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PADRE NUESTRO

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Asunto:padrenuestro EPIFANÍA DEL SEÑOR, CICLO C
Fecha: 28 de Diciembre, 2008  13:32:04 (+0100)
Autor:TRIGODEDIOS <loli627167575 @.....com>

Navidad.

La Epifanía del Señor, ciclo c.

Introducción.

La Epifanía es la manifestación de nuestro Señor Jesús a los gentiles. El Antiguo Testamento fue escrito para el pueblo de Israel, pues el pueblo de la Alianza fue la primera nación que Dios escogió como heredad suya, antes de manifestársenos a los paganos. A pesar de ello, en la primera parte de la Biblia, existen textos proféticos que fueron escritos previendo que nuestro Creador también es el Dios de los gentiles. He aquí un ejemplo de dicha revelación, referida a Jesucristo: "He aquí mi siervo, yo le sostendré; mi escogido, en quien mi alma tiene contentamiento; he puesto sobre él mi Espíritu; él traerá justicia a las naciones... Yo Jehová te he llamado en justicia, y te sostendré por la mano; te guardaré y te pondré por pacto al pueblo, por luz de las naciones, para que abras los ojos de los ciegos, para que saques de la cárcel a los presos, y de casas de prisión a los que moran en las tinieblas" (IS. 42, 1; 6:7).

En muchos países se dan por finalizadas en este día las celebraciones navideñas, pero la Iglesia seguirá celebrando la Navidad hasta el próximo Domingo, día en que finalizará este periodo con la celebración del Bautismo del Señor, para empezar a vivir, a partir del lunes de la próxima semana, la primera parte del tiempo ordinario, que será interrumpido por el inicio de la Cuaresma.

Quienes pensamos que la Navidad no es únicamente una sucesión de actos sociales, nos alegramos intensamente en esta celebración eucarística, considerando lo que la misma significa para nosotros, pues, si bien es verdad que Cristo se nos ha revelado mediante la adoración de los magos de Oriente como Dios de toda la humanidad, ello no es para nosotros un don únicamente, pues también es un compromiso, porque, si nos consideramos hijos de Dios, no podemos guardarnos nuestro conocimiento de nuestro Padre común, y tenemos el deber de vivir como verdaderos hijos de nuestro Creador. "Pero la piedad de Dios es grande -escribió San Pablo en su Carta a los cristianos de Efeso-, e inmenso su amor hacia nosotros. Muertos estábamos en razón de nuestras culpas, Dios nos hizo revivir a una con Cristo -¡vuestra salvación es pura generosidad de Dios!-, nos resucitó y nos sentó con Cristo Jesús en el cielo. Desplegó así, ante los siglos venideros, toda la riqueza impresionante de su gracia, hecha bondad para nosotros en Cristo Jesús. La bondad de Dios os ha salvado, en efecto, mediante la fe. Y eso no es algo que provenga de vosotros; es un don de Dios" (EF. 2, 4:8). "En efecto, todos vosotros, los que creéis en Cristo Jesús, sois hijos de Dios. Incorporados a Cristo por el bautismo, os habéis revestido de Cristo. Ya no hay distinción entre judío y no judío, ni entre esclavo y libre, ni entre varón y mujer. En Cristo Jesús, todos sois uno. Y si sois de Cristo, también sois descendientes de Abraham y herederos, según la promesa (que Dios le hizo a dicho Patriarca de hacer su descendencia incontable como las estrellas del cielo y la arena del mar)" (GAL. 3, 26:29).

Dado que la manifestación de nuestro Señor a la humanidad es un don y un compromiso para los cristianos, vamos a recordar las principales celebraciones navideñas, exceptuando el Bautismo de Jesús que celebraremos el próximo Domingo, con el fin de valorar lo que Dios ha hecho por nosotros, y de recordar cuál es nuestro compromiso cristiano.

Si hay una época anual en que la alegría de los niños y la tristeza de los enfermos y de quienes se sienten desamparados son muy palpables, ese tiempo es la Navidad, una sucesión de fiestas que, cristianos y no creyentes, vivimos, a nuestra manera, independientemente de nuestro estado social. Al igual que todas las festividades eclesiásticas, las celebraciones navideñas, son vividas por nosotros, a los niveles material y espiritual. Muchos de nuestros hermanos cristianos rechazan las celebraciones navideñas, porque piensan que, si nos atiborramos de comida y nos entregamos exclusivamente a la diversión, no podremos celebrar el Nacimiento de nuestro Señor convenientemente en términos espirituales, pero, para nosotros, es obvio que, los cristianos practicantes, aprovechan las celebraciones sociales, para fortalecer su fe, y para acercar a sus familiares y amigos al portal de Belén, de manera que, todos juntos, puedan adorar al Hijo de José y María.

todos conocemos las tradicionales representaciones del Nacimiento de nuestro Señor que presiden nuestras celebraciones navideñas en nuestros hogares y los templos en que celebramos los Sacramentos de la Penitencia y la Eucaristía. Muchos de nuestros hermanos han sustituido las representaciones del Nacimiento de nuestro Señor por el árbol de Navidad, una fiel representación del Misterio de la Santísima Trinidad, rechazado por muchos católicos, que sólo ven en ello una intrusión del progreso, que difiere, negativamente, en la celebración religiosa de la Natividad del Hijo de Dios.

En éste tiempo, los paracientíficos obtienen múltiples ganancias y las consultas de muchos psicólogos y psiquiatras se ven llenas de gente que necesita ser consolada. Esto sucede porque, independientemente de que creamos en Dios o de que rechacemos a nuestro Padre común, hemos convertido la Navidad en una serie de celebraciones vacías de espiritualidad y a veces también de calor humano que nos hacen rechazar el aislamiento en que estamos inmersos, curiosamente, en una sociedad que dispone de muchos medios de comunicación, a pesar de que sus miembros no somos muy comunicativos, porque hemos creado una forma de vida que no nos permite permanecer vinculados a nuestros prójimos.

Con respecto al hecho de si debemos celebrar la Navidad fuera de nuestros templos, la Iglesia nos dice que no ve que ello sea perjudicial para nuestra salud o salvación, siempre que:

1. No nos olvidemos de la primacía que tanto nuestras carencias como las necesidades de nuestros prójimos en especial los más marginados de la sociedad tienen antes de celebrar fiestas que supongan la inversión de dinero en alimentos que no vamos a consumir o en ropa de la que podemos prescindir o en juguetes que no son indispensables para nuestros niños, pues ellos pueden recibir regalos que, no por ser económicos, carecen de valor sentimental.

2. No abusemos de nada que nos pueda hacer daño, por consiguiente, existe una diferencia notable entre brindar por los amigos y familiares, y consumir una excesiva cantidad de alcohol.

En España comenzamos la celebración de la Navidad social el 22 de diciembre, día en que la Onlae celebra su sorteo nacional de Navidad, la lotería que más se comercializa en mi país. A nivel religioso, la Navidad comienza durante la noche del 24 al 25 de diciembre, pues, en esa ocasión, celebramos la Natividad de nuestro Señor Jesucristo.

Las celebraciones más importantes del tiempo de Navidad, son las siguientes:

1. La Navidad propiamente dicha, que celebramos el 25 de diciembre. La Eucaristía Vespertina (de la tarde) del 24 de diciembre, nos insta a meditar sobre las dos venidas de nuestro señor al mundo. La Liturgia eucarística de la Misa de media noche del 25 de diciembre, nos recuerda el Nacimiento del Hijo de María. La Liturgia tanto de la Misa del alba como la de la Misa del día 25 de diciembre, nos recuerdan que el día de Navidad simboliza el día del fin de la instauración del Reino de Dios en el nuevo mundo que esperamos, y nos invita a aceptar a Jesús, dándonos a conocer, esquemáticamente, por medio del prólogo del Evangelio de San Juan (JN. 1, 1:18), la vida, la obra, la Pasión, la muerte, y la Resurrección de nuestro señor.

La Solemnidad de la Sagrada Familia se suele celebrar el Domingo después de Navidad. En esa ocasión, la Iglesia insta a todas las familias cristianas a que sean imitadoras de la Sagrada Familia de Nazaret.

El 28 de diciembre, conmemoramos a los Santos inocentes, cuyo exterminio recordaremos brevemente, cuando meditemos sobre la infancia de Jesús.

El 1 de enero, celebramos a Santa María, Madre de Dios, y recordamos la purificación de María, la circuncisión de Jesús, la entrega de nuestro Señor a Dios y su rescate por parte de José, su padre adoptivo -según veremos cuando recordemos la infancia del Señor-, y celebramos la Jornada Mundial de la Paz.

El 6 de enero celebramos la Epifanía del Señor, es decir, su manifestación a los no judíos, y la adoración de los Reyes Magos, según recordaremos la citada festividad.

La celebración de la Navidad cristiana culmina con el recuerdo del Bautismo del Señor, según recordamos anteriormente.

La Misa Vespertina de Navidad.

El día anterior a la conmemoración del Nacimiento de nuestro Señor, la Iglesia celebra la Eucaristía con que finaliza el Adviento (la Misa matutina o de la mañana), y la Misa Vespertina de Navidad, una celebración en que culmina la preparación de los católicos a recibir a Jesús en su doble advenimiento, así pues, los textos correspondientes a la citada celebración de los 3 ciclos en que se divide el calendario litúrgico, son aplicables a las dos venidas del Mesías al mundo.

A continuación recordaremos un texto que puede ayudarnos a comprender el doble propósito con que celebramos dicha Misa Vespertina.

"Por amor de Sión no he de callar, por amor de Jerusalén no he de estar quedo, hasta que salga como resplandor su justicia, y su salvación brille como antorcha" (IS. 62, 1). fueron muchos los judíos consolados por el primero de los Profetas mayores cuando vivieron el difícil episodio de la historia del pueblo de Dios del destierro en Babilonia. Isaías veló por el fortalecimiento de la fe de su pueblo. Nosotros vemos en Jesús a un nuevo Profeta capacitado para velar por el establecimiento de la justicia en el mundo, una labor que nuestro Señor inició cuando comenzó su Ministerio público, y que concluirá cuando acontezca su Parusía.

Isaías nos sigue diciendo con respecto a las dos venidas del Mesías: "Verán las naciones tu justicia, todos los reyes tu gloria, y te llamarán con un nombre nuevo que la boca de Yahveh declarará" (IS. 62, 2). Si en el tiempo que vivió Isaías Israel era el único pueblo de Dios, desde que nuestro Señor instituyó la Iglesia, la Jerusalén espiritual y mundial ha crecido notablemente. Isaías nos dice que, cuando acontezca la segunda venida de Jesús, todos seremos confirmados en la aceptación y vivencia de lo que creemos con un nombre nuevo, que será el instintivo de santidad que nos caracterizará, cuando haya concluido el proceso de nuestra conversión al Señor nuestro Dios.

Sigamos meditando el texto profético: "Serás corona de adorno en la mano de Yahveh, y tiara real en la palma de tu Dios" (IS. 62, 3). Isaías nos hace entender que Dios nos ama inmensamente, por lo que, cuando concluya el tiempo en que tenemos que ser probados y habitemos en su presencia y nuestra conducta sea intachable, sentiremos más intensamente su amor para con nosotros, ya que encontraremos respuestas a las preguntas que siempre nos hacemos, pues las mismas no dejan de inquietarnos.

Isaías nos sigue diciendo: "No se dirá de ti jamás abandonada, ni de tu tierra se dirá jamás desolada, sino que a ti se te llamará mi complacencia, y a tu tierra, desposada. Porque Yahveh se complacerá en ti, y tu tierra será desposada. Porque como se casa joven con doncella, se casará contigo tu edificador, y con gozo de esposo por su novia se gozará por ti tu Dios" (IS. 62, 4:5). La Parusía de Jesús, y la culminación del Reino de Dios en el mundo, unidos estos hechos a nuestra conversión al Señor, son los significados atribuibles a la boda del Cordero de Dios con la humanidad, la celebración que caracterizará el fin de éste orden mundial, y el comienzo de una existencia sin fin para nosotros. Ahora nos preguntamos: ¿Quién es el Cordero de Dios? San Juan Bautista dijo en cierta ocasión con respecto a Jesús: "-Este es el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo" (JN. 1, 29). En su descripción profética de la Pasión de Jesús, Isaías escribió con respecto al Emmanuel (Dios con nosotros): "Fue oprimido, y él se humilló y no abrió la boca. Como un cordero al degüello era llevado, y como oveja que ante los que la trasquilan está muda, tampoco él abrió la boca" (IS. 53, 7). En AP. 5, 6, vemos a Jesús como Cordero de Dios ante el trono de nuestro Padre común, con las marcas de sus llagas, lleno del Espíritu Santo, el cuál estaba dispuesto a colmar de dicha a la humanidad, impartiéndole sus 7 dones.

