamada Misa del alba, en la que se
vuelven a tener presentes las dos venidas de nuestro Señor. "Los ojos altivos del
hombre serán abajados, se humillará la altanería humana, y será exaltado solo
Yahveh en aquel día" (IS. 2, 11). "Repartes al hambriento tu pan, y al alma
afligida dejas saciada, resplandecerá en las tinieblas (el mal y el dolor) tu
luz, y lo oscuro de ti será como mediodía" (IS. 58, 10).
En la Misa del día 25 de diciembre, San Pablo nos dice: "Dios habló en otro
tiempo a nuestros antepasados por medio de los profetas, y lo hizo en distintas
ocasiones y de múltiples maneras. Ahora, llegada la etapa final, nos ha hablado
por medio de su Hijo, a quien constituyó heredero de todas las cosas y por quien
trajo el universo a la existencia" (HEB. 1, 1:2).
En dicha celebración de la Eucaristía, se nos recuerda la historia de la
salvación brevemente, y la vida, las palabras y la obra del Señor, es decir,
nuestra redención.
La Solemnidad de la Sagrada Familia y la infancia de Jesús.
La Iglesia desea que todos los católicos imitemos a Jesús, a María y a José.
Nos es imposible imitar la conducta de la Sagrada Familia sin conocer las
vivencias de los miembros de la primera Iglesia doméstica que podemos leer en la
Biblia.
Anteriormente recordamos que en el Protoevangelio de Santiago podemos leer que
María era hija de Joaquín y Ana, y que José era descendiente de Jacob o de Elí,
según escribieron los hagiógrafos San Mateo y San Lucas. Con respecto a la clase
social a la que pertenecía la Sagrada Familia, no disponemos de datos muy
fiables, así pues, en la narración de la Natividad de nuestro Señor según San
Lucas, leemos: "María dio a luz a su hijo primogénito, le envolvió en pañales y
le acostó en un pesebre, porque no tenían sitio en el alojamiento" (LC. 2, 7).
Muchos investigadores nos dicen que Jesús realizó su primer milagro en la
celebración de un banquete de bodas en Caná de Galilea, pues tanto su Madre como
El fueron invitados a aquella celebración, porque María era pariente de uno de
los cónyuges. Se dice que la citada familia pertenecía a la clase social que
actualmente conocemos como media alta. Otra prueba de que Jesús pertenecía a la
clase alta de los burgueses la encontramos en la narración de la Pasión y muerte
de nuestro Señor, que escribió San Juan: "Los soldados, una vez que hubieron
terminado de crucificar a Jesús, se quedaron con sus ropas y las repartieron en
cuatro lotes, uno para cada uno. Aparte dejaron la túnica. Como era una túnica
sin costuras, tejida de una sola pieza de arriba a abajo, llegaron a este
acuerdo: -No debemos partirla; lo que procede es sortearla para ver a quién le
toca. Así se cumplió el pasaje de la Escritura que dice: Dividieron entre ellos
mis ropas y echaron a suertes mi túnica" (JN. 19, 23:24). Jesús era íntimo amigo
de los hermanos de Betania Lázaro, María y Marta, una familia bien situada, en
cuya casa, nuestro Señor solía hospedarse con sus discípulos, cuando iban de
camino. San Juan nos dice: "Un hombre llamado Lázaro había caído enfermo... Era
natural de Betania... Las hermanas de Lázaro mandaron a Jesús este recado: señor,
tu amigo está enfermo" (JN. 11, 1; 3).
Independientemente de que Jesús fuera rico o pobre, sabemos que nuestro Señor
optó por la vivencia radical de la humildad, así pues, El le dijo a un joven rico
que le preguntó lo que tenía que hacer para convertirse en seguidor o discípulo
suyo, después de que él le asegurara que cumplía cabalmente todos los
Mandamientos de la Ley: "-Una cosa te falta: -Ve, vende todo lo que posees y
reparte el producto entre los pobres. Así te harás un tesoro en el cielo. Luego
vuelve aquí y sígueme" (MC. 10, 21). Jesús no rechazaba los bienes materiales,
así pues, El sufragaba los gastos de sus compañeros y suyos gracias al dinero que
recibía de ciertas mujeres cuyos maridos tenían cierta influencia en Palestina, y
repartía limosnas a los marginados.
Jesús defendía la pobreza espiritual, es decir, era humilde, y no despilfarraba
su dinero.
Con respecto a algunas de las mujeres que ayudaban al señor con sus
aportaciones económicas o con su trabajo de amas de casa, leemos en el Evangelio
de San Lucas: "Sucedió a continuación que (Jesús) iba por ciudades y pueblos,
proclamando y anunciando la Buena Nueva del Reino de Dios; le acompañaban los
Doce, y algunas mujeres que habían sido curadas de espíritus malignos y
enfermedades: María, llamada Magdalena, de la que habían salido siete demonios,
Juana, mujer de Cusa, un administrador de Herodes, Susana y otras muchas que les
servían (al Señor y a sus discípulos) con sus bienes" (LC. 8, 1:3).
desde que María se quedó embarazada de Jesús y José la aceptó como esposa, ¿qué
hizo el Sagrado Titular de la Iglesia Católica para obtener el dinero que ambos
necesitaban para vivir? Tanto en MC. 6, 3, como en MT. 13, 55, se nos dice que
Jesús era carpintero, e hijo del carpintero. ES difícil suponer que José fuera
escultor, porque, aunque Palestina había sido invadida por el ejército romano el
año 63 antes de Cristo, los judíos rechazaban el culto a las imágenes, porque
consideraban que ello constituía una ofensa muy grave contra Yahveh, ya que a
Dios ni se le puede representar ni se le puede sustituir por divinidades falsas.
No hay que echar a volar la imaginación para suponer que, a pesar de que José era
carpintero, en más de una ocasión, quizá tuvo que improvisar haciendo trabajos
diferentes al suyo, si pertenecía a la clase social más humilde del país.
¿Qué nos dice la Biblia con respecto a la Sagrada Familia desde que aconteció
el Nacimiento de Jesús hasta que el Mesías inició su Ministerio público?
Los judíos, por causa de un mandato divino muy antiguo, circuncidaban a sus
hijos, el octavo día del nacimiento de los mismos, simbolizando la consagración
de sus descendientes a Dios. Esta era una forma de hacer que Yahveh siempre
tuviera servidores dispuestos a trabajar obedeciendo a los dirigentes
político-religiosos de Palestina. En el Evangelio de San Lucas, leemos: "Cuando
se cumplieron los ocho días para circuncidarle (a Jesús), se le dio el nombre de
Jesús, el que le dio el ángel antes de ser concebido en el seno" (LC. 2, 21).
Recordemos lo que José le oyó al ángel que se le manifestó en el sueño en que le
comunicó que no tuviera reparo en aceptar a María como esposa: "... Tu le pondrás
por nombre "Jesús", porque él salvará a su pueblo de sus pecados" (MT. 1, 21).
Recordemos también lo que San Gabriel le dijo a María en el episodio de la
Anunciación: "Vas a concebir en el seno y vas a dar a luz un hijo, a quien
pondrás por nombre Jesús" (LC. 1, 31). A la luz de los versículos bíblicos que
estamos meditando, podemos comprender, recordando la misión que le fue
encomendada a nuestro Señor, la razón por la que, Jesús, se traduce al español
como Libertador o Salvador.
No olvidemos que Jesús no necesitaba ser consagrado al Altísimo porque El
procedía de Dios, pero nuestro Salvador no quiso diferenciarse de los demás
mortales de todos los tiempos, así pues, si sus hermanos de raza eran
circuncidados, El tenía que ser circuncidado también, porque se hizo en todos los
aspectos de la vida igual a nosotros, exceptuando la contaminación del pecado, y
porque era descendiente de Adán y Eva, según el Génesis, los primeros pecadores.
Recordemos que, por causa del relato del pecado original, que se puede leer en el
capítulo 3 de dicho primer libro de la Biblia, los judíos primero y los
cristianos después, tenían que tener un rito, a través del cuál, le demostraran a
Dios que deseaban reconciliarse con El. Por otra parte, pensemos que en la gran
mayoría de religiones existentes a través del transcurso de la historia, ha
existido la costumbre de sacrificar a uno o a varios hijos, ya sea quitándoles la
vida, u obligándolos a servir a la divinidad a la que sus adeptos adoran.
Cuando se cumplieron 40 días a partir de la Natividad de Jesús, sus padres, en
conformidad con otras prescripciones ancestrales, fueron al Templo de Jerusalén,
para ofrendarle a Dios a su descendiente, y recuperarlo nuevamente, pues tenían
que formarlo convenientemente para que desarrollara la misión que le fue
encomendada por nuestro Creador, ya fuera trabajando como José y fundando un
hogar, o realizando grandes portentos, tal como lo hicieron en el pasado, grandes
siervos de Dios, como, por ejemplo, Moisés. Pensemos que José y María conocían la
misión que le fue encomendada a Jesús, pero desconocían la forma en que su Hijo
cumpliría su deber.
En aquella ocasión, María llevó a cabo el rito de la purificación de su largo
periodo menstrual, pues los judíos creían que las mujeres que tenían la regla
eran impuras ante Dios y su pueblo.
La Sagrada Familia sacrificó en el Templo 2 tórtolas o 2 pichones, las primeras
si eran de un estado social alto, y, los segundos, si eran pobres.
San Lucas nos cuenta estos hechos brevemente: "Cuando se cumplieron los días de
la purificación de ellos, según la Ley de Moisés, llevaron a Jesús a Jerusalén
para presentarle al Señor, como está escrito en la Ley del Señor: todo varón
primogénito será consagrado al señor y para ofrecer en sacrificio un par de
tórtolas o dos pichones, conforme a lo que se dice en la Ley del Señor" (LC. 2,
22:24).
