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PADRE NUESTRO

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Asunto:padrenuestro DOMINGO VII ORDINARIO CICLO B
Fecha: 21 de Febrero, 2009  15:43:43 (+0100)
Autor:TRIGODEDIOS <loli627167575 @.....com>

   La forma de proceder característica de los cristianos.

 

   El próximo Miércoles interrumpiremos la vivencia de la primera parte del tiempo Ordinario para empezar a vivir la Cuaresma, así pues, para que dicho tiempo dedicado a la penitencia y la oración en estado de contemplación nos sea provechoso, es conveniente que sigamos pensando en nuestra purificación, y que de alguna manera prolonguemos la meditación del Domingo anterior, la cuál estaba relacionada con el pecado. Quienes somos creyentes desde muchos años atrás tenemos la experiencia de que no debemos ocultarle a Dios los pecados que cometemos, así pues, nuestra sinceridad, más que delatarnos como hombres y mujeres malvados e inmerecedores de ser el objeto de la misericordia divina, nos ayuda a emprender el lento y gradual proceso de la conversión, ya que nos ayuda a proceder en nuestra vida tal como Dios desea que lo hagamos, aunque ello nos obligue a hacer una serie de ajustes referentes a la forma que tenemos de ser y de pensar. La Iglesia nos recomienda que no creamos nunca que se ha completado nuestra conversión al Señor, por consiguiente, vamos a recordar un texto del primero de los Profetas mayores que nos hace entrever la causa por la que jamás debemos creer que nuestra fe es perfecta.

   En muchas ocasiones, cuando pensamos en los pecados que comete la humanidad, nos vienen a la mente ciertos fraudes históricos, pensamos en asesinatos, violaciones, guerras, etcétera, pero, a pesar de ello, ¿pensamos en el pecado que convirtió al fiel Salomón en un pecador, dado que el mismo puede caracterizarnos a nosotros? Salomón, después del mismo Jesús, fue el hombre más sabio de todos los tiempos, pero, por refugiarse en sus riquezas y negarse a seguir cultivando su sabiduría, la cuál le fue inspirada por Dios, llegó a transgredir el cumplimiento de la Ley del Altísimo. Quizá nosotros, imitando a Salomón inconscientemente, asistimos a la celebración de la Eucaristía todos los Domingos y otros días preceptuales o de guardar, y creemos que ello nos basta para cumplir con Dios. Quizá algún día a lo largo del año, quizás durante la Semana Santa, caminamos detrás de una imagen religiosa, pero, ¿es esto lo único que nuestro Padre celestial quiere de nosotros? Aunque todos somos libres para hacer lo que queremos con nuestra vida -no deseo que nadie tenga la sensación de ser presionado para abrazar mis creencias al leer esta meditación-, Dios dejó clara constancia de lo que desea que hagamos en las páginas de la Biblia. Isaías nos dice: "¿Para qué me sirve, dice Jehová, la multitud de vuestros sacrificios?" (CF. IS. 1, 11). Obviamente, sabemos que no podemos servir a Dios, porque, mientras que nuestro Padre común es el Todopoderoso, nosotros somos limitados, y porque El se sirve de los ángeles para llevar a cabo sus propósitos. Isaías nos dice que, si no procedemos en nuestra vida en conformidad con la voluntad de Dios, nuestro Padre verá que no lo servimos en nuestros prójimos adecuadamente, lo cuál hará que El se vea imposibilitado para salvarnos, ya que nosotros le negaremos la posibilidad de conducirnos a su presencia. "Cuando extendáis vuestras manos, yo esconderé de vosotros mis ojos; asimismo cuando multipliquéis la oración, yo no oiré; llenas están de sangre vuestras manos" (IS. 1, 15). El hecho de que Dios no verá los sacrificios de sus fieles plenamente conscientes de sus actos pecaminosos y de que no escuchará las oraciones de los mismos, indica que nuestro Padre común ignorará a quienes pretendan justificar lo que no tiene justificación, así pues, un ejemplo de ello es el hecho de no socorrer a los necesitados.