Os propongo que consideremos una de las lecturas significativas de la Eucaristía Vespertina de Navidad. El Apóstol Juan nos dice: "Os anuncio la palabra de la vida que existe desde siempre. Nosotros la hemos oído y la hemos visto con nuestros propios ojos; la hemos contemplado y la hemos tocado con nuestras manos" (1 JN. 1, 1). El Apóstol nos dice que Jesús es la Palabra de Dios, y que tanto él como sus compañeros Apóstoles vivieron con el Señor, lo vieron, lo tocaron, lo contemplaron, y, finalmente, lo conocieron.

Prosigamos la meditación del texto sagrado: "Porque la vida que estaba junto al Padre se ha hecho visible, y la hemos visto y oído y somos testigos de ella" (1 JN. 1, 2). Los Apóstoles, fieles testigos de Jesús, fueron los mejores catequistas que la Iglesia haya podido tener, así pues, sus enseñanzas seguirán siendo vigentes, hasta el final de los tiempos. "Ahora os la anunciamos (a la Palabra de Dios) para que juntos participemos en la unión con el Padre y con su Hijo Jesucristo" (1 JN. 1, 3).

La Misa de media noche del 25 de diciembre.

"Os ha nacido hoy -les dijo un ángel a los pastores-, en la ciudad de David, un Salvador, que es el Cristo señor (LC. 2, 11). La celebración eucarística de media noche del 25 de diciembre es muy significativa, pues durante la misma conmemoramos la Natividad de nuestro Señor. Esta celebración puede comenzar con las siguientes palabras proféticas: "Una criatura nos ha nacido, un Hijo se nos ha dado. Estará el señorío sobre su hombro, y se llamará su nombre "Maravilla de Consejero", "Dios Fuerte", "Siempre Padre", "Príncipe de paz". Grande es su señorío y la paz no tendrá fin sobre el trono de David y sobre su reino, para restaurarlo y consolidarlo por la equidad y la justicia, desde ahora y hasta siempre, el celo (amor) de Yahveh Sebaot (Dios el señor) hará eso" (IS. 9, 5:6). Isaías nos dice que, en la noche del 25 de diciembre, nos nace un Hijo, por consiguiente, he aquí la razón por la que nuestro Señor se hacía conocer como Hijo del hombre. Un ejemplo de esta realidad, es el siguiente versículo bíblico: "Nadie ha subido al cielo, excepto el que de allí vino, es decir, el Hijo del hombre" (JN. 3, 13). Dios le dijo al Mesías cuando su Hijo se encarnó en María y en el día de su Natividad: ""Tú eres mi hijo, yo te he engendrado hoy" (SAL. 2, 7).

Por su parte, San Pablo nos dice con respecto al nacimiento de nuestro Señor y a la Parusía de Jesucristo: "Porque se ha hecho visible la bondad de Dios, que trae la salvación a todos los hombres" (TT. 2, 11).

Los dos relatos bíblicos del Nacimiento de nuestro Señor, podéis encontrarlos en MT. 1, 18:25, y en LC. 2, 1:20.

Recordemos que, en el relato de la Anunciación que podéis encontrar en LC. 1, 26:38, San Gabriel le anunció a nuestra Señora su Maternidad divina, y le dijo que daría a luz a un Hijo, al cuál le pondría por nombre Jesús.

San Mateo nos dice en su relato del Nacimiento de Jesús: "El nacimiento de Jesús el Mesías fue así: María, su madre, estaba comprometida para casarse con José, pero antes de vivir con él como esposa, quedó embarazada por la acción del Espíritu Santo" (MT. 1, 18). Gracias al autor del Protoevangelio de Santiago (uno de los Evangelios Apócrifos, es decir, un evangelio no recogido en el canon bíblico), sabemos que María era hija de Joaquín y de Ana. Los padres de María no podían tener hijos porque Ana era estéril. Joaquín se retiró al desierto para hacer penitencia y orar mucho, con el fin de que Yahveh permitiera que él tuviera hijos. Por su parte, Dios escuchó la oración de los padres de la Virgen, y les concedió a María, que, sin duda alguna, es la mujer más venerada por los católicos de todos los tiempos.

Según una tradición que parece ser incierta, cuando María era muy pequeña, fue presentada por sus padres en el Templo de Jerusalén, para que sirviera a Dios. Esta ofrenda le fue hecha a nuestro Criador por Joaquín y Ana, pues esa era su manera de agradecerle al Todopoderoso el favor que les había hecho al concederles a su hija, la que supuestamente le fue devuelta a El-Shaddai (el Santo de los santos(, para que lo sirviera hasta el fin de sus días.

Con respecto a José disponemos de información escasa, así pues, del Patrón de la Iglesia Universal, sabemos lo siguiente: Nuestro Santo era hijo de Jacob (CF. MT. 1, 16). En su genealogía de Jesús, San Lucas escribió que el Patrón de los seminaristas y de la buena muerte descendía de Elí (LC. 3, 23). Según LC. 1, 27, sabemos que María estaba comprometida con José en matrimonio, cuando san Gabriel le comunicó que sería la Madre del Hijo de Dios.

San Mateo, nos dice que, antes de que María viviera con José como esposa, quedó embarazada por la acción del Espíritu Santo, según recordamos anteriormente. Con respecto a este hecho tan misterioso, lo único que puedo deciros, con la intención de no polemizar, es las palabras que San Gabriel le dijo a María, cuando le anunció que su parienta Elisabeth estaba embarazada: "Ninguna cosa es imposible para Dios" (LC. 1, 37).

San Mateo nos dice: "José, su esposo, que era un hombre justo, no quiso denunciar públicamente a María, sino que decidió separarse de ella de una manera discreta" (MT, 1, 19). María quedó encinta por la acción del Espíritu Santo, pero ella no podía demostrarle a José esta realidad, de forma que le era totalmente imposible hacerle creer a su futuro marido que no le había sido infiel. José tenía el amparo de la Ley para lapidar a su prometida por haber cometido adulterio, pero, el Hagiógrafo cuyo texto estamos meditando, nos dice que él era justo, y que por esta razón no quiso exterminar a María, ora porque la amaba, ora porque quería evitar que se extendiera el rumor de que María le había sido infiel.

"Andaba él (José) pensando en este asunto, cuando un ángel del Señor se le apareció en sueños y le dijo: -José, descendiente de David, no tengas reparo en recibir en tu casa a María, tu esposa, pues el hijo que ha concebido es por la acción del Espíritu Santo" (MT. 1, 20). El ángel le dijo a José: No seas rencoroso con María, y recíbela en tu casa, pues ella será tu mujer, y el Hijo que de ella nacerá, le ha sido engendrado por el Espíritu de Dios. Tengamos en cuenta que, en aquel tiempo, las mujeres tenían que vivir sometidas forzosamente a sus maridos o a sus padres (no a sus madres) o tutores.

El ángel también le dijo a José con respecto a María: "Y cuando dé a luz a su hijo, tú le pondrás por nombre "Jesús", ", porque él salvará a su pueblo de sus pecados" (MT. 1, 21). Recordemos que San Gabriel le dijo a María santísima en el episodio de la Anunciación: "Vas a concebir en el seno y darás a luz un hijo, a quien pondrás por nombre Jesús" (LC. 1, 31). Se nos hace preciso meditar brevemente sobre la misión que Jesús llevó a cabo, con el fin de comprender mejor el significado de su nombre, traducido a nuestro idioma: Recordemos que, en MT, 1, 21, leemos con respecto a nuestro Señor: "El salvará a su pueblo de sus pecados" El Mesías fue enviado por nuestro Padre común al mundo para redimirnos de nuestros pecados, es decir, para librarnos del castigo que merecemos por el mal que nos causamos a nosotros o a nuestros prójimos los hombres conscientemente. Este mal es conocido como pecado, no por la repercusión que el mismo tiene sobre nosotros o en las personas de nuestras víctimas, sino porque la Iglesia nos enseña que ello constituye una ofensa contra Dios, a pesar de que muchos católicos consideramos que, si el amor de nuestro Padre celestial es perfecto, es imposible el hecho de que El pueda ofenderse por causa de nuestras acciones. Dependiendo de la gravedad que conlleve ese mal, podemos catalogar nuestras acciones impropias como veniales o graves.

Nuestro Señor, además de venir al mundo para pagar el castigo que merecemos por nuestros pecados, también vino para, después de pagar dicha culpa nuestra, concedernos una existencia ilimitada, cuando acontezca el fin de los tiempos, una vida en la que no padeceremos ningún tipo de miseria.

"Todo esto sucedió en cumplimiento de lo que el Señor había dicho por medio del profeta: La virgen quedará embarazada, y dará a luz un hijo, a quien llamarán "Emmanuel", que significa "Dios con nosotros"" (MT. 1, 23). No olvidemos que la obra de Isaías es llamada precisamente Emmanuel, y, en sus páginas, podemos leer: "He aquí que una doncella está encinta y va a dar a luz un hijo, y le pondrá por nombre "Emmanuel"" (IS. 7, 14).

San Lucas escribió en su Evangelio: "Subió también José desde Galilea, de la ciudad de Nazaret, a Judea, a la ciudad de David, que se llama Belén, por ser él de la casa y familia (descendencia), para empadronarse con María, su esposa, que estaba encinta. Y sucedió que, mientras ellos estaban allí, se le cumplieron los días del alumbramiento, y dio a luz a su hijo primogénito, y le envolvió en pañales y le acostó en un pesebre, porque no tenían sitio en el alojamiento" (LC. 2, 4:7).

La Iglesia nos invita, después de la celebración tradicional de la cena navideña, a acompañar a los pastores que adoraron al Mesías en la cueva de Belén y a venerar a María y a José, desde el comienzo de la Misa del Gallo, hasta la llegada del alba, cuando se celebra la llamada Misa del alba, en la que se vuelven a tener presentes las dos venidas de nuestro Señor. "Los ojos altivos del hombre serán abajados, se humillará la altanería humana, y será exaltado solo Yahveh en aquel día" (IS. 2, 11). "Repartes al hambriento tu pan, y al alma afligida dejas saciada, resplandecerá en las tinieblas (el mal y el dolor) tu luz, y lo oscuro de ti será como mediodía" (IS. 58, 10).

En la Misa del día 25 de diciembre, San Pablo nos dice: "Dios habló en otro tiempo a nuestros antepasados por medio de los profetas, y lo hizo en distintas ocasiones y de múltiples maneras. Ahora, llegada la etapa final, nos ha hablado por medio de su Hijo, a quien constituyó heredero de todas las cosas y por quien trajo el universo a la existencia" (HEB. 1, 1:2).

En dicha celebración de la Eucaristía, se nos recuerda la historia de la salvación brevemente, y la vida, las palabras y la obra del Señor, es decir, nuestra redención.

La Solemnidad de la Sagrada Familia y la infancia de Jesús.

La Iglesia desea que todos los católicos imitemos a Jesús, a María y a José. Nos es imposible imitar la conducta de la Sagrada Familia sin conocer las vivencias de los miembros de la primera Iglesia doméstica que podemos leer en la Biblia.

Anteriormente recordamos que en el Protoevangelio de Santiago podemos leer que María era hija de Joaquín y Ana, y que José era descendiente de Jacob o de Elí, según escribieron los hagiógrafos San Mateo y San Lucas. Con respecto a la clase social a la que pertenecía la Sagrada Familia, no disponemos de datos muy fiables, así pues, en la narración de la Natividad de nuestro Señor según San Lucas, leemos: "María dio a luz a su hijo primogénito, le envolvió en pañales y le acostó en un pesebre, porque no tenían sitio en el alojamiento" (LC. 2, 7). Muchos investigadores nos dicen que Jesús realizó su primer milagro en la celebración de un banquete de bodas en Caná de Galilea, pues tanto su Madre como El fueron invitados a aquella celebración, porque María era pariente de uno de los cónyuges. Se dice que la citada familia pertenecía a la clase social que actualmente conocemos como media alta. Otra prueba de que Jesús pertenecía a la clase alta de los burgueses la encontramos en la narración de la Pasión y muerte de nuestro Señor, que escribió San Juan: "Los soldados, una vez que hubieron terminado de crucificar a Jesús, se quedaron con sus ropas y las repartieron en cuatro lotes, uno para cada uno. Aparte dejaron la túnica. Como era una túnica sin costuras, tejida de una sola pieza de arriba a abajo, llegaron a este acuerdo: -No debemos partirla; lo que procede es sortearla para ver a quién le toca. Así se cumplió el pasaje de la Escritura que dice: Dividieron entre ellos mis ropas y echaron a suertes mi túnica" (JN. 19, 23:24). Jesús era íntimo amigo de los hermanos de Betania Lázaro, María y Marta, una familia bien situada, en cuya casa, nuestro Señor solía hospedarse con sus discípulos, cuando iban de camino. San Juan nos dice: "Un hombre llamado Lázaro había caído enfermo... Era natural de Betania... Las hermanas de Lázaro mandaron a Jesús este recado: señor, tu amigo está enfermo" (JN. 11, 1; 3).