Aquel día, José y María, se asombraron en gran manera, cuando un anciano, cuyo
nombre era Simeón, les predijo lo que le sucedería al pequeño Jesús el día en que
el Mesías fue asesinado. San Lucas escribió en su Evangelio con respecto a este
hecho tan singular: "Y He aquí que había en Jerusalén un hombre llamado Simeón;
este hombre era justo y piadoso, y esperaba la consolación de Israel; y estaba en
él el Espíritu Santo" (LC. 2, 25). San Lucas nos hace entender que, el Espíritu
del señor, estaba sobre Simeón, en virtud de la justicia y piedad que
caracterizaban al mismo. Dios valora mucho la bondad humana, así pues, el ángel
que le anunció a Zacarías el nacimiento de su hijo, le dijo que la misión del
Bautista consistiría en "hacer volver los corazones de los padres a los hijos, y
a los rebeldes a la prudencia de los justos, para preparar al señor un pueblo
bien dispuesto" (LC. 1, 17). San Lucas también nos dice con respecto a los padres
de San Juan el Bautista: "Los dos eran justos ante Dios, y caminaban sin tacha en
todos los mandamientos y preceptos del Señor" (LC. 1, 6). En su oración de acción
de gracias por el nacimiento de su hijo y por haber recuperado la voz, Zacarías
manifestó su deseo de que todos "podamos servirle (a Dios) sin temor en santidad
y justicia delante de él todos los días de nuestra vida" (LC. 1, 74:75). El
Salmista nos dice: "Dichoso el que se apiada y practica la piedad y presta y
administra rectamente todos sus asuntos" (SAL. 112, 5).
San Lucas nos sigue diciendo con respecto a Simeón: "Le había sido revelado por
el Espíritu Santo que no vería la muerte antes de haber visto al Cristo del
señor" (LC. 2, 26). Hemos visto anteriormente que los judíos esperaban el
advenimiento del Mesías, unos para que el enviado de Dios estableciera el Reino
de Dios en el mundo, y, otros, para que liberara a Palestina de la opresión que
los romanos ejercían sobre los descendientes de Abraham, Isaac y Jacob o Israel.
en aquel tiempo eran pocos los que creían en la verdadera imagen del Mesías, pues
la misma había sido distorsionada por quienes deseaban que el Redentor de las
naciones se convirtiera en un líder político-militar, capacitado para librar al
pueblo de Yahveh de sus opresores. Simeón creía en el Mesías, y concebía al
enviado de Dios como Salvador, y, por causa de su justicia y piedad, el Espíritu
Santo le reveló que no moriría, sin haber contemplado al Mesías. Simeón, "movido
por el Espíritu, vino al Templo; y cuando los padres introdujeron al niño Jesús,
para cumplir lo que la Ley prescribía sobre él, le tomó en brazos y bendijo a
Dios diciendo: Ahora, Señor, puedes, según tu palabra, dejar que tu siervo se
vaya (muera) en paz; porque han visto mis ojos tu salvación, la que has preparado
a la vista de todos los pueblos, luz para iluminar a los gentiles y gloria de tu
pueblo Israel" (LC. 2, 27:32).
Quienes tienen la costumbre de orar ayudándose para ello de la Liturgia de las
horas, repiten la oración anterior de Simeón todas las noches, y le dan gracias a
Dios, por haberles permitido conocer a su Cristo o Mesías. Jesús es amado por
nosotros porque es nuestro Hermano y Salvador.
San Lucas nos sigue instruyendo: "Su padre y su madre (de Jesús) estaban
admirados de lo que se decía de él. Simeón les bendijo y dijo a María, su madre:
Este está puesto para caída y elevación de muchos en Israel, y para ser señal de
contradicción -¡y a ti misma una espada te atravesará el alma!- a fin de que
queden al descubierto las intenciones de muchos corazones" (LC. 2, 33:35).
José murió durante la adolescencia de Jesús, así pues, María acompañó a Jesús
durante el trágico episodio de su Pasión y muerte, pues el Espíritu Santo la
previno para que, desde que su Hijo le fue consagrado a Yahveh, ella fuera
consciente de que Jesús tenía que padecer, como si cargara con el peso de todos
los crímenes que se habían cometido y quedaban por llevar a cabo, desde la
creación del mundo hasta el final de los tiempos. A través de la Pasión, la
muerte y la Resurrección de Jesús, se descubrieron las intenciones de quienes
estaban a favor y en contra del Hijo de Dios.
Ignoramos en qué medida llegaron a captar los padres de Jesús el mensaje tan
extraño que Simeón les transmitió basándose para ello en la forma de hablar de
los Profetas del pasado. Supongo que ellos debieron comprender que Jesús vino al
mundo para ensalzar a los buenos y humillar a los enemigos de Dios, con el fin de
que la humanidad expiara el mal que había provocado a través del curso de su
historia.
¿Por qué le dijo Simeón a María que Jesús era un signo de contradicción? A
pesar de que basándonos en la vivencia que Jesús tuvo de su Ministerio sabemos
que el Cristo o Ungido de Dios para llevar a cabo la misión que le fue
encomendada hizo acopio de una humildad ejemplar para nosotros, todos
interpretamos el mensaje de Jesús personalmente de la forma que más se adapta a
la imagen de Dios que más se adecua a la realidad que creemos razonable. Como
ejemplo de esta contradicción lamentable, he de deciros que los católicos
celebramos la Eucaristía, mientras que otros cristianos consideran que Jesús, la
noche en que fue entregado a sus enemigos, no hizo del pan el maná celestial que
tan necesario nos es a nosotros, sino que hizo un gesto simbólico, que
significaba su entrega sacrificial. Es lamentable el hecho de que todos los
cristianos no nos pongamos de acuerdo para interpretar la Palabra de Dios, a
veces, ni en el caso de que pertenezcamos a una misma iglesia o congregación.
Existen comunidades cerradas cuyos miembros comparten una ideología difícil de
vivir que los diferencia del resto de cristianos del mundo, pero,
lamentablemente, estos hermanos nuestros, no son libres para pensar por sí
mismos, pues sus líderes se encargan de mentalizarlos con respecto a lo que
tienen que creer, de manera que anulan su capacidad de discernimiento. Por el
contrario, existen otras comunidades abiertas, cuyos miembros son más libres para
aceptar lo que crean más conveniente, aunque suelen coincidir en la
interpretación de los aspectos más trascendentales de la fe que profesan.
San Pablo les escribió a los cristianos de la comunidad que fundó en corinto
con respecto a las diferencias que nos separan y a algunos aspectos relacionados
con nuestra conducta: "Ha llegado a mis oídos que, cuando os reunís en asambleas
(celebraciones, reuniones, catequesis...), los bandos están a la orden del día:
cosa, por cierto, nada increíble, si se piensa que hasta es conveniente que
existan divisiones entre vosotros, para que quede claro quiénes son los que salen
airosos de la prueba" (1 COR. 11, 18:19).
Aprovecho esta ocasión para pediros que oréis por quienes trabajan por la unión
de todos los cristianos del mundo, pues no es razonable el hecho de que los hijos
de Dios interpretemos la Palabra de nuestro Criador de diferentes formas.
San Lucas nos dice con respecto al episodio de la infancia de Jesús que estamos
considerando: "Había también una profetisa, Ana, hija de Fanuel, de la tribu de
Aser, de edad avanzada; después de casarse había vivido siete años con su marido,
y permaneció viuda hasta los ochenta y cuatro años; no se apartaba del Templo,
sirviendo a Dios noche y día en ayunos y oraciones" (LC. 2, 36:37). En los
anteriores versículos del segundo libro de San Lucas aparecen varios nombres que
nos son desconocidos. ¿Por qué nos dice el Hagiógrafo sagrado que Ana era hija de
Fanuel? Los judíos tenían la costumbre de conocerse entre sí, añadiéndoles a sus
nombres la palabra bar, que significa: hijo de. Un ejemplo de ello lo encontramos
en MC. 10, 46:52, un pasaje bíblico en que San Marcos nos habla de la curación
por parte de Jesús del ciego Bartimeo, es decir, hijo de Timeo. No sabemos cuál
era el hombre del citado ciego, pero sabemos que el nombre de su antecesor era
Timeo. San Lucas nos habla de la tribu de Aser, es decir, uno de los doce hijos
de Jacob o Israel. El Evangelista también nos habla del servicio que Ana le
ofreció a Dios con sus ayunos y oraciones, por lo cuál nos preguntamos: ¿Qué
necesidad tiene Dios de nuestros ayunos y oraciones? Nuestro creador no necesita
nada de nosotros, porque El es Todopoderoso, pero, con esos y otros gestos, le
pedimos que sea generoso con nuestros prójimos, y con nosotros.
San Lucas nos sigue diciendo: "Como Ana se presentase en aquella misma hora,
alababa a Dios y les hablaba del niño a todos los que esperaban la redención de
Jerusalén. Así que cumplieron todas las cosas según la Ley del Señor, volvieron a
Galilea, a su ciudad de Nazaret. El niño crecía y se fortalecía, llenándose de
sabiduría; y la gracia de Dios estaba sobre él" (LC. 2, 38:40). La gracia de Dios
estaba sobre Jesús. El poder y el amor de Dios estaban sobre el Hijo de María.
A partir del relato que hemos meditado, San Lucas no dejó nada escrito con
respecto a los sucesos que vivió nuestro Señor durante sus primeros 12 años de
existencia mortal. Sin embargo, en el Evangelio de San Mateo, encontramos otros
datos de la infancia de Jesús.
San Lucas nos ayuda a calcular aproximadamente la fecha del Nacimiento de
Jesús, aportándonos para ello los siguientes datos históricos: "Sucedió que por
aquellos días salió un edicto de César Augusto ordenando que se empadronase todo
el mundo. Este primer empadronamiento tuvo lugar siendo gobernador de Siria
Cirino. Iban todos (los judíos) a empadronarse, cada uno a su ciudad" (LC. 2,
1:3).
Por su parte, el autor del primer Evangelio escribió: "Jesús nació en Belén, un
pueblo de Judea, durante el reinado de Herodes. Por entonces llegaron a Jerusalén
unos sabios de Oriente, que preguntaban: -¿Dónde está el rey de los judíos recién
nacido? Nosotros hemos visto aparecer su estrella y venimos a adorarle" (MT. 2,
1:2). Imaginemos cómo debieron sentirse los astrólogos orientales, cuando,
después de haber hecho un largo viaje, se encontraron con que los judíos
desconocían a su Rey. Imaginemos, también, la debilidad de la fe de los judíos,
pues, siendo ellos los primeros elegidos por Dios para manifestárseles,
desconocían el designio salvífico de nuestro Criador, y, por tanto, a aquél a
quien El ungió para que fuera nuestro Redentor. Los israelitas tenían desde hacía
muchos siglos la costumbre de ungir con aceite a los sacerdotes, profetas y
reyes, con el fin de constatar que Dios les había elegido para desempeñar las
actividades que les eran propias.
