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 | | Asunto: | padrenuestro EPIFANÍA DEL SEÑOR, CICLO C | | Fecha: | 28 de Diciembre, 2008 13:44:41 (+0100) | | Autor: | TRIGODEDIOS <loli627167575 @.....com>
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Navidad.
El Bautismo del Señor, ciclo c.
Hoy vamos a concluir la celebración de la Navidad cristiana, dado que en unos
países la Navidad social concluyó el día uno de enero y en otros el día 6 del
presente mes. La Navidad social ha podido ser feliz y productiva para nosotros si
hemos logrado mejorar las relaciones que mantenemos con nuestros familiares y
amigos. Si la Navidad cristiana nos ha servido para algo más que recordar una
tradición anual, independientemente de que seamos ricos o pobres, ello significa
que hemos constatado que se ha aumentado nuestra fe, y que nos sentimos
capacitados para realizarnos como personas cristianas, alcanzando metas difíciles
y superando obstáculos. La Navidad social ha terminado, así pues, ya finalizaron
las reuniones familiares que tan felices nos han hecho porque durante las mismas
hemos visto a quienes amamos y durante el resto del año viven lejos de nosotros,
pero, de alguna manera, aunque a partir de mañana empezamos a vivir la primera
parte del tiempo ordinario, aún no concluirá la celebración de este periodo tan
especial para quienes creemos en el Dios de los cristianos. Precisamente, el
hecho de conmemorar el Bautismo de nuestro Señor, nos recuerda que nuestra fe no
es un don únicamente, pues también es un compromiso. Jesús recibió el bautismo de
San Juan el Bautista, un rito mediante el cuál los judíos le pedían a Dios perdón
por causa de los pecados que habían cometido, y se preparaban a recibir al
Mesías, pero, el Bautismo sacramental, es más que una petición de perdón, como
veremos en esta meditación, con la que me gustaría que todos pensemos en
prolongar esta celebración todos los días de nuestra vida, pues, para quienes
creemos en Dios, todos los días son especiales, porque son oportunidades que
tenemos de aumentar nuestra fe, a través de la vivencia del cumplimiento de la
Ley divina.
¿Qué es el Bautismo cristiano? El Bautismo cristiano es el primero de los siete
Sacramentos de la Iglesia. Este rito de iniciación a la vida cristiana es un
signo del amor con que Dios nos acoge a quienes, sin duda alguna, somos
inferiores a El, y no hemos hecho nada para que El haya hecho de nosotros
miembros de su familia. La palabra bautismo viene del Griego baptein, y significa
sumergir. Este Sacramento se administra con agua en el nombre de la Trinidad
Beatísima (tal como se hace en nuestra Iglesia) o en el nombre de Cristo.
El Bautismo cristiano se basa en la tradición judía, que consideraba el agua
como un elemento purificador, que simbolizaba la liberación del alma del pecado.
Un ejemplo de la utilización del agua como limpieza ritual, puede leerse en LV.
11, 25:40. Jesús les ordenó a sus Apóstoles que se esforzaran para que sus
creyentes fueran bautizados: "Por tanto, id y haced discípulos a todas las
naciones, bautizándolos en el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo;
enseñándoles que guarden todas las cosas que os he mandado; y he aquí yo estoy
con vosotros todos los días, hasta el fin del mundo" (MT. 28, 19:20). Jesús
deseaba que quienes creyeran en El fueran hijos de Dios por la recepción del
Bautismo, pero también deseaba que sus nuevos seguidores fueran convenientemente
formados para dar testimonio de su fe y para vivir en conformidad con la
enseñanza recibida. Esta es la razón por la que San Pablo escribió: "Cristo mismo
ha sido quien nos ha instalado, mediante la fe, en esta situación de gracia en
que vivimos y nos hace poner nuestra honra en la esperanza de participar en la
gracia de Dios" (ROM. 5, 2). En virtud del compromiso que es el Bautismo, leemos
en el Catecismo de la Iglesia católica: "Los bautizados "por su nuevo nacimiento
como hijos de Dios están obligados a confesar delante de los hombres la fe que
recibieron de Dios por medio de la Iglesia" (LG 11) y de participar en la
actividad apostólica y misionera del pueblo de Dios (cf LG 17; AG 7, 23)"
(Catecismo de la Iglesia Católica, 1270). Desgraciadamente, la recepción de los
Sacramentos es comparable a las celebraciones sociales de Navidad, es decir, se
reduce a celebraciones materiales, las cuales se viven después de representar
escenas teatrales en las iglesias. Por nuestra fe, muchos cristianos no nos
bautizamos pidiéndole a Dios que nos salve, sino que nos capacite para que, por
nuestro medio, lleguen a desear ser sus hijos quienes no han podido o no han
querido creer en El en el pasado, por no comprender bien su Palabra, o por
haberse visto desilusionados por causa del mal ejemplo de los cristianos que les
han rodeado.