Independientemente de que Jesús fuera rico o pobre, sabemos que nuestro Señor optó por la vivencia radical de la humildad, así pues, El le dijo a un joven rico que le preguntó lo que tenía que hacer para convertirse en seguidor o discípulo suyo, después de que él le asegurara que cumplía cabalmente todos los Mandamientos de la Ley: "-Una cosa te falta: -Ve, vende todo lo que posees y reparte el producto entre los pobres. Así te harás un tesoro en el cielo. Luego vuelve aquí y sígueme" (MC. 10, 21). Jesús no rechazaba los bienes materiales, así pues, El sufragaba los gastos de sus compañeros y suyos gracias al dinero que recibía de ciertas mujeres cuyos maridos tenían cierta influencia en Palestina, y repartía limosnas a los marginados.

Jesús defendía la pobreza espiritual, es decir, era humilde, y no despilfarraba su dinero.

Con respecto a algunas de las mujeres que ayudaban al señor con sus aportaciones económicas o con su trabajo de amas de casa, leemos en el Evangelio de San Lucas: "Sucedió a continuación que (Jesús) iba por ciudades y pueblos, proclamando y anunciando la Buena Nueva del Reino de Dios; le acompañaban los Doce, y algunas mujeres que habían sido curadas de espíritus malignos y enfermedades: María, llamada Magdalena, de la que habían salido siete demonios, Juana, mujer de Cusa, un administrador de Herodes, Susana y otras muchas que les servían (al Señor y a sus discípulos) con sus bienes" (LC. 8, 1:3).

desde que María se quedó embarazada de Jesús y José la aceptó como esposa, ¿qué hizo el Sagrado Titular de la Iglesia Católica para obtener el dinero que ambos necesitaban para vivir? Tanto en MC. 6, 3, como en MT. 13, 55, se nos dice que Jesús era carpintero, e hijo del carpintero. ES difícil suponer que José fuera escultor, porque, aunque Palestina había sido invadida por el ejército romano el año 63 antes de Cristo, los judíos rechazaban el culto a las imágenes, porque consideraban que ello constituía una ofensa muy grave contra Yahveh, ya que a Dios ni se le puede representar ni se le puede sustituir por divinidades falsas. No hay que echar a volar la imaginación para suponer que, a pesar de que José era carpintero, en más de una ocasión, quizá tuvo que improvisar haciendo trabajos diferentes al suyo, si pertenecía a la clase social más humilde del país.

¿Qué nos dice la Biblia con respecto a la Sagrada Familia desde que aconteció el Nacimiento de Jesús hasta que el Mesías inició su Ministerio público?

Los judíos, por causa de un mandato divino muy antiguo, circuncidaban a sus hijos, el octavo día del nacimiento de los mismos, simbolizando la consagración de sus descendientes a Dios. Esta era una forma de hacer que Yahveh siempre tuviera servidores dispuestos a trabajar obedeciendo a los dirigentes político-religiosos de Palestina. En el Evangelio de San Lucas, leemos: "Cuando se cumplieron los ocho días para circuncidarle (a Jesús), se le dio el nombre de Jesús, el que le dio el ángel antes de ser concebido en el seno" (LC. 2, 21). Recordemos lo que José le oyó al ángel que se le manifestó en el sueño en que le comunicó que no tuviera reparo en aceptar a María como esposa: "... Tu le pondrás por nombre "Jesús", porque él salvará a su pueblo de sus pecados" (MT. 1, 21). Recordemos también lo que San Gabriel le dijo a María en el episodio de la Anunciación: "Vas a concebir en el seno y vas a dar a luz un hijo, a quien pondrás por nombre Jesús" (LC. 1, 31). A la luz de los versículos bíblicos que estamos meditando, podemos comprender, recordando la misión que le fue encomendada a nuestro Señor, la razón por la que, Jesús, se traduce al español como Libertador o Salvador.

No olvidemos que Jesús no necesitaba ser consagrado al Altísimo porque El procedía de Dios, pero nuestro Salvador no quiso diferenciarse de los demás mortales de todos los tiempos, así pues, si sus hermanos de raza eran circuncidados, El tenía que ser circuncidado también, porque se hizo en todos los aspectos de la vida igual a nosotros, exceptuando la contaminación del pecado, y porque era descendiente de Adán y Eva, según el Génesis, los primeros pecadores. Recordemos que, por causa del relato del pecado original, que se puede leer en el capítulo 3 de dicho primer libro de la Biblia, los judíos primero y los cristianos después, tenían que tener un rito, a través del cuál, le demostraran a Dios que deseaban reconciliarse con El. Por otra parte, pensemos que en la gran mayoría de religiones existentes a través del transcurso de la historia, ha existido la costumbre de sacrificar a uno o a varios hijos, ya sea quitándoles la vida, u obligándolos a servir a la divinidad a la que sus adeptos adoran.

Cuando se cumplieron 40 días a partir de la Natividad de Jesús, sus padres, en conformidad con otras prescripciones ancestrales, fueron al Templo de Jerusalén, para ofrendarle a Dios a su descendiente, y recuperarlo nuevamente, pues tenían que formarlo convenientemente para que desarrollara la misión que le fue encomendada por nuestro Creador, ya fuera trabajando como José y fundando un hogar, o realizando grandes portentos, tal como lo hicieron en el pasado, grandes siervos de Dios, como, por ejemplo, Moisés. Pensemos que José y María conocían la misión que le fue encomendada a Jesús, pero desconocían la forma en que su Hijo cumpliría su deber.

En aquella ocasión, María llevó a cabo el rito de la purificación de su largo periodo menstrual, pues los judíos creían que las mujeres que tenían la regla eran impuras ante Dios y su pueblo.

La Sagrada Familia sacrificó en el Templo 2 tórtolas o 2 pichones, las primeras si eran de un estado social alto, y, los segundos, si eran pobres.

San Lucas nos cuenta estos hechos brevemente: "Cuando se cumplieron los días de la purificación de ellos, según la Ley de Moisés, llevaron a Jesús a Jerusalén para presentarle al Señor, como está escrito en la Ley del Señor: todo varón primogénito será consagrado al señor y para ofrecer en sacrificio un par de tórtolas o dos pichones, conforme a lo que se dice en la Ley del Señor" (LC. 2, 22:24).

Aquel día, José y María, se asombraron en gran manera, cuando un anciano, cuyo nombre era Simeón, les predijo lo que le sucedería al pequeño Jesús el día en que el Mesías fue asesinado. San Lucas escribió en su Evangelio con respecto a este hecho tan singular: "Y He aquí que había en Jerusalén un hombre llamado Simeón; este hombre era justo y piadoso, y esperaba la consolación de Israel; y estaba en él el Espíritu Santo" (LC. 2, 25). San Lucas nos hace entender que, el Espíritu del señor, estaba sobre Simeón, en virtud de la justicia y piedad que caracterizaban al mismo. Dios valora mucho la bondad humana, así pues, el ángel que le anunció a Zacarías el nacimiento de su hijo, le dijo que la misión del Bautista consistiría en "hacer volver los corazones de los padres a los hijos, y a los rebeldes a la prudencia de los justos, para preparar al señor un pueblo bien dispuesto" (LC. 1, 17). San Lucas también nos dice con respecto a los padres de San Juan el Bautista: "Los dos eran justos ante Dios, y caminaban sin tacha en todos los mandamientos y preceptos del Señor" (LC. 1, 6). En su oración de acción de gracias por el nacimiento de su hijo y por haber recuperado la voz, Zacarías manifestó su deseo de que todos "podamos servirle (a Dios) sin temor en santidad y justicia delante de él todos los días de nuestra vida" (LC. 1, 74:75). El Salmista nos dice: "Dichoso el que se apiada y practica la piedad y presta y administra rectamente todos sus asuntos" (SAL. 112, 5).

San Lucas nos sigue diciendo con respecto a Simeón: "Le había sido revelado por el Espíritu Santo que no vería la muerte antes de haber visto al Cristo del señor" (LC. 2, 26). Hemos visto anteriormente que los judíos esperaban el advenimiento del Mesías, unos para que el enviado de Dios estableciera el Reino de Dios en el mundo, y, otros, para que liberara a Palestina de la opresión que los romanos ejercían sobre los descendientes de Abraham, Isaac y Jacob o Israel. en aquel tiempo eran pocos los que creían en la verdadera imagen del Mesías, pues la misma había sido distorsionada por quienes deseaban que el Redentor de las naciones se convirtiera en un líder político-militar, capacitado para librar al pueblo de Yahveh de sus opresores. Simeón creía en el Mesías, y concebía al enviado de Dios como Salvador, y, por causa de su justicia y piedad, el Espíritu Santo le reveló que no moriría, sin haber contemplado al Mesías. Simeón, "movido por el Espíritu, vino al Templo; y cuando los padres introdujeron al niño Jesús, para cumplir lo que la Ley prescribía sobre él, le tomó en brazos y bendijo a Dios diciendo: Ahora, Señor, puedes, según tu palabra, dejar que tu siervo se vaya (muera) en paz; porque han visto mis ojos tu salvación, la que has preparado a la vista de todos los pueblos, luz para iluminar a los gentiles y gloria de tu pueblo Israel" (LC. 2, 27:32).

Quienes tienen la costumbre de orar ayudándose para ello de la Liturgia de las horas, repiten la oración anterior de Simeón todas las noches, y le dan gracias a Dios, por haberles permitido conocer a su Cristo o Mesías. Jesús es amado por nosotros porque es nuestro Hermano y Salvador.

San Lucas nos sigue instruyendo: "Su padre y su madre (de Jesús) estaban admirados de lo que se decía de él. Simeón les bendijo y dijo a María, su madre: Este está puesto para caída y elevación de muchos en Israel, y para ser señal de contradicción -¡y a ti misma una espada te atravesará el alma!- a fin de que queden al descubierto las intenciones de muchos corazones" (LC. 2, 33:35).

José murió durante la adolescencia de Jesús, así pues, María acompañó a Jesús durante el trágico episodio de su Pasión y muerte, pues el Espíritu Santo la previno para que, desde que su Hijo le fue consagrado a Yahveh, ella fuera consciente de que Jesús tenía que padecer, como si cargara con el peso de todos los crímenes que se habían cometido y quedaban por llevar a cabo, desde la creación del mundo hasta el final de los tiempos. A través de la Pasión, la muerte y la Resurrección de Jesús, se descubrieron las intenciones de quienes estaban a favor y en contra del Hijo de Dios.

Ignoramos en qué medida llegaron a captar los padres de Jesús el mensaje tan extraño que Simeón les transmitió basándose para ello en la forma de hablar de los Profetas del pasado. Supongo que ellos debieron comprender que Jesús vino al mundo para ensalzar a los buenos y humillar a los enemigos de Dios, con el fin de que la humanidad expiara el mal que había provocado a través del curso de su historia.

¿Por qué le dijo Simeón a María que Jesús era un signo de contradicción? A pesar de que basándonos en la vivencia que Jesús tuvo de su Ministerio sabemos que el Cristo o Ungido de Dios para llevar a cabo la misión que le fue encomendada hizo acopio de una humildad ejemplar para nosotros, todos interpretamos el mensaje de Jesús personalmente de la forma que más se adapta a la imagen de Dios que más se adecua a la realidad que creemos razonable. Como ejemplo de esta contradicción lamentable, he de deciros que los católicos celebramos la Eucaristía, mientras que otros cristianos consideran que Jesús, la noche en que fue entregado a sus enemigos, no hizo del pan el maná celestial que tan necesario nos es a nosotros, sino que hizo un gesto simbólico, que significaba su entrega sacrificial. Es lamentable el hecho de que todos los cristianos no nos pongamos de acuerdo para interpretar la Palabra de Dios, a veces, ni en el caso de que pertenezcamos a una misma iglesia o congregación. Existen comunidades cerradas cuyos miembros comparten una ideología difícil de vivir que los diferencia del resto de cristianos del mundo, pero, lamentablemente, estos hermanos nuestros, no son libres para pensar por sí mismos, pues sus líderes se encargan de mentalizarlos con respecto a lo que tienen que creer, de manera que anulan su capacidad de discernimiento. Por el contrario, existen otras comunidades abiertas, cuyos miembros son más libres para aceptar lo que crean más conveniente, aunque suelen coincidir en la interpretación de los aspectos más trascendentales de la fe que profesan.

San Pablo les escribió a los cristianos de la comunidad que fundó en corinto con respecto a las diferencias que nos separan y a algunos aspectos relacionados con nuestra conducta: "Ha llegado a mis oídos que, cuando os reunís en asambleas (celebraciones, reuniones, catequesis...), los bandos están a la orden del día: cosa, por cierto, nada increíble, si se piensa que hasta es conveniente que existan divisiones entre vosotros, para que quede claro quiénes son los que salen airosos de la prueba" (1 COR. 11, 18:19).