"El rey Herodes se inquietó mucho cuando llegó esto a sus oídos, y lo mismo les
sucedió a todos los habitantes de Jerusalén" (MT. 2, 3). Palestina había sido
invadida por el ejército romano el año 63 antes de Cristo. Roma respetaba los
cultos religiosos de las tierras que conquistaba, aunque imponía la exhibición de
las imágenes de sus césares en los lugares más destacados. En aquel tiempo, dado
que los judíos esperaban la inminente aparición del Mesías porque el Profeta
Miqueas vaticinó aquel extraordinario hecho para aquellos años, aparecían muchos
Mesías en Israel, unos como líderes religiosos, y, otros, con tendencias
políticas. El pueblo oprimido por sus invasores se dejaba arrastrar por las
convicciones de los citados Mesías, de los cuales, Pilato, para complacer a los
miembros constituyentes del Sanedrín o Sinedrio (alto Tribunal de Israel),
crucificó entre 48 y 70. En esas circunstancias tan dramáticas, ¿de qué forma
podía reaccionar Herodes el idumeo si sospechaba que podía perder su reinado, o
si el pueblo pensaba que uno de sus hijos podía ser criado y preparado para
levantarse contra él? Herodes "ordenó que se reunieran los jefes de los
sacerdotes y los maestros de la Ley para averiguar por medio de ellos dónde había
de nacer el Mesías" (MT. 2, 4). Si los magos averiguaron que el Mesías había
nacido porque habían visto aparecer su estrella en el cielo y habían viajado
siguiendo la ruta que les había indicado la misma, Herodes tenía que valerse de
ellos y de los intérpretes de las Escrituras, con el propósito de encontrar al
supuesto futuro Rey de Israel, y degollarlo, sin dejarlo que creciera, para que
nadie pudiera revelarse contra él, y unirse a su futuro enemigo.
San Mateo nos dice que los intérpretes de la Ley le dieron esta respuesta (a
Herodes): -En Belén de Judá (Judea), porque así lo escribió el profeta (Miqueas):
Tú, Belén de Judá, no eres la menor entre las ciudades importantes de Judá, pues
de ti saldrá un caudillo que guiará a mi pueblo Israel" (MT. 2, 5:6. CF. MI. 5,
2).
"Entonces Herodes hizo llamar en secreto a los magos de Oriente, y por lo que
le dijeron llegó a precisar el tiempo en que habían visto la estrella (con la
intención de calcular la fecha aproximada del Nacimiento de Jesús). Luego los
envió a Belén y les dijo: -Id allá y averiguad cuanto os sea posible acerca de
ese niño. Y cuando le halláis encontrado, hacédmelo saber, para ir también yo a
adorarle. Los sabios, después de oír al rey, salieron para Belén, y la estrella
que habían visto aparecer les guió hasta el lugar donde estaba el niño. Llenos de
alegría porque seguían viendo la estrella, entraron en la casa y vieron al niño
con María, su madre. Entonces cayeron de rodillas ante él y, sacando los tesoros
que llevaban consigo, le ofrecieron oro, incienso y mirra" (MT. 2, 7:11). Después
de que aconteciera el Nacimiento de nuestro Señor, José buscó una casa en Belén,
para no seguir viviendo junto a su Familia en la cueva que los pastores
utilizaban para guarecer sus ganados. De la misma forma que Simeón habló con
María en la Presentación de Jesús a Dios en el Templo de Jerusalén, José no tuvo
la oportunidad de ver cómo aquellos astrólogos extranjeros se postraban ante su
Hijo putativo.
¿Qué significado tenían los regalos que los sabios orientales le ofrecieron a
Jesús? El oro significaba que Jesús fue hombre. Nuestro señor es Dios, y, como
tal, es dueño y señor del universo. El oro, dada la humildad de nuestro Señor,
significaba la riqueza espiritual del Mesías. El incienso significaba la
Divinidad de Jesús, y, la mirra, fue uno de los ungüentos sepulcrales, con que
fue ungido nuestro Señor, el día en que le sepultaron José de Arimatea y
Nicodemo, en el sepulcro que el primero se había hecho excavar para sí mismo.
"después, los sabios se volvieron a su país; pero tomaron otro camino, porque
en sueños se les había advertido que no volvieran a donde estaba Herodes. Cuando
ya se habían ido los sabios de Oriente, un ángel del Señor, se apareció a José en
sueños y le dijo: -Levántate, toma al niño y a su madre, y huye con ellos a
Egipto. Quédate allí hasta que yo te avise, porque Herodes va a buscar al niño
para matarle. José se levantó, tomó al niño y a la madre y partió de noche con
ellos camino de Egipto, donde permaneció hasta la muerte de Herodes. Así se
cumplió lo que el señor había dicho por medio del profeta (Jeremías): De Egipto
llamé a mi hijo. Cuando Herodes cayó en la cuenta de que había sido burlado por
los sabios de Oriente, montó en cólera y mandó matar en Belén y sus alrededores a
todos los niños menores de dos años, conforme al tiempo que calculó a partir de
los informes de los sabios. Así se cumplió la palabra (profecía) del profeta
Jeremías: En Ramá (en Belén y sus alrededores) se oye un clamor de muchos llantos
y lamentos. Es Raquel (mujer predilecta de Jacob), que llora por sus hijos y no
quiere consolarse, porque están muertos" (MT. 2, 12:18).
El pasaje de San Mateo que estamos considerando, no es un relato de ficción
cuyo héroe es rescatado inesperada y prodigiosamente de las garras de la muerte,
así pues, este episodio de la infancia del Hijo de Dios y María, nos insta a
sumirnos en la meditación profunda del significado del dolor. Anteriormente vimos
que Jesús fue circuncidado porque El vino al mundo para ser semejante a nosotros
en todos los aspectos de la vida, con la excepción del pecado. Ahora bien, es
inevitable el hecho de pensar: Si Jesús vino al mundo para ser semejante a
nosotros en todos los aspectos de nuestra vida, ¿por qué permitió Dios que los
niños conocidos como Santos inocentes de Belén perecieran después de que sus
cabezas fueran amputadas por los componentes de la centuria que aterrorizaron a
los habitantes de Belén? También nos preguntamos: ¿Por qué permitió Dios los
conocidos atentados del 11S, el 11M, y otras tantas injusticias? Con respecto al
episodio de la matanza de los inocentes de Belén, nos preguntamos: ¿Por qué no
salvó Dios a aquellos niños, y rescató a su Primogénito de la muerte? La cuestión
del dolor no se debe tratar superficialmente, así pues, es preciso que la
abordemos en otra ocasión, no sólo con la intención de tratarla debidamente, sino
porque, si la contemplamos en esta meditación, la misma sería excesivamente
larga.
"Después de muerto Herodes, un ángel del Señor se apareció en sueños a José,
allí (en Egipto), y le dijo: -Ponte en camino con el niño y con su madre y
regresa con ellos a Israel, porque ya han muerto los que querían matar al niño.
José preparó el viaje, tomó al niño y a la madre y regresó con ellos a Israel.
Pero, al enterarse de que Arquelao, hijo de Herodes, reinaba en Judea en lugar de
su padre, tuvo miedo de ir allí. Así que, nuevamente advertido en sueños, se
dirigió a la región de Galilea y se estableció en un pueblo llamado Nazaret. DE
esta manera se cumplió lo que habían anunciado los profetas: que Jesús sería
llamado Nazareno" (MT. 2, 19:23).
Cuando José supo que su prometida estaba embarazada, quiso separarse de ella
secretamente, pero, cuando obedeció el mandato divino de regresar a Nazaret,
saldó la deuda que tenía con él, con Dios, con su Hijo adoptivo y María.
A partir del regreso de la Sagrada Familia a Nazaret, comenzó un periodo de
silencio del que hablé anteriormente, que culminó cuando nuestro Señor tenía 12
años, y, en conformidad con la Ley de Israel, acompañó a sus predecesores, por
primera vez, a Jerusalén, a celebrar la Pascua. San Lucas escribió en su
Evangelio: "Sus padres iban todos los años a Jerusalén a celebrar la fiesta de la
Pascua. cuando tuvo doce años, subieron ellos como de costumbre a la fiesta y, al
volverse, pasados los días, el niño Jesús se quedó en Jerusalén, sin saberlo sus
padres. Pero creyendo que estaba en la caravana, hicieron un día de camino, y le
buscaban entre los parientes y conocidos; pero al no encontrarle, se volvieron a
Jerusalén en su busca. Y sucedió que, al cabo de tres días, le encontraron en el
Templo en medio de los maestros, escuchándoles y preguntándoles; todos los que le
oían, estaban estupefactos por su inteligencia y sus respuestas. Cuando le
vieron, quedaron sorprendidos, y su madre le dijo: -Hijo, ¿por qué nos has hecho
esto? Mira, tu padre y yo, angustiados, te andábamos buscando. El les dijo: ¿Y
por qué me buscabais? ¿No sabíais que yo debía estar en la casa de mi Padre? Pero
ellos no comprendieron la respuesta que les dio" (LC. 2, 41:50).
No debe extrañarnos el hecho de que José y María buscaran a su Hijo
desesperadamente, de hecho, conocemos pocos casos de padres que no se preocupen
por sus descendientes. La preocupación de los padres de Jesús estaba muy
justificada, si tenemos en cuenta que, los mayores enemigos de los invasores
romanos, los celotes, pudieron haberse revelado contra sus colonizadores
precisamente en aquellos días, aprovechando la celebración de la Pascua, una
ocasión en la que podían tener a flor de piel su exagerado espíritu
nacionalista.
San Lucas nos dice que cuando José y María encontraron al Niño en el Templo se
quedaron sorprendidos, así pues, aquél era precisamente el lugar en que menos
posibilidades creían tener de encontrar a su Hijo, y, mucho menos, conversando
tranquilamente entre los intérpretes de la Ley y con una sabiduría equiparable a
la de los mismos, pues los citados maestros eran formadores de los fariseos, que,
a su vez, instruían a quienes lo deseaban en el conocimiento de la Ley.
