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<title>egrupos.net - PADRE NUESTRO</title>
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<pubDate>Thu, 9 Feb 2012 16:21:19 +0100</pubDate><lastBuildDate>Thu, 9 Feb 2012 16:21:19 +0100</lastBuildDate>
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<title>egrupos.net</title><url>http://www.egrupos.net/pics/en/eListasNet.gif</url><link>http://www.egrupos.net/</link></image>
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 <title>Domingo VI Ordinario</title>
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 <pubDate>Thu, 9 Feb 2012 16:21:19 +0100</pubDate>
 <author>José Portillo Pérez &lt;loli627167575@gmail.com&gt;</author>
 <description><![CDATA[
   Padre nuestro. 
 
   Domingo, 12/02/2012, Domingo VI Ordinario del ciclo B. 
 
   Signos sensibles de la cercanía del Reino de Dios a nosotros. 
 
   Meditación de MC. 1, 40-45. 
 
   &quot;Un leproso se acercó a Jesús, pidiéndole de rodillas: -Si
 
quieres puedes limpiarme de mi enfermedad&quot; (MC. 1, 40). 
 
   ¿Cómo debemos acercarnos a Jesús para pedirle lo que no podemos
 
hacer por nuestro medio? 
 
   El leproso que junto a Nuestro Señor protagoniza el relato
 
evangélico que estamos considerando, se acercó al Mesías
 
humildemente, y, de rodillas, le pidió que lo curara de la enfermedad
 
de que se adolecía, pues, la consecución del milagro divino de que
 
necesitaba ser objeto, era dependiente de la voluntad del Hijo de
 
María. 
 
   Quizá oramos mucho para que el Señor nos libre de las
 
enfermedades físicas que nos impiden ser felices, pero no le pedimos
 
que nos ayude a extinguir los defectos mentales que no nos esforzamos en
 
eliminar, porque los hemos dejado que se conviertan en parte esencial de
 
nuestra vida, y nos falta voluntad para esforzarnos en prescindir de los
 
mismos. 
 
   La vivencia de nuestra religión nos exige que seamos íntegros, no
 
sólo para que seamos dignos de vivir en la presencia de Dios cuando
 
Jesús concluya la plena instauración de su Reino entre nosotros,
 
pues también necesitamos la citada integridad, para tener credibilidad
 
en nuestro entorno familiar y social. Independientemente de la
 
amabilidad o agresividad con que un fumador empedernido pretenda que sus
 
hijos no fumen, no tendrá ninguna credibilidad ante sus descendientes.
 
Puede suceder que tal fumador obligue a sus hijos a dejar de fumar en su
 
presencia durante la adolescencia, pero no conseguirá jamás
 
quitarles la adicción al tabaco,en buena parte, porque no es un buen
 
ejemplo a imitar. 
 
   Al igual que le sucedió al leproso cuya curación estamos
 
considerando en esta reflexión, ¿creemos que los milagros de que
 
necesitamos ser objeto son dependientes de la voluntad del Dios Uno y
 
Trino? 
 
   ¿Somos conscientes de que Dios probablemente no hará milagros en
 
nuestra vida hasta que nos demostremos que verdaderamente tenemos fe en
 
El? 
 
   Recordemos cómo Jesús curó a unos ciegos, porque le demostraron
 
su fe en El. 
 
   &quot;Cuando entró en la casa, los ciegos se le acercaron; y Jesús les
 
preguntó: -¿Creéis que puedo hacer esto? Ellos le contestaron:
 
-Sí, Señor. Entonces les tocó los ojos y dijo: -Que se haga en
 
vosotros conforme a vuestra fe. Y sus ojos quedaron curados. Jesús les
 
ordenó que no dijeran a nadie nada de lo que había sucedido&quot; (MT. 9,
 
28-30). 
 
   Jesús les dijo a los citados ciegos que se hiciera en ellos un
 
milagro tan grande como pudiera serlo la grandeza de su fe. Si tales
 
enfermos no hubieran creído en el poder que el Mesías tenía para
 
restablecerles la salud visual, no hubieran podido recuperar la
 
visión. 
 
   Nosotros no recibimos de Dios todo lo que le pedimos en oración
 
porque aún no ha sido plenamente instaurado su Reino entre nosotros,
 
lo cual significa que tenemos que seguir sobreviviendo a las pruebas
 
mediante las que ha de fortalecerse nuestra fe para que seamos
 
purificados y santificados. A pesar de ello, ¿cuántas veces no
 
hará Dios milagros en nuestra vida, porque nos negaremos a creer en su
 
bondad? 
 
   Antes de pedirle a Dios la sanidad física, debemos pedirle la
 
purificación y la sanidad espiritual, así pues, esta es una de las
 
enseñanzas que se desprenden del texto evangélico, que meditaremos
 
el próximo Domingo (MC. 2, 1-12). 
 
   Antes de curar al pobre paralítico que fue introducido en la casa
 
en que estaba Jesús por el techo, ante la admiración de quienes se
 
aglutinaban dentro y fuera de la casa en que predicaba Nuestro Salvador,
 
Jesús, le dijo: 
 
   &quot;-Hijo, tus pecados quedan perdonados&quot; (CF. MC. 2, 5). 
 
   Para los judíos, el padecimiento de enfermedades, estaba
 
relacionado con el castigo recibido, ora por los pecados cometidos por
 
los antepasados de los enfermos, ora con las transgresiones en el
 
cumplimiento de la Ley religiosa, llevadas a cabo por quienes sufrían
 
el efecto de las enfermedades. En este contexto, es comprensible el
 
hecho de que Jesús le perdonara los pecados al paralítico, para,
 
posteriormente, disponerlo a vivir la sanidad física. 
 
   En nuestro tiempo, también nos es necesario ser sanados
 
espiritualmente, antes de ser curados físicamente. De poco sirve
 
intentar restablecerle la salud a un fumador, si el mismo no está
 
dispuesto a prescindir del consumo de tabaco, con tal de intentar
 
mejorar su calidad de vida, porque frustrará todos los intentos que se
 
hagan para ayudarle. 
 
   Dado que la lepra se contagiaba, los leprosos tenían que vivir
 
aislados de la sociedad palestinense. El leproso que coprotagoniza el
 
Evangelio de hoy, infringió la Ley que lo obligaba a vivir oculto del
 
mundo de los sanos, para pedirle a Jesús que lo curara. 
 
   Nosotros, venciendo el temor a no ser bien considerados por los
 
hombres, debemos ser fuertes, y recibir el Sacramento de la Penitencia  
 
 cuando la conciencia nos reproche los pecados que hemos cometido, y,
 
posteriormente, debemos tener valor para consagrarnos al cumplimiento de
 
la voluntad de Dios, aunque nunca falten quienes nos reprochen lo que
 
hacíamos antes de predicar el Evangelio con palabras y nuestro buen
 
ejemplo. Tales reproches, en vez de hacernos perder la fe, deben unirnos
 
más a Dios y a nuestros prójimos los hombres, porque, al trabajar en
 
la Iglesia, estamos comprometidos con Jesús, a ayudarle a concluir la
 
plena instauración del Reino mesiánico en el mundo. 
 
   &quot;Jesús, conmovido, extendió la mano, le tocó y le dijo:
 
-Quiero. Queda limpio&quot; (MC. 1, 41). 
 
   Jesús extendió su mano para tocar al leproso, y devolverle la
 
salud. ¿Extendemos nuestras manos para socorrer a quienes necesitan de
 
nuestros dones espirituales y materiales? 
 
   Jesús tocó al leproso. ¿Somos capaces de relacionarnos con
 
gente cuyo status social es inferior al nuestro, o que tiene
 
enfermedades graves? 
 
   Hacer una pequeña obra de caridad es un gesto que tiene importancia
 
y mérito, pero no tanto como el hecho de hacer una obra benéfica,
 
invirtiendo grandes sumas de dinero, o poniendo en peligro la propia
 
salud. 
 
   &quot;Al instante le desapareció la lepra y quedó limpio. Jesús
 
entonces le despidió, encargándole en tono severo: -Mira, no le
 
cuentes esto a nadie; sino ve, muéstrate al sacerdote y presenta por
 
tu curación la ofrenda prescrita por Moisés. Así, todos tendrán
 
evidencia de tu curazión. Pero él, en cuanto se fue, comenzó a
 
contar lo ocurrido; y como la noticia se extendió con rapidez, Jesús
 
ya no podía entrar libremente en ningún pueblo, y se quedaba en
 
lugares apartados. Sin embargo, de todas partes acudía la gente a
 
buscarle&quot; (MC. 1, 42-45). 
 
   Jesús no quería tener fama de sanador, sino de profeta. Esta fue
 
la razón por la que quiso que el recién curado no publicara el
 
milagro de que había sido objeto, aunque sí le pidió que
 
presentara ante el sacerdote la ofrenda con que concluiría el tiempo
 
de su exclusión del mundo de la gente que no sufría ningún tipo de
 
marginación, con la segunda intención de que los enemigos del
 
Nazareno tuvieran constancia de que el nuevo Siervo de Dios seguía
 
realizando su obra evangelizadora y salvadora. 
 
   Como el antiguo leproso publicó lo que Jesús le hizo con bombo y
 
platillos, el Señor hubo de apartarse de las grandes muchedumbres, que
 
le perseguían hasta el lugar más recóndito que pudiera esconderse
 
para pedirle que les hiciera milagros, pues El sólo hizo las obras que
 
consideró servían para demostrar la abundancia que nos
 
caracterizará cuando vivamos en el Reino de Dios. 
 
   Jesús no hacía milagros para publicitarse como sanador, pues
 
sólo tenía la intención de hacernos reflexionar sobre el amor de
 
Dios para con nosotros, y las dádivas que recibiremos, cuando este
 
mundo sea su Reino mesiánico, y no exista ninguna forma de
 
sufrimiento. 
 
   No busquemos a Dios exclusivamente cuando necesitemos ser favorecidos
 
por El, y mostrémonos dispuestos a aprender su Palabra, y a cumplir su
 
voluntad, aplicando a nuestra vida, lo aprendido, durante nuestros
 
años de capacitación espiritual. 
 
   San Marcos finaliza el capítulo uno de su Evangelio, con la
 
narración de la curación del leproso. Antes de concluir esta
 
meditación, deseo invitaros a recordar los textos evangélicos que
 
hemos considerado durante los últimos domingos, ya que, en los mismos,
 
se manifiestan los signos sensibles, que nos indican que, -según
 
palabras de Jesús-, &quot;&quot;El Reino de Dios viene sin dejarse sentir. Y no
 
dirán: &quot;Vedlo aquí o allá&quot;, porque el Reino de Dios ya está
 
entre vosotros&quot; (CF. LC. 17, 20-21). 
 
   Un signo evidente de la instauración plena del Reino de Dios entre
 
nosotros que aguardamos, es la predicación del Evangelio. Esta es la
 
razón por la que, según San Marcos, Jesús comenzó su Ministerio
 
público, pronunciando estas conocidas palabras: 
 
   &quot;El tiempo ha llegado y el reino de Dios ya está cerca.
 
Convertíos y creed en el mensaje de salvación&quot; (MC. 1, 15). 
 
   La completa instauración del Reino de Dios entre nosotros está
 
cercana. No sabemos si tal hecho acontecerá hoy o si aún tendremos
 
que esperar millones de años para que suceda, pero, a pesar de que la
 
prolongación de la espera puede hacernos perder la fe en Dios, el
 
texto que estamos considerando, nos sugiere la posibilidad de que, antes
 
de que este mundo sea transformado, debemos hacer todo el bien que nos
 
sea posible, para aumentar la fe que tenemos en Dios, el Padre que,
 
cuando menos lo esperemos, nos conducirá a su presencia, para concluir
 
nuestro proceso de santificación, y concedernos la plenitud de la
 
dicha. 
 
   Para difundir el Evangelio rápida y eficazmente, hacen falta
 
predicadores. Conforme los amigos íntimos de Jesús se familiarizaban
 
con Nuestro Salvador, se consagraban más y mejor a realizar la misma
 
labor que llevaba a cabo Nuestro Maestro espiritual. 
 
   Un buen trabajador de la viña del Señor, debe pasar por el crisol
 
de los grandes sacrificios, para comprobar si es un buen discípulo de
 
Jesús ante los ojos de Dios, o si está obsesionado con la
 
consecución de bienes materiales. Pedro, Andrés, Juan y Santiago,
 
dejaron su trabajo de pescadores, y se consagraron a pescar almas, en el
 
mar tempestuoso de la inseguridad, el sufrimiento y las miserias de la
 
humanidad. Se nos puede decir que tales amigos del Señor no hicieron
 
un gran sacrificio porque su actividad laboral era pésima y les
 
producía pocas ganancias, pero ello es incierto, porque, si eran
 
buenos trabajadores, ¿cómo no ivan a valorar su único medio de
 
ganarse el pan? 
 
   Si queremos predicar de manera que el mensaje que les transmitimos a
 
nuestros oyentes -o lectores- sea creíble, debemos imitar la conducta
 
de Jesús en la Sinagoga de Cafarnaúm. 
 
   &quot;Todos quedaban impresionados por sus enseñanzas, porque les
 
enseñaba con verdadera autoridad y no como sus maestros de la Ley&quot;
 
(MC. 1, 22). 
 
   Si queremos predicar con éxito para que el Señor gane almas para
 
el cielo por nuestro medio, debemos adaptarnos a los conocimientos de
 
quienes quieran escucharnos y a su capacidad de comprensión, con tal
 
de conseguir que sientan un gran deseo de conocer a Nuestro Salvador, y
 
de ser santos. 
 
   A veces nos sucede a los predicadores que se nos enfrentan quienes no
 
comparten nuestras creencias. No debemos pensar que quienes no desean
 
que evangelicemos son malas personas, pues quieren evitar que
 
prediquemos, porque creen que dañamos a la sociedad al inculcarle a la
 
gente nuestra forma de pensar y proceder. Esto es lo que le sucedió a
 
Jesús cuando en la citada Sinagoga se le enfrentó un espíritu
 
satánico, al que derrotó con su poder. 
 
   Nos llama la atención la conclusión del Evangelio del Domingo
 
anterior. Mientras que los amigos de Jesús querían que su Maestro se
 
gloriara porque la gente lo buscaba para que les hiciera milagros, el
 
Mesías quiso huir a otros pueblos y ciudades, donde buscar la
 
oportunidad de predicar y de hacer del Evangelio el centro de su
 
discurso, pues la gente quería alabarle a El, y el Señor no quería
 
que fuese alabado nadie, con la excepción de Nuestro Padre común, a
 
quien servía fielmente. ¡Qué ejemplo tan grande a imitar es
 
Jesús para quienes no somos tan humildes como El!. 
 
   Recordemos el siguiente fragmento de la Carta de San Pablo a los
 
Romanos: 
 
   &quot;Lo que dice la Escritura es esto: La palabra (de Dios) está muy
 
cerca de ti. Está en tus labios y en tu propio corazón. Y se trata
 
del mismo mensaje de fe que nosotros anunciamos&quot; (ROM. 10, 8). 
 
   ¿Está la Palabra de Dios en nuestros labios? 
 
   ¿Somos predicadores del Evangelio? 
 
   ¿Está la Palabra de Dios escrita en nuestro corazón? 
 
   ¿Oramos y leemos la Biblia antes de tomar decisiones importantes,
 
para que las mismas estén inspiradas en el cumplimiento de la voluntad
 
de Dios? 
 
   Si la Palabra de Dios está escrita en nuestro corazón,
 
¿procuramos que todo lo que hacemos esté relacionado con el
 
cumplimiento de la voluntad de Dios, o nos dejamos seducir por el
 
pecado? 
 
   &quot;Si, pues, tus labios proclaman que Jesús es el Señor y crees de
 
corazón que Dios le hizo surgir triunfante de la muerte, serás
 
salvado. Porque se precisa la fe interior del corazón para que Dios
 
restablezca en su amistad, y la pública proclamación de esa fe para
 
obtener la salvación&quot; (ROM. 10, 9-10). 
 
   Seremos salvos porque tenemos fe en Dios, pero no nos será posible
 
alcanzar la santidad si no hacemos el bien, porque ello es la única
 
manera que tenemos de demostrar que creemos en Dios, y si somos buenas
 
personas cristianas. 
 