Aprovecho esta ocasión para pediros que oréis por quienes trabajan por la unión de todos los cristianos del mundo, pues no es razonable el hecho de que los hijos de Dios interpretemos la Palabra de nuestro Criador de diferentes formas.

San Lucas nos dice con respecto al episodio de la infancia de Jesús que estamos considerando: "Había también una profetisa, Ana, hija de Fanuel, de la tribu de Aser, de edad avanzada; después de casarse había vivido siete años con su marido, y permaneció viuda hasta los ochenta y cuatro años; no se apartaba del Templo, sirviendo a Dios noche y día en ayunos y oraciones" (LC. 2, 36:37). En los anteriores versículos del segundo libro de San Lucas aparecen varios nombres que nos son desconocidos. ¿Por qué nos dice el Hagiógrafo sagrado que Ana era hija de Fanuel? Los judíos tenían la costumbre de conocerse entre sí, añadiéndoles a sus nombres la palabra bar, que significa: hijo de. Un ejemplo de ello lo encontramos en MC. 10, 46:52, un pasaje bíblico en que San Marcos nos habla de la curación por parte de Jesús del ciego Bartimeo, es decir, hijo de Timeo. No sabemos cuál era el hombre del citado ciego, pero sabemos que el nombre de su antecesor era Timeo. San Lucas nos habla de la tribu de Aser, es decir, uno de los doce hijos de Jacob o Israel. El Evangelista también nos habla del servicio que Ana le ofreció a Dios con sus ayunos y oraciones, por lo cuál nos preguntamos: ¿Qué necesidad tiene Dios de nuestros ayunos y oraciones? Nuestro creador no necesita nada de nosotros, porque El es Todopoderoso, pero, con esos y otros gestos, le pedimos que sea generoso con nuestros prójimos, y con nosotros.

San Lucas nos sigue diciendo: "Como Ana se presentase en aquella misma hora, alababa a Dios y les hablaba del niño a todos los que esperaban la redención de Jerusalén. Así que cumplieron todas las cosas según la Ley del Señor, volvieron a Galilea, a su ciudad de Nazaret. El niño crecía y se fortalecía, llenándose de sabiduría; y la gracia de Dios estaba sobre él" (LC. 2, 38:40). La gracia de Dios estaba sobre Jesús. El poder y el amor de Dios estaban sobre el Hijo de María.

A partir del relato que hemos meditado, San Lucas no dejó nada escrito con respecto a los sucesos que vivió nuestro Señor durante sus primeros 12 años de existencia mortal. Sin embargo, en el Evangelio de San Mateo, encontramos otros datos de la infancia de Jesús.

San Lucas nos ayuda a calcular aproximadamente la fecha del Nacimiento de Jesús, aportándonos para ello los siguientes datos históricos: "Sucedió que por aquellos días salió un edicto de César Augusto ordenando que se empadronase todo el mundo. Este primer empadronamiento tuvo lugar siendo gobernador de Siria Cirino. Iban todos (los judíos) a empadronarse, cada uno a su ciudad" (LC. 2, 1:3).

Por su parte, el autor del primer Evangelio escribió: "Jesús nació en Belén, un pueblo de Judea, durante el reinado de Herodes. Por entonces llegaron a Jerusalén unos sabios de Oriente, que preguntaban: -¿Dónde está el rey de los judíos recién nacido? Nosotros hemos visto aparecer su estrella y venimos a adorarle" (MT. 2, 1:2). Imaginemos cómo debieron sentirse los astrólogos orientales, cuando, después de haber hecho un largo viaje, se encontraron con que los judíos desconocían a su Rey. Imaginemos, también, la debilidad de la fe de los judíos, pues, siendo ellos los primeros elegidos por Dios para manifestárseles, desconocían el designio salvífico de nuestro Criador, y, por tanto, a aquél a quien El ungió para que fuera nuestro Redentor. Los israelitas tenían desde hacía muchos siglos la costumbre de ungir con aceite a los sacerdotes, profetas y reyes, con el fin de constatar que Dios les había elegido para desempeñar las actividades que les eran propias.

"El rey Herodes se inquietó mucho cuando llegó esto a sus oídos, y lo mismo les sucedió a todos los habitantes de Jerusalén" (MT. 2, 3). Palestina había sido invadida por el ejército romano el año 63 antes de Cristo. Roma respetaba los cultos religiosos de las tierras que conquistaba, aunque imponía la exhibición de las imágenes de sus césares en los lugares más destacados. En aquel tiempo, dado que los judíos esperaban la inminente aparición del Mesías porque el Profeta Miqueas vaticinó aquel extraordinario hecho para aquellos años, aparecían muchos Mesías en Israel, unos como líderes religiosos, y, otros, con tendencias políticas. El pueblo oprimido por sus invasores se dejaba arrastrar por las convicciones de los citados Mesías, de los cuales, Pilato, para complacer a los miembros constituyentes del Sanedrín o Sinedrio (alto Tribunal de Israel), crucificó entre 48 y 70. En esas circunstancias tan dramáticas, ¿de qué forma podía reaccionar Herodes el idumeo si sospechaba que podía perder su reinado, o si el pueblo pensaba que uno de sus hijos podía ser criado y preparado para levantarse contra él? Herodes "ordenó que se reunieran los jefes de los sacerdotes y los maestros de la Ley para averiguar por medio de ellos dónde había de nacer el Mesías" (MT. 2, 4). Si los magos averiguaron que el Mesías había nacido porque habían visto aparecer su estrella en el cielo y habían viajado siguiendo la ruta que les había indicado la misma, Herodes tenía que valerse de ellos y de los intérpretes de las Escrituras, con el propósito de encontrar al supuesto futuro Rey de Israel, y degollarlo, sin dejarlo que creciera, para que nadie pudiera revelarse contra él, y unirse a su futuro enemigo.

San Mateo nos dice que los intérpretes de la Ley le dieron esta respuesta (a Herodes): -En Belén de Judá (Judea), porque así lo escribió el profeta (Miqueas): Tú, Belén de Judá, no eres la menor entre las ciudades importantes de Judá, pues de ti saldrá un caudillo que guiará a mi pueblo Israel" (MT. 2, 5:6. CF. MI. 5, 2).

"Entonces Herodes hizo llamar en secreto a los magos de Oriente, y por lo que le dijeron llegó a precisar el tiempo en que habían visto la estrella (con la intención de calcular la fecha aproximada del Nacimiento de Jesús). Luego los envió a Belén y les dijo: -Id allá y averiguad cuanto os sea posible acerca de ese niño. Y cuando le halláis encontrado, hacédmelo saber, para ir también yo a adorarle. Los sabios, después de oír al rey, salieron para Belén, y la estrella que habían visto aparecer les guió hasta el lugar donde estaba el niño. Llenos de alegría porque seguían viendo la estrella, entraron en la casa y vieron al niño con María, su madre. Entonces cayeron de rodillas ante él y, sacando los tesoros que llevaban consigo, le ofrecieron oro, incienso y mirra" (MT. 2, 7:11). Después de que aconteciera el Nacimiento de nuestro Señor, José buscó una casa en Belén, para no seguir viviendo junto a su Familia en la cueva que los pastores utilizaban para guarecer sus ganados. De la misma forma que Simeón habló con María en la Presentación de Jesús a Dios en el Templo de Jerusalén, José no tuvo la oportunidad de ver cómo aquellos astrólogos extranjeros se postraban ante su Hijo putativo.

¿Qué significado tenían los regalos que los sabios orientales le ofrecieron a Jesús? El oro significaba que Jesús fue hombre. Nuestro señor es Dios, y, como tal, es dueño y señor del universo. El oro, dada la humildad de nuestro Señor, significaba la riqueza espiritual del Mesías. El incienso significaba la Divinidad de Jesús, y, la mirra, fue uno de los ungüentos sepulcrales, con que fue ungido nuestro Señor, el día en que le sepultaron José de Arimatea y Nicodemo, en el sepulcro que el primero se había hecho excavar para sí mismo.

"después, los sabios se volvieron a su país; pero tomaron otro camino, porque en sueños se les había advertido que no volvieran a donde estaba Herodes. Cuando ya se habían ido los sabios de Oriente, un ángel del Señor, se apareció a José en sueños y le dijo: -Levántate, toma al niño y a su madre, y huye con ellos a Egipto. Quédate allí hasta que yo te avise, porque Herodes va a buscar al niño para matarle. José se levantó, tomó al niño y a la madre y partió de noche con ellos camino de Egipto, donde permaneció hasta la muerte de Herodes. Así se cumplió lo que el señor había dicho por medio del profeta (Jeremías): De Egipto llamé a mi hijo. Cuando Herodes cayó en la cuenta de que había sido burlado por los sabios de Oriente, montó en cólera y mandó matar en Belén y sus alrededores a todos los niños menores de dos años, conforme al tiempo que calculó a partir de los informes de los sabios. Así se cumplió la palabra (profecía) del profeta Jeremías: En Ramá (en Belén y sus alrededores) se oye un clamor de muchos llantos y lamentos. Es Raquel (mujer predilecta de Jacob), que llora por sus hijos y no quiere consolarse, porque están muertos" (MT. 2, 12:18).

El pasaje de San Mateo que estamos considerando, no es un relato de ficción cuyo héroe es rescatado inesperada y prodigiosamente de las garras de la muerte, así pues, este episodio de la infancia del Hijo de Dios y María, nos insta a sumirnos en la meditación profunda del significado del dolor. Anteriormente vimos que Jesús fue circuncidado porque El vino al mundo para ser semejante a nosotros en todos los aspectos de la vida, con la excepción del pecado. Ahora bien, es inevitable el hecho de pensar: Si Jesús vino al mundo para ser semejante a nosotros en todos los aspectos de nuestra vida, ¿por qué permitió Dios que los niños conocidos como Santos inocentes de Belén perecieran después de que sus cabezas fueran amputadas por los componentes de la centuria que aterrorizaron a los habitantes de Belén? También nos preguntamos: ¿Por qué permitió Dios los conocidos atentados del 11S, el 11M, y otras tantas injusticias? Con respecto al episodio de la matanza de los inocentes de Belén, nos preguntamos: ¿Por qué no salvó Dios a aquellos niños, y rescató a su Primogénito de la muerte? La cuestión del dolor no se debe tratar superficialmente, así pues, es preciso que la abordemos en otra ocasión, no sólo con la intención de tratarla debidamente, sino porque, si la contemplamos en esta meditación, la misma sería excesivamente larga.

"Después de muerto Herodes, un ángel del Señor se apareció en sueños a José, allí (en Egipto), y le dijo: -Ponte en camino con el niño y con su madre y regresa con ellos a Israel, porque ya han muerto los que querían matar al niño. José preparó el viaje, tomó al niño y a la madre y regresó con ellos a Israel. Pero, al enterarse de que Arquelao, hijo de Herodes, reinaba en Judea en lugar de su padre, tuvo miedo de ir allí. Así que, nuevamente advertido en sueños, se dirigió a la región de Galilea y se estableció en un pueblo llamado Nazaret. DE esta manera se cumplió lo que habían anunciado los profetas: que Jesús sería llamado Nazareno" (MT. 2, 19:23).

Cuando José supo que su prometida estaba embarazada, quiso separarse de ella secretamente, pero, cuando obedeció el mandato divino de regresar a Nazaret, saldó la deuda que tenía con él, con Dios, con su Hijo adoptivo y María.

A partir del regreso de la Sagrada Familia a Nazaret, comenzó un periodo de silencio del que hablé anteriormente, que culminó cuando nuestro Señor tenía 12 años, y, en conformidad con la Ley de Israel, acompañó a sus predecesores, por primera vez, a Jerusalén, a celebrar la Pascua. San Lucas escribió en su Evangelio: "Sus padres iban todos los años a Jerusalén a celebrar la fiesta de la Pascua. cuando tuvo doce años, subieron ellos como de costumbre a la fiesta y, al volverse, pasados los días, el niño Jesús se quedó en Jerusalén, sin saberlo sus padres. Pero creyendo que estaba en la caravana, hicieron un día de camino, y le buscaban entre los parientes y conocidos; pero al no encontrarle, se volvieron a Jerusalén en su busca. Y sucedió que, al cabo de tres días, le encontraron en el Templo en medio de los maestros, escuchándoles y preguntándoles; todos los que le oían, estaban estupefactos por su inteligencia y sus respuestas. Cuando le vieron, quedaron sorprendidos, y su madre le dijo: -Hijo, ¿por qué nos has hecho esto? Mira, tu padre y yo, angustiados, te andábamos buscando. El les dijo: ¿Y por qué me buscabais? ¿No sabíais que yo debía estar en la casa de mi Padre? Pero ellos no comprendieron la respuesta que les dio" (LC. 2, 41:50).