Quizá no nos hubiera sorprendido el hecho de que José y María se hubieran
desahogado golpeando a Jesús, alegando que su Hijo les había causado un gran
dolor para justificar su acción, pero, sin embargo, cuando estaban a solas en
Nazaret, meditaron mucho sobre la respuesta con que su Hijo se dirigió a ellos, a
pesar de que José no le había interrogado, pero Jesús sentía que también le debía
una explicación razonable a su padre, para justificar su conducta. Los padres de
nuestro Señor sufrieron mucho aquel día, porque recordaron que Jesús vivía para
cumplir la voluntad de Dios, en una sociedad en que, por causa de su pobreza,
muchas familias eran incrementadas, para que sus miembros trabajaran y pudieran
ayudarse unos a otros, para poder sobrevivir.
Jesús "bajó con ellos (sus padres) y vino a Nazaret, y vivía sujeto a ellos. Su
madre conservaba cuidadosamente todas las cosas en su corazón. Jesús progresaba
en sabiduría, en estatura y en gracia ante Dios y ante los hombres" (LC. 2,
51:52). María conservaba el recuerdo de los hechos extraordinarios que marcaban
la infancia de su Hijo, y los meditaba, oraba, y, se inquietaba, porque no sabía
de qué forma se llevaría a cabo el designio salvífico de Dios, por medio de su
Hijo.
Ya que conocemos la infancia de nuestro Señor, sabemos cuál es la causa por la
que la Iglesia desea que los cristianos imitemos a la Sagrada Familia de Nazaret.
Los modelos familiares cristianos fueron inspirados en las instrucciones que se
dan indicando las pautas de comportamiento que todos hemos de seguir con nuestros
familiares en los primeros cinco libros de la Biblia (el Pentateuco). Los tiempos
han cambiado, así pues, actualmente, las mujeres, en muchos países, no tienen que
estar necesariamente sometidas a sus padres ni a sus maridos o tutores legales,
ya los padres no acuerdan relaciones matrimoniales sin que los contrayentes
tengan la oportunidad de conocerse... No ha de sorprendernos en absoluto el hecho
de que San Pablo les escribiera a los cristianos de Efeso: "La Iglesia es dócil a
Cristo, séanlo también, y sin reserva alguna las mujeres a sus maridos" (EF. 5,
24). San Pablo no habla en el versículo citado de la fidelidad conyugal, sino de
la obediencia indiscutible de las mujeres con respecto a sus maridos. Si alguien
interpreta el citado versículo que he interpretado literalmente y difiere de la
interpretación que he hecho, no tendré reparo alguno en reconocer que dicho
Apóstol no era feminista precisamente, así pues, él escribió: "Las mujeres deben
guardar silencio en la asamblea. No les está, pues, permitido tomar la palabra,
sino que deben mostrar el mayor acatamiento. Así lo manda la misma Ley. Si desean
saber algo, que se lo pregunten en casa a sus maridos, porque no está bien que la
mujer hable en la asamblea" (1 COR. 14, 34:35). Acepto el hecho de que las
mujeres en los primeros siglos del Cristianismo no pudieran predicar en las
reuniones, ya que se las veía inferiores a los hombres, pero creo abusivo el
hecho de que ni siquiera se les permitiera hablar con sus familiares. Puedo
decir, en defensa de San Pablo, que hacía bien en impedir que las mujeres
predicaran, porque así evitaba maltratos y muertes innecesarios. Actualmente,
cuando leemos los escritos paulinos y encontramos referencias con respecto de la
sumisión de las mujeres a sus cónyuges, muchos cristianos interpretamos que la
sumisión tiene que ser mutua, en beneficio de las relaciones matrimoniales.
Recordemos algunos versículos paulinos de gran belleza:
"Vosotros, los maridos, amad a vuestras mujeres, como Cristo amó a la Iglesia.
Por ella entregó su vida a fin de consagrarla a Dios, purificándola por medio del
agua y de la palabra" (EF. 5, 25:26). San Pablo instó a los hombres casados a que
amaran a sus mujeres, y a que las prepararan para que no incurrieran en ningún
pecado, para que así ellas pudieran ser salvas, cuando aconteciera la venida de
nuestro Señor al mundo. Tengamos en cuenta que, San Pablo, durante mucho tiempo,
vivió creyendo que Cristo estaba a punto de volver al mundo, para concluir
nuestra redención.
Sería muy complicado interpretar la forma en que todos hemos de actuar con
respecto a nuestros familiares basándonos en los textos bíblicos, dado que
nuestras sociedades han evolucionado mucho, así pues, San Pablo fue un gran
innovador cuando escribió, en un tiempo en que sólo se hablaba de que los hijos
tenían que obedecer a sus padres, sin plantearse que lo que los padres pensaban
era lo correcto, pues estaban obligados a aceptarlo como indiscutible: "Vosotros,
los padres, no hagáis de vuestros hijos unos resentidos, sino educadlos,
instruidlos y corregidlos como lo haría el Señor" (EF. 6, 4). Tengamos en cuenta
que, aunque la Biblia contiene consejos muy provechosos para ayudarnos a alcanzar
la felicidad entre nuestros familiares, la Palabra de Dios no es un manual de
Psicología para ayudarnos a solventar nuestros problemas.
¿Por qué quiere la Iglesia que imitemos a la Sagrada Familia de Nazaret? El
tiempo en que vivieron Jesús, María y José, estaba marcado por grandes
dificultades, por consiguiente, los saduceos, miembros de la clase sacerdotal,
pensaban que ellos debían dirigir al pueblo a los niveles político y religioso.
Los fariseos eran grandes hipócritas que pensaban que todo el pueblo estaba
infestado de gente imperfecta maldita por causa de sus pecados de entre quienes
lógicamente ellos destacaban como lumbreras por su perfección. Los celotes
robaban y asesinaban a judíos, romanos y otros extranjeros, con el fin de obtener
el dinero que necesitaban para construir armas con las que asesinaban a sus
mayores enemigos. Cuando María se vio embarazada y supo que su vida dependía de
José porque él tenía el deber de lapidarla por causa de su supuesta relación
adúltera con otro hombre, lo único que pudo hacer es refugiarse en la oración,
especialmente cuando José la envió a casa de los padres de San Juan el Bautista,
con el fin de separarse de ella secretamente. José pagó el desprecio que le iba a
hacer a María, según vimos anteriormente, y Jesús fue educado en medio de
dificultades, como la rebelión de Judas el Galileo contra Roma.
María y José no tuvieron en sus manos ningún libro de autoayuda para solventar
sus múltiples dificultades, y, actualmente, un gesto insignificante, puede
significar el fin de una relación matrimonial. Actualmente, la gente se conoce,
y, o posterga sus relaciones de noviazgo indefinidamente, o contrae matrimonio
rápidamente. Estos últimos no suelen conocerse, por lo que, cuando les surge una
discusión o un problema fácil de solucionar, prefieren separarse de su cónyuge,
antes de llegar a un acuerdo con su pareja. El mundo avanza muy deprisa, pero, en
ciertos aspectos, quienes estamos casados, tenemos que caminar cogidos de la mano
de nuestros mejores amigos, nuestros cónyuges.
Los dos relatos bíblicos del Nacimiento de nuestro Señor, podéis encontrarlos
en MT. 1, 18:25, y en LC. 2, 1:20.
Recordemos que, en el relato de la Anunciación que podéis encontrar en LC. 1,
26:38, San Gabriel le anunció a nuestra Señora su Maternidad divina, y le dijo
que daría a luz a un Hijo, al cuál le pondría por nombre Jesús.
San Mateo nos dice en su relato del Nacimiento de Jesús: "El nacimiento de
Jesús el Mesías fue así: María, su madre, estaba comprometida para casarse con
José, pero antes de vivir con él como esposa, quedó embarazada por la acción del
Espíritu Santo" (MT. 1, 18). Gracias al autor del Protoevangelio de Santiago (uno
de los Evangelios Apócrifos, es decir, un evangelio no recogido en el canon
bíblico), sabemos que María era hija de Joaquín y de Ana. Los padres de María no
podían tener hijos porque Ana era estéril. Joaquín se retiró al desierto para
hacer penitencia y orar mucho, con el fin de que Yahveh permitiera que él tuviera
hijos. Por su parte, Dios escuchó la oración de los padres de la Virgen, y les
concedió a María, que, sin duda alguna, es la mujer más venerada por los
católicos de todos los tiempos.
Según una tradición que parece ser incierta, cuando María era muy pequeña, fue
presentada por sus padres en el Templo de Jerusalén, para que sirviera a Dios.
Esta ofrenda le fue hecha a nuestro Criador por Joaquín y Ana, pues esa era su
manera de agradecerle al Todopoderoso el favor que les había hecho al concederles
a su hija, la que supuestamente le fue devuelta a El-Shaddai (el Santo de los
santos(, para que lo sirviera hasta el fin de sus días.
Con respecto a José disponemos de información escasa, así pues, del Patrón de
la Iglesia Universal, sabemos lo siguiente: Nuestro Santo era hijo de Jacob (CF.
MT. 1, 16). En su genealogía de Jesús, San Lucas escribió que el Patrón de los
seminaristas y de la buena muerte descendía de Elí (LC. 3, 23). Según LC. 1, 27,
sabemos que María estaba comprometida con José en matrimonio, cuando san Gabriel
le comunicó que sería la Madre del Hijo de Dios.
San Mateo, nos dice que, antes de que María viviera con José como esposa, quedó
embarazada por la acción del Espíritu Santo, según recordamos anteriormente. Con
respecto a este hecho tan misterioso, lo único que puedo deciros, con la
intención de no polemizar, es las palabras que San Gabriel le dijo a María,
cuando le anunció que su parienta Elisabeth estaba embarazada: "Ninguna cosa es
imposible para Dios" (LC. 1, 37).
San Mateo nos dice: "José, su esposo, que era un hombre justo, no quiso
denunciar públicamente a María, sino que decidió separarse de ella de una manera
discreta" (MT, 1, 19). María quedó encinta por la acción del Espíritu Santo, pero
ella no podía demostrarle a José esta realidad, de forma que le era totalmente
imposible hacerle creer a su futuro marido que no le había sido infiel. José
tenía el amparo de la Ley para lapidar a su prometida por haber cometido
adulterio, pero, el Hagiógrafo cuyo texto estamos meditando, nos dice que él era
justo, y que por esta razón no quiso exterminar a María, ora porque la amaba, ora
porque quería evitar que se extendiera el rumor de que María le había sido
infiel.