   Tal como hemos visto durante las semanas anteriores, la curación de
 
enfermos, y la expulsión de demonios, son otros dos signos sensibles,
 
de que el Reino de Dios, está cerca de nosotros, tan cerca, que
 
Jesús nos dice que está en nuestros corazones. Podemos sentir que
 
vivimos un pequeño adelanto de lo que será el Reino de Dios cuando
 
el mismo sea plenamente instaurado entre nosotros, cuando empezamos a
 
trabajar para exterminar las carencias espirituales y materiales de
 
nuestros hermanos los hombres. 
 
   Ciertamente, no podemos hacer milagros, pero quizá no escapa de
 
nuestras posibilidades, el hecho de comprar medicamentos para un
 
enfermo, o de costearle la operación por medio de la que recuperará
 
parcial o totalmente su salud. 
 
   Si no vivimos fraternalmente ayudándonos a solventar las carencias
 
que tenemos, no podremos creer en la realidad del Reino de Dios, pues,
 
si aceptamos la misma, esta idea nos supone dispuestos a trabajar por
 
una creencia nuestra que, ante los ojos de quienes no comparten la fe
 
que nos caracteriza, es una utopía, como lo es el hecho de disponer de
 
los medios necesarios para criar y educar a los no nacidos cuyas madres
 
desean abortarlos. 
 
(José Portillo Pérez). 
 
 
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 <title>Domingo V Ordinario.</title>
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 <pubDate>Thu, 2 Feb 2012 19:05:18 +0100</pubDate>
 <author>José Portillo Pérez &lt;loli627167575@gmail.com&gt;</author>
 <description><![CDATA[
   Padre nuestro. 
 
   Domingo, 05/02/2012, Domingo V Ordinario del ciclo B. 
 
   Acompañemos a Jesús durante un día de intensa labor
 
apostólica. 
 
   Meditación de MC. 1, 21-39. 
 
   &quot;Llegan a Cafarnaúm. Al llegar el sábado entró en la sinagoga y
 
se puso a enseñar&quot; (MC. 1, 21). 
 
   Jesús llegó a Cafarnaúm acompañado de los hermanos Pedro y
 
Andrés, y Juan y Santiago. Tales amigos de Nuestro Señor, aún no
 
habían sido constituidos Apóstoles por el Mesías, pero Jesús,
 
adaptándose a su capacidad de comprender el Evangelio, les inculcaba
 
la Palabra de Dios, para que fueran sus ministros. 
 
   La forma de actuar de Jesús con sus cuatro amigos, nos hace
 
interrogarnos, a quienes predicamos el Evangelio, sobre la forma que les
 
transmitimos el conocimiento de la Palabra de Dios que tenemos, a
 
nuestros oyentes y lectores. Ya que vivimos en un mundo en que cada
 
día necesitamos más demostraciones empíricas para creer lo que se
 
nos pretende enseñar, si queremos predicar exitosamente, no solamente
 
tenemos que valernos para ello de discursos bien elaborados, pues
 
también necesitamos ser cristianos ejemplares, para que, quienes nos
 
conocen, sepan que es posible seguir a Jesús. 
 
   Jesús se dedicaba a instruir a quienes iban a ser sus Apóstoles,
 
y a quienes se dejaban evangelizar, y, durante las noches, se dedicaba a
 
orar, y a pensar sobre cómo iba a seguir evangelizando a sus oyentes y
 
compañeros de peregrinación durante los días. 
 
   Mientras Jesús evangelizaba y hacía el bien sin descansar, a
 
muchos de nosotros nos cuesta un gran esfuerzo celebrar la Eucaristía,
 
y nos negamos, no sólo a cumplir la voluntad de Dios, sino a
 
conocerla. A veces nos debatimos entre el hecho de ignorar a Dios, y
 
entre la posibilidad de crearnos un dios a nuestra imagen y semejanza. 
 
&quot;Y quedaban asombrados de su doctrina, porque les enseñaba como quien
 
tiene autoridad, y no como los escribas&quot; (MC. 1, 22). 
 
   Los escribas o maestros de la Ley, eran quienes enseñaban a los
 
israelitas a interpretar las antiguas escrituras. Mientras que los tales
 
necesitaban referirse constantemente a los autores del Antiguo
 
Testamento para demostrarles a sus oyentes que las enseñanzas que les
 
impartían eran aceptables, Jesús predicaba valiéndose de su
 
conocimiento. La autoridad de Jesús que admiraba a los habitantes de
 
Cafarnaúm, proviene del hecho de que el mensaje predicado por el
 
Señor es suyo, así como también, por ser Dios el Mesías, le
 
pertenece el mensaje contenido en la primera parte de la Biblia. 
 
   &quot;Había precisamente en su sinagoga un hombre poseído por un
 
espíritu inmundo, que se puso a gritar: &quot;¿Qué tenemos nosotros
 
contigo, Jesús de Nazaret? ¿Has venido a destruirnos? Sé quién
 
eres tú: el Santo de Dios&quot;&quot; (MC. 1, 23-24). 
 
Es interesante observar, cómo cuando Jesús predicaba, se encontraba
 
con quienes lo trataban hostilmente. San Marcos nos habla de un hombre
 
poseído por un espíritu inmundo, -es decir-, un enviado del diablo
 
marcado por la maldad. 
 
   Dado que Jesús no quería darse a conocer al principio de su
 
Ministerio como el Mesías esperado por sus hermanos de raza, el
 
espíritu inmundo hizo lo posible por hacer que los habitantes de
 
Cafarnaúm supieran quién era el Hombre que les predicaba con tan
 
gran elocuencia, que llegó a producirles admiración. 
 
   El espíritu satánico le preguntó a Jesús si había venido al
 
mundo a destruir las fuerzas del mal. Tal demonio era consciente de que
 
se enfrentaba a Dios inútilmente, dado que sabía quién iba a ganar
 
aquella absurda guerra, y que él sería uno de los grandes
 
perdedores. 
 
   &quot;Jesús, entonces, le conminó diciendo: &quot;Cállate y sal de él&quot;&quot;
 
(MC. 1, 25). 
 
De la misma manera que Jesús interrumpió bruscamente al espíritu
 
maligno que intentaba hacer lo posible para inutilizar su predicación,
 
tenemos que reaccionar nosotros, antes de ofender a Dios y a nuestros
 
prójimos, impidiendo que el pecado interrumpa nuestro proceso de
 
santificación. Sabemos que la salvación es consecuente de la fe que
 
tenemos en Dios, pero también sabemos que no nos basta creer en Dios
 
para ser salvos sin hacer el bien, porque, Santiago, escribió en su
 
Epístola -o Carta- Universal: 
 
   &quot;¿Tú crees que hay un solo Dios? De acuerdo; también los
 
demonios creen y se estremecen de pavor&quot; (ST. 2, 19). 
 
   &quot;Y agitándole violentamente el espíritu inmundo, dio un fuerte
 
grito y salió de él&quot; (MC. 1, 26). 
 
Dado que hemos recordado por medio del primo de Jesús que los demonios
 
sienten pavor con respecto a Dios, el espíritu inmundo del que se
 
habla en el Evangelio que estamos considerando, se vio obligado a
 
abandonar el cuerpo de su víctima, de la que se aprovechó para
 
dañarla todo lo que pudo, antes de dejarla, cumpliendo el mandato que
 
Jesús le dio, en contra de su voluntad. 
 
   No es fácil dejar de pecar para cumplir la voluntad de Dios, y, si
 
lo fuera, el proceso de nuestra conversión, carecería de mérito
 
por nuestra parte, porque no nos supondría ningún esfuerzo, el hecho
 
de crecer espiritualmente, y, al creer en Dios sin dificultades que
 
pujen por obstaculizarnos el crecimiento, tampoco valoraríamos el amor
 
con que nuestro Padre común nos acoge en su presencia. 
 
   Una vez que comenzamos a vivir el proceso de nuestra conversión al
 
Señor, no debemos permitir que nada nos aparte de Nuestro Redentor,
 
pues, muchas veces, somos víctimas de    tentaciones, cuyo propósito
 
es alejarnos de Dios. 
 
   &quot;Cuando el espíritu inmundo sale del hombre, anda vagando por
 
lugares áridos en busca de reposo, pero no lo encuentra. Entonces
 
dice: &quot;Me volveré a mi casa, de donde salí.&quot; Y al llegar la
 
encuentra desocupada, barrida y en orden. Entonces va y toma consigo
 
otros siete espíritus peores que él; entran y se instalan allí, y
 
el final de aquel hombre viene a ser peor que el principio. Así le
 
sucederá también a esta nación malvada&quot; (MT. 12, 43-45). 
 
   ¿Qué significan las palabras de Jesús que estamos recordando? 
 
   Cuando empezamos a convertirnos al Señor, estamos expuestos a ser
 
tentados de múltiples formas, y por familiares y amigos a quienes
 
amamos sinceramente, que pueden impedir que abracemos nuestra fe, si no
 
nos encontramos capacitados para ser seguidores del Señor. Esta es la
 
razón por la que San Pedro escribió las siguientes palabras en su
 
primera Carta: 
 
   &quot;No os dejéis seducir ni sorprender. Vuestro enemigo el diablo
 
ronda como león rugiente buscando a quien devorar. Resistidle firmes
 
en la fe, conscientes de que vuestros hermanos dispersos por el mundo
 
soportan los mismos sufrimientos&quot; (1 PE. 5, 8-9). 
 
   No nos dejemos seducir por el pecado, ni sorprender por quienes no
 
desean que creamos en Dios. 
 
   Aunque muchos cristianos no tienen a nadie con quien compartir su fe,
 
y pueden desanimarse pensando que son únicos en el mundo porque se
 
sienten humanamente desamparados, deben tener en cuenta que no son los
 
únicos que son víctimas de las asechanzas que tienen que soportar
 
día a día. 
 
   Cuando empezamos a convertirnos al Señor, las fuerzas del mal andan
 
buscando reposo en el mundo, pero sólo se encuentran en paz, si
 
impiden que abracemos la fe que actualmente nos caracteriza. 
 
   Las fuerzas del mal reposan en lugares áridos, en los desiertos de
 
nuestra vida, en que el padecimiento y las injusticias de que es
 
víctima la humanidad, nos sirven de cebo para querer dejar de cultivar
 
la relación que mantenemos con Nuestro Santo Creador. 
 
   Cuando el mal se adueña de nuestra vida, coge la casa de nuestra
 
alma limpia y barrida, no de maldad, sino del conocimiento de Dios que
 
necesitamos, para rechazar a los espíritus inmundos, que viven para
 
impedir que cultivemos la fe en Dios. Esto sucede porque no estudiamos
 
la Palabra de Dios ni los documentos de la Iglesia, por lo que, en
 
consecuencia, no aplicamos dichos textos a la vivencia de nuestra vida
 
cristiana, y, por consiguiente, tampoco oramos, por lo que no somos
 
capaces de sentirnos dichosos de tener el privilegio de vivir en la
 
presencia de Nuestro Santo Padre, y, si no tenemos fe en Dios, los
 
espíritus inmundos verán cumplido el deseo de dominar nuestra
 
existencia. 
 
   Si fue difícil creer en Dios para nosotros la primera vez que
 
escuchamos su Palabra, mucho más difícil puede ser recuperar la fe,
 
una vez que se pierde la citada virtud teologal. Esto es lo que
 
significa el hecho de que el espíritu inmundo que regresa a su antigua
 
morada busca la compañía de siete demonios más malvados que él,
 
pues tiene la misión de impedir que su víctima se considere
 
cristiana. 
 
Sigamos meditando el Evangelio de San Marcos. 
 
   &quot;Todos quedaron pasmados de tal manera que se preguntaban unos a
 
otros: &quot;¿Qué es esto? ¡Una doctrina nueva, expuesta con autoridad!
 
Manda hasta a los espíritus inmundos y le obedecen. Bien pronto su
 
fama se extendió por todas partes, en toda la región de Galilea&quot;
 
(MC. 1, 27-28). 
 
   Cuando he participado en retiros espirituales, he conocido a quienes
 
se han impresionado al conocer la vida de Jesús, pero, al concluir los
 
días de retiro, no han querido vivir como católicos practicantes.
 
Muchos habitantes de Palestina se admiraron por causa de las palabras
 
que pronunció Jesús y de las obras que realizó Nuestro Señor,
 
pero no todos ellos optaron por abrazar el Cristianismo. 
 
   Pidámosle a Dios que nuestra participación en la Eucaristía nos
 
sirva para tener más fe en El y un mayor deseo de cumplir su voluntad. 
 
   &quot;Cuando salió de la sinagoga se fue con Santiago y Juan a casa de
 
Simón y Andrés. La suegra de Simón estaba en cama con fiebre; y le
 
hablan de ella. Se acercó y, tomándola de la mano, la levantó. La
 
fiebre la dejó y ella se puso a servirles&quot; (MC. 1, 29-31). 
 
   Después de pasar una mañana dedicada a la predicación marcada
 
por dificultades que formaban parte de la rutina de Jesús, el Señor,
 
cuando se disponía a descansar con sus amigos, realizó un gesto de
 
revolucionario, pues, además de curar a un enfermo en un día
 
festivo, -lo cuál estaba prohibido por la Ley religiosa-, realizó el
 
citado milagro, en beneficio de una mujer, que, por no ser hombre, no
 
tenía los privilegios característicos de los varones, por lo que, en
 
consecuencia, se supone que el Señor podría haberla ignorado
 
perfectamente, y haberse dedicado a pasar la tarde con sus amigos. 
 
   La suegra de Pedro sirvió a Simón y a sus invitados,
 
probablemente, porque era la única mujer que había en la casa, pero,
 
este hecho, es muy significativo para nosotros, porque nos indica que,
 
independientemente de las circunstancias que hayamos vivido en el
 
pasado, y del mal que hayamos hecho, dios nos acoge en su presencia, si
 
lo aceptamos como Padre, y nos disponemos a cumplir su voluntad. Esta es
 
la razón por la que leemos en la Biblia: 
 
   &quot;¿Acaso me complazco yo en la muerte del malvado -oráculo del
 
Señor Yahveh - y no más bien en que se convierta de su conducta y
 
viva? (EZ. 18, 23). 
 
   Imagino que los que sois trabajadores habréis pronunciado o
 
escuchado palabras semejantes a las siguientes: 
 
   ¡Qué cansado estoy de hacer un trabajo tan rutinario! 
 
   Este fin de semana tengo que trabajar, ¡qué mala suerte tengo! 
 
   Jesús estaba en casa de sus amigos según nos dice San Marcos en
 
el Evangelio que estamos meditando en esta ocasión, no estaba en su
 
tiempo laboral, pero, aún así, nuestro Señor no se negó a  sanar
 
a la suegra de Pedro. 
 
   Muchas veces nos quejamos porque no estamos satisfechos con nuestras
 
condiciones laborales. Jesús era más humilde que nosotros, por
 
cuanto El se nos entregaba -y entrega- sin vacilación alguna, y se
 
esfuerza mucho más que nosotros cuando trabajamos para obtener grandes
 
cantidades de dinero. 
 
   Cuando la suegra de Pedro fue sanada de su dolencia, de inmediato se
 
puso a servir a Jesús y a sus compañeros. Nosotros tenemos tendencia
 
a acordarnos de Dios cuando tenemos necesidades que cubrir que escapan a
 
nuestras posibilidades de hacerlo, pero, cuando nuestro Padre celestial
 
nos ayuda a salir de una circunstancia adversa, ¿le agradecemos al
 
Señor el don que nos ha concedido sirviendo al Dios Uno y Trino en
 
nuestros prójimos los hombres? 
 
   ¡Cuantas veces nos quejamos de que trabajamos demasiadas horas! Es
 
cierto que hay trabajos que no están bien remunerados, y que también
 
hay situaciones laborales que deberían ser penalizadas por el desgaste
 
físico y el mal psicológico que les suponen a muchos trabajadores,
 
pero, hermanos, ¿somos conscientes de cual era la jornada laboral de
 
nuestro Jesús? El Señor trabajaba veinticuatro horas al día
 
durante 365 días al año, así pues, -tal como recordamos al iniciar
 
esta meditación-, durante el día, Nuestro Redentor se dedicaba a
 
predicar el Evangelio, y, durante las noches, nuestro Salvador se
 
privaba de muchas horas de sueño, y se dedicaba a orar, así vencí
 
a su cansancio, y se robustecía espiritualmente, para seguir dando a
 
conocer la Palabra de Dios sin desfallecer, ante la terquedad de nuestra
 
incredulidad. 
 