No debe extrañarnos el hecho de que José y María buscaran a su Hijo desesperadamente, de hecho, conocemos pocos casos de padres que no se preocupen por sus descendientes. La preocupación de los padres de Jesús estaba muy justificada, si tenemos en cuenta que, los mayores enemigos de los invasores romanos, los celotes, pudieron haberse revelado contra sus colonizadores precisamente en aquellos días, aprovechando la celebración de la Pascua, una ocasión en la que podían tener a flor de piel su exagerado espíritu nacionalista.

San Lucas nos dice que cuando José y María encontraron al Niño en el Templo se quedaron sorprendidos, así pues, aquél era precisamente el lugar en que menos posibilidades creían tener de encontrar a su Hijo, y, mucho menos, conversando tranquilamente entre los intérpretes de la Ley y con una sabiduría equiparable a la de los mismos, pues los citados maestros eran formadores de los fariseos, que, a su vez, instruían a quienes lo deseaban en el conocimiento de la Ley.

Quizá no nos hubiera sorprendido el hecho de que José y María se hubieran desahogado golpeando a Jesús, alegando que su Hijo les había causado un gran dolor para justificar su acción, pero, sin embargo, cuando estaban a solas en Nazaret, meditaron mucho sobre la respuesta con que su Hijo se dirigió a ellos, a pesar de que José no le había interrogado, pero Jesús sentía que también le debía una explicación razonable a su padre, para justificar su conducta. Los padres de nuestro Señor sufrieron mucho aquel día, porque recordaron que Jesús vivía para cumplir la voluntad de Dios, en una sociedad en que, por causa de su pobreza, muchas familias eran incrementadas, para que sus miembros trabajaran y pudieran ayudarse unos a otros, para poder sobrevivir.

Jesús "bajó con ellos (sus padres) y vino a Nazaret, y vivía sujeto a ellos. Su madre conservaba cuidadosamente todas las cosas en su corazón. Jesús progresaba en sabiduría, en estatura y en gracia ante Dios y ante los hombres" (LC. 2, 51:52). María conservaba el recuerdo de los hechos extraordinarios que marcaban la infancia de su Hijo, y los meditaba, oraba, y, se inquietaba, porque no sabía de qué forma se llevaría a cabo el designio salvífico de Dios, por medio de su Hijo.

Ya que conocemos la infancia de nuestro Señor, sabemos cuál es la causa por la que la Iglesia desea que los cristianos imitemos a la Sagrada Familia de Nazaret. Los modelos familiares cristianos fueron inspirados en las instrucciones que se dan indicando las pautas de comportamiento que todos hemos de seguir con nuestros familiares en los primeros cinco libros de la Biblia (el Pentateuco). Los tiempos han cambiado, así pues, actualmente, las mujeres, en muchos países, no tienen que estar necesariamente sometidas a sus padres ni a sus maridos o tutores legales, ya los padres no acuerdan relaciones matrimoniales sin que los contrayentes tengan la oportunidad de conocerse... No ha de sorprendernos en absoluto el hecho de que San Pablo les escribiera a los cristianos de Efeso: "La Iglesia es dócil a Cristo, séanlo también, y sin reserva alguna las mujeres a sus maridos" (EF. 5, 24). San Pablo no habla en el versículo citado de la fidelidad conyugal, sino de la obediencia indiscutible de las mujeres con respecto a sus maridos. Si alguien interpreta el citado versículo que he interpretado literalmente y difiere de la interpretación que he hecho, no tendré reparo alguno en reconocer que dicho Apóstol no era feminista precisamente, así pues, él escribió: "Las mujeres deben guardar silencio en la asamblea. No les está, pues, permitido tomar la palabra, sino que deben mostrar el mayor acatamiento. Así lo manda la misma Ley. Si desean saber algo, que se lo pregunten en casa a sus maridos, porque no está bien que la mujer hable en la asamblea" (1 COR. 14, 34:35). Acepto el hecho de que las mujeres en los primeros siglos del Cristianismo no pudieran predicar en las reuniones, ya que se las veía inferiores a los hombres, pero creo abusivo el hecho de que ni siquiera se les permitiera hablar con sus familiares. Puedo decir, en defensa de San Pablo, que hacía bien en impedir que las mujeres predicaran, porque así evitaba maltratos y muertes innecesarios. Actualmente, cuando leemos los escritos paulinos y encontramos referencias con respecto de la sumisión de las mujeres a sus cónyuges, muchos cristianos interpretamos que la sumisión tiene que ser mutua, en beneficio de las relaciones matrimoniales.

Recordemos algunos versículos paulinos de gran belleza:

"Vosotros, los maridos, amad a vuestras mujeres, como Cristo amó a la Iglesia. Por ella entregó su vida a fin de consagrarla a Dios, purificándola por medio del agua y de la palabra" (EF. 5, 25:26). San Pablo instó a los hombres casados a que amaran a sus mujeres, y a que las prepararan para que no incurrieran en ningún pecado, para que así ellas pudieran ser salvas, cuando aconteciera la venida de nuestro Señor al mundo. Tengamos en cuenta que, San Pablo, durante mucho tiempo, vivió creyendo que Cristo estaba a punto de volver al mundo, para concluir nuestra redención.

Sería muy complicado interpretar la forma en que todos hemos de actuar con respecto a nuestros familiares basándonos en los textos bíblicos, dado que nuestras sociedades han evolucionado mucho, así pues, San Pablo fue un gran innovador cuando escribió, en un tiempo en que sólo se hablaba de que los hijos tenían que obedecer a sus padres, sin plantearse que lo que los padres pensaban era lo correcto, pues estaban obligados a aceptarlo como indiscutible: "Vosotros, los padres, no hagáis de vuestros hijos unos resentidos, sino educadlos, instruidlos y corregidlos como lo haría el Señor" (EF. 6, 4). Tengamos en cuenta que, aunque la Biblia contiene consejos muy provechosos para ayudarnos a alcanzar la felicidad entre nuestros familiares, la Palabra de Dios no es un manual de Psicología para ayudarnos a solventar nuestros problemas.

¿Por qué quiere la Iglesia que imitemos a la Sagrada Familia de Nazaret? El tiempo en que vivieron Jesús, María y José, estaba marcado por grandes dificultades, por consiguiente, los saduceos, miembros de la clase sacerdotal, pensaban que ellos debían dirigir al pueblo a los niveles político y religioso. Los fariseos eran grandes hipócritas que pensaban que todo el pueblo estaba infestado de gente imperfecta maldita por causa de sus pecados de entre quienes lógicamente ellos destacaban como lumbreras por su perfección. Los celotes robaban y asesinaban a judíos, romanos y otros extranjeros, con el fin de obtener el dinero que necesitaban para construir armas con las que asesinaban a sus mayores enemigos. Cuando María se vio embarazada y supo que su vida dependía de José porque él tenía el deber de lapidarla por causa de su supuesta relación adúltera con otro hombre, lo único que pudo hacer es refugiarse en la oración, especialmente cuando José la envió a casa de los padres de San Juan el Bautista, con el fin de separarse de ella secretamente. José pagó el desprecio que le iba a hacer a María, según vimos anteriormente, y Jesús fue educado en medio de dificultades, como la rebelión de Judas el Galileo contra Roma.

María y José no tuvieron en sus manos ningún libro de autoayuda para solventar sus múltiples dificultades, y, actualmente, un gesto insignificante, puede significar el fin de una relación matrimonial. Actualmente, la gente se conoce, y, o posterga sus relaciones de noviazgo indefinidamente, o contrae matrimonio rápidamente. Estos últimos no suelen conocerse, por lo que, cuando les surge una discusión o un problema fácil de solucionar, prefieren separarse de su cónyuge, antes de llegar a un acuerdo con su pareja. El mundo avanza muy deprisa, pero, en ciertos aspectos, quienes estamos casados, tenemos que caminar cogidos de la mano de nuestros mejores amigos, nuestros cónyuges.

Los dos relatos bíblicos del Nacimiento de nuestro Señor, podéis encontrarlos en MT. 1, 18:25, y en LC. 2, 1:20.

Recordemos que, en el relato de la Anunciación que podéis encontrar en LC. 1, 26:38, San Gabriel le anunció a nuestra Señora su Maternidad divina, y le dijo que daría a luz a un Hijo, al cuál le pondría por nombre Jesús.

San Mateo nos dice en su relato del Nacimiento de Jesús: "El nacimiento de Jesús el Mesías fue así: María, su madre, estaba comprometida para casarse con José, pero antes de vivir con él como esposa, quedó embarazada por la acción del Espíritu Santo" (MT. 1, 18). Gracias al autor del Protoevangelio de Santiago (uno de los Evangelios Apócrifos, es decir, un evangelio no recogido en el canon bíblico), sabemos que María era hija de Joaquín y de Ana. Los padres de María no podían tener hijos porque Ana era estéril. Joaquín se retiró al desierto para hacer penitencia y orar mucho, con el fin de que Yahveh permitiera que él tuviera hijos. Por su parte, Dios escuchó la oración de los padres de la Virgen, y les concedió a María, que, sin duda alguna, es la mujer más venerada por los católicos de todos los tiempos.

Según una tradición que parece ser incierta, cuando María era muy pequeña, fue presentada por sus padres en el Templo de Jerusalén, para que sirviera a Dios. Esta ofrenda le fue hecha a nuestro Criador por Joaquín y Ana, pues esa era su manera de agradecerle al Todopoderoso el favor que les había hecho al concederles a su hija, la que supuestamente le fue devuelta a El-Shaddai (el Santo de los santos(, para que lo sirviera hasta el fin de sus días.

Con respecto a José disponemos de información escasa, así pues, del Patrón de la Iglesia Universal, sabemos lo siguiente: Nuestro Santo era hijo de Jacob (CF. MT. 1, 16). En su genealogía de Jesús, San Lucas escribió que el Patrón de los seminaristas y de la buena muerte descendía de Elí (LC. 3, 23). Según LC. 1, 27, sabemos que María estaba comprometida con José en matrimonio, cuando san Gabriel le comunicó que sería la Madre del Hijo de Dios.

San Mateo, nos dice que, antes de que María viviera con José como esposa, quedó embarazada por la acción del Espíritu Santo, según recordamos anteriormente. Con respecto a este hecho tan misterioso, lo único que puedo deciros, con la intención de no polemizar, es las palabras que San Gabriel le dijo a María, cuando le anunció que su parienta Elisabeth estaba embarazada: "Ninguna cosa es imposible para Dios" (LC. 1, 37).

San Mateo nos dice: "José, su esposo, que era un hombre justo, no quiso denunciar públicamente a María, sino que decidió separarse de ella de una manera discreta" (MT, 1, 19). María quedó encinta por la acción del Espíritu Santo, pero ella no podía demostrarle a José esta realidad, de forma que le era totalmente imposible hacerle creer a su futuro marido que no le había sido infiel. José tenía el amparo de la Ley para lapidar a su prometida por haber cometido adulterio, pero, el Hagiógrafo cuyo texto estamos meditando, nos dice que él era justo, y que por esta razón no quiso exterminar a María, ora porque la amaba, ora porque quería evitar que se extendiera el rumor de que María le había sido infiel.

"Andaba él (José) pensando en este asunto, cuando un ángel del Señor se le apareció en sueños y le dijo: -José, descendiente de David, no tengas reparo en recibir en tu casa a María, tu esposa, pues el hijo que ha concebido es por la acción del Espíritu Santo" (MT. 1, 20). El ángel le dijo a José: No seas rencoroso con María, y recíbela en tu casa, pues ella será tu mujer, y el Hijo que de ella nacerá, le ha sido engendrado por el Espíritu de Dios. Tengamos en cuenta que, en aquel tiempo, las mujeres tenían que vivir sometidas forzosamente a sus maridos o a sus padres (no a sus madres) o tutores.

El ángel también le dijo a José con respecto a María: "Y cuando dé a luz a su hijo, tú le pondrás por nombre "Jesús", ", porque él salvará a su pueblo de sus pecados" (MT. 1, 21). Recordemos que San Gabriel le dijo a María santísima en el episodio de la Anunciación: "Vas a concebir en el seno y darás a luz un hijo, a quien pondrás por nombre Jesús" (LC. 1, 31). Se nos hace preciso meditar brevemente sobre la misión que Jesús llevó a cabo, con el fin de comprender mejor el significado de su nombre, traducido a nuestro idioma: Recordemos que, en MT, 1, 21, leemos con respecto a nuestro Señor: "El salvará a su pueblo de sus pecados" El Mesías fue enviado por nuestro Padre común al mundo para redimirnos de nuestros pecados, es decir, para librarnos del castigo que merecemos por el mal que nos causamos a nosotros o a nuestros prójimos los hombres conscientemente. Este mal es conocido como pecado, no por la repercusión que el mismo tiene sobre nosotros o en las personas de nuestras víctimas, sino porque la Iglesia nos enseña que ello constituye una ofensa contra Dios, a pesar de que muchos católicos consideramos que, si el amor de nuestro Padre celestial es perfecto, es imposible el hecho de que El pueda ofenderse por causa de nuestras acciones. Dependiendo de la gravedad que conlleve ese mal, podemos catalogar nuestras acciones impropias como veniales o graves.

