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 | | Asunto: | padrenuestro DOMINGO VI ORDINARIO CICLO B | | Fecha: | 21 de Febrero, 2009 15:42:09 (+0100) | | Autor: | TRIGODEDIOS <loli627167575 @.....com>
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Domingo VI Ordinario del ciclo B, año 2009.
Cristo es nuestro Salvador.
1. El pecado.
En el Evangelio de hoy aparece un hombre leproso el cuál es curado por
Jesús de su enfermedad, con el fin de que tenga un motivo para creer en Dios y
por tanto para cumplir sus Mandamientos, para que viva sin esa enfermedad tan
angustiosa que le obligaba a permanecer lejos de los hombres con el fin de que
los mismos no fueran contagiados por dicha enfermedad, y para que pueda
realizarse a los niveles material y espiritual, sin tener que verse resignado a
morir. De la misma forma que la Lepra puede matar a quienes la padecen, el pecado
puede acabar con nuestras relaciones con Dios, puede destruir los lazos que
mantenemos con nuestros familiares y amigos, y puede desestabilizar nuestra vida.
Todos sabemos que el pecado es el incumplimiento por nuestra parte de los
Mandamientos de la Ley de Dios, de la misma manera que también sabemos que, para
que una acción pueda considerarse pecaminosa, es necesario que la persona que
lleva la misma a cabo tenga plena conciencia de ello. Cuando un hombre comete
cualquier acto que viola las leyes humanas, al mismo se le supone conocedor de la
gravedad de su acto, y por ello se le castiga, a menos que acontezca el raro caso
de que el juez que le juzgue encuentre una vía de escape para el mismo, teniendo
en cuenta el desconocimiento del mismo referente a la Ley, pero, en el caso de la
Ley de Dios, la gravedad de los actos depende de la naturaleza de los mismos, la
intención con que los tales son llevados a cabo, y el conocimiento que quienes
los llevan a cabo tienen con respecto al significado que sus obras tiene para
Dios. Dado que la gravedad de los actos en parte depende de la naturaleza de los
mismos, todos tenemos que pagar un precio por los pecados que cometemos, aunque
son castigados con más rigor quienes tienen un mayor conocimiento de la gravedad
de los actos que planean llevar a cabo.
En nuestro tiempo no se habla mucho del pecado, y ello sucede porque
muchos predicadores caemos en la tentación de hablar constantemente de las
bondades de Dios, pensando que nuestros oyentes o lectores no creen el mensaje
que predicamos, por lo cuál, si les exigimos que se comporten en su vida de una
manera determinada, dejarán de prestarnos atención, por lo que no tendremos más
oportunidades de predicarles el Evangelio. A pesar de la crisis de fe que afecta
a nuestro mundo actualmente, ,los católicos, siguiendo los pasos de Jesús,
tenemos que advertir al mundo de la existencia del pecado. Yo no puedo apoyar a
los abortistas con el fin de que ellos lean mis meditaciones de vez en cuando,
pues, si creo un Dios bonachón y consentidor de los crímenes que ellos desean que
se cometan, quizás lograré que algunos lean mis trabajos semanales, pero Dios me
pedirá cuentas por el hecho de no advertir a los mismos con respecto a la
gravedad del aborto, por lo cuál, en cada ocasión que entre los abortistas se
extinga la vida de un no nacido, yo seré el primer culpable de dicho crimen.
Obviamente, nos es necesario respetar las creencias de los hombres, pero no
debemos apoyar bajo ningún concepto todas las acciones que se llevan a cabo en
contraposición a la voluntad de nuestro Padre común.
El hecho de reconocernos pecadores no nos quita nuestro valor personal,
pues es uno de los primeros pasos que tenemos que dar para acercarnos a nuestro
Padre común. Dios sabe que somos imperfectos, así pues, aunque nos propongamos el
hecho de dejar de pecar y por causa de nuestra debilidad sigamos incumpliendo los
preceptos de la Ley divina, nuestro Creador, siendo conocedor de la imperfección
que nos caracteriza, valorará nuestro deseo y el esfuerzo que hacemos
constantemente para vivir en su presencia. San Pablo nos habla de este tema en su
Carta a los Romanos: "Porque lo que hago, no lo entiendo; pues no hago lo que
quiero, sino lo que aborrezco, eso hago" (ROM. 7, 15). Si puede sernos
relativamente fácil el hecho de dejar de decir algunas palabras que pueden
hacerle sufrir a alguno de nuestros familiares o amigos, el hecho de controlar
los accesos de ira que pueden caracterizarnos en ciertas circunstancias es muy
difícil, pero no tanto como lo es, por ejemplo, el hecho de dejar de fumar.
Antonio tenía muchos problemas en la empresa en que trabajaba y todos los días
llegaba a su casa muy enfadado, y, como era tratado por sus compañeros de trabajo
con cierta hostilidad, mantenía la creencia de que su mujer no lo amaba, por lo
que transformaba todos los buenos pensamientos de ella en pensamientos concebidos
para hacerlo sufrir. Apenas comenzó a cambiar su forma de dirigirse a su mujer,
Antonio comprendió que la estaba juzgando mal, así pues, no tardó en mejorar su
relación con ella notablemente. Si anteriormente le decía: Siempre frustras todos
los intentos que hago para mejorar nuestra relación, en cada ocasión que le
surgía un malentendido, le decía: Creo que has hecho... o: He entendido que me
has querido decir... Al intentar culparse por tener los accesos de ira que lo
carcomían interiormente, Antonio le dio a su mujer la oportunidad de explicarle
la razón que la inducía a pensar y a actuar de cierta forma, lo cuál le valió a
él para comprobar que su cónyuge no era su enemigo mortal, como llegó a creer
anteriormente.