   Quienes conocían a Jesús, no deseaban separarse de nuestro
 
Señor. Tengo una amiga que me suele decir estas palabras cuando
 
chateamos: 
 
   &quot;Cuando celebro la Misa me siento muy bien. Tengo tantos problemas
 
que, cuando estoy delante del altar de mi Papito Dios, siento la
 
necesidad de morirme, entregarme en los brazos de Papito y salir de este
 
infierno, pero El me reconforta, y así recupero las ganas de vivir&quot;. 
 
   No olvidemos que Jesús no vino al mundo para evitarnos las luchas,
 
sino para enseñarnos a ser buenos cristianos. 
 
   &quot;Al atardecer, a la puesta del sol, le trajeron todos los enfermos y
 
endemoniados; la ciudad entera estaba agolpada a la puerta. Jesús
 
curó a muchos que se encontraban mal de diversas enfermedades y
 
expulsó muchos demonios. Y no dejaba hablar  a los demonios, pues le
 
conocían&quot; (MC. 1, 32-34). 
 
   Cuando se puso el sol, al acabar el Sábado, la gente llevó a
 
muchos enfermos y posesos a la presencia de Jesús, para que el Señor
 
los curara. El fanatismo religioso es perjudicial cuando se prefiere
 
cumplir un mandamiento que para Jesús carece de valor, a cambio de
 
sacrificar la salud de los enfermos y la felicidad de mucha gente.
 
Jesús se hubiera sentido mucho más satisfecho, si le hubieran
 
llevado a los enfermos cuando salió de la sinagoga, porque ello
 
hubiera sido un evidente signo de que habrían aceptado su Evangelio de
 
salvación. 
 
 Jesús no dejaba hablar a los demonios, para que no revelaran su
 
mesianismo, pues deseaba que se le viera como profeta, por causa de su
 
humildad. 
 
   &quot;De madrugada, cuando todavía estaba muy oscuro, se levantó,
 
salió y fue a un lugar solitario y allí se puso a hacer oración.
 
Simón y sus compañeros fueron en su busca; al encontrarle, le dicen:
 
«Todos te buscan.» El les dice: «Vayamos a otra parte, a los
 
pueblos vecinos, para que también allí predique; pues para eso he
 
salido.&quot; Y recorrió toda Galilea, predicando en sus sinagogas y
 
expulsando los demonios&quot; (MC. 1, 35-39). 
 
   Simón y sus compañeros buscaron a Jesús cuando el Señor
 
estaba orando, y le dijeron: Deja de orar, porque tienes una oportunidad
 
de predicar que quizá no se te presente jamás. 
 
   Simón y sus amigos aún no habían sido suficientemente
 
instruidos por Jesús, y por ello no habían aprendido a acatar la
 
voluntad del Señor sin preguntarse demasiado por qué Dios hace las
 
cosas a veces de una forma que no podemos comprender, así pues, viendo
 
que la gente buscaba al Mesías, le recomendaron a su Maestro que se le
 
hiciera el encontradizo. 
 
   Jesús no quiso encontrarse con la gente, porque sabía que no
 
querían que les predicara el Evangelio, sino alabarlo, a fin de que
 
les hiciera más milagros. 
 
   Procuremos, cuando sirvamos a Dios, no actuar pensando en la
 
consecución de dádivas ni en ser excesivamente alabados, para no
 
desplazar a Nuestro Santo Padre, convirtiéndonos en el centro de
 
atención, buscado y contemplado, por nuestros oyentes y lectores. 
 
   (José Portillo Pérez 
 
http://trigodedios.blogia.com 
 
). 
 
 
  
 
 
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                 ]]> </description>
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 <title>Domingo IV del ciclo B</title>
 <link>http://www.egrupos.net/grupo/padrenuestro/archivo/rsg/943</link>
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 <guid>http://www.egrupos.net/grupo/padrenuestro/archivo/msg/943/</guid>
 <pubDate>Sat, 28 Jan 2012 00:54:20 +0100</pubDate>
 <author>José Portillo Pérez &lt;loli627167575@gmail.com&gt;</author>
 <description><![CDATA[
   Padre nuestro. 
 
   Domingo, 29/01/2011, Domingo IV del tiempo Ordinario del ciclo B. 
 
   Comentarios al Evangelio. 
 
   &quot;Jesús predicaba el Evangelio del Reino de Dios con autoridad. Al
 
citar el término autoridad, entiendo que San Marcos no nos habla de
 
poder ejercido a la fuerza, sino de conocimiento y convicción
 
irrefutables. 
 
   San Marcos nos habla en su Evangelio de Jesús diciéndonos que
 
nuestro Señor estaba capacitado para extraer espíritus inmundos o
 
satánicos de quienes en nuestro tiempo sabemos que son hepilépticos.
 
El texto de San Marcos no tiene desperdicio para los tradicionalistas ni
 
para quienes vislumbran la fe intentando equipararla al saber
 
científico, así pues, mientras que los unos refuerzan su espíritu
 
para no ceder a las tentaciones demoníacas, los otros comprenden que
 
hemos de adquirir habilidades que fortalezcan nuestra psicología y nos
 
ayuden a no caer en el pecado y a superar nuestras dificultades como
 
debemos hacerlo los cristianos. 
 
   Hace varios meses conocí a un joven en un foro católico que
 
decía que necesitaba encontrar una iglesia cristiana en la cual se le
 
aceptara sin que se le reprochara su homosexualidad, y me ofrecí a
 
servirle en sus propósitos, con la condición de que leyera la
 
Biblia, porque no conocía ninguna religión cristiana en que se le
 
aceptara tal como era, y no quería dejarlo sólo. El pasado dos de
 
enero aquel joven me escribió diciéndome que seguía siendo
 
católico, que no le importaba que muchos de nuestros hermanos de fe no
 
aceptaran su homosexualidad, pues había comprendido que es imposible
 
que todos nos agrademos unos a otros, así pues, si él hubiera dejado
 
de ser homosexual, habría perdido a sus amistades, aquellos hombres
 
que precisamente lo valoraban por el coraje con que defendía su estado
 
de homosexual. 
 
   Internet es un medio en el cual, al no vernos las caras unos a otros,
 
podemos encontrar un poco de todo, así pues, donde reinan antivalores
 
como la pornografía y el tráfico de drogas a través de
 
sofisticados códigos simbólicos e informáticos, algunos abren su
 
espíritu, desahogan su dolor, y se encuentran con su Dios y sus
 
prójimos los hombres. 
 
   Los cristianos de todas las iglesias tenemos muchas divisiones
 
internas, y, para entendernos, es preciso que comprendamos que para
 
nuestros prójimos son relativos algunos de los valores que nosotros
 
consideramos absolutos y viceversa&quot; (José Portillo Pérez.
 
Meditación del 14/01/2002). 
 
   &quot;1. &quot;Cuando Jesús inició su Ministerio público, tras haberse
 
preparado espiritualmente durante cuarenta días con sus
 
correspondientes noches en el desierto de Judea, empezó a predicar
 
palabras tan bellas como esperanzadoras. Mientras los doctores de la Ley
 
tenían que citar las Sagradas Escrituras en todo momento, el Señor
 
hablaba sin decir &quot;lo que os digo ahora está escrito en tal rollo&quot;,
 
etcétera, así pues, el Nazareno, hacía suyas las palabras de los
 
Santos Hagiógrafos del Antiguo Testamento. Había que ser un buen
 
herudito para distinguir las palabras de Jesús de los versículos de
 
la Torá, los Profetas y los Reyes. 
 
   2. Satanás es un singular personaje, príncipe de las tinieblas,
 
que persiguió a Nuestro Salvador durante su Ministerio público. Eran
 
muchos los ángeles malignos enviados por el Diablo para hacer que el
 
Hijo de María sucumbiera ante el intento de fundamentar el Reino
 
profetizado desde hacía muchos siglos. Entre los enviados de Satán,
 
se contaban los miedos, la envidia, la soberbia, la mentira, la
 
venganza, el egoísmo, la pereza... Todas estas cosas son vencidas por
 
quienes confían en Dios y las padecen. 
 
   3. Al considerar la vida del Mahatma Gandhi, nos encontramos con un
 
hombre caritativo, que no pudo evitar hacer peligrar su vida, para
 
conseguir la independencia de los hindúes, y hacer que estos se amaran
 
entre sí, y conocieran a Jesús de Nazaret, a pesar de que falló en
 
sus dos últimos intentos. El hecho de que Jesús hiciera milagros
 
cuando había que hacerlos, no debe hacernos pensar que el Señor era
 
un hombre ficticio o con poderes especiales, pues, sin la pretensión
 
de publicitarse como el rey de copas del Reino de Dios, nuestro Redentor
 
deseaba mostrarnos la abundancia de dádivas con que Dios nos muestra
 
su amor misericordioso. 
 
   Concluyamos esta meditación del Evangelio diario, expresándole a
 
Dios nuestro deseo de conocer más y mejor a Jesús, para que
 
aprendamos a ser Santos, gracias al ejemplo que en su día nos dejó
 
el Mesías&quot; (José Portillo Pérez. Meditación del 3/09/2002). 
 
 
  
 
 
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                 ]]> </description>
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<item>
 <title>Domingo III Ordinario.</title>
 <link>http://www.egrupos.net/grupo/padrenuestro/archivo/rsg/942</link>
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 <guid>http://www.egrupos.net/grupo/padrenuestro/archivo/msg/942/</guid>
 <pubDate>Mon, 16 Jan 2012 21:01:07 +0100</pubDate>
 <author>José Portillo Pérez &lt;loli627167575@gmail.com&gt;</author>
 <description><![CDATA[
   Padre nuestro. 
 
   Domingo, 22/01/2012, Domingo III Ordinario del ciclo B. 
 
   Dios, amor y justicia. 
 
   El Sacramento de la Penitencia. 
 
   Estimados hermanos y amigos: 
 
   La interpretación de la primera lectura de la Eucaristía que
 
estamos celebrando, es muy polémica para nosotros. Entre los
 
cristianos, hay quienes piensan que Dios es un Juez implacable que nos
 
vigila estrechamente para condenarnos en el infierno cuando incumplamos
 
el menos grave de sus preceptos. Por el contrario, otros imaginan que
 
Dios nos ama ciegamente, hasta llegar a olvidar la aplicación de su
 
justicia con respecto a nuestros pecados. Precisamente, muchas
 
religiones denominadas protestantes, predican esta segunda idea, de
 
manera que muchos de sus seguidores creen que Dios no les hará
 
justicia por mucho que pequen, porque, al estar bautizados, se
 
consideran salvos. Tales hermanos nuestros ignoran que, aunque estemos
 
bautizados, si incumplimos la voluntad de Dios, El deja de ser nuestro
 
Padre, por cuanto le desobedecemos consciente y libremente. 
 
   ¿De qué nos sirve creer en un Dios que no se diferencia de los
 
hombres, en el sentido de que sólo considera como amigos a quienes se
 
someten a El? 
 
   En todas las sociedades existen unas normas que hacen posible el
 
hecho de que quienes las constituyen vivan en armonía. Los
 
Mandamientos de Dios son de obligado cumplimiento para sus hijos, pero
 
ello no sucede porque Nuestro Padre común no se diferencia de los
 
hombres que actúan sin escrúpulos para alcanzar el máximo poder,
 
sino porque, los citados Mandamientos, nos facilitan la convivencia, y
 
nos impulsan a encontrar la plenitud de la felicidad. 
 
   Pocos meses después de que Moisés liberó a los hebreos de la
 
esclavitud en Egipto, Dios le dio a su profeta un decálogo de
 
Mandamientos que tenían que ser cumplidos por sus fieles, los cuales
 
aún siguen en vigencia tanto para los judíos como para los
 
cristianos, con la diferencia de que estos últimos creen que el
 
cumplimiento de los mismos no es un fin para alcanzar la salvación,
 
aunque es necesario, porque es el camino que recorren para cumplir la
 
voluntad de Nuestro Santo Padre. 
 
   ¿Cómo puede Dios amarnos y aplicarnos su justicia al mismo
 
tiempo? 
 
   La justicia de Dios tiene el fin de corregir la maldad de los
 
hombres, así pues, los castigos divinos no han de ser vistos como
 
manifestaciones del odio del Creador del universo a sus hijos. Dios no
 
nos corrige para manifestarnos su odio, sino para perfeccionarnos, pues
 
todos conocemos el valor redentor que tiene el dolor, cuyo significado
 
no puedo exponer en esta meditación, para evitar extenderme demasiado
 
en la presente exposición. 
 
   Quienes consideran a Dios como un verdugo sediento de sangre que nos
 
vigila obsesivamente buscando razones para condenarnos en nuestros
 
incumplimientos de su Ley, no deben olvidar que, aunque se nos ha
 
enseñado que el pecado original de nuestros ancestros nos separó de
 
nuestro Padre común, Nuestro Santo Creador nos amaba antes de que
 
Jesús diera su vida en la cruz para demostrarnos el amor con que
 
Yahveh nos acoge en su presencia. Tengamos por cierto que, si Nuestro
 
Padre celestial no nos hubiera amado antes de que Nuestro Salvador fuera
 
crucificado, no hubiera permitido jamás el sacrificio de su
 
Unigénito. Esta es la razón por la que el Mesías -o Cristo- dijo
 
en cierta ocasión: 
 
   &quot;Tanto amó Dios al mundo, que no dudó en entregarle a su Hijo
 
único, para que todo el que crea en él no perezca, sino que tenga
 
vida eterna. Pues no envió Dios a su Hijo para dictar sentencia de
 
condenación contra el mundo, sino para que por medio de él se salve
 
el mundo&quot; (JN. 3, 16-17). 
 
   Aunque Dios nos ama porque somos sus hijos, y por causa del citado
 
amor nos perdona cuando nos arrepentimos sinceramente de incumplir los
 
Mandamientos de su Ley, no hemos de entender que el arrepentimiento
 
correcto ha de ser únicamente un deseo de no volver a llevar a cabo
 
las obras que nos hemos arrepentido de hacer, pues también es la
 
adopción del propósito de rehusar todas las oportunidades de pecar
 
que tengamos. De nada le sirve a un asesino arrepentirse de cometer un
 
crimen si desea ser acepto por Dios, si después de ser perdonado por
 
Nuestro Padre común, comete un robo. 
 
   Dios nos perdona los incumplimientos de sus Mandamientos porque nos
 
ama, pero, para que nuestro arrepentimiento sea veraz, y alcancemos su
 
perfección, -en conformidad con las posibilidades que tenemos de
 
alcanzar tan loable fin-, Nuestro Señor Jesucristo, instituyó el
 
Sacramento de la Penitencia. Recordemos el texto evangélico de la
 
institución del citado Sacramento. 
 
   &quot;Aquel mismo domingo por la tarde estaban reunidos los discípulos
 
en una casa, con las puertas bien cerradas por miedo a los judíos. Se
 
presentó Jesús en medio de ellos y les dijo: -La paz esté con
 
vosotros. Y les enseñó las manos y el costado. Los discípulos, al
 
verle, se llenaron de alegría. Jesús volvió a decirles: -La paz
 
esté con vosotros. Y añadió: -Como el Padre me envió a mí,
 
así os envío yo a vosotros. Sopló sobre ellos y les dijo: -Recibid
 
el Espíritu Santo. A quienes perdonéis los pecados, les quedarán
 
perdonados; a quienes no se los perdonéis, les quedarán sin
 
perdonar&quot; (JN. 20, 19-23). 
 
   Jesús quiso que sus Apóstoles recibieran los dones del Espíritu
 
Santo, para que gobernaran la Iglesia bajo la inspiración de la
 
tercera Persona de la Santísima Trinidad, para que, en la fundación
 
de Cristo, nunca dejara de cumplirse la voluntad de Dios. 
 