Nuestro Señor, además de venir al mundo para pagar el castigo que merecemos por nuestros pecados, también vino para, después de pagar dicha culpa nuestra, concedernos una existencia ilimitada, cuando acontezca el fin de los tiempos, una vida en la que no padeceremos ningún tipo de miseria.

"Todo esto sucedió en cumplimiento de lo que el Señor había dicho por medio del profeta: La virgen quedará embarazada, y dará a luz un hijo, a quien llamarán "Emmanuel", que significa "Dios con nosotros"" (MT. 1, 23). No olvidemos que la obra de Isaías es llamada precisamente Emmanuel, y, en sus páginas, podemos leer: "He aquí que una doncella está encinta y va a dar a luz un hijo, y le pondrá por nombre "Emmanuel"" (IS. 7, 14).

San Lucas escribió en su Evangelio: "Subió también José desde Galilea, de la ciudad de Nazaret, a Judea, a la ciudad de David, que se llama Belén, por ser él de la casa y familia (descendencia), para empadronarse con María, su esposa, que estaba encinta. Y sucedió que, mientras ellos estaban allí, se le cumplieron los días del alumbramiento, y dio a luz a su hijo primogénito, y le envolvió en pañales y le acostó en un pesebre, porque no tenían sitio en el alojamiento" (LC. 2, 4:7).

La Iglesia nos invita, después de la celebración tradicional de la cena navideña, a acompañar a los pastores que adoraron al Mesías en la cueva de Belén y a venerar a María y a José, desde el comienzo de la Misa del Gallo, hasta la llegada del alba, cuando se celebra la llamada Misa del alba, en la que se vuelven a tener presentes las dos venidas de nuestro Señor. "Los ojos altivos del hombre serán abajados, se humillará la altanería humana, y será exaltado solo Yahveh en aquel día" (IS. 2, 11). "Repartes al hambriento tu pan, y al alma afligida dejas saciada, resplandecerá en las tinieblas (el mal y el dolor) tu luz, y lo oscuro de ti será como mediodía" (IS. 58, 10).

En la Misa del día 25 de diciembre, San Pablo nos dice: "Dios habló en otro tiempo a nuestros antepasados por medio de los profetas, y lo hizo en distintas ocasiones y de múltiples maneras. Ahora, llegada la etapa final, nos ha hablado por medio de su Hijo, a quien constituyó heredero de todas las cosas y por quien trajo el universo a la existencia" (HEB. 1, 1:2).

En dicha celebración de la Eucaristía, se nos recuerda la historia de la salvación brevemente, y la vida, las palabras y la obra del Señor, es decir, nuestra redención.

La Solemnidad de la Sagrada Familia y la infancia de Jesús.

La Iglesia desea que todos los católicos imitemos a Jesús, a María y a José. Nos es imposible imitar la conducta de la Sagrada Familia sin conocer las vivencias de los miembros de la primera Iglesia doméstica que podemos leer en la Biblia.

Anteriormente recordamos que en el Protoevangelio de Santiago podemos leer que María era hija de Joaquín y Ana, y que José era descendiente de Jacob o de Elí, según escribieron los hagiógrafos San Mateo y San Lucas. Con respecto a la clase social a la que pertenecía la Sagrada Familia, no disponemos de datos muy fiables, así pues, en la narración de la Natividad de nuestro Señor según San Lucas, leemos: "María dio a luz a su hijo primogénito, le envolvió en pañales y le acostó en un pesebre, porque no tenían sitio en el alojamiento" (LC. 2, 7). Muchos investigadores nos dicen que Jesús realizó su primer milagro en la celebración de un banquete de bodas en Caná de Galilea, pues tanto su Madre como El fueron invitados a aquella celebración, porque María era pariente de uno de los cónyuges. Se dice que la citada familia pertenecía a la clase social que actualmente conocemos como media alta. Otra prueba de que Jesús pertenecía a la clase alta de los burgueses la encontramos en la narración de la Pasión y muerte de nuestro Señor, que escribió San Juan: "Los soldados, una vez que hubieron terminado de crucificar a Jesús, se quedaron con sus ropas y las repartieron en cuatro lotes, uno para cada uno. Aparte dejaron la túnica. Como era una túnica sin costuras, tejida de una sola pieza de arriba a abajo, llegaron a este acuerdo: -No debemos partirla; lo que procede es sortearla para ver a quién le toca. Así se cumplió el pasaje de la Escritura que dice: Dividieron entre ellos mis ropas y echaron a suertes mi túnica" (JN. 19, 23:24). Jesús era íntimo amigo de los hermanos de Betania Lázaro, María y Marta, una familia bien situada, en cuya casa, nuestro Señor solía hospedarse con sus discípulos, cuando iban de camino. San Juan nos dice: "Un hombre llamado Lázaro había caído enfermo... Era natural de Betania... Las hermanas de Lázaro mandaron a Jesús este recado: señor, tu amigo está enfermo" (JN. 11, 1; 3).

Independientemente de que Jesús fuera rico o pobre, sabemos que nuestro Señor optó por la vivencia radical de la humildad, así pues, El le dijo a un joven rico que le preguntó lo que tenía que hacer para convertirse en seguidor o discípulo suyo, después de que él le asegurara que cumplía cabalmente todos los Mandamientos de la Ley: "-Una cosa te falta: -Ve, vende todo lo que posees y reparte el producto entre los pobres. Así te harás un tesoro en el cielo. Luego vuelve aquí y sígueme" (MC. 10, 21). Jesús no rechazaba los bienes materiales, así pues, El sufragaba los gastos de sus compañeros y suyos gracias al dinero que recibía de ciertas mujeres cuyos maridos tenían cierta influencia en Palestina, y repartía limosnas a los marginados.

Jesús defendía la pobreza espiritual, es decir, era humilde, y no despilfarraba su dinero.

Con respecto a algunas de las mujeres que ayudaban al señor con sus aportaciones económicas o con su trabajo de amas de casa, leemos en el Evangelio de San Lucas: "Sucedió a continuación que (Jesús) iba por ciudades y pueblos, proclamando y anunciando la Buena Nueva del Reino de Dios; le acompañaban los Doce, y algunas mujeres que habían sido curadas de espíritus malignos y enfermedades: María, llamada Magdalena, de la que habían salido siete demonios, Juana, mujer de Cusa, un administrador de Herodes, Susana y otras muchas que les servían (al Señor y a sus discípulos) con sus bienes" (LC. 8, 1:3).

desde que María se quedó embarazada de Jesús y José la aceptó como esposa, ¿qué hizo el Sagrado Titular de la Iglesia Católica para obtener el dinero que ambos necesitaban para vivir? Tanto en MC. 6, 3, como en MT. 13, 55, se nos dice que Jesús era carpintero, e hijo del carpintero. ES difícil suponer que José fuera escultor, porque, aunque Palestina había sido invadida por el ejército romano el año 63 antes de Cristo, los judíos rechazaban el culto a las imágenes, porque consideraban que ello constituía una ofensa muy grave contra Yahveh, ya que a Dios ni se le puede representar ni se le puede sustituir por divinidades falsas. No hay que echar a volar la imaginación para suponer que, a pesar de que José era carpintero, en más de una ocasión, quizá tuvo que improvisar haciendo trabajos diferentes al suyo, si pertenecía a la clase social más humilde del país.

¿Qué nos dice la Biblia con respecto a la Sagrada Familia desde que aconteció el Nacimiento de Jesús hasta que el Mesías inició su Ministerio público?

Los judíos, por causa de un mandato divino muy antiguo, circuncidaban a sus hijos, el octavo día del nacimiento de los mismos, simbolizando la consagración de sus descendientes a Dios. Esta era una forma de hacer que Yahveh siempre tuviera servidores dispuestos a trabajar obedeciendo a los dirigentes político-religiosos de Palestina. En el Evangelio de San Lucas, leemos: "Cuando se cumplieron los ocho días para circuncidarle (a Jesús), se le dio el nombre de Jesús, el que le dio el ángel antes de ser concebido en el seno" (LC. 2, 21). Recordemos lo que José le oyó al ángel que se le manifestó en el sueño en que le comunicó que no tuviera reparo en aceptar a María como esposa: "... Tu le pondrás por nombre "Jesús", porque él salvará a su pueblo de sus pecados" (MT. 1, 21). Recordemos también lo que San Gabriel le dijo a María en el episodio de la Anunciación: "Vas a concebir en el seno y vas a dar a luz un hijo, a quien pondrás por nombre Jesús" (LC. 1, 31). A la luz de los versículos bíblicos que estamos meditando, podemos comprender, recordando la misión que le fue encomendada a nuestro Señor, la razón por la que, Jesús, se traduce al español como Libertador o Salvador.

No olvidemos que Jesús no necesitaba ser consagrado al Altísimo porque El procedía de Dios, pero nuestro Salvador no quiso diferenciarse de los demás mortales de todos los tiempos, así pues, si sus hermanos de raza eran circuncidados, El tenía que ser circuncidado también, porque se hizo en todos los aspectos de la vida igual a nosotros, exceptuando la contaminación del pecado, y porque era descendiente de Adán y Eva, según el Génesis, los primeros pecadores. Recordemos que, por causa del relato del pecado original, que se puede leer en el capítulo 3 de dicho primer libro de la Biblia, los judíos primero y los cristianos después, tenían que tener un rito, a través del cuál, le demostraran a Dios que deseaban reconciliarse con El. Por otra parte, pensemos que en la gran mayoría de religiones existentes a través del transcurso de la historia, ha existido la costumbre de sacrificar a uno o a varios hijos, ya sea quitándoles la vida, u obligándolos a servir a la divinidad a la que sus adeptos adoran.

Cuando se cumplieron 40 días a partir de la Natividad de Jesús, sus padres, en conformidad con otras prescripciones ancestrales, fueron al Templo de Jerusalén, para ofrendarle a Dios a su descendiente, y recuperarlo nuevamente, pues tenían que formarlo convenientemente para que desarrollara la misión que le fue encomendada por nuestro Creador, ya fuera trabajando como José y fundando un hogar, o realizando grandes portentos, tal como lo hicieron en el pasado, grandes siervos de Dios, como, por ejemplo, Moisés. Pensemos que José y María conocían la misión que le fue encomendada a Jesús, pero desconocían la forma en que su Hijo cumpliría su deber.

En aquella ocasión, María llevó a cabo el rito de la purificación de su largo periodo menstrual, pues los judíos creían que las mujeres que tenían la regla eran impuras ante Dios y su pueblo.

La Sagrada Familia sacrificó en el Templo 2 tórtolas o 2 pichones, las primeras si eran de un estado social alto, y, los segundos, si eran pobres.

San Lucas nos cuenta estos hechos brevemente: "Cuando se cumplieron los días de la purificación de ellos, según la Ley de Moisés, llevaron a Jesús a Jerusalén para presentarle al Señor, como está escrito en la Ley del Señor: todo varón primogénito será consagrado al señor y para ofrecer en sacrificio un par de tórtolas o dos pichones, conforme a lo que se dice en la Ley del Señor" (LC. 2, 22:24).

Aquel día, José y María, se asombraron en gran manera, cuando un anciano, cuyo nombre era Simeón, les predijo lo que le sucedería al pequeño Jesús el día en que el Mesías fue asesinado. San Lucas escribió en su Evangelio con respecto a este hecho tan singular: "Y He aquí que había en Jerusalén un hombre llamado Simeón; este hombre era justo y piadoso, y esperaba la consolación de Israel; y estaba en él el Espíritu Santo" (LC. 2, 25). San Lucas nos hace entender que, el Espíritu del señor, estaba sobre Simeón, en virtud de la justicia y piedad que caracterizaban al mismo. Dios valora mucho la bondad humana, así pues, el ángel que le anunció a Zacarías el nacimiento de su hijo, le dijo que la misión del Bautista consistiría en "hacer volver los corazones de los padres a los hijos, y a los rebeldes a la prudencia de los justos, para preparar al señor un pueblo bien dispuesto" (LC. 1, 17). San Lucas también nos dice con respecto a los padres de San Juan el Bautista: "Los dos eran justos ante Dios, y caminaban sin tacha en todos los mandamientos y preceptos del Señor" (LC. 1, 6). En su oración de acción de gracias por el nacimiento de su hijo y por haber recuperado la voz, Zacarías manifestó su deseo de que todos "podamos servirle (a Dios) sin temor en santidad y justicia delante de él todos los días de nuestra vida" (LC. 1, 74:75). El Salmista nos dice: "Dichoso el que se apiada y practica la piedad y presta y administra rectamente todos sus asuntos" (SAL. 112, 5).