"Andaba él (José) pensando en este asunto, cuando un ángel del Señor se le
apareció en sueños y le dijo: -José, descendiente de David, no tengas reparo en
recibir en tu casa a María, tu esposa, pues el hijo que ha concebido es por la
acción del Espíritu Santo" (MT. 1, 20). El ángel le dijo a José: No seas
rencoroso con María, y recíbela en tu casa, pues ella será tu mujer, y el Hijo
que de ella nacerá, le ha sido engendrado por el Espíritu de Dios. Tengamos en
cuenta que, en aquel tiempo, las mujeres tenían que vivir sometidas forzosamente
a sus maridos o a sus padres (no a sus madres) o tutores.
El ángel también le dijo a José con respecto a María: "Y cuando dé a luz a su
hijo, tú le pondrás por nombre "Jesús", ", porque él salvará a su pueblo de sus
pecados" (MT. 1, 21). Recordemos que San Gabriel le dijo a María santísima en el
episodio de la Anunciación: "Vas a concebir en el seno y darás a luz un hijo, a
quien pondrás por nombre Jesús" (LC. 1, 31). Se nos hace preciso meditar
brevemente sobre la misión que Jesús llevó a cabo, con el fin de comprender mejor
el significado de su nombre, traducido a nuestro idioma: Recordemos que, en MT,
1, 21, leemos con respecto a nuestro Señor: "El salvará a su pueblo de sus
pecados" El Mesías fue enviado por nuestro Padre común al mundo para redimirnos
de nuestros pecados, es decir, para librarnos del castigo que merecemos por el
mal que nos causamos a nosotros o a nuestros prójimos los hombres
conscientemente. Este mal es conocido como pecado, no por la repercusión que el
mismo tiene sobre nosotros o en las personas de nuestras víctimas, sino porque la
Iglesia nos enseña que ello constituye una ofensa contra Dios, a pesar de que
muchos católicos consideramos que, si el amor de nuestro Padre celestial es
perfecto, es imposible el hecho de que El pueda ofenderse por causa de nuestras
acciones. Dependiendo de la gravedad que conlleve ese mal, podemos catalogar
nuestras acciones impropias como veniales o graves.
Nuestro Señor, además de venir al mundo para pagar el castigo que merecemos por
nuestros pecados, también vino para, después de pagar dicha culpa nuestra,
concedernos una existencia ilimitada, cuando acontezca el fin de los tiempos, una
vida en la que no padeceremos ningún tipo de miseria.
"Todo esto sucedió en cumplimiento de lo que el Señor había dicho por medio del
profeta: La virgen quedará embarazada, y dará a luz un hijo, a quien llamarán
"Emmanuel", que significa "Dios con nosotros"" (MT. 1, 23). No olvidemos que la
obra de Isaías es llamada precisamente Emmanuel, y, en sus páginas, podemos leer:
"He aquí que una doncella está encinta y va a dar a luz un hijo, y le pondrá por
nombre "Emmanuel"" (IS. 7, 14).
San Lucas escribió en su Evangelio: "Subió también José desde Galilea, de la
ciudad de Nazaret, a Judea, a la ciudad de David, que se llama Belén, por ser él
de la casa y familia (descendencia), para empadronarse con María, su esposa, que
estaba encinta. Y sucedió que, mientras ellos estaban allí, se le cumplieron los
días del alumbramiento, y dio a luz a su hijo primogénito, y le envolvió en
pañales y le acostó en un pesebre, porque no tenían sitio en el alojamiento" (LC.
2, 4:7).
La Iglesia nos invita, después de la celebración tradicional de la cena
navideña, a acompañar a los pastores que adoraron al Mesías en la cueva de Belén
y a venerar a María y a José, desde el comienzo de la Misa del Gallo, hasta la
llegada del alba, cuando se celebra la llamada Misa del alba, en la que se
vuelven a tener presentes las dos venidas de nuestro Señor. "Los ojos altivos del
hombre serán abajados, se humillará la altanería humana, y será exaltado solo
Yahveh en aquel día" (IS. 2, 11). "Repartes al hambriento tu pan, y al alma
afligida dejas saciada, resplandecerá en las tinieblas (el mal y el dolor) tu
luz, y lo oscuro de ti será como mediodía" (IS. 58, 10).
En la Misa del día 25 de diciembre, San Pablo nos dice: "Dios habló en otro
tiempo a nuestros antepasados por medio de los profetas, y lo hizo en distintas
ocasiones y de múltiples maneras. Ahora, llegada la etapa final, nos ha hablado
por medio de su Hijo, a quien constituyó heredero de todas las cosas y por quien
trajo el universo a la existencia" (HEB. 1, 1:2).
En dicha celebración de la Eucaristía, se nos recuerda la historia de la
salvación brevemente, y la vida, las palabras y la obra del Señor, es decir,
nuestra redención.
La Solemnidad de la Sagrada Familia y la infancia de Jesús.
La Iglesia desea que todos los católicos imitemos a Jesús, a María y a José.
Nos es imposible imitar la conducta de la Sagrada Familia sin conocer las
vivencias de los miembros de la primera Iglesia doméstica que podemos leer en la
Biblia.
Anteriormente recordamos que en el Protoevangelio de Santiago podemos leer que
María era hija de Joaquín y Ana, y que José era descendiente de Jacob o de Elí,
según escribieron los hagiógrafos San Mateo y San Lucas. Con respecto a la clase
social a la que pertenecía la Sagrada Familia, no disponemos de datos muy
fiables, así pues, en la narración de la Natividad de nuestro Señor según San
Lucas, leemos: "María dio a luz a su hijo primogénito, le envolvió en pañales y
le acostó en un pesebre, porque no tenían sitio en el alojamiento" (LC. 2, 7).
Muchos investigadores nos dicen que Jesús realizó su primer milagro en la
celebración de un banquete de bodas en Caná de Galilea, pues tanto su Madre como
El fueron invitados a aquella celebración, porque María era pariente de uno de
los cónyuges. Se dice que la citada familia pertenecía a la clase social que
actualmente conocemos como media alta. Otra prueba de que Jesús pertenecía a la
clase alta de los burgueses la encontramos en la narración de la Pasión y muerte
de nuestro Señor, que escribió San Juan: "Los soldados, una vez que hubieron
terminado de crucificar a Jesús, se quedaron con sus ropas y las repartieron en
cuatro lotes, uno para cada uno. Aparte dejaron la túnica. Como era una túnica
sin costuras, tejida de una sola pieza de arriba a abajo, llegaron a este
acuerdo: -No debemos partirla; lo que procede es sortearla para ver a quién le
toca. Así se cumplió el pasaje de la Escritura que dice: Dividieron entre ellos
mis ropas y echaron a suertes mi túnica" (JN. 19, 23:24). Jesús era íntimo amigo
de los hermanos de Betania Lázaro, María y Marta, una familia bien situada, en
cuya casa, nuestro Señor solía hospedarse con sus discípulos, cuando iban de
camino. San Juan nos dice: "Un hombre llamado Lázaro había caído enfermo... Era
natural de Betania... Las hermanas de Lázaro mandaron a Jesús este recado: señor,
tu amigo está enfermo" (JN. 11, 1; 3).
Independientemente de que Jesús fuera rico o pobre, sabemos que nuestro Señor
optó por la vivencia radical de la humildad, así pues, El le dijo a un joven rico
que le preguntó lo que tenía que hacer para convertirse en seguidor o discípulo
suyo, después de que él le asegurara que cumplía cabalmente todos los
Mandamientos de la Ley: "-Una cosa te falta: -Ve, vende todo lo que posees y
reparte el producto entre los pobres. Así te harás un tesoro en el cielo. Luego
vuelve aquí y sígueme" (MC. 10, 21). Jesús no rechazaba los bienes materiales,
así pues, El sufragaba los gastos de sus compañeros y suyos gracias al dinero que
recibía de ciertas mujeres cuyos maridos tenían cierta influencia en Palestina, y
repartía limosnas a los marginados.
Jesús defendía la pobreza espiritual, es decir, era humilde, y no despilfarraba
su dinero.
Con respecto a algunas de las mujeres que ayudaban al señor con sus
aportaciones económicas o con su trabajo de amas de casa, leemos en el Evangelio
de San Lucas: "Sucedió a continuación que (Jesús) iba por ciudades y pueblos,
proclamando y anunciando la Buena Nueva del Reino de Dios; le acompañaban los
Doce, y algunas mujeres que habían sido curadas de espíritus malignos y
enfermedades: María, llamada Magdalena, de la que habían salido siete demonios,
Juana, mujer de Cusa, un administrador de Herodes, Susana y otras muchas que les
servían (al Señor y a sus discípulos) con sus bienes" (LC. 8, 1:3).
desde que María se quedó embarazada de Jesús y José la aceptó como esposa, ¿qué
hizo el Sagrado Titular de la Iglesia Católica para obtener el dinero que ambos
necesitaban para vivir? Tanto en MC. 6, 3, como en MT. 13, 55, se nos dice que
Jesús era carpintero, e hijo del carpintero. ES difícil suponer que José fuera
escultor, porque, aunque Palestina había sido invadida por el ejército romano el
año 63 antes de Cristo, los judíos rechazaban el culto a las imágenes, porque
consideraban que ello constituía una ofensa muy grave contra Yahveh, ya que a
Dios ni se le puede representar ni se le puede sustituir por divinidades falsas.
No hay que echar a volar la imaginación para suponer que, a pesar de que José era
carpintero, en más de una ocasión, quizá tuvo que improvisar haciendo trabajos
diferentes al suyo, si pertenecía a la clase social más humilde del país.
¿Qué nos dice la Biblia con respecto a la Sagrada Familia desde que aconteció
el Nacimiento de Jesús hasta que el Mesías inició su Ministerio público?
Los judíos, por causa de un mandato divino muy antiguo, circuncidaban a sus
hijos, el octavo día del nacimiento de los mismos, simbolizando la consagración
de sus descendientes a Dios. Esta era una forma de hacer que Yahveh siempre
tuviera servidores dispuestos a trabajar obedeciendo a los dirigentes
político-religiosos de Palestina. En el Evangelio de San Lucas, leemos: "Cuando
se cumplieron los ocho días para circuncidarle (a Jesús), se le dio el nombre de
Jesús, el que le dio el ángel antes de ser concebido en el seno" (LC. 2, 21).
Recordemos lo que José le oyó al ángel que se le manifestó en el sueño en que le
comunicó que no tuviera reparo en aceptar a María como esposa: "... Tu le pondrás
por nombre "Jesús", porque él salvará a su pueblo de sus pecados" (MT. 1, 21).