   La voluntad de Dios consiste en que creamos en Jesús e imitemos a
 
Nuestro Señor, a pesar de las imperfecciones que nos impiden
 
igualarnos al Unigénito de Yahveh. 
 
   Debemos cumplir la voluntad de Dios evitando que la paz desaparezca
 
de nuestro interior, para que ninguna contrariedad nos impida obedecer
 
ciegamente a Nuestro Santo Padre. 
 
   Al ser Dios, Jesús puede servirse del medio que considere más
 
apropiado para perdonarnos los pecados, así pues, El se vale para tal
 
fin de sus ministros, a pesar de la humana imperfección que
 
caracteriza a los tales. 
 
   El Sacramento de la Penitencia se convirtió en una tabla de
 
salvación para muchos fieles de la Ilesia de los primeros siglos,
 
aunque la recepción del mismo se limitó mucho para no convertir el
 
citado Sacramento en un acto teatral. 
 
   Es cierto que la forma en que se recibe el Sacramento de la
 
Penitencia actualmente no se practicaba en los inicios de la Iglesia,
 
pero, aunque la misma es muy polémica, porque es más fácil hacer
 
una confesión general que relatarle los pecados al sacerdote confesor,
 
no podemos negar que tiene un carácter terapéutico que motiva a los
 
creyentes a confesarse, lo cuál creo que debe ser aprovechado por los
 
ministros, para hacer que los penitentes valoren el perdón divino. 
 
   De alguna manera, la confesión de los pecados es practicada en
 
muchas religiones, -especialmente en aquellas cuyos líderes controlan
 
mentalmente a sus fieles para explotarlos económicamente-, aunque
 
dicha costumbre tiene diferentes nombres, para que no pueda ser asociada
 
con el Sacramento católico sobre el que estamos reflexionando. 
 
   La penitencia y la conversión tienen la misión de acrecentar
 
nuestra fe en Dios, y, por consiguiente, de acercarnos a Nuestro Padre
 
común. Esta es la causa por la que tanto el Adviento como la Cuaresma
 
son los tiempos penitenciales fuertes del año, en que la Iglesia nos
 
invita a profundizar en nuestra relación con el Dios Uno y Trino, con
 
tal de que aumentemos el deseo que tenemos de vivir en la presencia de
 
Nuestro Padre común. 
 
   A partir del próximo veintidós de febrero, -el día en que
 
empezaremos a vivir el tiempo de Cuaresma-, meditaremos con frecuencia
 
el siguiente texto de San Pablo: 
 
   &quot;Por tanto, el que está en Cristo (el que se vincula
 
espiritualmente al Señor Jesús), es una nueva creación; pasó lo
 
viejo (el creyente se deja redimir renunciando al pecado), todo es nuevo
 
(el cristiano que se vincula a Jesús se hace una nueva criatura). Y
 
todo proviene de Dios, que nos reconcilió consigo por Cristo y nos
 
confió el ministerio de la reconciliación. Porque en Cristo estaba
 
Dios reconciliando al mundo consigo, no tomando en cuenta las
 
transgresiones de los hombres, sino poniendo en nosotros la palabra de
 
la reconciliación. Somos, pues, embajadores de Cristo, como si Dios
 
exhortara por medio de nosotros. En nombre de Cristo os suplicamos:
 
¡reconciliaos con Dios!&quot; (2 COR. 5, 17-20). 
 
   San Pablo nos demuestra con gran claridad que Jesús quiere
 
perdonarnos los pecados que cometemos por mediación de sus ministros,
 
tal como acabamos de recordar. 
 
   A lo largo de la Historia, se ha entendido la penitencia de
 
diferentes formas. Tal como recordamos anteriormente, en los primeros
 
siglos de existencia de nuestra Santa Madre la Iglesia, se limitó
 
mucho la recepción del citado Sacramento, para evitar lo que sucede
 
actualmente en muchos casos, en que es tomado como una representación
 
teatral de Adviento y Cuaresma, o como la asistencia a la consulta de un
 
psicólogo, donde, más que el perdón de Dios, se busca, por parte
 
de los penitentes, tranquilizar sus conciencias, o fortalecer sus almas
 
heridas, por sus circunstancias vitales. 
 
   Hubo un tiempo en que la Iglesia estableció por medio de diferentes
 
Concilios distintos tipos de penitencias para corregir las dessviaciones
 
en que podían caer los creyentes, pero muchos de los tales aplazaban
 
el cumplimiento de las mismas hasta que calculaban que se acercaba el
 
fin de su vida mortal, con la esperanza de que ello les sirviera para
 
alcanzar la vida eterna. Desgraciadamente, muchos de nuestros hermanos
 
se han sometido al cumplimiento de la voluntad de Dios, pero no lo han
 
hecho por amor a Nuestro Santo Padre, sino por el interés de alcanzar
 
favores terrenales, o la salvación. 
 
   Los ciclos penitenciales han requerido en muchas ocasiones de los
 
penitentes que demuestren su fe para ser dignos de pertenecer a la
 
Iglesia, pues el estado de pecado se ha visto como símbolo de
 
enemistad, tanto con Dios, como con los hijos de la fundación de
 
Cristo. Esta severa conducta eclesiástica que es juzgada por muchos
 
como fanática, que caracteriza a otras religiones cristianas que
 
también la practican, tiene la intención de lograr que, quienes se
 
acercan a Dios, lo hagan con el deseo de ser santificados por Nuestro
 
Padre común. Tengamos en cuenta que el bien que hacen muchos
 
cristianos pasa ante la sociedad desapercibidamente, pero, los pecados
 
de un sólo creyente, atentan gravemente contra la imagen de todos los
 
hijos de la Iglesia. 
 
   La confesión privada, -tal como se efectúa en nuestro tiempo-,
 
empezó a llevarse a cabo en las islas británicas, así pues, fue en
 
Irlanda donde más empezó a celebrarse el Sacramento de la
 
Penitencia, siguiendo esta práctica, que se extendió rápidamente
 
por Europa. Dado que dicho Sacramento sólo se podía recibir una vez
 
en la vida, ello les sirvió a muchos creyentes como pretexto para
 
aplazar el cumplimiento de la penitencia que se les imponía, -como
 
recordamos anteriormente-, hasta que veían que se acercaba el día de
 
su fallecimiento. Cada pecado tenía asignada una penitencia, la cuál
 
perseguía el objetivo de que no se entendiera el Sacramento de la
 
Penitencia como lo ven muchos creyentes en la actualidad, que piensan
 
que poco importa pecar, porque, cuando necesiten ser tranquilizados, les
 
basta hablar con su sacerdote confesor. 
 
   Los manuales que conocemos en la actualidad que son utilizados para
 
examinar las conciencias de quienes desean confesarse mediante largos
 
interrogatorios, están inspirados en libros de preguntas que no
 
tardaron muchos siglos en ser utilizados a partir de la fundación de
 
la Iglesia. Tales libros ayudan a los penitentes a elaborar una lista de
 
sus pecados bastante exaustiva, lo cual no debe servirles para pensar
 
que son irremediables y que no merecen ser perdonados porque su valor es
 
el de la Sangre de Cristo, pues tienen el propósito de ayudarles a que
 
se examinen en oración, para que tengan un gran deseo de someterse al
 
cumplimiento de la voluntad de Dios, para poder alcanzar la santidad. 
 
   Los citados cuestionarios también tienen el propósito de
 
recordarles a los creyentes, -aunque los lean sin el propósito de
 
confesarse-, que no deben relajarse a la hora de cumplir la voluntad de
 
Dios, porque, cuanto menos se esfuerzan en estudiar la Palabra de dios y
 
los documentos de la Iglesia, en hacer el bien poniendo en práctica lo
 
aprendido mediante su ciclo de formación vital, y mediante la
 
oración, más se debilita su fe, sin que se percaten de esta
 
realidad, probablemente, hasta que los afecta el sufrimiento, y se dan
 
cuenta de que han dejado de creer en Dios. 
 
   Los citados libros son una ayuda para que los creyentes puedan
 
comprobar si su forma de pensar y proceder es característica de los
 
hijos de la fundación de Cristo, así pues, entre los siglos III y
 
VII, sirvieron para corregir las desviaciones heréticas que afectaron
 
la espiritualidad de muchos cristianos. Como en la actualidad puede
 
sucedernos que nos confesemos sin ni siquiera hacer un examen de
 
conciencia superficial, es muy difícil lograr que algunos de nuestros
 
hermanos de fe no se vinculen a religiones que dan la impresión de ser
 
muy atractivas, porque su espiritualidad no requiere de una vida
 
consagrada al cumplimiento de la voluntad de Dios aunque ello pueda ser
 
doloroso, para demostrar que su fe es real. 
 
   A partir de la celebración del Concilio de Trento, la Iglesia
 
consideró el hecho de administrarles el Sacramento de la Penitencia a
 
todos los creyentes bautizados que pecaran mortalmente, cuantas veces
 
perdieran los tales el estado de gracia que debe caracterizar nuestras
 
almas. Tomando esta medida, la Iglesia intentó que los penitentes
 
tuvieran más oportunidades de sentirse aceptos por Dios, así pues,
 
esta es la razón por la que actualmente podemos confesarnos cuantas
 
veces lo estimemos necesario, con la condición de que adquiramos el
 
propósito de no pecar más aunque no lo cumplamos por causa de
 
nuestra humana debilidad. 
 
José Portillo Pérez 
 
joseportilloperez@gmail.com 
 
 
  
 
 
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                 ]]> </description>
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 <title>Domingo II Ordinario.</title>
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 <pubDate>Mon, 9 Jan 2012 20:11:14 +0100</pubDate>
 <author>José Portillo Pérez &lt;loli627167575@gmail.com&gt;</author>
 <description><![CDATA[
   Padre nuestro. 
 
   Domingo, 16/01/2012, Domingo II Ordinario del ciclo B. 
 
 
 
   1. Comentario de la primera lectura (1 SAM. 3, 3b-10. 19). 
 
   Estimados hermanos y amigos: 
 
   En la primera lectura correspondiente a la Eucaristía que estamos
 
celebrando, vemos cómo Dios se le reveló a Samuel sin que éste le
 
conociera. En el citado profeta se cumple el siguiente texto de los
 
Salmos, que nos hace pensar que Dios nos ha destinado a alcanzar la
 
plenitud de la dicha, viviendo en su presencia: 
 
&quot;Sí, tú del vientre me sacaste, 
me diste confianza a los pechos de mi madre; 
a ti fui entregado cuando salí del seno, 
desde el vientre de mi madre eres tú mi Dios&quot; (SAL. 22, 10-11). 
 
   ¿Sentimos que Dios nos ha destinado a que alcancemos la plenitud de
 
la dicha viviendo en su presencia? 
 
   ¿ES nuestro mayor anhelo vivir en la presencia del Dios Uno y
 
Trino, no sólo en su Reino de amor y paz, sino también en este
 
mundo, en que muchos pierden la fe, por causa de las injusticias que les
 
impiden realizarse personalmente? 
 
   En el texto del primer libro bíblico de Samuel que estamos
 
considerando, Dios, además de manifestársele a su profeta, puso
 
también a prueba a su siervo Elí, quien, después de comprender que
 
el niño Samuel había tenido una revelación divina, le enseñó
 
la forma en que tenía que ponerse en la presencia de Dios,
 
diciéndole a Nuestro Padre común: 
 
   &quot;Habla, Yahveh, que tu siervo escucha&quot; (CF. 1 SAM. 3, 9). 
 
   Para los hebreos, el hecho de conocer el nombre de una persona,
 
significaba tener un gran conocimiento, e incluso poder sobre la misma.
 
Samuel era un niño desconocedor de Dios, quien tenía que pronunciar
 
el Nombre divino, indicando así su total disponibilidad, a obedecer al
 
Creador del Universo. 
 
   Las palabras que Elí le enseñó a Samuel para que pudiera
 
dirigirse a Dios, deberían ser utilizadas por nosotros, quienes no
 
llamamos a Dios por su Nombre, porque lo llamamos Padre, pues El es el
 
Padre nuestro, a quien Jesús nos enseñó a dirigirnos, cuando nos
 
enseñó la más bella y completa oración de cuantas existen, el
 
Padre nuestro. 
 
   ¿Vivimos pruebas que creemos insuperables? 
 
   ¿Nos agobian las enfermedades, las desavenencias familiares, las
 
deudas y otros problemas? 
 
   Digámosle a Dios: 
 
&quot;Habla, Padre Santo, que tu siervo escucha&quot;. 
 
   No le digamos a Dios que somos sus esclavos, pues queremos servirlo
 
en nuestros prójimos los hombres, no por obligación, sino, libre y
 
gustosamente. 
 
   Si estamos dispuestos a escuchar la Palabra de Dios, dispongámonos
 
a aceptar el cumplimiento de su voluntad en nuestra vida, porque ello es
 
lo mejor que podemos hacer. 
 
   Si nos disponemos a hacer de nuestra vida lo que Dios desee, nos
 
sucederá lo que le aconteció a Samuel, por aceptar la Palabra de
 
Dios, y cumplir la voluntad de Yahveh. 
 
   &quot;Samuel crecía, Yahveh estaba con él y no dejó caer en tierra
 
ninguna de sus palabras&quot; (1 SAM. 3, 19). 
 
   Dispongámonos a crecer espiritualmente imitando la obediencia de
 
Samuel para con Dios. 
 
   Si nos disponemos a cumplir la voluntad del Dios Uno y Trino, por
 
más que prediquemos y seamos un buen ejemplo, y creamos que ello no
 
estimula ni a nuestros familiares para que se cristianicen, no nos
 
desanimemos, y sigamos haciendo el bien y predicando con más ilusión
 
que nunca, porque Dios hará que nuestros esfuerzos y palabras no sean
 
inútiles. Esta es la razón por la que San Pablo le escribió a su
 
fiel colaborador Timoteo: 
 
   &quot;En presencia de Dios y de Cristo Jesús, que ha de juzgar a vivos y
 
muertos y que ha de manifestarse como rey, te suplico encarecidamente:
 
proclama el mensaje (la Palabra de Dios) e insiste en todo momento,
 
tanto si gusta como si no gusta. Argumenta, reprende, exhorta, echando
 
mano de toda tu paciencia y tu competencia en enseñar&quot; (1 TIM. 4,
 
1-2). 
 
   Obviamente, no podemos obligar a nadie a creer en Dios a la fuerza,
 
pero no existe ninguna causa que nos impida intentar ser un buen ejemplo
 
para quienes nos conocen. San Pablo nos insta a que busquemos la forma
 
de llegar a la gente de nuestro tiempo, a la que, aunque acusamos de ser
 
muy secularista, quizá no pensamos que no cree en Dios por nuestra
 
culpa, porque no somos tan buenos predicadores como se requiere de
 
nosotros. Si queremos tener credibilidad ante el mundo como
 
evangelizadores, tenemos que ser muy humildes y sinceros, y no hacer a
 
nadie creyente a la fuerza, porque es el Espíritu Santo quien tiene el
 
poder de convertir a nuestros oyentes -y lectores- al Evangelio de
 
salvación. 
 
 
 
   2. Comentario del Salmo responsorial (SAL. 39/40, 2 y 4ab. 7. 8-9.
 
10). 
 
   Meditemos el contenido de la primera lectura de la Eucaristía que
 
estamos celebrando, a la luz que nos transmite el Salmo responsorial,
 
mientras recordamos cómo nos convertimos al Señor. 
 
&quot;Yo esperaba con ansia al Señor: 
se inclinó y oyó mi grito de auxilio&quot; (SAL. 39/40, 2). 
 
   El Salmista no se acercó a Dios porque tenía curiosidad por
 
conocer su Palabra, así pues, en su oración, exclamó que esperaba
 
con ansia la manifestación del Señor. 
 
   ¿Ansiamos nosotros vivir en la presencia del Dios Uno y Trino? 
 
   ¿Con qué propósito nos hemos acercado a Dios? 
 
   ¿Nos ayuda la religión a crecer espiritualmente, o nos
 
aprovechamos de la misma para enriquecernos económicamente? 
 
