Domingo III Ordinario del ciclo B, año 2009.
Arrepentíos y creed en el Evangelio.
1. La conversión.
En el capítulo tres de la profecía de Jonás encontramos una frase muy
llamativa: "De aquí a cuarenta días será Nínive destruida" (JON. 3, 4). ¿Cuál
era la causa que justificaba dicha amenaza? Dios le dijo a su profeta:
"Levántate y ve a Nínive, aquella gran ciudad, y pregona contra ella; porque ha
subido su maldad delante de mí" (JON. 1, 2). Al recordar la meditación de las
lecturas eucarísticas del Domingo anterior que os propuse, me pregunto:
¿Conocían los ninivitas a Dios, para que el hecho de su desobediencia consciente
y culpable por cuanto ignoraron a Dios fuera castigada con la muerte de ellos?
¿Existen otros episodios bíblicos similares al texto del Profeta Jonás?
Recordemos la causa por la que la tierra fue inundada en tiempos de Noé: "Dijo,
pues, Dios a Noé: He decidido el fin de todo ser, porque la tierra está llena de
violencia por causa de ellos; y he aquí que yo los destruiré con la tierra" (GN.
6, 13). Recordemos también la causa que justificó la catástrofe que arrasó las
ciudades de la Pentápolis, exceptuando a la ciudad de Zoar: "Porque vamos a
destruir este lugar, por cuanto el clamor contra ellos ha subido de punto
delante de Jehová; por tanto, Jehová nos ah enviado para destruirlo" (GN. 19,
13). Jesús también dijo con respecto a los habitantes de unas ciudades que no
creyeron su mensaje de salvación: "¡-Ay de ti, Corazón! ¡Ay de ti, Betsaida!
Porque si en Tiro y en Sidón se hubieran realizado los milagros que se han
realizado en medio de vosotras, ya hace mucho tiempo que sus habitantes se
habrían convertido, y lo habrían demostrado con luto y ceniza" (MT. 11, 21). Los
acontecimientos que estamos meditando están relacionados con nuestra conversión,
porque, si no morimos al pecado, y aceptamos a nuestro Padre común, no podremos
tener la dicha de ser sus hijos, ni de vivir en su presencia, porque, aunque
Dios no nos abandona, no podemos valorar lo que desconocemos. Aunque para
nosotros son hombres justos los varones que practican la justicia, en la Biblia
la palabra justo es sinónimo de creyente en Dios, porque "si confesares con tu
boca que Jesús es el Señor, y creyeres en tu corazón que Dios le levantó de los
muertos, serás salvo. Porque con el corazón se cree para justicia (alcanzar la
amistad de Dios), pero con la boca se confiesa para salvación" (ROM. 10, 9-10).
Los cristianos no tenemos inconveniente alguno en asociar el significado de la
palabra justo con quienes practican la justicia, ya que la citada práctica tiene
que caracterizar a los hijos de Dios.
San Pablo nos dice claramente que la conversión es un cambio de vida, el
cuál es simbolizado por las destrucciones de que se informa en la Biblia, ya que
es un giro radical. "¿No sabéis que, al ser vinculados a Cristo por medio del
bautismo, fuimos vinculados también a su muerte? Por el bautismo fuimos
sepultados con Cristo, quedando asimilados a su muerte. Por tanto, si Cristo
venció a la muerte resucitando por el glorioso poder del Padre, preciso es que
también nosotros emprendamos una vida nueva" (ROM. 6,
3-4).
San Pablo le escribió unas palabras muy útiles a Timoteo, las cuales nos
sirven a quienes predicamos para tratar este tema con delicadeza, ya que son
muchos los que les inculcan un miedo irracional a sus adeptos con respecto al
hecho de que serán condenados si no se unen a ellos, y a quienes sois padres,
porque nunca nos viene mal aprender la pedagogía de Dios: "Quien sirve al Señor
no puede ser pendenciero; al contrario, debe ser amable con todos, buen educador
y sufrido. Ha de corregir con dulzura a los contradictores. ¡Quien sabe si no
les concederá Dios ocasión de convertirse y conocer la verdad; quien sabe si no
entrarán en razón y conseguirán escapar de la trampa en que el diablo les tiene
atrapados y sometidos a su antojo!" (2 TIM. 2, 24-26). Yo no creo en el demonio,
-tengo que ser sincero con vosotros-, pero no soy partidario del hecho de
utilizar el miedo para coaccionar a ninguna persona para que se vea obligada a
abrazar la fe.