Recordemos también lo que San Gabriel le dijo a María en el episodio de la
Anunciación: "Vas a concebir en el seno y vas a dar a luz un hijo, a quien
pondrás por nombre Jesús" (LC. 1, 31). A la luz de los versículos bíblicos que
estamos meditando, podemos comprender, recordando la misión que le fue
encomendada a nuestro Señor, la razón por la que, Jesús, se traduce al español
como Libertador o Salvador.
No olvidemos que Jesús no necesitaba ser consagrado al Altísimo porque El
procedía de Dios, pero nuestro Salvador no quiso diferenciarse de los demás
mortales de todos los tiempos, así pues, si sus hermanos de raza eran
circuncidados, El tenía que ser circuncidado también, porque se hizo en todos los
aspectos de la vida igual a nosotros, exceptuando la contaminación del pecado, y
porque era descendiente de Adán y Eva, según el Génesis, los primeros pecadores.
Recordemos que, por causa del relato del pecado original, que se puede leer en el
capítulo 3 de dicho primer libro de la Biblia, los judíos primero y los
cristianos después, tenían que tener un rito, a través del cuál, le demostraran a
Dios que deseaban reconciliarse con El. Por otra parte, pensemos que en la gran
mayoría de religiones existentes a través del transcurso de la historia, ha
existido la costumbre de sacrificar a uno o a varios hijos, ya sea quitándoles la
vida, u obligándolos a servir a la divinidad a la que sus adeptos adoran.
Cuando se cumplieron 40 días a partir de la Natividad de Jesús, sus padres, en
conformidad con otras prescripciones ancestrales, fueron al Templo de Jerusalén,
para ofrendarle a Dios a su descendiente, y recuperarlo nuevamente, pues tenían
que formarlo convenientemente para que desarrollara la misión que le fue
encomendada por nuestro Creador, ya fuera trabajando como José y fundando un
hogar, o realizando grandes portentos, tal como lo hicieron en el pasado, grandes
siervos de Dios, como, por ejemplo, Moisés. Pensemos que José y María conocían la
misión que le fue encomendada a Jesús, pero desconocían la forma en que su Hijo
cumpliría su deber.
En aquella ocasión, María llevó a cabo el rito de la purificación de su largo
periodo menstrual, pues los judíos creían que las mujeres que tenían la regla
eran impuras ante Dios y su pueblo.
La Sagrada Familia sacrificó en el Templo 2 tórtolas o 2 pichones, las primeras
si eran de un estado social alto, y, los segundos, si eran pobres.
San Lucas nos cuenta estos hechos brevemente: "Cuando se cumplieron los días de
la purificación de ellos, según la Ley de Moisés, llevaron a Jesús a Jerusalén
para presentarle al Señor, como está escrito en la Ley del Señor: todo varón
primogénito será consagrado al señor y para ofrecer en sacrificio un par de
tórtolas o dos pichones, conforme a lo que se dice en la Ley del Señor" (LC. 2,
22:24).
Aquel día, José y María, se asombraron en gran manera, cuando un anciano, cuyo
nombre era Simeón, les predijo lo que le sucedería al pequeño Jesús el día en que
el Mesías fue asesinado. San Lucas escribió en su Evangelio con respecto a este
hecho tan singular: "Y He aquí que había en Jerusalén un hombre llamado Simeón;
este hombre era justo y piadoso, y esperaba la consolación de Israel; y estaba en
él el Espíritu Santo" (LC. 2, 25). San Lucas nos hace entender que, el Espíritu
del señor, estaba sobre Simeón, en virtud de la justicia y piedad que
caracterizaban al mismo. Dios valora mucho la bondad humana, así pues, el ángel
que le anunció a Zacarías el nacimiento de su hijo, le dijo que la misión del
Bautista consistiría en "hacer volver los corazones de los padres a los hijos, y
a los rebeldes a la prudencia de los justos, para preparar al señor un pueblo
bien dispuesto" (LC. 1, 17). San Lucas también nos dice con respecto a los padres
de San Juan el Bautista: "Los dos eran justos ante Dios, y caminaban sin tacha en
todos los mandamientos y preceptos del Señor" (LC. 1, 6). En su oración de acción
de gracias por el nacimiento de su hijo y por haber recuperado la voz, Zacarías
manifestó su deseo de que todos "podamos servirle (a Dios) sin temor en santidad
y justicia delante de él todos los días de nuestra vida" (LC. 1, 74:75). El
Salmista nos dice: "Dichoso el que se apiada y practica la piedad y presta y
administra rectamente todos sus asuntos" (SAL. 112, 5).
San Lucas nos sigue diciendo con respecto a Simeón: "Le había sido revelado por
el Espíritu Santo que no vería la muerte antes de haber visto al Cristo del
señor" (LC. 2, 26). Hemos visto anteriormente que los judíos esperaban el
advenimiento del Mesías, unos para que el enviado de Dios estableciera el Reino
de Dios en el mundo, y, otros, para que liberara a Palestina de la opresión que
los romanos ejercían sobre los descendientes de Abraham, Isaac y Jacob o Israel.
en aquel tiempo eran pocos los que creían en la verdadera imagen del Mesías, pues
la misma había sido distorsionada por quienes deseaban que el Redentor de las
naciones se convirtiera en un líder político-militar, capacitado para librar al
pueblo de Yahveh de sus opresores. Simeón creía en el Mesías, y concebía al
enviado de Dios como Salvador, y, por causa de su justicia y piedad, el Espíritu
Santo le reveló que no moriría, sin haber contemplado al Mesías. Simeón, "movido
por el Espíritu, vino al Templo; y cuando los padres introdujeron al niño Jesús,
para cumplir lo que la Ley prescribía sobre él, le tomó en brazos y bendijo a
Dios diciendo: Ahora, Señor, puedes, según tu palabra, dejar que tu siervo se
vaya (muera) en paz; porque han visto mis ojos tu salvación, la que has preparado
a la vista de todos los pueblos, luz para iluminar a los gentiles y gloria de tu
pueblo Israel" (LC. 2, 27:32).
Quienes tienen la costumbre de orar ayudándose para ello de la Liturgia de las
horas, repiten la oración anterior de Simeón todas las noches, y le dan gracias a
Dios, por haberles permitido conocer a su Cristo o Mesías. Jesús es amado por
nosotros porque es nuestro Hermano y Salvador.
San Lucas nos sigue instruyendo: "Su padre y su madre (de Jesús) estaban
admirados de lo que se decía de él. Simeón les bendijo y dijo a María, su madre:
Este está puesto para caída y elevación de muchos en Israel, y para ser señal de
contradicción -¡y a ti misma una espada te atravesará el alma!- a fin de que
queden al descubierto las intenciones de muchos corazones" (LC. 2, 33:35).
José murió durante la adolescencia de Jesús, así pues, María acompañó a Jesús
durante el trágico episodio de su Pasión y muerte, pues el Espíritu Santo la
previno para que, desde que su Hijo le fue consagrado a Yahveh, ella fuera
consciente de que Jesús tenía que padecer, como si cargara con el peso de todos
los crímenes que se habían cometido y quedaban por llevar a cabo, desde la
creación del mundo hasta el final de los tiempos. A través de la Pasión, la
muerte y la Resurrección de Jesús, se descubrieron las intenciones de quienes
estaban a favor y en contra del Hijo de Dios.
Ignoramos en qué medida llegaron a captar los padres de Jesús el mensaje tan
extraño que Simeón les transmitió basándose para ello en la forma de hablar de
los Profetas del pasado. Supongo que ellos debieron comprender que Jesús vino al
mundo para ensalzar a los buenos y humillar a los enemigos de Dios, con el fin de
que la humanidad expiara el mal que había provocado a través del curso de su
historia.
¿Por qué le dijo Simeón a María que Jesús era un signo de contradicción? A
pesar de que basándonos en la vivencia que Jesús tuvo de su Ministerio sabemos
que el Cristo o Ungido de Dios para llevar a cabo la misión que le fue
encomendada hizo acopio de una humildad ejemplar para nosotros, todos
interpretamos el mensaje de Jesús personalmente de la forma que más se adapta a
la imagen de Dios que más se adecua a la realidad que creemos razonable. Como
ejemplo de esta contradicción lamentable, he de deciros que los católicos
celebramos la Eucaristía, mientras que otros cristianos consideran que Jesús, la
noche en que fue entregado a sus enemigos, no hizo del pan el maná celestial que
tan necesario nos es a nosotros, sino que hizo un gesto simbólico, que
significaba su entrega sacrificial. Es lamentable el hecho de que todos los
cristianos no nos pongamos de acuerdo para interpretar la Palabra de Dios, a
veces, ni en el caso de que pertenezcamos a una misma iglesia o congregación.
Existen comunidades cerradas cuyos miembros comparten una ideología difícil de
vivir que los diferencia del resto de cristianos del mundo, pero,
lamentablemente, estos hermanos nuestros, no son libres para pensar por sí
mismos, pues sus líderes se encargan de mentalizarlos con respecto a lo que
tienen que creer, de manera que anulan su capacidad de discernimiento. Por el
contrario, existen otras comunidades abiertas, cuyos miembros son más libres para
aceptar lo que crean más conveniente, aunque suelen coincidir en la
interpretación de los aspectos más trascendentales de la fe que profesan.
San Pablo les escribió a los cristianos de la comunidad que fundó en corinto
con respecto a las diferencias que nos separan y a algunos aspectos relacionados
con nuestra conducta: "Ha llegado a mis oídos que, cuando os reunís en asambleas
(celebraciones, reuniones, catequesis...), los bandos están a la orden del día:
cosa, por cierto, nada increíble, si se piensa que hasta es conveniente que
existan divisiones entre vosotros, para que quede claro quiénes son los que salen
airosos de la prueba" (1 COR. 11, 18:19).
Aprovecho esta ocasión para pediros que oréis por quienes trabajan por la unión
de todos los cristianos del mundo, pues no es razonable el hecho de que los hijos
de Dios interpretemos la Palabra de nuestro Criador de diferentes formas.