   El Salmista no dice que Dios escuchó sus súplicas desde el cielo
 
cuando sufría, sino que se inclinó a escucharlo. Este hecho me hace
 
recordar un día en que, para consolar a una niña pequeña que se
 
sentía muy triste, me arrodillé, puse mi rostro a la altura de su
 
cara, y jugué con ella. Muchos predicadores se valen de la imagen del
 
Dios justiciero para asustar a sus creyentes para que se acerquen a dios
 
por miedo a ser condenados en el infierno, pero Jesús, viendo cómo
 
antiguos profetas habían fracasado llevando a cabo esa práctica, les
 
contó a sus oyentes parábolas como la del Buen Pastor que deja
 
noventa y nueve de sus ovejas en un lugar seguro y busca a la que se le
 
pierde, y la del hijo pródigo, que, aunque malgastó la parte que le
 
tocó de la herencia de su padre, éste lo perdonó, porque le
 
importaba más su descendiente, que el dinero que aquél
 
despilfarró. 
 
&quot;Me levantó de la fosa fatal, de la charca fangosa; 
afianzó mis pies sobre las rocas y aseguró mis pasos&quot; (SAL. 39/40,
 
3). 
 
   Cuando Dios nos ayuda a vencer las dificultades que caracterizan
 
nuestra vida, si le agradecemos el bien que nos ha hecho, le dejamos que
 
afiance nuestros pasos. El Señor es para nosotros la única roca
 
salvadora que existe. Si creemos en El, le dejaremos que nos impulse a
 
cumplir su voluntad que consiste en hacernos plenamente felices, por
 
obra del Espíritu Santo. 
 
&quot;Me puso en la boca un canto nuevo de alabanza a nuestro Dios. 
Muchos al verlo quedaron sobrecogidos y confiaron en el Señor&quot; (SAL.
 
39/40, 4). 
 
   Dado que le agradecemos a Dios el bien que nos ha hecho, tanto al
 
redimirnos por medio de la Pasión, muerte y Resurrección de Jesús,
 
como durante los años que hemos vivido, el Espíritu Santo nos
 
inspira las oraciones que le agradan al Dios Uno y Trino. 
 
   No siempre que predicamos o hacemos una buena obra conseguimos
 
convertir a alguien al Señor, pero hay casos en que, aunque la gente
 
se niega a creer en Dios, no puede ocultar que nuestra religión es
 
buena. Recuerdo un caso que conocí por medio de una señora no
 
creyente, quien me habló de una mujer que, después de ver morir a
 
una hija que le nació cuando tenía en torno a cincuenta años, se
 
hizo cristiana, y en su barrio los vecinos se admiraban, porque se la
 
veía más feliz que nunca. Según la citada señora, en su barrio
 
nadie quería cristianizarse, pero todos se admiraban del profundo
 
cambio que observaron en su vecina. 
 
Cuando nos convertimos al Evangelio, adoptamos el ideal de imitar a
 
Jesús, quien le dijo a Nuestro Santo Padre, por medio del siguiente
 
texto: 
 
&quot;Tú no quieres sacrificios ni ofrendas, 
y, en cambio, me abriste el oído; 
no pides holocaustos ni sacrificios expiatorios&quot; (SAL. 39/40, 7). 
 
   Dios no quiere que le ofrezcamos sacrificios ni ofrendas que no nos
 
sirvan para aumentar la fe que tenemos en El. De nada nos sirve dejarnos
 
crucificar el Viernes Santo para sentir el dolor que padeció Nuestro
 
Salvador, si no adoptamos el compromiso de cumplir la voluntad divina. 
 
   Dios no quiere que hagamos de nuestra religiosidad una obra teatral
 
ni que cumplamos sus Mandamientos como si fuéramos ordenadores, -es
 
decir, mecánicamente-, pero sí quiere abrir nuestros oídos, para
 
que escuchemos su Palabra. 
 
&quot;Entonces yo digo: &quot;Aquí estoy&quot;, 
porque está escrito en el libro que cumpla tu voluntad. 
Dios mío, lo quiero, llevo tu ley en las entrañas&quot; (SAL. 39/40,
 
8-9). 
 
   ¿Llevamos en nuestros corazones grabados los Mandamientos del
 
Señor? 
 
   ¿Deseamos cumplir la voluntad de Nuestro Santo Padre? 
 
   Si respondemos afirmativamente las preguntas que nos hemos planteado,
 
prestémosle atención al siguiente versículo del Salmo
 
responsorial: 
 
&quot;He proclamado que eres justo en la gran asamblea, 
no he cerrado los labios; Señor, tú lo sabes&quot; (SAL. 39/40, 10). 
 
   Pidámosle al Señor que nos conciencie de la necesidad de
 
predicadores y de almas bienhechoras existente en el mundo, y que el
 
Espíritu Santo nos impulse a cumplir la voluntad de Nuestro Santo
 
Padre. 
 
 
 
   3. Comentario de la segunda lectura (1 COR. 6, 13c-15a. 17-20). 
 
   En la Biblia, la relación existente entre Dios y sus creyentes, es
 
equiparada a una relación matrimonial, caracterizada por el amor, el
 
respeto y la fidelidad. 
 
   Dado que la fornicación es contraria al matrimonio caracterizado
 
por una relación que podemos considerar vitalicia desde el momento en
 
que se contrae, la misma se asocia con toda clase de pecados, con tal de
 
que los creyentes comprendan el error que cometen quienes mantienen
 
relaciones sexuales sin estar casados. 
 
   Nuestro cuerpo no ha sido creado para que nos hundamos en el pozo del
 
pecado, sino para que glorifiquemos a Dios. 
 
   Si servimos al Señor, la expresión paulina de que el Señor es
 
para el cuerpo (CF. 1 COR. 6, 13), significa que El nos revestirá de
 
inmortalidad, cuando concluya la instauración de su Reino entre
 
nosotros. 
 
   Nuestros cuerpos son miembros de Cristo en términos espirituales.
 
Todos los hijos de la Iglesia formamos un mismo cuerpo espiritual, así
 
pues, esta es la razón por la que quienes pecan, no sólo ofenden a
 
Dios, sino que también ensucian la imagen de la Iglesia. Este es el
 
hecho por el que el Sacramento de la Reconciliación -o Penitencia- nos
 
reconcilia tanto con Dios como con la fundación de Cristo. 
 
   No nos pertenecemos, porque, por su Pasión, muerte y
 
Resurrección, Cristo nos rescató del mundo del pecado, por lo que
 
somos el pueblo de su propiedad personal, y por ello debemos ambicionar
 
la pureza, porque, ninguna persona ni ninguna cosa que le pertenezca a
 
Dios, puede tener relación alguna con el pecado. 
 
 
 
   4. Comentario del Evangelio (JN. 1, 35-42). 
 
   La primera lección que nos transmite el texto evangélico que
 
meditamos en esta celebración eucarística, es la humildad ejemplar
 
de San Juan el Bautista, quien no predicaba para aprovecharse de sus
 
conocimientos religiosos para obtener bienes materiales, sino para
 
preparar a sus oyentes para que recibieran a Jesús, una vez que el
 
Hijo de Dios y María comenzara su Ministerio público. 
 
   San Juan llamó a Jesús Cordero de Dios, porque Nuestro Salvador
 
es la víctima sacrificial profetizada por Isaías, que, por someterse
 
totalmente a Yahveh, nos obtuvo la filiación divina, por medio de su
 
Pasión, muerte y Resurrección. 
 
   En un mundo en que hay gente que no tiene escrúpulos a la hora de
 
no respetar los derechos de nadie para intentar destacar, llama la
 
atención la forma tan fina en que hilaba San Juan el Bautista, para
 
conseguir que sus discípulos, gradualmente, se separaran de él, y se
 
vincularan a Jesús, así pues, los Santos Juan y Andrés, embargados
 
por el misterio de conocer al Hombre de quien su maestro les dijo que
 
era el Cordero de Dios, siguieron al Mesías para conocerlo, y, cuando
 
Jesús les demostró su amistad para con ellos, no se separaron de El. 
 
   Cuando Jesús se percató de que los citados discípulos del
 
Bautista lo seguían, les preguntó qué querían, y ellos le
 
respondieron con otra pregunta: ¿Dónde vives? 
 
   Obviamente, Juan y Andrés no querían saber dónde moraba aquel
 
misterioso Hombre, sino conocer su pensamiento, Su forma de proceder y
 
los hábitos que lo caracterizaban. 
 
   ¿Conocemos a Jesús? 
 
   ¿Sabemos cuál es la opinión del Señor, no sólo de los
 
hechos que acontecían en su tiempo, sino también de los
 
acontecimientos que vivimos en la actualidad? 
 
   ¿Sabemos lo que haría Jesús si tuviera el poder que muchos
 
tienen en la actualidad, o si fuera víctima del egoísmo que infecta
 
el mundo de miseria? 
 
   Jesús respondió la pregunta que le hicieron los discípulos del
 
Bautista, diciéndoles: &quot;Venid a verlo&quot;. 
 
   ¿Sabemos dónde podemos encontrarnos espiritualmente con el
 
Señor? 
 
   ¿Sabemos que, aunque todos somos miembros del Cuerpo Místico de
 
Cristo que es la Iglesia, Jesús se manifiesta especialmente en quienes
 
viven la experiencia del efecto del mal, la traición, el hambre y las
 
enfermedades? 
 
   ¿Qué podemos hacer para saber dónde vive Jesús, es decir,
 
para conocer profundamente a Nuestro Salvador? 
 
   Podemos encontrar a Jesús por medio del estudio de la Biblia y los
 
documentos de la Iglesia. 
 
   Podemos encontrar a Jesús en las circunstancias sociales que
 
caracterizan el entorno en que vivimos, e incluso en nuestras vivencias
 
cotidianas. 
 
   Podemos encontrar a Jesús haciendo el bien, imitando la conducta de
 
Nuestro Señor. 
 
   Podemos encontrar a Jesús imitando la forma en que Nuestro Salvador
 
oraba fervientemente, teniendo la plena seguridad de que Nuestro Santo
 
Padre escuchaba sus oraciones. 
 
   Si sabemos dónde y cómo podemos encontrar a Jesús, ¿hemos
 
empezado a dar los pasos oportunos para conocer al Señor, con la
 
pretensión de que su ideal de vida caracterice nuestra existencia? 
 
   San Juan nunca se olvidó de que se encontró con Jesús a la hora
 
décima, es decir, a las cuatro de la tarde, porque, esa hora, tiene un
 
simbolismo, que vamos a considerar a continuación. 
 
   Para los israelitas, el día constaba de doce horas, desde las siete
 
de la mañana, hasta las siete de la tarde, y, en verano, se prolongaba
 
unas horas más. 
 
   Las horas del día, tienen su simbolismo, si se relacionan con la
 
historia de la salvación. La hora décima, por ser una de las
 
últimas horas del día, indicaba que se acercaba el día de la
 
fundación de la Iglesia, en que el Cristianismo sería la nueva
 
religión de Dios, y se diferenciaría del Judaísmo, principalmente,
 
en la predicación de la idea de que la salvación, aunque tiene su
 
vinculación con las obras que hacemos, -siempre que las mismas no
 
estén caracterizadas por intereses egoístas-, procede de la fe que
 
tenemos en Dios. 
 
   Cuando Andrés se encontró con su hermano Simón, -a quien
 
Jesús llamó Pedro, indicándole la misión que tenía que
 
desempeñar en el futuro-, le dijo que habían encontrado al Mesías,
 
es decir, al Ungido por Dios, para consumar la salvación de su pueblo. 
 
   ¿Predicamos el Evangelio con entusiasmo, o sólo asistimos a la
 
Eucaristía dominical por costumbre, o por miedo a que nos lleven al
 
infierno? 
 
   Para los hermanos de raza de Jesús, su nombre, describía la
 
misión que tenían que llevar a cabo en la vida. El nombre de Pedro,
 
es indicativo de la misión que realizó el primer Papa de la Iglesia
 
Católica, de ser otro Cristo en el mundo, la piedra sobre la que fue
 
edificada la fundación de Nuestro Salvador. 
 
   Concluyamos esta meditación, pidiéndole a Nuestro Santo Padre
 
celestial, que nos haga buenos seguidores de Jesús, porque, el
 
cumplimiento de su voluntad, es la vía que nos conduce, a alcanzar la
 
plenitud de la felicidad. 
 
José Portillo Pérez 
 
joseportilloperez@gmail.com 
 
http://trigodedios.blogia.com 
 
 
  
 
 
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                 ]]> </description>
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<item>
 <title>Bautismo del Señor.</title>
 <link>http://www.egrupos.net/grupo/padrenuestro/archivo/rsg/940</link>
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 <guid>http://www.egrupos.net/grupo/padrenuestro/archivo/msg/940/</guid>
 <pubDate>Thu, 5 Jan 2012 17:56:01 +0100</pubDate>
 <author>José Portillo Pérez &lt;loli627167575@gmail.com&gt;</author>
 <description><![CDATA[
   Padre nuestro. 
 
   Domingo, 08/01/2011, fiesta del Bautismo del Señor. 
 
   Alcancemos la grandeza de Dios siendo humildes. El Sacramento del
 
Bautismo. 
 
   Estimados hermanos y amigos: 
 
   Al celebrar la fiesta del Bautismo del Señor, la Iglesia concluye
 
el tiempo de Navidad, y empieza a vivir la primera parte del tiempo
 
ordinario, que será interrumpido al iniciar el tiempo de Cuaresma. 
 
   En la celebración de Año Nuevo, recordamos lo importante que es
 
para nosotros, el hecho de acercarnos a Dios, para que El se acerque a
 
nosotros. 
 
   Imitemos a Jesús quien, en vez de nacer en la capital de Palestina,
 
entre los miembros de la alta sociedad, quiso manifestarse a quienes por
 
su pobreza tenían fama de ladrones, y estaban privados del
 
conocimiento de la Palabra de Yahveh. 
 
   Imitemos a Jesús quien, en vez de nacer en el seno de una familia
 
que destacara por su instrucción en el conocimiento de las antiguas
 
Escrituras, quiso nacer en el seno de una familia caracterizada por una
 
gran fe que se manifestaba por medio de obras de caridad. 
 
   Imitemos a Jesús, quien, desde su más tierna infancia, se
 
enfrentó a la experiencia de la persecución y la inmigración, para
 
enseñarnos que, en medio de nuestras inseguridades humanas, debemos
 
acogernos a la certeza más grande que tenemos, que es el amor con que
 
el Dios Uno y Trino nos acogerá en su presencia. 
 
   Tal como recordamos al iniciar el tiempo de Adviento, nuestra vida es
 
un tiempo de preparación, para quienes queremos vivir en la presencia
 
de Nuestro Padre común. 
 
   Si queremos habitar en el Reino de Dios, lo mejor que podemos hacer,
 
es obedecer a Nuestro Santo Padre tal como hizo San José, confiando
 
plenamente en Nuestro Creador siempre, obedeciéndole especialmente,
 
cuando sea más difícil creer en El, por causa de la visión que
 
tengamos de nuestras circunstancias vitales. 
 
   María Santísima sabía muy bien que, el hecho de estar
 
embarazada podía ser causa de su muerte, pero ella arriesgó su vida
 
por causa de la fe que tenía en Dios, porque, si El le había dicho
 
que deseaba que fuera la Madre de su Hijo, ¿cómo no iba a cumplir su
 
Palabra? 
 
   Aunque los tiempos litúrgicos fuertes nos ayudan a creer en Dios,
 
durante el tiempo Ordinario, al volver a realizar nuestras actividades
 
cotidianas, y descuidar nuestro crecimiento espiritual, nos enfrentamos
 
al riesgo de perder la fe. 
 
   Imitemos a Jesús, quien, siendo un hombre, en vez de vivir al
 
margen de Dios, quiso ser bautizado por San Juan Bautista, para
 
simbolizar el compromiso que adquirió, de servir a Nuestro Padre
 
común. 
 
   Jesús no necesitó ser ofrendado a Dios en el Templo de
 
Jerusalén ni ser bautizado, porque, siendo Dios, no podía ofrecerse
 
en sacrificio ni consagrarse a Sí mismo, pero El llevó a cabo los
 
citados actos por humildad. José y María presentaron a su
 
Primogénito ante Dios en el Templo cuando el pequeño Jesús tenía
 
cuarenta días. El hecho de que Nuestro Salvador fuera Primogénito no
 
significa que era el primer Hijo de dichos Santos tal como enseñan los
 
desconocedores de la Biblia, pues, en las Sagradas Escrituras, la
 
primogenitura indica el merecimiento del mayor honor. Esta es la razón
 
por la que, en la antigüedad, entre los hebreos, mientras que los
 
primeros hijos heredaban los bienes de sus padres, estos tenían que
 
tener a sus hermanos menores como si fueran sus siervos. 
 