2. ¿SE acerca el fin del mundo?
San Pablo nos ha dicho en la segunda lectura correspondiente a la
Eucaristía que estamos celebrando: "... Porque todo el montaje de este mundo
está en trance de acabar" (1 COR. 7, 31). ¿Debemos interpretar literalmente las
palabras del Apóstol, o debemos verlas desde el punto de vista del lenguaje de
los símbolos apocalípticos? No nos hace falta recurrir a la Biblia para
averiguar esta realidad, porque los científicos ya se han percatado de ello, de
hecho, San Pedro escribió en su segunda Carta: "Pero el día del Señor vendrá
como un ladrón. Entonces los cielos se derrumbarán con estrépito, los elementos
del mundo quedarán pulverizados por el fuego y desaparecerá la tierra con cuanto
hay en ella" (2 PE. 3, 10).
Si el mundo está destinado a ser destruido, ¿Qué sucederá con quienes
vivan al final de los tiempos? Los Profetas menores tenían un mensaje que
transmitirles a sus oyentes:
El sol se convertirá en tinieblas y la luna en
sangre,
antes que venga el día grande y espantoso de
Jehová.
Y todo aquel que invocare el nombre de Jehová será
salvo;
porque en el monte de Sión y en Jerusalén habrá
salvación, como ha dicho Jehová, y entre el remanente al cual él habrá llamado"
(JL. 2, 31-32).
Con respecto al fin del mundo nos surgen muchas preguntas que no son
respondidas en la Biblia, así pues, más que una crónica exacta de los sucesos
concernientes a la historia de la humanidad, Dios pretende que veamos en el
libro que contiene su Palabra un mensaje destinado a fortalecer nuestra fe, pues
en él leemos: "Timoteo, hijo mío, éste es el encargo que te dejo de acuerdo con
las palabras proféticas en su día pronunciadas sobre ti: combate, estimulado por
ellas, con bravura; conserva la fe, mantén limpia la conciencia. Por descuidar
esta última, algunos naufragaron en la fe" (1 TIM. 1,
18-19).
3. ¿Qué significa el hecho referente a que el Reino de Dios está cerca de
nosotros?
En el Evangelio de hoy, Jesús nos dice: "-El tiempo ha llegado y el reino
de Dios ya está cerca. Convertíos y creed en el mensaje de salvación" (MC. 1,
15). Jesús tuvo razón cuando dijo: ""El Reino de Dios viene sin dejarse sentir.
Y no dirán: "Vedlo aquí o allá", porque el Reino de Dios ya está entre vosotros"
(LC. 17, 20-21). El Catecismo de la Iglesia, en el número 541, nos informa de la
cercanía del Reino que Jesús inauguró: ""Después que Juan fue preso, marchó
Jesús a Galilea; y proclamaba la Buena Nueva de Dios: El tiempo se ha cumplido y
el Reino de Dios está cerca; convertíos y creed en la Buena Nueva" (Mc 1, 15).
"Cristo, por tanto, para hacer la voluntad del Padre, inauguró en la tierra el
Reino de los cielos" (lG 3). Pues bien, la voluntad del Padre es "elevar a los
hombres a la participación de la vida divina" (lG 2). Lo hace reuniendo a los
hombres en torno a su Hijo, Jesucristo. Esta reunión es la Iglesia, que es sobre
la tierra "el germen y el comienzo de este Reino" (LG 5)".
El Reino de Dios no es un espacio geográfico, sino el estado que viven
quienes se convierten a nuestro Criador de corazón, es decir, quienes se confían
al Altísimo sin reservas. El Reino de Dios es importante porque, el Dios Uno y
Trino, nuestro Rey, nos concede, según nos convertimos al Evangelio predicado
por Jesús, los valores que caracterizan nuestra vida y las relaciones que
mantenemos en el medio en que vivimos. Los cristianos no aspiramos a vivir en el
citado estado de felicidad solos, pues queremos estar en la presencia de Dios
como comunidad visible fundada por Cristo Resucitado. El Reino de Dios es el eje
central del Evangelio, por consiguiente, el Padre nuestro comienza con estas
palabras: "Padre nuestro, que estás en los cielos; santificado sea tu nombre.
Venga tu reino. Hágase tu voluntad en la tierra como se hace en el cielo" (MT.