San Lucas nos sigue diciendo con respecto a Simeón: "Le había sido revelado por el Espíritu Santo que no vería la muerte antes de haber visto al Cristo del señor" (LC. 2, 26). Hemos visto anteriormente que los judíos esperaban el advenimiento del Mesías, unos para que el enviado de Dios estableciera el Reino de Dios en el mundo, y, otros, para que liberara a Palestina de la opresión que los romanos ejercían sobre los descendientes de Abraham, Isaac y Jacob o Israel. en aquel tiempo eran pocos los que creían en la verdadera imagen del Mesías, pues la misma había sido distorsionada por quienes deseaban que el Redentor de las naciones se convirtiera en un líder político-militar, capacitado para librar al pueblo de Yahveh de sus opresores. Simeón creía en el Mesías, y concebía al enviado de Dios como Salvador, y, por causa de su justicia y piedad, el Espíritu Santo le reveló que no moriría, sin haber contemplado al Mesías. Simeón, "movido por el Espíritu, vino al Templo; y cuando los padres introdujeron al niño Jesús, para cumplir lo que la Ley prescribía sobre él, le tomó en brazos y bendijo a Dios diciendo: Ahora, Señor, puedes, según tu palabra, dejar que tu siervo se vaya (muera) en paz; porque han visto mis ojos tu salvación, la que has preparado a la vista de todos los pueblos, luz para iluminar a los gentiles y gloria de tu pueblo Israel" (LC. 2, 27:32).

Quienes tienen la costumbre de orar ayudándose para ello de la Liturgia de las horas, repiten la oración anterior de Simeón todas las noches, y le dan gracias a Dios, por haberles permitido conocer a su Cristo o Mesías. Jesús es amado por nosotros porque es nuestro Hermano y Salvador.

San Lucas nos sigue instruyendo: "Su padre y su madre (de Jesús) estaban admirados de lo que se decía de él. Simeón les bendijo y dijo a María, su madre: Este está puesto para caída y elevación de muchos en Israel, y para ser señal de contradicción -¡y a ti misma una espada te atravesará el alma!- a fin de que queden al descubierto las intenciones de muchos corazones" (LC. 2, 33:35).

José murió durante la adolescencia de Jesús, así pues, María acompañó a Jesús durante el trágico episodio de su Pasión y muerte, pues el Espíritu Santo la previno para que, desde que su Hijo le fue consagrado a Yahveh, ella fuera consciente de que Jesús tenía que padecer, como si cargara con el peso de todos los crímenes que se habían cometido y quedaban por llevar a cabo, desde la creación del mundo hasta el final de los tiempos. A través de la Pasión, la muerte y la Resurrección de Jesús, se descubrieron las intenciones de quienes estaban a favor y en contra del Hijo de Dios.

Ignoramos en qué medida llegaron a captar los padres de Jesús el mensaje tan extraño que Simeón les transmitió basándose para ello en la forma de hablar de los Profetas del pasado. Supongo que ellos debieron comprender que Jesús vino al mundo para ensalzar a los buenos y humillar a los enemigos de Dios, con el fin de que la humanidad expiara el mal que había provocado a través del curso de su historia.

¿Por qué le dijo Simeón a María que Jesús era un signo de contradicción? A pesar de que basándonos en la vivencia que Jesús tuvo de su Ministerio sabemos que el Cristo o Ungido de Dios para llevar a cabo la misión que le fue encomendada hizo acopio de una humildad ejemplar para nosotros, todos interpretamos el mensaje de Jesús personalmente de la forma que más se adapta a la imagen de Dios que más se adecua a la realidad que creemos razonable. Como ejemplo de esta contradicción lamentable, he de deciros que los católicos celebramos la Eucaristía, mientras que otros cristianos consideran que Jesús, la noche en que fue entregado a sus enemigos, no hizo del pan el maná celestial que tan necesario nos es a nosotros, sino que hizo un gesto simbólico, que significaba su entrega sacrificial. Es lamentable el hecho de que todos los cristianos no nos pongamos de acuerdo para interpretar la Palabra de Dios, a veces, ni en el caso de que pertenezcamos a una misma iglesia o congregación. Existen comunidades cerradas cuyos miembros comparten una ideología difícil de vivir que los diferencia del resto de cristianos del mundo, pero, lamentablemente, estos hermanos nuestros, no son libres para pensar por sí mismos, pues sus líderes se encargan de mentalizarlos con respecto a lo que tienen que creer, de manera que anulan su capacidad de discernimiento. Por el contrario, existen otras comunidades abiertas, cuyos miembros son más libres para aceptar lo que crean más conveniente, aunque suelen coincidir en la interpretación de los aspectos más trascendentales de la fe que profesan.

San Pablo les escribió a los cristianos de la comunidad que fundó en corinto con respecto a las diferencias que nos separan y a algunos aspectos relacionados con nuestra conducta: "Ha llegado a mis oídos que, cuando os reunís en asambleas (celebraciones, reuniones, catequesis...), los bandos están a la orden del día: cosa, por cierto, nada increíble, si se piensa que hasta es conveniente que existan divisiones entre vosotros, para que quede claro quiénes son los que salen airosos de la prueba" (1 COR. 11, 18:19).

Aprovecho esta ocasión para pediros que oréis por quienes trabajan por la unión de todos los cristianos del mundo, pues no es razonable el hecho de que los hijos de Dios interpretemos la Palabra de nuestro Criador de diferentes formas.

San Lucas nos dice con respecto al episodio de la infancia de Jesús que estamos considerando: "Había también una profetisa, Ana, hija de Fanuel, de la tribu de Aser, de edad avanzada; después de casarse había vivido siete años con su marido, y permaneció viuda hasta los ochenta y cuatro años; no se apartaba del Templo, sirviendo a Dios noche y día en ayunos y oraciones" (LC. 2, 36:37). En los anteriores versículos del segundo libro de San Lucas aparecen varios nombres que nos son desconocidos. ¿Por qué nos dice el Hagiógrafo sagrado que Ana era hija de Fanuel? Los judíos tenían la costumbre de conocerse entre sí, añadiéndoles a sus nombres la palabra bar, que significa: hijo de. Un ejemplo de ello lo encontramos en MC. 10, 46:52, un pasaje bíblico en que San Marcos nos habla de la curación por parte de Jesús del ciego Bartimeo, es decir, hijo de Timeo. No sabemos cuál era el hombre del citado ciego, pero sabemos que el nombre de su antecesor era Timeo. San Lucas nos habla de la tribu de Aser, es decir, uno de los doce hijos de Jacob o Israel. El Evangelista también nos habla del servicio que Ana le ofreció a Dios con sus ayunos y oraciones, por lo cuál nos preguntamos: ¿Qué necesidad tiene Dios de nuestros ayunos y oraciones? Nuestro creador no necesita nada de nosotros, porque El es Todopoderoso, pero, con esos y otros gestos, le pedimos que sea generoso con nuestros prójimos, y con nosotros.

San Lucas nos sigue diciendo: "Como Ana se presentase en aquella misma hora, alababa a Dios y les hablaba del niño a todos los que esperaban la redención de Jerusalén. Así que cumplieron todas las cosas según la Ley del Señor, volvieron a Galilea, a su ciudad de Nazaret. El niño crecía y se fortalecía, llenándose de sabiduría; y la gracia de Dios estaba sobre él" (LC. 2, 38:40). La gracia de Dios estaba sobre Jesús. El poder y el amor de Dios estaban sobre el Hijo de María.

A partir del relato que hemos meditado, San Lucas no dejó nada escrito con respecto a los sucesos que vivió nuestro Señor durante sus primeros 12 años de existencia mortal. Sin embargo, en el Evangelio de San Mateo, encontramos otros datos de la infancia de Jesús.

San Lucas nos ayuda a calcular aproximadamente la fecha del Nacimiento de Jesús, aportándonos para ello los siguientes datos históricos: "Sucedió que por aquellos días salió un edicto de César Augusto ordenando que se empadronase todo el mundo. Este primer empadronamiento tuvo lugar siendo gobernador de Siria Cirino. Iban todos (los judíos) a empadronarse, cada uno a su ciudad" (LC. 2, 1:3).

Por su parte, el autor del primer Evangelio escribió: "Jesús nació en Belén, un pueblo de Judea, durante el reinado de Herodes. Por entonces llegaron a Jerusalén unos sabios de Oriente, que preguntaban: -¿Dónde está el rey de los judíos recién nacido? Nosotros hemos visto aparecer su estrella y venimos a adorarle" (MT. 2, 1:2). Imaginemos cómo debieron sentirse los astrólogos orientales, cuando, después de haber hecho un largo viaje, se encontraron con que los judíos desconocían a su Rey. Imaginemos, también, la debilidad de la fe de los judíos, pues, siendo ellos los primeros elegidos por Dios para manifestárseles, desconocían el designio salvífico de nuestro Criador, y, por tanto, a aquél a quien El ungió para que fuera nuestro Redentor. Los israelitas tenían desde hacía muchos siglos la costumbre de ungir con aceite a los sacerdotes, profetas y reyes, con el fin de constatar que Dios les había elegido para desempeñar las actividades que les eran propias.

"El rey Herodes se inquietó mucho cuando llegó esto a sus oídos, y lo mismo les sucedió a todos los habitantes de Jerusalén" (MT. 2, 3). Palestina había sido invadida por el ejército romano el año 63 antes de Cristo. Roma respetaba los cultos religiosos de las tierras que conquistaba, aunque imponía la exhibición de las imágenes de sus césares en los lugares más destacados. En aquel tiempo, dado que los judíos esperaban la inminente aparición del Mesías porque el Profeta Miqueas vaticinó aquel extraordinario hecho para aquellos años, aparecían muchos Mesías en Israel, unos como líderes religiosos, y, otros, con tendencias políticas. El pueblo oprimido por sus invasores se dejaba arrastrar por las convicciones de los citados Mesías, de los cuales, Pilato, para complacer a los miembros constituyentes del Sanedrín o Sinedrio (alto Tribunal de Israel), crucificó entre 48 y 70. En esas circunstancias tan dramáticas, ¿de qué forma podía reaccionar Herodes el idumeo si sospechaba que podía perder su reinado, o si el pueblo pensaba que uno de sus hijos podía ser criado y preparado para levantarse contra él? Herodes "ordenó que se reunieran los jefes de los sacerdotes y los maestros de la Ley para averiguar por medio de ellos dónde había de nacer el Mesías" (MT. 2, 4). Si los magos averiguaron que el Mesías había nacido porque habían visto aparecer su estrella en el cielo y habían viajado siguiendo la ruta que les había indicado la misma, Herodes tenía que valerse de ellos y de los intérpretes de las Escrituras, con el propósito de encontrar al supuesto futuro Rey de Israel, y degollarlo, sin dejarlo que creciera, para que nadie pudiera revelarse contra él, y unirse a su futuro enemigo.

San Mateo nos dice que los intérpretes de la Ley le dieron esta respuesta (a Herodes): -En Belén de Judá (Judea), porque así lo escribió el profeta (Miqueas): Tú, Belén de Judá, no eres la menor entre las ciudades importantes de Judá, pues de ti saldrá un caudillo que guiará a mi pueblo Israel" (MT. 2, 5:6. CF. MI. 5, 2).

"Entonces Herodes hizo llamar en secreto a los magos de Oriente, y por lo que le dijeron llegó a precisar el tiempo en que habían visto la estrella (con la intención de calcular la fecha aproximada del Nacimiento de Jesús). Luego los envió a Belén y les dijo: -Id allá y averiguad cuanto os sea posible acerca de ese niño. Y cuando le halláis encontrado, hacédmelo saber, para ir también yo a adorarle. Los sabios, después de oír al rey, salieron para Belén, y la estrella que habían visto aparecer les guió hasta el lugar donde estaba el niño. Llenos de alegría porque seguían viendo la estrella, entraron en la casa y vieron al niño con María, su madre. Entonces cayeron de rodillas ante él y, sacando los tesoros que llevaban consigo, le ofrecieron oro, incienso y mirra" (MT. 2, 7:11). Después de que aconteciera el Nacimiento de nuestro Señor, José buscó una casa en Belén, para no seguir viviendo junto a su Familia en la cueva que los pastores utilizaban para guarecer sus ganados. De la misma forma que Simeón habló con María en la Presentación de Jesús a Dios en el Templo de Jerusalén, José no tuvo la oportunidad de ver cómo aquellos astrólogos extranjeros se postraban ante su Hijo putativo.

¿Qué significado tenían los regalos que los sabios orientales le ofrecieron a Jesús? El oro significaba que Jesús fue hombre. Nuestro señor es Dios, y, como tal, es dueño y señor del universo. El oro, dada la humildad de nuestro Señor, significaba la riqueza espiritual del Mesías. El incienso significaba la Divinidad de Jesús, y, la mirra, fue uno de los ungüentos sepulcrales, con que fue ungido nuestro Señor, el día en que le sepultaron José de Arimatea y Nicodemo, en el sepulcro que el primero se había hecho excavar para sí mismo.