   Aunque el Bautismo de San Juan el Bautista era una imagen del
 
Bautismo sacramental instituido por Nuestro Salvador, es importante para
 
nosotros, el hecho de meditar el siguiente texto bíblico: 
 
   &quot;Juan el Bautista se presentó en el desierto bautizando a la gente.
 
Proclamaba que la conversión es necesaria para recibir el perdón de
 
los pecados&quot; (MC. 1, 4). 
 
   Los Sacramentos no son meros símbolos, sino signos sensibles. Si no
 
tenemos la intención de vivir cumpliendo la voluntad de Nuestro Padre
 
común, de nada nos aprovecha la recepción de los Sacramentos, pues
 
ello se traduce en desprecio a Dios y a su Iglesia. 
 
   Todos los años que vivimos, son el tiempo propicio de que
 
disponemos para convertirnos al Señor. Que nuestra fe crezca hasta que
 
se equipare a la fe de San Juan el Bautista, para quien era importante
 
el hecho de que Jesús fuera cada día más conocido, aunque ello le
 
costara perder a sus discípulos, y morir como si hubiera sido un
 
asesino. 
 
   Los Sacramentos tienen frutos que nos enriquecen espiritualmente,
 
siempre que tengamos el deseo de cumplir la voluntad de Dios, y no
 
actuemos como si no creyéramos en Nuestro Padre común. 
 
   El Bautismo es un cambio de mentalidad que se lleva a cabo en nuestra
 
existencia, según le abrimos la mente y el corazón a Dios. 
 
   El Bautismo no es un invento de hombres, pues fue Jesús mismo, -el
 
Dios hecho Hombre-, quien lo instituyó, cuando, antes de ascender al
 
cielo, les dijo a sus Apóstoles: 
 
   &quot;Id, pues, y haced discípulos entre los habitantes de todas las
 
naciones, bautizándolos en el nombre del Padre, del Hijo y del
 
Espíritu Santo, y enseñándoles a cumplir lo que yo os he
 
encomendado. Y sabed esto: que yo estoy con vosotros todos los días
 
hasta el fin del mundo&quot; (MT. 28, 19-20). 
 
   Jesús sabía que no todos los que escucharan la predicación de
 
sus siervos iban a hacerse cristianos. Esa es la causa por la que no les
 
insistió a sus amigos que cristianizaran a toda la humanidad, porque
 
Dios respeta la libertad que nos ha concedido, aunque la utilicemos para
 
renegar de El. 
 
   La predicación ha de llevarse a cabo en todas las naciones. Este
 
hecho me sugiere la idea de que aprovechemos los medios de
 
comunicación que estén a nuestro alcance para difundir el Evangelio. 
 
   No es necesario que quienes deseen bautizarse tengan un perfecto
 
conocimiento de la Palabra de Dios, pues, como hemos recordado, Jesús
 
les dijo a sus Apóstoles que, después de que bautizaran a sus nuevos
 
discípulos, los enseñaran a guardar los mandamientos divinos, es
 
decir, Jesús quiere que nuestra formación espiritual nunca termine,
 
porque, por nuestra imperfección, en esta vida, no podemos concluir
 
nuestra formación cristiana. 
 
   Aunque en los relatos bíblicos se les administraba el Bautismo a
 
quienes deseaban creer en Dios y por consiguiente escuchaban a los
 
predicadores, el Bautismo de los niños recién nacidos no se debe
 
invalidar, pues los padres y padrinos, conforme los pequeños crecen,
 
aceptan la responsabilidad de convertirlos al Señor, de la misma
 
manera que les enseñan su idioma y sus hábitos vitales. Una vez que
 
los niños sean adultos, deberán tomar la decisión de aceptar o
 
rechazar a Dios. 
 
   Ya que hemos empezado a vivir un nuevo año en que nos hemos hecho
 
muchos propósitos, no dejemos de adaptarnos al cumplimiento de la
 
voluntad de Dios, pues, Nuestro Santo Padre, desea purificarnos, para
 
que alcancemos la plenitud de la felicidad. 
 
   No permitamos que nuestras múltiples ocupaciones y preocupaciones
 
nos impidan crecer espiritualmente, pues Dios quiere iluminar nuestra
 
vida. 
 
José Portillo Pérez 
 
joseportilloperez@gmail.com 
 
http://trigodedios.blogia.com 
 
http://www.facebook.com/jose.portilloperez 
 
 
  
 
 
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                 ]]> </description>
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<item>
 <title>Epifanía del Señor.</title>
 <link>http://www.egrupos.net/grupo/padrenuestro/archivo/rsg/939</link>
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 <guid>http://www.egrupos.net/grupo/padrenuestro/archivo/msg/939/</guid>
 <pubDate>Mon, 2 Jan 2012 13:34:30 +0100</pubDate>
 <author>José Portillo Pérez &lt;loli627167575@gmail.com&gt;</author>
 <description><![CDATA[
   Padre nuestro. 
 
   Jueves, 06/01/2012, Fiesta de la Epifanía del Señor. 
 
   Aún estamos a tiempo para vivir en la presencia de Dios. 
 
   Estimados hermanos y amigos: 
 
   La Navidad social termina en algunos países al concluir la
 
celebración del Año Nuevo, y, en otros, después de la
 
celebración de la Epifanía del Señor. La Iglesia concluye las
 
celebraciones navideñas el Domingo siguiente a la Epifanía, día en
 
que celebra el Bautismo de Nuestro Salvador. 
 
   Mientras que en los países que celebramos la Epifanía del
 
Señor, los niños pasan este día jugando con sus nuevos juegos, los
 
adultos tenemos la costumbre de hacer un balance de cómo hemos pasado
 
la Navidad. 
 
   Quizá podemos caer en el error de acusar a la sociedad en que
 
vivimos de ser muy materialista a la hora de celebrar la Navidad, y no
 
pensamos que, en vez de juzgar a la gente, debemos pensar si estamos
 
dispuestos a cumplir la voluntad de Dios, porque, mientras es muy
 
fácil sacar a relucir los errores de quienes nos rodean, no nos gusta
 
pensar en los defectos que nos caracterizan. 
 
   Durante la celebración de la Misa de media noche de Navidad,
 
recordamos las siguientes palabras de San Pablo: 
 
   &quot;Porque se ha hecho visible la bondad de Dios, que trae la
 
salvación a todos los hombres&quot; (TT. 2, 11). 
 
   ¿Creemos sinceramente que Jesús vino al mundo hace veinte siglos
 
a salvarnos de la condenación merecida por los pecados de la
 
humanidad, -que es la muerte-, y para hacernos plenamente felices
 
viviendo en un mundo sin carencias, en la presencia de Nuestro Santo
 
Padre? 
 
   Aunque hemos pasado muchos años sin ponernos a disposición de
 
Dios para que cumpla su voluntad por nuestro medio, aún estamos a
 
tiempo para confiar en El, exceptuando el caso de que nuestra fe no sea
 
más que una representación teatral, procedente de una tradición
 
que, si no es desconocida, no es aceptada como portadora de una gran
 
verdad de fe. 
 
   ¿Sentimos que las celebraciones navideñas nos han servido para
 
adoptar el compromiso de ser mejores cristianos, o, una vez más, al
 
concluir los días festivos de diciembre y enero, vamos a sumirnos en
 
la rutina que nos impide ser felices? 
 
   Si queremos que la Navidad se prolongue durante todos los días de
 
nuestra vida, tenemos que convertirnos al Evangelio. Sé que para mucha
 
gente, las palabras &quot;conversión&quot; y &quot;penitencia&quot;, suenan a sacrificios
 
pesados e inútiles, a horas perdidas pensando en lo que para quienes
 
no comparten nuestra fe no tiene remedio, y a la pérdida del tiempo
 
que podemos aprovechar para hacer cosas agradables y constructivas. 
 
   Para sentirnos motivados a adaptarnos al cumplimiento de la voluntad
 
de Dios, necesitamos tener fe en El, pues, el autor de la Carta
 
bíblica a los Hebreos, nos instruye, en los siguientes términos: 
 
   &quot;En efecto, para acercarse a Dios es preciso creer que existe y que
 
no dejará sin recompensa a aquellos que le buscan&quot; (CF. HEB. 11, 6). 
 
   Hace años, le escuché el siguiente comentario, a un famoso
 
personaje, que vi en un programa de televisión: 
 
   &quot;El Catolicismo es la religión más facilona del mundo. Cometes un
 
pecado, dices que te arrepientes, te confiesas, rezas un Padre nuestro,
 
y ya puedes salir de la Iglesia, para hacer cosas peores, porque,
 
mientras digas que te arrepientes, te están perdonando&quot;. 
 
   ¿Es cierto que Dios nos perdona para que sigamos pecando? 
 
   En la Epístola a los Hebreos, leemos: 
 
   &quot;Aquel a quien Dios restablece en su amistad por medio de la fe
 
alcanzará la vida; mas, si se acobarda, dejará de agradarme&quot; (HB.
 
10, 38). 
 
   Si a Dios no le agrada nuestra inconstancia en la vivencia de la fe
 
que decimos que profesamos, ¿pensamos que nos perdonará nuestros
 
pecados independientemente de las veces que nos confesemos, si sabe que
 
no tenemos la intención de cambiar de conducta? 
 
   ¿Qué quiere Dios de nosotros? 
 
   &quot;Así que en todo momento ofrezcamos a Dios, por medio de
 
Jesucristo, un sacrificio de alabanza; esto es, el sacrificio que le
 
presenta el fruto de unos labios que bendicen su nombre sin cesar. Y no
 
os olvidéis de hacer el bien y de compartir vuestras cosas con los
 
demás, pues esos son los sacrificios que agradan a Dios&quot; (HB. 13,
 
15-16). 
 
   ¿Es para nosotros hacer el bien un sacrificio? 
 
   Si leemos los versículos bíblicos anteriores al texto que estamos
 
considerando brevemente, vemos que el autor de la Carta a los Hebreos
 
nos dice que convirtamos nuestra vida en un sacrificio a Dios imitando
 
la conducta de Nuestro Salvador, lo cual no significa que hacer el bien
 
es un sacrificio, pues, si lo hacemos con amor, nuestras buenas obras se
 
convierten en oportunidades de gozarnos, porque Dios nos concede el
 
honor de ser nosotros quienes lo sirvamos en nuestros prójimos. 
 
   Quizá pensamos que no somos mejores cristianos porque nos abruman
 
las dificultades que caracterizan nuestra vida, las cuales deben ser un
 
camino para acercarnos a Dios, así pues, no debemos olvidar que
 
Jesús padeció mucho en Palestina, según se nos informa en el
 
siguiente texto: 
 
   &quot;Precisamente por haber sido puesto a prueba él mismo y haber
 
soportado el sufrimiento, puede ahora ayudar a quienes se debaten en
 
medio de la prueba&quot; (HB. 2, 18). 
 
   El arrepentimiento de nuestros pecados, no consiste en sentir
 
repugnancia únicamente del mal que hemos hecho para seguir actuando en
 
contra del cumplimiento de la voluntad de Dios después de confesarnos.
 
El arrepentimiento cristiano está relacionado con el hecho de
 
adaptarnos plenamente al cumplimiento de la voluntad de Dios en nuestra
 
vida, porque, cuanto mayor sea nuestro nivel de purificación,
 
sentiremos que estaremos más cerca de Nuestro Padre común, quien es
 
la fuente de la felicidad que añoramos. 
 
   La penitencia cristiana no debe reducirse a una serie de actos
 
marcados por la tristeza, porque a dios no le gusta que tengamos caras
 
largas, sino que nos formemos espiritualmente, para que, al adaptarnos
 
al cumplimiento de su voluntad, cada día nos encuentre más
 
dispuestos, a vivir en su presencia. 
 
   DE nada nos sirve ofrecerle sacrificios a Dios para que nos perdone
 
nuestros pecados, si no estamos dispuestos a convertirnos a su Evangelio
 
de salvación. 
 
   La conversión al Señor Nuestro Dios, es un proceso gradual que se
 
prolonga durante todos los días que vivimos, que no debe ser visto
 
como una cadena interminable de sacrificios, sino como una oportunidad
 
de alcanzar la plenitud de la felicidad, que no debemos desaprovechar. 
 
   Si creyéramos sinceramente en Dios, al arrepentirnos de los pecados
 
que cometemos, no pensaríamos en nuestra condenación, sino en la
 
ofensa que las citadas obras significan para el Dios Uno y Trino, que es
 
la fuente de la pureza. 
 
   El arrepentimiento es causa de vergüenza y tristeza, porque no es
 
fácil reconocer el mal que se hace, y porque vemos que no podemos
 
compararnos a Dios, pero, a pesar de ello, dicha tristeza debe ser
 
utilizada constructivamente en orden a nuestro crecimiento espiritual,
 
no para quitarnos el valor personal que tenemos, sino para adaptarnos
 
más y mejor, al cumplimiento de la voluntad de Dios, así pues,
 
recordemos las siguientes palabras de San Pablo: 
 
   &quot;En efecto, la tristeza según Dios produce firme arrepentimiento
 
para la salvación; mas la tristeza del mundo produce la muerte&quot; (2
 
COR. 7, 10). 
 
   No soy contrario al hecho de celebrar la Navidad social, pues pienso
 
que ello debe fortalecer las relaciones que mantenemos con nuestros
 
familiares y amigos. La Iglesia nos dice que el hecho de hacer fiestas
 
no es perjudicial, siempre que no invirtamos en ocio el dinero que
 
tenemos para convivir con nuestros familiares, para socorrer a los
 
pobres, y para contribuir al sostenimiento de las obras de la
 
fundación de Cristo. 
 
   Si nos disponemos a vivir cumpliendo la voluntad de Dios, daremos un
 
importante paso para alcanzar la plenitud de la felicidad. 
 
José Portillo Pérez 
 
joseportilloperez@gmail.com 
 
http://trigodedios.blogia.com 
 
 
  
 
 
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<item>
 <title>Año nuevo.</title>
 <link>http://www.egrupos.net/grupo/padrenuestro/archivo/rsg/938</link>
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 <guid>http://www.egrupos.net/grupo/padrenuestro/archivo/msg/938/</guid>
 <pubDate>Sun, 1 Jan 2012 00:25:08 +0100</pubDate>
 <author>José Portillo Pérez &lt;loli627167575@gmail.com&gt;</author>
 <description><![CDATA[
   Padre nuestro. 
 
   Domingo, 01/01/2012, Solemnidad de Santa María, Madre de Dios. 
 
   ¿Cómo podemos darle a nuestra vida un buen enfoque? 
 
   Estimados hermanos y amigos: 
 
   Siempre que terminamos un año y empezamos a vivir otro, formulamos
 
una serie de propósitos, de los que, dicha sea la verdad, muchos se
 
quedan sin cumplir. Esto ocurre porque nos dejamos arrastrar por nuestra
 
persistente rutina, porque somos perezosos, nos dejamos arrastrar por
 
sentimientos depresógenos tales como la tristeza que nos causan
 
ciertos recuerdos y circunstancias, etcétera. 
 
   Este año deseo proponeros que cumplamos todos juntos un
 
propósito, que, si lo aceptamos, y lo llevamos a cabo adecuadamente,
 
puede cambiar nuestra vida. 
 
   ¿Cuál es el propósito mágico que os estoy proponiendo, no
 
sólo para que lo cumplamos este año, sino durante todos los días
 
que se prolongue nuestra vida? 
 
   La pregunta que nos estamos planteando, se nos responde, -con pocas y
 
escuetas palabras-, en el siguiente versículo bíblico, de la Carta
 
neotestamentaria de Santiago: 
 
   &quot;Acercaos a Dios, y Dios se acercará a vosotros. ¡Limpiad
 
vuestras manos, pecadores! ¡Purificad vuestros corazones los que os
 
portáis con doblez!&quot; (ST. 4, 8). 
 