San Pablo introdujo una novedad en su doctrina con respecto a la visión del
Bautismo, así pues, este Sacramento no era para él únicamente un símbolo de la
purificación espiritual, pues también significaba que, los que se bautizaban, al
ser sumergidos en el agua, morían con Cristo simbólicamente, y resucitaban con el
señor posteriormente a la recepción del Sacramento. "¿O no sabéis que todos los
que hemos sido bautizados en Cristo Jesús, hemos sido bautizados en su muerte?
Porque somos sepultados juntamente con él para muerte con el bautismo, a fin de
que como cristo resucitó de los muertos por la gloria del Padre, así también
nosotros andemos en vida nueva" (ROM. 6, 3:4).
A través del Bautismo nos disponemos a recibir los dones del Espíritu Santo:
"Cuando oyeron esto, fueron bautizados en el nombre del Señor Jesús; y
habiéndoles impuesto Pablo las manos, vino sobre ellos el Espíritu Santo; y
hablaban en lenguas, y profetizaban" (HCH. 19, 5:6). "Por tanto, os hago saber
que nadie que hable por el Espíritu de Dios llama anatema (maldición) a Jesús; y
nadie puede llamar a Jesús Señor, sino por el Espíritu Santo" (1 COR. 12, 3). "Y
de igual manera el Espíritu nos ayuda en nuestra debilidad; pues qué hemos de
pedir como conviene, no lo sabemos, pero el Espíritu mismo intercede por nosotros
con gemidos indecibles" (ROM. 8, 26).
El Bautismo es la renuncia a todo lo que se opone a la realización del designio
salvador de Dios. "Fuego vine a echar en la tierra -dijo Jesús en cierta
ocasión-; ¿y qué quiero, si ya se ha encendido? DE un bautismo tengo que ser
bautizado; y ¡me angustio hasta que se cumpla!" (LC. 12, 49:50). Si nos ponemos
de parte de Jesús, El nos dirá las mismas palabras que les dijo a los hijos de
Zebedeo cuando, acompañados de su madre, le pidieron que, en el cielo, los
sentara, el uno a su izquierda, y el otro a su derecha: "No sabéis lo que pedís.
¿Podéis beber del vaso que yo bebo, o ser bautizados con el bautismo con que yo
soy bautizado? Ellos dijeron: Podemos" (MC. 10, 38:39a). Nosotros podemos ser
felices como lo fue nuestro Señor cuando se sintió amado por Dios y por quienes
lo rodeaban, y podemos sufrir como sufrió El durante las horas que se prolongó su
Pasión. No podemos ser cristianos felices hasta que llegamos a comprender que las
espinas son las que hacen que las rosas mantengan su belleza. La mayoría de los
habitantes del mundo saben perfectamente que Dios existe, pero se niegan a
seguirlo porque no quieren vivir sometidos al cumplimiento de la voluntad del
Todopoderoso, porque no han aprendido que dar es más importante que recibir, así
pues, creen en Dios aunque no acepten el hecho de cumplir sus Mandamientos, pero
no creen en los hombres.
El Bautismo nos hace vivir la nueva vida de los hijos de Dios, una existencia
que se prolongará para siempre, a pesar de que en este tiempo somos limitados en
muchos aspectos. "DE modo que si alguno está en Cristo, nueva criatura es; las
cosas viejas pasaron; he aquí todas son hechas nuevas. Y todo esto proviene de
Dios, quien nos reconcilió consigo mismo por Cristo, y nos dio el ministerio de
la reconciliación; que Dios estaba con Cristo reconciliando consigo al mundo, no
tomándoles en cuenta a los hombres sus pecados, y nos encargó a nosotros la
palabra de la reconciliación" (2 COR. 5, 17:19). Si el Bautismo nos hace vivir la
vida de la gracia, el citado nacimiento nos convierte en nuevas criaturas
espirituales, cuya vida se desarrolla por la vivencia de su fe. "Pero lejos esté
de mí gloriarme, sino en la cruz de nuestro Señor Jesucristo, por quien el mundo
me es crucificado a mí, y yo al mundo. Porque en Cristo Jesús ni la circuncisión
vale nada, ni la incircuncisión, sino una nueva creación" (GAL. 6, 14:15). "El
que se gloría, gloríese en el Señor" (1 COR. 1, 31). La Trinidad Beatísima es el
centro de la vida de los cristianos.