San Lucas nos dice con respecto al episodio de la infancia de Jesús que estamos
considerando: "Había también una profetisa, Ana, hija de Fanuel, de la tribu de
Aser, de edad avanzada; después de casarse había vivido siete años con su marido,
y permaneció viuda hasta los ochenta y cuatro años; no se apartaba del Templo,
sirviendo a Dios noche y día en ayunos y oraciones" (LC. 2, 36:37). En los
anteriores versículos del segundo libro de San Lucas aparecen varios nombres que
nos son desconocidos. ¿Por qué nos dice el Hagiógrafo sagrado que Ana era hija de
Fanuel? Los judíos tenían la costumbre de conocerse entre sí, añadiéndoles a sus
nombres la palabra bar, que significa: hijo de. Un ejemplo de ello lo encontramos
en MC. 10, 46:52, un pasaje bíblico en que San Marcos nos habla de la curación
por parte de Jesús del ciego Bartimeo, es decir, hijo de Timeo. No sabemos cuál
era el hombre del citado ciego, pero sabemos que el nombre de su antecesor era
Timeo. San Lucas nos habla de la tribu de Aser, es decir, uno de los doce hijos
de Jacob o Israel. El Evangelista también nos habla del servicio que Ana le
ofreció a Dios con sus ayunos y oraciones, por lo cuál nos preguntamos: ¿Qué
necesidad tiene Dios de nuestros ayunos y oraciones? Nuestro creador no necesita
nada de nosotros, porque El es Todopoderoso, pero, con esos y otros gestos, le
pedimos que sea generoso con nuestros prójimos, y con nosotros.
San Lucas nos sigue diciendo: "Como Ana se presentase en aquella misma hora,
alababa a Dios y les hablaba del niño a todos los que esperaban la redención de
Jerusalén. Así que cumplieron todas las cosas según la Ley del Señor, volvieron a
Galilea, a su ciudad de Nazaret. El niño crecía y se fortalecía, llenándose de
sabiduría; y la gracia de Dios estaba sobre él" (LC. 2, 38:40). La gracia de Dios
estaba sobre Jesús. El poder y el amor de Dios estaban sobre el Hijo de María.
A partir del relato que hemos meditado, San Lucas no dejó nada escrito con
respecto a los sucesos que vivió nuestro Señor durante sus primeros 12 años de
existencia mortal. Sin embargo, en el Evangelio de San Mateo, encontramos otros
datos de la infancia de Jesús.
San Lucas nos ayuda a calcular aproximadamente la fecha del Nacimiento de
Jesús, aportándonos para ello los siguientes datos históricos: "Sucedió que por
aquellos días salió un edicto de César Augusto ordenando que se empadronase todo
el mundo. Este primer empadronamiento tuvo lugar siendo gobernador de Siria
Cirino. Iban todos (los judíos) a empadronarse, cada uno a su ciudad" (LC. 2,
1:3).
Por su parte, el autor del primer Evangelio escribió: "Jesús nació en Belén, un
pueblo de Judea, durante el reinado de Herodes. Por entonces llegaron a Jerusalén
unos sabios de Oriente, que preguntaban: -¿Dónde está el rey de los judíos recién
nacido? Nosotros hemos visto aparecer su estrella y venimos a adorarle" (MT. 2,
1:2). Imaginemos cómo debieron sentirse los astrólogos orientales, cuando,
después de haber hecho un largo viaje, se encontraron con que los judíos
desconocían a su Rey. Imaginemos, también, la debilidad de la fe de los judíos,
pues, siendo ellos los primeros elegidos por Dios para manifestárseles,
desconocían el designio salvífico de nuestro Criador, y, por tanto, a aquél a
quien El ungió para que fuera nuestro Redentor. Los israelitas tenían desde hacía
muchos siglos la costumbre de ungir con aceite a los sacerdotes, profetas y
reyes, con el fin de constatar que Dios les había elegido para desempeñar las
actividades que les eran propias.
"El rey Herodes se inquietó mucho cuando llegó esto a sus oídos, y lo mismo les
sucedió a todos los habitantes de Jerusalén" (MT. 2, 3). Palestina había sido
invadida por el ejército romano el año 63 antes de Cristo. Roma respetaba los
cultos religiosos de las tierras que conquistaba, aunque imponía la exhibición de
las imágenes de sus césares en los lugares más destacados. En aquel tiempo, dado
que los judíos esperaban la inminente aparición del Mesías porque el Profeta
Miqueas vaticinó aquel extraordinario hecho para aquellos años, aparecían muchos
Mesías en Israel, unos como líderes religiosos, y, otros, con tendencias
políticas. El pueblo oprimido por sus invasores se dejaba arrastrar por las
convicciones de los citados Mesías, de los cuales, Pilato, para complacer a los
miembros constituyentes del Sanedrín o Sinedrio (alto Tribunal de Israel),
crucificó entre 48 y 70. En esas circunstancias tan dramáticas, ¿de qué forma
podía reaccionar Herodes el idumeo si sospechaba que podía perder su reinado, o
si el pueblo pensaba que uno de sus hijos podía ser criado y preparado para
levantarse contra él? Herodes "ordenó que se reunieran los jefes de los
sacerdotes y los maestros de la Ley para averiguar por medio de ellos dónde había
de nacer el Mesías" (MT. 2, 4). Si los magos averiguaron que el Mesías había
nacido porque habían visto aparecer su estrella en el cielo y habían viajado
siguiendo la ruta que les había indicado la misma, Herodes tenía que valerse de
ellos y de los intérpretes de las Escrituras, con el propósito de encontrar al
supuesto futuro Rey de Israel, y degollarlo, sin dejarlo que creciera, para que
nadie pudiera revelarse contra él, y unirse a su futuro enemigo.
San Mateo nos dice que los intérpretes de la Ley le dieron esta respuesta (a
Herodes): -En Belén de Judá (Judea), porque así lo escribió el profeta (Miqueas):
Tú, Belén de Judá, no eres la menor entre las ciudades importantes de Judá, pues
de ti saldrá un caudillo que guiará a mi pueblo Israel" (MT. 2, 5:6. CF. MI. 5,
2).
"Entonces Herodes hizo llamar en secreto a los magos de Oriente, y por lo que
le dijeron llegó a precisar el tiempo en que habían visto la estrella (con la
intención de calcular la fecha aproximada del Nacimiento de Jesús). Luego los
envió a Belén y les dijo: -Id allá y averiguad cuanto os sea posible acerca de
ese niño. Y cuando le halláis encontrado, hacédmelo saber, para ir también yo a
adorarle. Los sabios, después de oír al rey, salieron para Belén, y la estrella
que habían visto aparecer les guió hasta el lugar donde estaba el niño. Llenos de
alegría porque seguían viendo la estrella, entraron en la casa y vieron al niño
con María, su madre. Entonces cayeron de rodillas ante él y, sacando los tesoros
que llevaban consigo, le ofrecieron oro, incienso y mirra" (MT. 2, 7:11). Después
de que aconteciera el Nacimiento de nuestro Señor, José buscó una casa en Belén,
para no seguir viviendo junto a su Familia en la cueva que los pastores
utilizaban para guarecer sus ganados. De la misma forma que Simeón habló con
María en la Presentación de Jesús a Dios en el Templo de Jerusalén, José no tuvo
la oportunidad de ver cómo aquellos astrólogos extranjeros se postraban ante su
Hijo putativo.
¿Qué significado tenían los regalos que los sabios orientales le ofrecieron a
Jesús? El oro significaba que Jesús fue hombre. Nuestro señor es Dios, y, como
tal, es dueño y señor del universo. El oro, dada la humildad de nuestro Señor,
significaba la riqueza espiritual del Mesías. El incienso significaba la
Divinidad de Jesús, y, la mirra, fue uno de los ungüentos sepulcrales, con que
fue ungido nuestro Señor, el día en que le sepultaron José de Arimatea y
Nicodemo, en el sepulcro que el primero se había hecho excavar para sí mismo.
"después, los sabios se volvieron a su país; pero tomaron otro camino, porque
en sueños se les había advertido que no volvieran a donde estaba Herodes. Cuando
ya se habían ido los sabios de Oriente, un ángel del Señor, se apareció a José en
sueños y le dijo: -Levántate, toma al niño y a su madre, y huye con ellos a
Egipto. Quédate allí hasta que yo te avise, porque Herodes va a buscar al niño
para matarle. José se levantó, tomó al niño y a la madre y partió de noche con
ellos camino de Egipto, donde permaneció hasta la muerte de Herodes. Así se
cumplió lo que el señor había dicho por medio del profeta (Jeremías): De Egipto
llamé a mi hijo. Cuando Herodes cayó en la cuenta de que había sido burlado por
los sabios de Oriente, montó en cólera y mandó matar en Belén y sus alrededores a
todos los niños menores de dos años, conforme al tiempo que calculó a partir de
los informes de los sabios. Así se cumplió la palabra (profecía) del profeta
Jeremías: En Ramá (en Belén y sus alrededores) se oye un clamor de muchos llantos
y lamentos. Es Raquel (mujer predilecta de Jacob), que llora por sus hijos y no
quiere consolarse, porque están muertos" (MT. 2, 12:18).
El pasaje de San Mateo que estamos considerando, no es un relato de ficción
cuyo héroe es rescatado inesperada y prodigiosamente de las garras de la muerte,
así pues, este episodio de la infancia del Hijo de Dios y María, nos insta a
sumirnos en la meditación profunda del significado del dolor. Anteriormente vimos
que Jesús fue circuncidado porque El vino al mundo para ser semejante a nosotros
en todos los aspectos de la vida, con la excepción del pecado. Ahora bien, es
inevitable el hecho de pensar: Si Jesús vino al mundo para ser semejante a
nosotros en todos los aspectos de nuestra vida, ¿por qué permitió Dios que los
niños conocidos como Santos inocentes de Belén perecieran después de que sus
cabezas fueran amputadas por los componentes de la centuria que aterrorizaron a
los habitantes de Belén? También nos preguntamos: ¿Por qué permitió Dios los
conocidos atentados del 11S, el 11M, y otras tantas injusticias? Con respecto al
episodio de la matanza de los inocentes de Belén, nos preguntamos: ¿Por qué no
salvó Dios a aquellos niños, y rescató a su Primogénito de la muerte? La cuestión
del dolor no se debe tratar superficialmente, así pues, es preciso que la
abordemos en otra ocasión, no sólo con la intención de tratarla debidamente, sino
porque, si la contemplamos en esta meditación, la misma sería excesivamente
larga.