   Si nos acercamos a Dios, El se nos hará el encontradizo, pero, si
 
queremos vivir en su presencia, tenemos que renunciar al pecado. 
 
   En este primer día del año, celebramos la solemnidad de Santa
 
María, Madre de Dios, la mujer de la que, aunque muchos suponen que es
 
un ejemplo de fe sólo para las mujeres, también debe ser imitada por
 
los hombres. 
 
   Si queremos desarrollarnos adecuadamente en cualquier campo de la
 
vida, debemos estar preparados para hacer grandes esfuerzos y
 
sacrificios, y para aceptar los cambios que Dios efectúe en nuestra
 
vida. 
 
   Recordemos que Nuestra Santa Madre tenía su vida hecha, pues su
 
padre la había prometido con San José en matrimonio, a quien
 
tendría que servir de por vida, como una buena esposa judía. 
 
   Cuando San Gabriel le dijo a María Santísima que Dios la había
 
elegido para que fuera la Madre de su Hijo, ella no se negó a que se
 
cumpliera en su vida el designio divino de que el Salvador de Israel
 
naciera de sus entrañas, pero seguro que sufrió mucho, al pensar que
 
San José podría haberla denunciado, para hacerla morir, por haber
 
cometido adulterio contra El, supuestamente. 
 
   En casa de su parienta Elisabeth, María pasó tres meses
 
pacientemente, sirviendo a su prima embarazada, esperando que llegara el
 
momento en que tendría que volver junto a sus familiares, para
 
disponerse a que su futuro marido dispusiera lo que quería hacer con
 
su vida. María Santísima, quien vivía confiada en las manos de
 
Dios, tuvo que pasar la difícil prueba de estar en manos de un hombre
 
que, de haber sido despechado o celoso, hubiera podido asesinarla, cosa
 
que Dios tenía que impedir, porque la había elegido para que fuera
 
Madre de su Hijo, pero María sólo podía creer esta realidad por la
 
fe que la caracterizaba, pues debió pensar mucho en el peligro que
 
corría su vida. 
 
   Nuestra vida está llena de dificultades que debemos vencer,
 
independientemente de que seamos cristianos, aunque los discípulos de
 
Cristo tenemos la creencia de que Dios nos ayudará a superar las
 
dificultades que no podamos resolver por nuestros propios medios. 
 
   En este primer día del año, pienso que deberíamos reflexionar
 
sobre las oportunidades que hemos desperdiciado a lo largo de nuestra
 
vida, para concienciarnos de la necesidad que tenemos de aprovechar
 
bien, no sólo el año 2012 que hemos empezado a vivir, sino todos los
 
días de nuestra existencia. 
 
   Si estamos confiados a Dios, tenemos mucho por hacer en este mundo.
 
Hay quienes piensan que los cristianos sólo debemos rezar, pero ello
 
no es cierto, porque tenemos la misión de hacer de este mundo en que
 
vivimos, una imagen del Reino de Dios, cuya instauración completa
 
esperamos que sea llevada a cabo, por Nuestro Señor Jesucristo. 
 
   Muchas veces nos sucede que las oportunidades que no aprovechamos, no
 
se vuelven a repetir jamás. Este hecho me hace pensar que, a pesar de
 
las dificultades que nunca nos faltan, debemos empezar a vivir el nuevo
 
año 2012 con entusiasmo, pidiéndole a Dios que nos ayude a vencer
 
las dificultades características de nuestra vida. 
 
   María y José, en Belén de Judá, no encontraron sitio en el
 
mesón, para que Jesús hubiera podido nacer, en un lugar digno.
 
Aunque María y José vieron nacer a su Hijo pobremente, ellos se
 
sobrepusieron a esa circunstancia, así pues, José alquiló una
 
casa, donde permanecieron unidos, hasta que tuvieron que huir a Egipto,
 
para salvar la vida del pequeño Jesús, de la centuria que el tirano
 
Herodes envió a Belén, para que asesinara a todos los niños
 
menores de dos años. 
 
   Puede sucedernos que nuestra vida sea difícil, pero no por ello
 
debemos renunciar a la realización de los proyectos que anhelamos,
 
siempre que nuestros deseos no estén basados en fantasías, sino en
 
la realidad. 
 
   Con respecto al hecho de que debemos renunciar al pecado, nos dice el
 
primer Obispo de Jerusalén: 
 
   &quot;Por tanto, renunciando a todo vicio, al mal que nos cerca por
 
doquier, acoged dócilmente el mensaje que, plantado en vosotros, es
 
capaz de salvaros&quot; (ST. 1, 21). 
 
   Los cristianos tenemos que serle fieles a Dios, pues Santiago, nos
 
instruye, en los siguientes términos: 
 
   &quot;Hablad y actuad como hombres que van a ser juzgados por una ley de
 
libertad. Y tened en cuenta que será juzgado sin compasión quien no
 
practicó la compasión. La compasión, en cambio, saldrá
 
triunfante del juicio&quot; (ST. 2, 12-13). 
 
   Santiago nos propone un interesante reto, que deberíamos estar
 
dispuestos a aceptar, aunque, para poder hacerlo, tengamos que cambiar
 
nuestra forma de pensar y actuar, adaptándonos a la forma de pensar y
 
proceder de Nuestro Santo Padre, así pues, el citado Obispo
 
jerosolimitano, nos dice: 
 
   &quot;Si de veras hay entre vosotros quien se precia de sabio o
 
inteligente, demuestre con su buena conducta que la sabiduría ha
 
impregnado de amabilidad su vida&quot; (ST. 3, 13). 
 
   ¿Podremos demostrar que somos sabios según el querer de Dios,
 
sabiéndonos la Biblia de memoria, interpretándola según nos pide
 
que lo hagamos el Magisterio de la Iglesia, y sin ser caritativos con
 
quienes sufren? 
 
   La respuesta a la pregunta que nos estamos planteando es negativa,
 
porque, Santiago, nos dice: 
 
   &quot;Pero se trata de que pongáis en práctica ese mensaje y no
 
simplemente que lo oigáis, engañándoos a vosotros mismos. Y es que
 
quien oye el mensaje, pero no lo pone en práctica, se parece al hombre
 
que contempla su propio rostro en el espejo: se mira, y, en cuanto se
 
va, se olvida, sin más, del aspecto que tenía&quot; (ST. 2, 22-24). 
 
   Si la Palabra de Dios nos informa de que debemos ser caritativos, y
 
no lo somos, no podemos aceptar el reto que nos propone Santiago en su
 
Carta, que hemos recordado en esta meditación. Además, el citado
 
Santo, nos recuerda esta realidad: 
 
   &quot;Porque saber hacer el bien y no hacerlo es pecado&quot; (ST. 4, 17). 
 
   ¿En qué sentido mejorará nuestra calidad de vida si aceptamos
 
el propósito de acercarnos a Dios? 
 
   Si nos acercamos a Dios, y cumplimos su voluntad, es normal el hecho
 
de que mejore notablemente nuestra calidad de vida, porque, Nuestro
 
Padre común, quiere que alcancemos la plenitud de la felicidad, pues
 
en ello consiste el cumplimiento de su voluntad. 
 
   Si deseamos conocer a Dios para ver si nos interesa aceptar el
 
cumplimiento de su voluntad, lo primero que debemos hacer, es formarnos
 
espiritualmente. 
 
   Cuando San Pablo y su compañero Silas predicaron el Evangelio en
 
Berea, les sucedió una cosa entre los judíos que es muy curiosa para
 
nosotros, porque, mientras asistimos a la Eucaristía, y, apenas
 
salimos por la puerta del templo, no nos acordamos de la homilía de
 
nuestro sacerdote, ellos comprobaban lo que los citados predicadores les
 
habían dicho en su copia de las Sagradas Escrituras, con tal de ver si
 
era verdad, para estudiar la posibilidad de creer en Jesús. San Lucas
 
describe este hecho en los siguientes términos, en sus Hechos de los
 
Apóstoles: 
 
   &quot;En Berea, los judíos eran más abiertos que los de Tesalónica,
 
y recibieron el mensaje con gran interés, estudiando asiduamente las
 
Escrituras para verificar su exactitud&quot; (HCH. 17, 11). 
 
   Si conocemos a Dios por medio del estudio de su Palabra y de los
 
documentos de la Iglesia en cuyas páginas se nos interpreta la Biblia,
 
estaremos dispuestos a vivir una vida de acción, en la que pondremos
 
en práctica todo lo que hayamos aprendido durante nuestros años de
 
estudio, y oraremos incesantemente, porque habremos aprendido a estar en
 
permanente contacto, tanto con Dios, como con sus fieles Santos. 
 
  Os deseo, no sólo un feliz año, sino una feliz vida, que esté
 
llena de bendiciones divinas, para que podáis alcanzar la plenitud de
 
la felicidad. 
 
José Portillo Pérez 
 
joseportilloperez@gmail.com 
 
http://trigodedios.blogia.com 
 
 
  
 
 
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</item>

<item>
 <title>Sagrada Familia.</title>
 <link>http://www.egrupos.net/grupo/padrenuestro/archivo/rsg/937</link>
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 <guid>http://www.egrupos.net/grupo/padrenuestro/archivo/msg/937/</guid>
 <pubDate>Fri, 30 Dec 2011 01:30:10 +0100</pubDate>
 <author>José Portillo Pérez &lt;loli627167575@gmail.com&gt;</author>
 <description><![CDATA[
   Padre nuestro. 
 
   Viernes, 30/12/2011, Solemnidad de la Sagrada Familia. 
 
   La fuerza del amor conyugal. 
 
   Estimados hermanos y amigos: 
 
   Para ser plenamente felices en este mundo, necesitamos tres cosas,
 
que todos priorizamos, adaptándolas a nuestra manera de pensar, las
 
cuales, son: amor, salud y dinero. ¿Cuál de estas tres cosas es la
 
más importante? 
 
   Si consideramos que el amor es el motor de nuestra vida, ¿cómo
 
podremos alcanzar la dicha sin salud ni dinero? 
 
   Si la salud es lo más importante para nosotros, podremos vivir sin
 
amor, pero no podremos hacerlo sin dinero. 
 
   Si el dinero es lo más imprescindible de nuestra vida, si carecemos
 
de amor y de salud, no podremos ser felices. 
 
   Si tenemos amor, salud y dinero, tenemos todo lo necesario para ser
 
felices en esta vida. 
 
   Un año más, he querido dedicar mi meditación del día de la
 
Sagrada Familia a reflexionar sobre el matrimonio, porque es muy
 
frecuente el hecho de que, quienes están casados, descuiden sus
 
relaciones con sus familiares, no porque son egoístas, sino porque lo
 
requieren sus trabajos, de los cuales dependen económicamente, tanto
 
sus familiares como ellos. 
 
   Hay circunstancias en que quienes están casados se entregan a la
 
realización de sus trabajos y al cuidado de sus hijos, y descuidan su
 
relación involuntariamente. Hubo un tiempo en que el matrimonio
 
católico era considerado como un contrato establecido entre el hombre
 
y la mujer, en el que cada cuál tenía que asumir el rol que se le
 
suponía que le caracterizaba. Mientras que los hombres tenían el
 
deber de trabajar para mantener sus hogares, sobre las mujeres pesaba la
 
realización de las actividades domésticas, y la mayor parte -por no
 
decir la práctica totalidad- de la educación de los hijos. 
 
   Después de la celebración del Concilio Vaticano II, la Iglesia ha
 
comprendido que, el matrimonio, en vez de ser visto como un contrato
 
caracterizado por meras obligaciones, debe ser visto como una relación
 
caracterizada por el amor y el servicio recíproco. 
 
   De la misma forma que se debilitan todas las relaciones que no son
 
debidamente cultivadas, si pensamos que el matrimonio es una relación
 
que no está basada en el cumplimiento de un contrato escrito, debemos
 
pensar que, quienes estamos casados, tenemos que enamorar a nuestros
 
cónyuges, como si aún fuésemos novios. El amor es como un fuego
 
que hay que avivar constantemente para que no se debilite y se apague. 
 
   A veces nos sucede a mi mujer y a mí que nos preguntan si somos
 
novios, porque en España cada día está más arraigada la
 
costumbre de contraer matrimonio con treinta y tantos y cuarenta y
 
tantos años, y decimos que sí, no aclaramos que estamos casados,
 
porque, las características del noviazgo, no deben perderse nunca.
 
Aunque estemos casados durante muchos años, siempre podremos conocer
 
algo de nuestro cónyuge que no supimos nunca en el pasado. 
 
   Para que el amor verdadero no muera nunca, necesita apoyarse en lo
 
que en griego se conoce como eros, filos -o filia- y ágape. 
 
   Cuando un hombre y una mujer se conocen, se atraen físicamente, y,
 
si son maduros, aparte de vincularse por causa de dicha atracción,
 
también lo hacen, si se conocen, y piensan que son compatibles. Dado
 
que existen países en que las mujeres no están obligadas a depender
 
económicamente de sus padres y maridos, es importante que los novios
 
se conozcan bien antes de casarse, con tal de que sus relaciones no se
 
extingan. 
 
   El eros se refiere a la atracción física, la cuál impulsa el
 
amor de los cónyuges si, por medio de la misma, se intensifica el
 
deseo de conocerse, amarse, aceptarse y respetarse, y rehúsan la
 
posibilidad de utilizarse, como meros objetos de obtención de  placer
 
carnal. Si la atracción física se utiliza adecuadamente, se
 
convierte en posibilidad de aprender a amar sinceramente a la pareja. 
 
   La atracción física no es todo lo que los cónyuges necesitan
 
para permanecer unidos durante muchos años. Si el matrimonio se
 
concibe como una relación basada en el amor de los cónyuges, y no
 
como un contrato escrito que han de cumplir las dos partes implicadas en
 
el mismo forzosamente, existe la necesidad de que quienes estamos
 
casados seamos amigos de nuestras parejas, por el bien de nuestras
 
relaciones. Tal relación de amistad, es lo que se conoce en griego
 
como filos o filia. 
 
   Mientras que la atracción física no perdura por siempre, la
 
amistad debe mantenerse de por vida, para evitar el debilitamiento -e
 
incluso el fin- de las relaciones matrimoniales. 
 
   El amor verdadero que se cultiva durante años, llega a ser ágape,
 
-es decir, caridad-. No debemos entender que la citada caridad es una
 
limosna, pues se trata de una relación de respeto, comprensión y
 
servicio recíproco. San Pablo hizo referencia al citado amor verdadero
 
en su Carta a los cristianos de Efeso, cuando escribió: 
 
   &quot;Vosotros, los maridos, amad a vuestras mujeres, como Cristo amó a
 
su Iglesia. por ella entregó su vida&quot; (EF. 5, 25). 
 
   ¿Estamos dispuestos a entregar la vida por nuestros cónyuges
 
quienes estamos casados? 
 
   ¿Cómo podríamos definir el amor matrimonial? 
 
   En nuestro tiempo, muchos jóvenes, -y mayores-, conocen a alguien
 
que les atrae físicamente, y creen que la belleza del amor estriba
 
plenamente en el hecho de mantener relaciones sexuales, porque sus
 
padres nunca les enseñaron lo que es el amor, -e incluso a muchos no
 
les han servido de ejemplo a imitar-. Cuando tales jóvenes se dan
 
cuenta de que el príncipe -o la princesa- de sus sueños está
 
caracterizado por defectos que no les gustan, simplemente, porque es
 
humano, empiezan a hacerse preguntas, como las siguientes: 
 
   ¿Qué es el amor? 
 
   ¿Me ama mi pareja, o se aprovecha de mi cuerpo para satisfacer su
 
necesidad de mantener relaciones sexuales? 
 
   ¿Cómo sé si lo que siento por mi pareja es amor? 
 
   ¿Cómo puedo saber si mi pareja y yo sentimos amor verdadero el
 
uno por la otra? 
 
   Los jóvenes son curiosos, y les gusta experimentarlo todo. Las
 
relaciones sexuales son muy satisfactorias, así pues, existen razones
 
de peso para que los niños, conforme van creciendo, sean instruidos en
 
el conocimiento de lo que es el amor matrimonial, para que, cuando sean
 
mayores, no cometan errores, de los que tendrán que arrepentirse
 
algún día. 
 