   Os recomiendo que leáis la meditación del Domingo anterior que os envié si aún no lo habéis hecho, para que podáis comprender mejor las palabras que el mismo Yahveh le inspiró a Isaías: "Lavaos y limpiaos; quitad la iniquidad de vuestras obras de delante de mis ojos; dejad de hacer lo malo; aprended a hacer el bien; buscad el juicio, restituid al agraviado, haced justicia al huérfano, amparad a la viuda. Venid luego, dice Jehová, y estemos a cuenta: si vuestros pecados fueren como la grana, como la nieve serán emblanquecidos; si fueren rojos como el carmesí, vendrán a ser como blanca lana" (IS. 1, 16-18). Naturalmente, por nuestra imperfección, y por la carencia de medios en ciertas circunstancias, jamás podremos cumplir la Ley de Dios perfectamente, pero, por muchos que sean nuestros defectos, si trabajamos rindiendo al máximo los dones y virtudes que hemos recibido del Espíritu Santo, nuestras deficiencias no obstaculizarán nuestra vivencia en la presencia de nuestro Creador.

   ¿En qué se diferencian los pecadores de los justos? Isaías nos dice: "La apariencia de sus rostros (de pecadores) testifica contra ellos; porque como Sodoma publican su pecado, no lo disimulan. ¡Ay del alma de ellos! porque amontonaron mal para sí... ¡Ay del impío! Mal le irá, porque según las obras de sus manos le será pagado" (IS. 3, 9. 11).

   Antes de ver la diferencia de los justos con respecto a la forma de proceder de los pecadores, se nos hace preciso recordar que los autores bíblicos no entendían que los justos eran quienes practicaban la justicia, sino quienes abrazaban la fe. A pesar de ello, dado que los justos tienen que practicar forzosamente la justicia porque es de bien nacidos el ser agradecidos, los cristianos católicos no tenemos inconveniente en asociar la acepción de justo con quienes cumplen la Ley a cabalidad. Los justos se aplican las siguientes palabras del quinto libro atribuido a Moisés: “No tuerzas el derecho; no hagas acepción de personas, ni tomes soborno; porque el soborno ciega los ojos de los sabios, y pervierte las palabras de los justos. La justicia, la justicia seguirás, para que vivas y heredes la tierra que Jehová tu Dios te da” (DT. 16, 19-20). A diferencia de los hebreos que deseaban vivir en la Tierra prometida, nosotros queremos vivir en el Reino de Dios, más allá de nuestras miserias actuales.

   ¿Cuál es la causa por la que tenemos que corregir nuestros defectos? Tenemos que perfeccionarnos para alabar a Dios agradeciéndole con ello el hecho de habernos llamado a la existencia y la salvación con que nos ha acogido en su presencia sin que merezcamos dicho don celestial, de la misma manera que ello también nos servirá para alcanzar un mayor estado de felicidad en esta vida. Otra utilidad del anhelo de perfeccionarnos se vislumbra de las siguientes palabras de San Pedro: “Mas el fin de todas las cosas se acerca; sed, pues, sobrios, y velad en oración. Y, ante todo, tened entre vosotros ferviente amor; porque el amor cubrirá multitud de pecados” (1 PE. 4, 7-8). Aunque desconocemos el tiempo en que este mundo será destruido y Dios concluirá la instauración de su Reino entre nosotros, no hemos de olvidar la necesidad que tenemos de perfeccionarnos lenta y gradualmente, para que estemos dispuestos a recibir al Señor en el momento menos esperado, ya sea hoy, o dentro de mil años. “Estén ceñidos vuestros lomos, y vuestras lámparas encendidas; y vosotros sed semejantes a hombres que aguardan a que su señor regrese de las bodas, para que cuando llegue y llame, le abran en seguida. Bienaventurados aquellos siervos a los cuales su señor, cuando venga, halle velando; de cierto os digo que se ceñirá, y hará que se sienten a la mesa, y vendrá a servirles” (LC. 12, 35-37). A pesar de que lo que os voy a decir os puede parecer gracioso a muchos, el hecho de esperar la instauración del Reino de Dios entre nosotros, es la principal razón por la que tenemos que purificarnos, pues debemos desear alabar a nuestro Padre común, por causa del bien que nos ha hecho.

   Finalicemos esta meditación recordando el siguiente texto paulino: “Mas nuestra ciudadanía está en los cielos, de donde también esperamos al Salvador, al Señor Jesucristo; el cual transformará el cuerpo de la humillación nuestra, para que sea semejante al cuerpo de la gloria suya, por el poder con el cual puede también sujetar a sí mismo todas las cosas” (FLP. 3, 20-21).

 





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