6, 9:10). Si Dios es el sentido de nuestra vida, debemos santificar su nombre,
es decir, tenemos que demostrarle al mundo que Dios es Santo por medio de la
profesión de nuestra fe y de las buenas obras que podemos hacer, tenemos que
desear que culmine la instauración de su Reino en el mundo con el fin de que
extermine las miserias que enturbian la felicidad de la humanidad, y, para que
esto ocurra, deseamos que se haga la voluntad de nuestro Padre común, de igual
manera que se cumple cabalmente en el cielo.
¿Cuándo inauguró Jesús el Reino de Dios? Jesús inauguró su Reino cuando
subió al cielo después de su Resurrección, y se sentó a la diestra del Padre,
según leemos en el número 664 del Catecismo: "Sentarse a la derecha del Padre
significa la inauguración del reino del Mesías, cumpliéndose la visión del
profeta Daniel respecto del Hijo del hombre: "A él se le dio imperio, honor y
reino, y todos los pueblos, naciones y lenguas le sirvieron. Su imperio es un
imperio eterno, que nunca pasará, y su reino no será destruido jamás" (Dn 7,
14). A partir de este momento, los apóstoles se convirtieron en los testigos del
"Reino que no tendrá fin" (Símbolo de
Nicea-Constantinopla)."
Concluyamos esta meditación considerando algunos de los versículos
bíblicos mencionados en el número 764 del Catecismo:
Paradójicamente, el Reino de Dios no está constituido por grandes
muchedumbres, sino por un pequeño rebaño de pecadores, enfermos, ancianos,
pobres y desamparados, a quienes Jesús les dice: ""No temas, pequeño rebaño,
porque a vuestro Padre le ha parecido bien daros a vosotros el Reino. Vended
vuestros bienes y dad limosna. Haceos bolsas que no se deterioran, un tesoro
inagotable en los cielos, donde no llega el ladrón, ni la polilla; porque donde
esté vuestro tesoro, allí estará también vuestro corazón"" (LC. 12, 32-34). SE
nos ha dicho muchas veces que los pobres son los hijos preferidos de Dios, y, en
efecto, quienes carecen de bienes o salud, se aferran más a la fe que quienes no
tienen carencias, pero los humildes miembros del pequeño rebaño no tienen por
qué ser pobres ni ricos, dado que en ciertas ocasiones los pobres en términos
económicos son ricos en fe, y, los ricos en el plano material, son pobres
espiritualmente hablando, así pues, son humildes quienes reconocen sus
limitaciones, y por ello se saben necesitados de Dios para alcanzar el estado de
felicidad llamado Reino de Dios. Jesús consuela a quienes sufren, pero no por
causa del sufrimiento de ellos deja de exigirles que vendan sus pertenencias, es
decir, que cambien de vida gradualmente, a fin de que se conviertan totalmente
al Evangelio.
¿Cómo tienen que actuar los hijos de Dios en el mundo, con el fin de
cumplir sus obligaciones sin dejar de obedecer a Dios, aún en los casos en que
se les fuerce a hacer lo que no quieren llevar a cabo, porque ello significa
actuar contra su conciencia? "Yo os envío como ovejas en medio de lobos. Por
eso, sed astutos como serpientes, aunque también inocentes como palomas" (MT.
10, 16).
Jesús es el Buen Pastor del pequeño rebaño. "Yo soy el buen pastor. Como
el Padre me conoce a mí y yo conozco al Padre, así conozco a mis ovejas y ellas
me conocen a mí. Y doy mi vida por mis ovejas" (JN. 10,
14-15).
Los cristianos son hermanos de Jesús. En cierta ocasión en que María y
sus hijos o parientes fueron a ver a Jesús, y el Señor supo que sus familiares
querían hablarle, les dijo a sus oyentes, señalando a sus discípulos: "-Estos
son mi madre y mis hermanos. Porque todo el que hace la voluntad de mi Padre que
está en los cielos, ese es mi hermano, y mi hermana, y mi madre" (MT. 12,
49-50). ¿Por qué no dijo Jesús con respecto a los hombres que cumplen la Ley de
Dios que son sus padres? "Ni tampoco llaméis "padre" a nadie en este mundo,
porque vuestro único padre es el que está en el cielo" (MT. 23, 8). En el tiempo
en que vivió Jesús en Palestina, cuando los niños cumplían su quinto año de
vida, eran entregados por sus madres a los padres, los cuales concluían la
educación de los mismos. Jesús no quiere que llamemos padre a nadie que pueda
hacer las veces de Dios.
Concluyamos esta meditación pidiéndole a Jesús que concluya pronto la
instauración del Reino mesiánico en el mundo.