"después, los sabios se volvieron a su país; pero tomaron otro camino, porque en sueños se les había advertido que no volvieran a donde estaba Herodes. Cuando ya se habían ido los sabios de Oriente, un ángel del Señor, se apareció a José en sueños y le dijo: -Levántate, toma al niño y a su madre, y huye con ellos a Egipto. Quédate allí hasta que yo te avise, porque Herodes va a buscar al niño para matarle. José se levantó, tomó al niño y a la madre y partió de noche con ellos camino de Egipto, donde permaneció hasta la muerte de Herodes. Así se cumplió lo que el señor había dicho por medio del profeta (Jeremías): De Egipto llamé a mi hijo. Cuando Herodes cayó en la cuenta de que había sido burlado por los sabios de Oriente, montó en cólera y mandó matar en Belén y sus alrededores a todos los niños menores de dos años, conforme al tiempo que calculó a partir de los informes de los sabios. Así se cumplió la palabra (profecía) del profeta Jeremías: En Ramá (en Belén y sus alrededores) se oye un clamor de muchos llantos y lamentos. Es Raquel (mujer predilecta de Jacob), que llora por sus hijos y no quiere consolarse, porque están muertos" (MT. 2, 12:18).

El pasaje de San Mateo que estamos considerando, no es un relato de ficción cuyo héroe es rescatado inesperada y prodigiosamente de las garras de la muerte, así pues, este episodio de la infancia del Hijo de Dios y María, nos insta a sumirnos en la meditación profunda del significado del dolor. Anteriormente vimos que Jesús fue circuncidado porque El vino al mundo para ser semejante a nosotros en todos los aspectos de la vida, con la excepción del pecado. Ahora bien, es inevitable el hecho de pensar: Si Jesús vino al mundo para ser semejante a nosotros en todos los aspectos de nuestra vida, ¿por qué permitió Dios que los niños conocidos como Santos inocentes de Belén perecieran después de que sus cabezas fueran amputadas por los componentes de la centuria que aterrorizaron a los habitantes de Belén? También nos preguntamos: ¿Por qué permitió Dios los conocidos atentados del 11S, el 11M, y otras tantas injusticias? Con respecto al episodio de la matanza de los inocentes de Belén, nos preguntamos: ¿Por qué no salvó Dios a aquellos niños, y rescató a su Primogénito de la muerte? La cuestión del dolor no se debe tratar superficialmente, así pues, es preciso que la abordemos en otra ocasión, no sólo con la intención de tratarla debidamente, sino porque, si la contemplamos en esta meditación, la misma sería excesivamente larga.

"Después de muerto Herodes, un ángel del Señor se apareció en sueños a José, allí (en Egipto), y le dijo: -Ponte en camino con el niño y con su madre y regresa con ellos a Israel, porque ya han muerto los que querían matar al niño. José preparó el viaje, tomó al niño y a la madre y regresó con ellos a Israel. Pero, al enterarse de que Arquelao, hijo de Herodes, reinaba en Judea en lugar de su padre, tuvo miedo de ir allí. Así que, nuevamente advertido en sueños, se dirigió a la región de Galilea y se estableció en un pueblo llamado Nazaret. DE esta manera se cumplió lo que habían anunciado los profetas: que Jesús sería llamado Nazareno" (MT. 2, 19:23).

Cuando José supo que su prometida estaba embarazada, quiso separarse de ella secretamente, pero, cuando obedeció el mandato divino de regresar a Nazaret, saldó la deuda que tenía con él, con Dios, con su Hijo adoptivo y María.

A partir del regreso de la Sagrada Familia a Nazaret, comenzó un periodo de silencio del que hablé anteriormente, que culminó cuando nuestro Señor tenía 12 años, y, en conformidad con la Ley de Israel, acompañó a sus predecesores, por primera vez, a Jerusalén, a celebrar la Pascua. San Lucas escribió en su Evangelio: "Sus padres iban todos los años a Jerusalén a celebrar la fiesta de la Pascua. cuando tuvo doce años, subieron ellos como de costumbre a la fiesta y, al volverse, pasados los días, el niño Jesús se quedó en Jerusalén, sin saberlo sus padres. Pero creyendo que estaba en la caravana, hicieron un día de camino, y le buscaban entre los parientes y conocidos; pero al no encontrarle, se volvieron a Jerusalén en su busca. Y sucedió que, al cabo de tres días, le encontraron en el Templo en medio de los maestros, escuchándoles y preguntándoles; todos los que le oían, estaban estupefactos por su inteligencia y sus respuestas. Cuando le vieron, quedaron sorprendidos, y su madre le dijo: -Hijo, ¿por qué nos has hecho esto? Mira, tu padre y yo, angustiados, te andábamos buscando. El les dijo: ¿Y por qué me buscabais? ¿No sabíais que yo debía estar en la casa de mi Padre? Pero ellos no comprendieron la respuesta que les dio" (LC. 2, 41:50).

No debe extrañarnos el hecho de que José y María buscaran a su Hijo desesperadamente, de hecho, conocemos pocos casos de padres que no se preocupen por sus descendientes. La preocupación de los padres de Jesús estaba muy justificada, si tenemos en cuenta que, los mayores enemigos de los invasores romanos, los celotes, pudieron haberse revelado contra sus colonizadores precisamente en aquellos días, aprovechando la celebración de la Pascua, una ocasión en la que podían tener a flor de piel su exagerado espíritu nacionalista.

San Lucas nos dice que cuando José y María encontraron al Niño en el Templo se quedaron sorprendidos, así pues, aquél era precisamente el lugar en que menos posibilidades creían tener de encontrar a su Hijo, y, mucho menos, conversando tranquilamente entre los intérpretes de la Ley y con una sabiduría equiparable a la de los mismos, pues los citados maestros eran formadores de los fariseos, que, a su vez, instruían a quienes lo deseaban en el conocimiento de la Ley.

Quizá no nos hubiera sorprendido el hecho de que José y María se hubieran desahogado golpeando a Jesús, alegando que su Hijo les había causado un gran dolor para justificar su acción, pero, sin embargo, cuando estaban a solas en Nazaret, meditaron mucho sobre la respuesta con que su Hijo se dirigió a ellos, a pesar de que José no le había interrogado, pero Jesús sentía que también le debía una explicación razonable a su padre, para justificar su conducta. Los padres de nuestro Señor sufrieron mucho aquel día, porque recordaron que Jesús vivía para cumplir la voluntad de Dios, en una sociedad en que, por causa de su pobreza, muchas familias eran incrementadas, para que sus miembros trabajaran y pudieran ayudarse unos a otros, para poder sobrevivir.

Jesús "bajó con ellos (sus padres) y vino a Nazaret, y vivía sujeto a ellos. Su madre conservaba cuidadosamente todas las cosas en su corazón. Jesús progresaba en sabiduría, en estatura y en gracia ante Dios y ante los hombres" (LC. 2, 51:52). María conservaba el recuerdo de los hechos extraordinarios que marcaban la infancia de su Hijo, y los meditaba, oraba, y, se inquietaba, porque no sabía de qué forma se llevaría a cabo el designio salvífico de Dios, por medio de su Hijo.

Ya que conocemos la infancia de nuestro Señor, sabemos cuál es la causa por la que la Iglesia desea que los cristianos imitemos a la Sagrada Familia de Nazaret. Los modelos familiares cristianos fueron inspirados en las instrucciones que se dan indicando las pautas de comportamiento que todos hemos de seguir con nuestros familiares en los primeros cinco libros de la Biblia (el Pentateuco). Los tiempos han cambiado, así pues, actualmente, las mujeres, en muchos países, no tienen que estar necesariamente sometidas a sus padres ni a sus maridos o tutores legales, ya los padres no acuerdan relaciones matrimoniales sin que los contrayentes tengan la oportunidad de conocerse... No ha de sorprendernos en absoluto el hecho de que San Pablo les escribiera a los cristianos de Efeso: "La Iglesia es dócil a Cristo, séanlo también, y sin reserva alguna las mujeres a sus maridos" (EF. 5, 24). San Pablo no habla en el versículo citado de la fidelidad conyugal, sino de la obediencia indiscutible de las mujeres con respecto a sus maridos. Si alguien interpreta el citado versículo que he interpretado literalmente y difiere de la interpretación que he hecho, no tendré reparo alguno en reconocer que dicho Apóstol no era feminista precisamente, así pues, él escribió: "Las mujeres deben guardar silencio en la asamblea. No les está, pues, permitido tomar la palabra, sino que deben mostrar el mayor acatamiento. Así lo manda la misma Ley. Si desean saber algo, que se lo pregunten en casa a sus maridos, porque no está bien que la mujer hable en la asamblea" (1 COR. 14, 34:35). Acepto el hecho de que las mujeres en los primeros siglos del Cristianismo no pudieran predicar en las reuniones, ya que se las veía inferiores a los hombres, pero creo abusivo el hecho de que ni siquiera se les permitiera hablar con sus familiares. Puedo decir, en defensa de San Pablo, que hacía bien en impedir que las mujeres predicaran, porque así evitaba maltratos y muertes innecesarios. Actualmente, cuando leemos los escritos paulinos y encontramos referencias con respecto de la sumisión de las mujeres a sus cónyuges, muchos cristianos interpretamos que la sumisión tiene que ser mutua, en beneficio de las relaciones matrimoniales.

Recordemos algunos versículos paulinos de gran belleza:

"Vosotros, los maridos, amad a vuestras mujeres, como Cristo amó a la Iglesia. Por ella entregó su vida a fin de consagrarla a Dios, purificándola por medio del agua y de la palabra" (EF. 5, 25:26). San Pablo instó a los hombres casados a que amaran a sus mujeres, y a que las prepararan para que no incurrieran en ningún pecado, para que así ellas pudieran ser salvas, cuando aconteciera la venida de nuestro Señor al mundo. Tengamos en cuenta que, San Pablo, durante mucho tiempo, vivió creyendo que Cristo estaba a punto de volver al mundo, para concluir nuestra redención.

Sería muy complicado interpretar la forma en que todos hemos de actuar con respecto a nuestros familiares basándonos en los textos bíblicos, dado que nuestras sociedades han evolucionado mucho, así pues, San Pablo fue un gran innovador cuando escribió, en un tiempo en que sólo se hablaba de que los hijos tenían que obedecer a sus padres, sin plantearse que lo que los padres pensaban era lo correcto, pues estaban obligados a aceptarlo como indiscutible: "Vosotros, los padres, no hagáis de vuestros hijos unos resentidos, sino educadlos, instruidlos y corregidlos como lo haría el Señor" (EF. 6, 4). Tengamos en cuenta que, aunque la Biblia contiene consejos muy provechosos para ayudarnos a alcanzar la felicidad entre nuestros familiares, la Palabra de Dios no es un manual de Psicología para ayudarnos a solventar nuestros problemas.

¿Por qué quiere la Iglesia que imitemos a la Sagrada Familia de Nazaret? El tiempo en que vivieron Jesús, María y José, estaba marcado por grandes dificultades, por consiguiente, los saduceos, miembros de la clase sacerdotal, pensaban que ellos debían dirigir al pueblo a los niveles político y religioso. Los fariseos eran grandes hipócritas que pensaban que todo el pueblo estaba infestado de gente imperfecta maldita por causa de sus pecados de entre quienes lógicamente ellos destacaban como lumbreras por su perfección. Los celotes robaban y asesinaban a judíos, romanos y otros extranjeros, con el fin de obtener el dinero que necesitaban para construir armas con las que asesinaban a sus mayores enemigos. Cuando María se vio embarazada y supo que su vida dependía de José porque él tenía el deber de lapidarla por causa de su supuesta relación adúltera con otro hombre, lo único que pudo hacer es refugiarse en la oración, especialmente cuando José la envió a casa de los padres de San Juan el Bautista, con el fin de separarse de ella secretamente. José pagó el desprecio que le iba a hacer a María, según vimos anteriormente, y Jesús fue educado en medio de dificultades, como la rebelión de Judas el Galileo contra Roma.

María y José no tuvieron en sus manos ningún libro de autoayuda para solventar sus múltiples dificultades, y, actualmente, un gesto insignificante, puede significar el fin de una relación matrimonial. Actualmente, la gente se conoce, y, o posterga sus relaciones de noviazgo indefinidamente, o contrae matrimonio rápidamente. Estos últimos no suelen conocerse, por lo que, cuando les surge una discusión o un problema fácil de solucionar, prefieren separarse de su cónyuge, antes de llegar a un acuerdo con su pareja. El mundo avanza muy deprisa, pero, en ciertos aspectos, quienes estamos casados, tenemos que caminar cogidos de la mano de nuestros mejores amigos, nuestros cónyuges.





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