Es importante que, al abrazar la nueva vida de la gracia, nos olvidemos de todo
aquello que nos dañe de alguna manera a nosotros o a nuestros prójimos: "Pero
cuando se manifestó la gloria de Dios nuestro Salvador, y su amor para con los
hombres, nos salvó, no por obras de justicia que nosotros hubiéramos hecho, sino
por su misericordia, por el lavamiento de la regeneración (el Bautismo) y por la
renovación en el Espíritu Santo, el cual derramó en nosotros abundantemente por
Jesucristo nuestro Salvador, para que justificados por su gracia, viniésemos a
ser herederos conforme a la esperanza de la vida eterna. Palabra fiel es esta, y
en estas cosas quiero que insistas con firmeza, para que los que creen en Dios
procuren ocuparse en buenas obras" (TT. 3, 4:8).
¿Pueden salvarse quienes no se han bautizado? Esta cuestión es muy polémica,
así pues, Jesús le dijo a Nicodemo: "De cierto, de cierto te digo, que el que no
naciere de agua y del Espíritu, no puede entrar en el Reino de Dios" (JN. 3, 5).
"El que creyere y fuere bautizado, será salvo; mas el que no creyere, será
condenado" (MC. 16, 16). Desgraciadamente esta cuestión tan polémica fue
utilizada por los fariseos y lo ha sido y seguirá siendo por muchos predicadores
sectarios que se jactan de ser los preferidos de Dios, y no son nada más que los
hermanos mayores de aquél hijo pródigo que reconoció ante su Padre y Dios que
hizo justo lo que no debía haber hecho, mientras ellos actúan egoístamente por
ganar la vida eterna, y creen que la salvación les pertenece por su propia
justicia. Este tema se hace más controvertido si consideramos que muchas veces
quienes carecen de fe son mejores personas que muchos cristianos, un hecho que se
podría considerar normal porque los cristianos al fin y al cabo somos personas
imperfectas, pero nosotros tenemos el libro del amor por antonomasia cuyas normas
no sigue todo el mundo, y, sin embargo, a veces fallamos más que muchos no
creyentes.
Aunque el Bautismo es necesario para vivir la vida de los hijos de Dios ya
desde nuestras circunstancias actuales, el Catecismo de la Iglesia arroja luz
sobre la pregunta que estamos intentando responder: "El Señor mismo afirma que el
Bautismo es necesario para la salvación (cf Jn3,5). Por ello mandó a sus
discípulos a anunciar el Evangelio y bautizar a todas las naciones (cf Mt 28,
19-20; cf DS 1618; LG 14; AG 5). El Bautismo es necesario para la salvación en
aquellos a los que el Evangelio ha sido anunciado y han tenido la posibilidad de
pedir este sacramento (nadie puede ser llamado pecador si no tiene plena
conciencia de que sus obras son malas, y por tanto no se le puede negar la
salvación a quien ignora su pecado porque su conocimiento no le hace culpable de
lo que no quiere remediar conscientemente sabiendo que ello contradice a Dios)
(cf Mc 16,16). La Iglesia no conoce otro medio que el Bautismo para asegurar la
entrada en la bienaventuranza eterna; por eso está obligada a no descuidar la
misión que ha recibido del Señor de hacer "renacer del agua y del Espíritu" a
todos los que pueden ser bautizados. Dios ha vinculado la salvación (de quienes
adquieren el conocimiento de su Palabra) al sacramento del Bautismo, pero su
intervención salvífica no queda reducida a los sacramentos" (Catecismo de la
Iglesia Católica, 1257).
Concluyamos esta meditación pidiéndole a nuestro Padre común que nos fortalezca
la fe para que no se enfríen nuestros amor y ánimo, para que vivamos en
conformidad con el cumplimiento de su voluntad, y hagamos de la tierra un paraíso
de luz, paz y armonía, mientras esperamos que Jesús venga nuevamente a concluir
la instauración de su Reino entre nosotros.
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