"Después de muerto Herodes, un ángel del Señor se apareció en sueños a José,
allí (en Egipto), y le dijo: -Ponte en camino con el niño y con su madre y
regresa con ellos a Israel, porque ya han muerto los que querían matar al niño.
José preparó el viaje, tomó al niño y a la madre y regresó con ellos a Israel.
Pero, al enterarse de que Arquelao, hijo de Herodes, reinaba en Judea en lugar de
su padre, tuvo miedo de ir allí. Así que, nuevamente advertido en sueños, se
dirigió a la región de Galilea y se estableció en un pueblo llamado Nazaret. DE
esta manera se cumplió lo que habían anunciado los profetas: que Jesús sería
llamado Nazareno" (MT. 2, 19:23).
Cuando José supo que su prometida estaba embarazada, quiso separarse de ella
secretamente, pero, cuando obedeció el mandato divino de regresar a Nazaret,
saldó la deuda que tenía con él, con Dios, con su Hijo adoptivo y María.
A partir del regreso de la Sagrada Familia a Nazaret, comenzó un periodo de
silencio del que hablé anteriormente, que culminó cuando nuestro Señor tenía 12
años, y, en conformidad con la Ley de Israel, acompañó a sus predecesores, por
primera vez, a Jerusalén, a celebrar la Pascua. San Lucas escribió en su
Evangelio: "Sus padres iban todos los años a Jerusalén a celebrar la fiesta de la
Pascua. cuando tuvo doce años, subieron ellos como de costumbre a la fiesta y, al
volverse, pasados los días, el niño Jesús se quedó en Jerusalén, sin saberlo sus
padres. Pero creyendo que estaba en la caravana, hicieron un día de camino, y le
buscaban entre los parientes y conocidos; pero al no encontrarle, se volvieron a
Jerusalén en su busca. Y sucedió que, al cabo de tres días, le encontraron en el
Templo en medio de los maestros, escuchándoles y preguntándoles; todos los que le
oían, estaban estupefactos por su inteligencia y sus respuestas. Cuando le
vieron, quedaron sorprendidos, y su madre le dijo: -Hijo, ¿por qué nos has hecho
esto? Mira, tu padre y yo, angustiados, te andábamos buscando. El les dijo: ¿Y
por qué me buscabais? ¿No sabíais que yo debía estar en la casa de mi Padre? Pero
ellos no comprendieron la respuesta que les dio" (LC. 2, 41:50).
No debe extrañarnos el hecho de que José y María buscaran a su Hijo
desesperadamente, de hecho, conocemos pocos casos de padres que no se preocupen
por sus descendientes. La preocupación de los padres de Jesús estaba muy
justificada, si tenemos en cuenta que, los mayores enemigos de los invasores
romanos, los celotes, pudieron haberse revelado contra sus colonizadores
precisamente en aquellos días, aprovechando la celebración de la Pascua, una
ocasión en la que podían tener a flor de piel su exagerado espíritu
nacionalista.
San Lucas nos dice que cuando José y María encontraron al Niño en el Templo se
quedaron sorprendidos, así pues, aquél era precisamente el lugar en que menos
posibilidades creían tener de encontrar a su Hijo, y, mucho menos, conversando
tranquilamente entre los intérpretes de la Ley y con una sabiduría equiparable a
la de los mismos, pues los citados maestros eran formadores de los fariseos, que,
a su vez, instruían a quienes lo deseaban en el conocimiento de la Ley.
Quizá no nos hubiera sorprendido el hecho de que José y María se hubieran
desahogado golpeando a Jesús, alegando que su Hijo les había causado un gran
dolor para justificar su acción, pero, sin embargo, cuando estaban a solas en
Nazaret, meditaron mucho sobre la respuesta con que su Hijo se dirigió a ellos, a
pesar de que José no le había interrogado, pero Jesús sentía que también le debía
una explicación razonable a su padre, para justificar su conducta. Los padres de
nuestro Señor sufrieron mucho aquel día, porque recordaron que Jesús vivía para
cumplir la voluntad de Dios, en una sociedad en que, por causa de su pobreza,
muchas familias eran incrementadas, para que sus miembros trabajaran y pudieran
ayudarse unos a otros, para poder sobrevivir.
Jesús "bajó con ellos (sus padres) y vino a Nazaret, y vivía sujeto a ellos. Su
madre conservaba cuidadosamente todas las cosas en su corazón. Jesús progresaba
en sabiduría, en estatura y en gracia ante Dios y ante los hombres" (LC. 2,
51:52). María conservaba el recuerdo de los hechos extraordinarios que marcaban
la infancia de su Hijo, y los meditaba, oraba, y, se inquietaba, porque no sabía
de qué forma se llevaría a cabo el designio salvífico de Dios, por medio de su
Hijo.
Ya que conocemos la infancia de nuestro Señor, sabemos cuál es la causa por la
que la Iglesia desea que los cristianos imitemos a la Sagrada Familia de Nazaret.
Los modelos familiares cristianos fueron inspirados en las instrucciones que se
dan indicando las pautas de comportamiento que todos hemos de seguir con nuestros
familiares en los primeros cinco libros de la Biblia (el Pentateuco). Los tiempos
han cambiado, así pues, actualmente, las mujeres, en muchos países, no tienen que
estar necesariamente sometidas a sus padres ni a sus maridos o tutores legales,
ya los padres no acuerdan relaciones matrimoniales sin que los contrayentes
tengan la oportunidad de conocerse... No ha de sorprendernos en absoluto el hecho
de que San Pablo les escribiera a los cristianos de Efeso: "La Iglesia es dócil a
Cristo, séanlo también, y sin reserva alguna las mujeres a sus maridos" (EF. 5,
24). San Pablo no habla en el versículo citado de la fidelidad conyugal, sino de
la obediencia indiscutible de las mujeres con respecto a sus maridos. Si alguien
interpreta el citado versículo que he interpretado literalmente y difiere de la
interpretación que he hecho, no tendré reparo alguno en reconocer que dicho
Apóstol no era feminista precisamente, así pues, él escribió: "Las mujeres deben
guardar silencio en la asamblea. No les está, pues, permitido tomar la palabra,
sino que deben mostrar el mayor acatamiento. Así lo manda la misma Ley. Si desean
saber algo, que se lo pregunten en casa a sus maridos, porque no está bien que la
mujer hable en la asamblea" (1 COR. 14, 34:35). Acepto el hecho de que las
mujeres en los primeros siglos del Cristianismo no pudieran predicar en las
reuniones, ya que se las veía inferiores a los hombres, pero creo abusivo el
hecho de que ni siquiera se les permitiera hablar con sus familiares. Puedo
decir, en defensa de San Pablo, que hacía bien en impedir que las mujeres
predicaran, porque así evitaba maltratos y muertes innecesarios. Actualmente,
cuando leemos los escritos paulinos y encontramos referencias con respecto de la
sumisión de las mujeres a sus cónyuges, muchos cristianos interpretamos que la
sumisión tiene que ser mutua, en beneficio de las relaciones matrimoniales.
Recordemos algunos versículos paulinos de gran belleza:
"Vosotros, los maridos, amad a vuestras mujeres, como Cristo amó a la Iglesia.
Por ella entregó su vida a fin de consagrarla a Dios, purificándola por medio del
agua y de la palabra" (EF. 5, 25:26). San Pablo instó a los hombres casados a que
amaran a sus mujeres, y a que las prepararan para que no incurrieran en ningún
pecado, para que así ellas pudieran ser salvas, cuando aconteciera la venida de
nuestro Señor al mundo. Tengamos en cuenta que, San Pablo, durante mucho tiempo,
vivió creyendo que Cristo estaba a punto de volver al mundo, para concluir
nuestra redención.
Sería muy complicado interpretar la forma en que todos hemos de actuar con
respecto a nuestros familiares basándonos en los textos bíblicos, dado que
nuestras sociedades han evolucionado mucho, así pues, San Pablo fue un gran
innovador cuando escribió, en un tiempo en que sólo se hablaba de que los hijos
tenían que obedecer a sus padres, sin plantearse que lo que los padres pensaban
era lo correcto, pues estaban obligados a aceptarlo como indiscutible: "Vosotros,
los padres, no hagáis de vuestros hijos unos resentidos, sino educadlos,
instruidlos y corregidlos como lo haría el Señor" (EF. 6, 4). Tengamos en cuenta
que, aunque la Biblia contiene consejos muy provechosos para ayudarnos a alcanzar
la felicidad entre nuestros familiares, la Palabra de Dios no es un manual de
Psicología para ayudarnos a solventar nuestros problemas.
¿Por qué quiere la Iglesia que imitemos a la Sagrada Familia de Nazaret? El
tiempo en que vivieron Jesús, María y José, estaba marcado por grandes
dificultades, por consiguiente, los saduceos, miembros de la clase sacerdotal,
pensaban que ellos debían dirigir al pueblo a los niveles político y religioso.
Los fariseos eran grandes hipócritas que pensaban que todo el pueblo estaba
infestado de gente imperfecta maldita por causa de sus pecados de entre quienes
lógicamente ellos destacaban como lumbreras por su perfección. Los celotes
robaban y asesinaban a judíos, romanos y otros extranjeros, con el fin de obtener
el dinero que necesitaban para construir armas con las que asesinaban a sus
mayores enemigos. Cuando María se vio embarazada y supo que su vida dependía de
José porque él tenía el deber de lapidarla por causa de su supuesta relación
adúltera con otro hombre, lo único que pudo hacer es refugiarse en la oración,
especialmente cuando José la envió a casa de los padres de San Juan el Bautista,
con el fin de separarse de ella secretamente. José pagó el desprecio que le iba a
hacer a María, según vimos anteriormente, y Jesús fue educado en medio de
dificultades, como la rebelión de Judas el Galileo contra Roma.
María y José no tuvieron en sus manos ningún libro de autoayuda para solventar
sus múltiples dificultades, y, actualmente, un gesto insignificante, puede
significar el fin de una relación matrimonial. Actualmente, la gente se conoce,
y, o posterga sus relaciones de noviazgo indefinidamente, o contrae matrimonio
rápidamente. Estos últimos no suelen conocerse, por lo que, cuando les surge una
discusión o un problema fácil de solucionar, prefieren separarse de su cónyuge,
antes de llegar a un acuerdo con su pareja. El mundo avanza muy deprisa, pero, en
ciertos aspectos, quienes estamos casados, tenemos que caminar cogidos de la mano
de nuestros mejores amigos, nuestros cónyuges.
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