Un factor decisivo para dejar de pecar es la conciencia plena de que
debemos evitar el hecho de llevar a cabo ciertas acciones, así pues, debemos
saber qué es lo que queremos hacer y qué es lo que vamos a dejar de hacer
gradualmente. Es cierto que podremos dejar de llevar a cabo ciertas acciones en
un periodo de tiempo muy limitado, pero también es verdad que tardaremos muchos
años en corregir algunos de los defectos que tenemos, y que tendremos que
convivir con otros defectos hasta el día en que perdamos la vida.
¿Cómo es posible que San Pablo les escribiera a los Romanos que hacía
justo lo contrario a lo que quería hacer? Ana se fuma tres cajetillas de
cigarrillos todos los días, y sabe que tiene que renunciar al tabaco, porque su
hijo de tres meses tiene una afección pulmonar, a cuyo agravamiento contribuye
ella en cada ocasión que fuma cerca de su hijo. Ana sabe perfectamente que tiene
que dejar de fumar, porque, si sigue fumando, su hijo no se podrá curar nunca de
su enfermedad, pero no tiene la voluntad que necesita para sacrificarse en favor
de su hijo.
San Pablo personifica al pecado, con el fin de que los pecadores no se
sientan dignos del castigo que merecen sus culpas, y piensen en la satisfacción
que significa el hecho de vivir en estado de gracia. "Y yo sé que en mí, esto es,
en mi carne (no en el alma espiritual), no mora el bien; porque el querer el bien
está en mí (alma), pero no el hacerlo" (ROM. 7, 18).
Si queremos superar nuestros defectos, no debemos albergar en el corazón
el pensamiento de que no merecemos ser amados por Dios y por ello somos los más
malvados de todos los tiempos, pues el pregón pascual de la Misa de la noche del
Sábado Santo o de Gloria, contiene las siguientes palabras: "¿De qué nos serviría
haber nacido si no hubiéramos sido rescatados? ¡Qué asombroso beneficio de tu
amor por nosotros! ¡Qué incomparable ternura y caridad! ¡Para rescatar al
esclavo, entregaste al Hijo! Necesario fue el pecado de Adán, que ha sido borrado
por la muerte de Cristo". Sé que puede parecer atrevido el hecho de calificar el
pecado original de Adán y Eva como necesario, ya que por causa del mismo Cristo
tuvo que morir, y nosotros estamos sometidos a las miserias que nos hacen sufrir,
pero, visto de una forma positiva, ese fue el medio que Dios empleó para
mostrarnos su amor, dado que no es lo mismo para nosotros tener fe cuando nadamos
en la abundancia, que creer en Dios, cuando apenas tenemos el dinero que
necesitamos para alimentarnos.
SE acerca el tiempo de Cuaresma, una excelente oportunidad para intentar
librarnos de alguno de nuestros defectos, o, en el caso de que no consigamos
nuestro propósito, un tiempo para no ceder en el empeño de lograr nuestro
objetivo de alcanzar la santidad. Yo os invito a que viváis la Cuaresma, no
perdiendo el tiempo dándoos inútiles golpes de pecho deprimiéndoos inútilmente o
haciendo un teatro macabro pensando hipócritamente en el supuesto arrepentimiento
de vuestros pecados, pues, gracias a Dios, tenemos muchas formas de adquirir la
formación que necesitamos para eliminar nuestros defectos, si no radicalmente, sí
en conformidad con las posibilidades que tenemos de hacerlo.
2. El Libertador.
Jesús fue enviado por Dios al mundo para liberarnos del castigo que
merecemos por haber pecado. El primer beneficiado de la redención de la humanidad
fue el mismo Dios, pues, si la Trinidad Beatísima existe, a nuestro Dios le son
aplicables las palabras del Apóstol: “Y Cristo, en los días de su carne,
ofreciendo ruegos y súplicas con gran clamor y lágrimas al que le podía librar de
la muerte, fue oído a causa de su temor reverente. Y aunque era Hijo (Unigénito),
por lo que padeció aprendió la obediencia; y habiendo sido perfeccionado, vino a
ser autor de eterna salvación para todos los que le obedecen” (HEB. 5, 7-9).
Jesús aprendió a obedecer a Dios por medio de su sufrimiento, de la misma manera
que nosotros podemos hacer lo propio cuando somos probados. ¿ES creíble este
hecho? San Pablo nos dice: “Porque la palabra de la cruz es locura a los que se
pierden; pero a los que se salvan, esto es, a nosotros, es poder de Dios” (1 COR.
1, 18), así pues, sabemos “que si confesares con tu boca que Jesús es el Señor, y
creyeres en tu corazón que Dios le levantó de entre los muertos, serás salvo.
Porque con el corazón se cree para justicia, pero con la boca se confiesa para
salvación” (ROM. 10, 9-10).
San Pablo nos recordará el Domingo de Ramos en la Pasión del Señor la
gran humildad de Jesús, “el cual, siendo en forma de Dios, no estimó el ser igual
a Dios como cosa a que aferrarse, sino que se despojó a sí mismo (de su dignidad
de Dios), tomando forma de siervo, hecho semejante a los hombres; y estando en la
condición de hombre, se humilló a sí mismo, haciéndose obediente hasta la muerte,
y muerte de cruz” (FLP. 2, 6-8).
Concluyamos esta meditación disponiéndonos a preparar la celebración de
la Cuaresma y la Pascua, con el fin de que la actualización de los misterios
fundamentales de nuestra fe, nos ayude a vivir en la presencia de Dios, como
hijos del Altísimo que desean ser purificados y santificados.
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