   A lo largo de los diez años que he predicado en Internet, he
 
recibido correos electrónicos de padres, que me han preguntado: 
 
   ¿Cómo es posible que siendo nosotros católicos practicantes
 
nuestros hijos han dejado embarazadas a sus novias? 
 
   Tales padres, han formado a sus hijos para que consigan un trabajo,
 
pero han cometido el error de suponer que han nacido con todos los
 
conceptos católicos grabados en el cerebro, como si les hubiesen
 
implantado un chip con dicha información. 
 
   ¿Qué es el amor matrimonial? 
 
   La definición del amor matrimonial tal como lo entendemos los
 
cristianos católicos es compleja. El amor es una fuerza que nos
 
vincula espiritualmente, aunque nos separe una gran distancia de la
 
persona que amamos. 
 
   El amor matrimonial, es aceptación del otro, tanto con sus
 
virtudes, como con sus defectos. El príncipe -o la princesa- de los
 
sueños ideal no existe. El amor matrimonial católico no está
 
relacionado con los personajes que aparecen en las películas y en la
 
prensa sensacionalista, quienes suelen dar la impresión de que, el
 
amor que sienten por sus parejas, no va más allá de la belleza
 
física de las mismas, sin tener en cuenta la espiritualidad de
 
aquellos a quienes permanecen unidos, a veces, por un corto espacio de
 
tiempo, porque el amor vital es arriesgado, consiste en la donación
 
diaria al otro, y no en la obtención de caprichos, ni en la
 
utilización de la pareja como objeto del que se obtiene placer sexual,
 
y aburrido, y el pseudo amor sensacionalista se siente por un corto
 
plazo de tiempo, y, en cuanto está basado en el placer carnal,
 
mientras se mantiene, suele ser muy apasionante, por lo que no tiene en
 
cuenta la espiritualidad, hasta que se es consciente de la necesidad de
 
apoyo emocional y moral. 
 
   El amor matrimonial, tal como lo consideramos los católicos, nos
 
aporta seguridad a quienes estamos casados. Cuando tenemos necesidades,
 
y contraemos enfermedades, tenemos la oportunidad de valorar tanto el
 
amor como el apoyo incondicional de nuestro cónyuge, y, quienes llegan
 
a la tercera edad, son más conscientes que nadie, de lo que significa
 
vivir sin estar aislados, porque, mientras que sus hijos se independizan
 
de ellos, sus cónyuges no les dejan, hasta que los sorprende la
 
muerte. 
 
   El amor nos hace ser alguien dispuesto a no escatimar sacrificios
 
para complacer a la persona que gasta su vida acompañándonos en las
 
dificultades que tenemos e intentando resolver los problemas que nos
 
caracterizan. 
 
   El amor es una fuerza renovadora que suaviza el ímpetu con que nos
 
sorprenden las dificultades que nos hacen sufrir, y nos hace iluminar
 
las mismas desde la belleza que le aporta a nuestra relación de
 
pareja. 
 
   El amor conyugal no disimula el dolor que nos aportan las
 
enfermedades y otros problemas, porque lo transforma en el gozo de que
 
nuestra relación persiste a pesar de lo que hemos sufrido. 
 
   El amor matrimonial debe ser libre. Nadie debe casarse siendo
 
coaccionado, y los cónyuges deben servirse recíprocamente por amor,
 
no por obligación. 
 
   El amor matrimonial no es un sueño, sino una realidad. Si vivimos
 
una buena relación con nuestro cónyuge, podremos convertir dicha
 
realidad en un sueño. 
 
   El noviazgo y la luna de miel constituyen un tiempo en que podemos
 
soñar demasiado en vez de pensar en afrontar la realidad tal como
 
debemos hacerlo, para no sentirnos desengañados. Debemos ser
 
conscientes de que debemos permitirle a nuestro cónyuge que sea libre
 
para hacer cosas que no nos gustan, y debemos ser conscientes de que
 
tiene defectos que tampoco son agradables para nosotros. 
 
   El amor matrimonial debe ser recibido, expresado debidamente y
 
correspondido. 
 
   No debemos considerar que el hecho de servirnos recíprocamente es
 
un sacrificio, para evitar que dicho servicio se nos haga pesado,
 
dejemos de practicarlo, y, consiguientemente, contribuyamos al
 
debilitamiento -e incluso a la extinción- de nuestra relación. 
 
   El amor matrimonial es la esperanza que tenemos de ser felices, a
 
pesar de las dificultades y defectos personales que se interponen en
 
nuestras relaciones, y parecen querer debilitarlas si nos descuidamos. 
 
   Evitemos el hecho de echarle en cara a nuestra pareja sus defectos, y
 
mencionemos muchas veces las virtudes que tiene, para que nuestro
 
cónyuge se sienta más feliz, y contribuya con más alegría al
 
fortalecimiento de nuestra relación, porque no se puede recibir amor
 
verdadero sin darlo eternamente. 
 
   El amor es una gota de agua que, si no se une a otras gotas del
 
citado líquido vital, se extingue. 
 
   ¿En qué se diferencia una relación de amor verdadero de una
 
relación basada en el hecho de mantener relaciones sexuales? 
 
   El amor verdadero centra su interés en todos los aspectos de la
 
vida de la persona amada, y, el pseudo amor está basado en el
 
interés de mantener relaciones sexuales y en la vivencia de los
 
sentimientos esporádicos relacionados con la atracción física. 
 
   El amor verdadero nos hace desear conocer plenamente a nuestro
 
cónyuge, lo cuál es una tarea paciente que se prolonga hasta que la
 
muerte nos sorprende, rompiendo nuestra atadura caracterizada por la
 
belleza de nuestra unión bendecida por Dios. 
 
   Quienes se dejan arrastrar por el pseudoamor, no piensan en
 
establecer una relación vital, sino una relación rápida, que ha de
 
prolongarse, mientras se mantengan relaciones sexuales. En este terreno,
 
nada importa la situación vital de la pareja, ni si tiene
 
dificultades, pues sólo interesa explotarla como si se tratara de un
 
mero objeto que aporta placer físico. 
 
   El amor verdadero, nos motiva a mejorar nuestra calidad de vida, -nos
 
impulsa a ser mejores personas-, porque sabemos que ello contribuirá a
 
fortalecer nuestras relaciones, y, consiguientemente, a hacernos más
 
felices. 
 
   El pseudoamor, al estar basado en el placer instintivo, y en
 
sentimientos que no siempre se sienten con la misma fuerza, es
 
inestable, y se caracteriza por altibajos, desengaños y obsesiones. 
 
   El amor verdadero nos impulsa a no vernos como una sola persona,
 
hasta el punto de pensar en nosotros y no en mí. 
 
   El amor verdadero nos impulsa a considerar como nuestra la felicidad
 
de nuestro cónyuge, si el mismo corresponde a nuestro deseo,
 
procurando que sean realizadas nuestras más anheladas aspiraciones. 
 
   El pseudoamor basado en el placer de los sentidos es egoísta, y no
 
tiene en cuenta los sentimientos, necesidades y dificultades de la
 
persona utilizada como mero objeto para obtener la satisfacción del
 
instinto. 
 
   El amor verdadero se caracteriza por la búsqueda de soluciones a
 
los problemas en común, cediendo cuantas veces se crea oportuno,
 
porque, el hecho de mantener la relación, es prioritario, ante la
 
consecución de lo que deseamos, sin importarnos lo que piensa y siente
 
nuestro cónyuge. 
 
   Conforme se satisface la necesidad de mantener relaciones sexuales,
 
el pseudoamor es caracterizado por la aparición de dificultades, que
 
tienden a la ruptura de las relaciones, porque, a la hora de resolver
 
dichos problemas, no se busca el bien común, sino la satisfacción
 
del egoísmo. 
 
   Las relaciones caracterizadas por el amor verdadero son duraderas,
 
pero, para que dure una relación basada en la atracción física, es
 
necesario que no cese la actividad sexual. 
 
   Concluyamos esta meditación pidiéndole a Nuestro Santo Padre que
 
aumente la conciencia social mundial de lo necesarias que son las
 
familias, y que nos ayude a ser benignos con quienes nos rodean. 
 
José Portillo Pérez 
 
joseportilloperez@gmail.com 
 
http://trigodedios.blogia.com 
 
 
  
 
 
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                 ]]> </description>
</item>

<item>
 <title>San Juan, Apóstol y Evangelista.</title>
 <link>http://www.egrupos.net/grupo/padrenuestro/archivo/rsg/936</link>
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 <guid>http://www.egrupos.net/grupo/padrenuestro/archivo/msg/936/</guid>
 <pubDate>Sun, 25 Dec 2011 11:54:56 +0100</pubDate>
 <author>José Portillo Pérez &lt;loli627167575@gmail.com&gt;</author>
 <description><![CDATA[
   Padre nuestro. 
 
   Martes, 27/12/2011, fiesta de San Juan, Apóstol y Evangelista. 
 
   Estimados hermanos y amigos: 
 
   El nombre &quot;Juan&quot;, significa &quot;Yahveh ha hecho gracia&quot;. Efectivamente,
 
Dios hizo una admirable gracia cuando permitió que, el Santo cuyo
 
recuerdo celebramos este día, fuera Apóstol de Nuestro Salvador. 
 
   San Juan era hijo de un pescador llamado Zebedeo, hermano menor del
 
que fue el Apóstol de Nuestro Salvador Santiago el Mayor, e hijo de
 
Salomé, quien era hermana de María Santísima. 
 
   Zebedeo tuvo la dicha de que sus hijos trabajaran para él, junto a
 
los jornaleros que tenía contratados. Juan, -su hijo menor-, se hizo
 
seguidor de San Juan el Bautista, el cuál lo animó a que se hiciera
 
discípulo de Jesús, junto a San Andrés, hermano de San Pedro, -a
 
quien los católicos conocen, como el primer Papa, de la Iglesia a que
 
pertenecen-. 
 
   San Juan era muy humilde, así pues, vemos que, cuando en su
 
Evangelio se supone que debe citar su nombre, se menciona como un
 
discípulo del Señor anónimo, lo cuál es aprovechado por los
 
exegetas modernos para designar a la comunidad de los creyentes, porque,
 
el citado Apóstol de Nuestro Señor, aparece en el Evangelio que
 
escribió, como un ejemplo de fe, digno de ser imitado, por los
 
seguidores de Jesús, de todos los tiempos. 
 
   San Juan tuvo la dicha de ver cómo Jesús realizó su primer
 
milagro en una boda en Caná de Galilea, convirtiendo agua en vino,
 
cuando aún no había sido designado por Jesús, para que fuera su
 
Apóstol. Este hecho nos hace reflexionar sobre la manera en que
 
Jesús nos llama a servir a Nuestro Santo Padre en sus hijos los
 
hombres, pues el Señor nos evangeliza adaptándose a nuestro ritmo de
 
abrazar la fe que profesamos, antes de darnos a conocer, la misión que
 
quiere que desempeñemos. 
 
   Quizá, al leer los Evangelios, podemos tener la impresión, de
 
que, los Apóstoles de Nuestro Salvador, siguieron al Señor apenas lo
 
conocieron. Este hecho no es veraz, pues, dichos seguidores de Nuestro
 
Salvador, antes de ser Apóstoles, fueron discípulos del Mesías, y
 
lo seguían en algunas ocasiones, hasta que, lentamente, se le unieron,
 
y no volvieron a separarse de El, con la excepción de la noche de
 
aquella víspera de la Pascua hebrea, en que, el Señor, fue puesto a
 
disposición de sus enemigos, para que lo asesinaran. 
 
   Después de haber sido discípulo de San Juan el Bautista, y de
 
haber visto cómo Jesús hizo su primer milagro en Caná de Galilea,
 
San Juan volvió a incorporarse al trabajo de la pesca, junto a su
 
padre, Santiago, y los jornaleros, que Zebedeo tenía contratados.
 
Quizá nos sucede que, después de obviar nuestras actividades
 
ordinarias, para intentar conocer al Señor, decidimos aplazar la
 
búsqueda de Nuestro Santo Padre para un tiempo posterior, o,
 
simplemente, decidimos abandonarla, cansados de no encontrar las
 
respuestas que necesitamos conocer. 
 
   Antes de que se fortalezca nuestra fe en Dios, nos sucede que se nos
 
debilita la citada virtud teologal, pero, a pesar de ello, si Dios nos
 
tiene destinados a desempeñar una determinada misión, nos fortalece,
 
hasta que somos capaces de cumplir su voluntad. A pesar de que San Juan
 
dejó temporalmente su búsqueda espiritual, y se reincorporó al
 
negocio de pesca de su familia, Jesús se le hizo el encontradizo, y no
 
sólo lo invitó a él a que lo siguiera permanentemente, sino que
 
también le extendió la invitación de seguirlo a Santiago, el
 
hermano mayor del Apóstol, cuya fiesta estamos celebrando. 
 
   Cuando los citados hermanos aceptaron la invitación que Jesús les
 
hizo, fueron formados espiritualmente por Nuestro Salvador, para que
 
fueran sus Apóstoles. Es importante recordar que los Apóstoles de
 
Nuestro Salvador no eran hombres con admirables cualidades espirituales,
 
sino gente como nosotros, con virtudes y defectos. Jesús aprovechó
 
las virtudes de sus seguidores para perfeccionarlos, y también se
 
valió de algunos de sus defectos, para encaminarlos a cumplir la
 
voluntad de Nuestro Padre común. 
 
   San Pedro era muy impulsivo, pero Jesús supo hacerlo reflexivo y
 
apto para afrontar y confrontar experiencias difíciles. Jesús no
 
cambió la forma de ser de sus seguidores instantáneamente, pues
 
logró su propósito lentamente, durante los años que vivieron sus
 
citados amigos, desde que aceptaron la invitación de seguirlo. 
 
   Los hermanos Juan y Santiago, fueron apodados por Jesús &quot;Boanerges&quot;
 
(hijos del trueno), por causa de su carácter violento. 
 
   Además de ser ásperos de carácter, dichos hermanos, también
 
eran egoístas. En cierta ocasión, Juan reprendió a un hombre que
 
expulsaba demonios en nombre de Jesús, que no pertenecía a la
 
comunidad apostólica, creyendo que el privilegio de hacer milagros
 
debía ser exclusivo de Jesús y de sus seguidores, de entre los
 
cuales ellos querían ser los principales, por lo cuál se valieron de
 
la intercesión de su madre, para que Jesús cumpliera su deseo. El
 
Señor les dijo que sus seguidores deben pensar en servirse
 
recíprocamente, y no en ser poderosos a nivel material. 
 
  ¿Conocemos a algún cristiano que se aproveche de la Palabra de
 
Dios para utilizarla ágilmente para hacerse poderoso? 
 
   En cierta ocasión en que Jesús no fue hospedado por unos
 
samaritanos que lo rechazaron porque no se adaptaba a su forma de pensar
 
totalmente, e iba de camino hacia Jerusalén, Juan y Santiago le
 
pidieron permiso al hijo de María, para hacer descender fuego del
 
cielo, para carbonizarlos, por causa de su atrevimiento, de rechazar al
 
Señor. Por su parte, el Mesías, que no vino al mundo a hacer el mal,
 
reprendió seriamente a los citados hermanos. 
 
   Conozco a muchos cristianos que les hacen promesas a Dios y a sus
 
Santos, a cambio de que los beneficien, y, si no obtienen del cielo lo
 
que desean, pierden la fe, o se enfadan, porque quieren adaptar, tanto a
 
Dios como a sus fieles siervos, a la consecución de sus intereses.
 
Jesús no quiere hacerles ningún mal a estos cristianos, pero quiere
 
enseñarles a anular su voluntad, para que puedan cumplir la voluntad
 
del Dios Uno y Trino. 
 
   A pesar de su agresividad y egoísmo, los hermanos Juan y Santiago,
 
le dijeron a Jesús que estaban dispuestos a morir por El y su
 
Evangelio, el día en que fueron reprendidos por el Señor, por querer
 
destacar sobre sus compañeros, y no pensar en la mejor manera de
 
hacerse siervos de ellos. 
 
   El mal carácter de los hijos del trueno, se convirtió en
 
fortaleza para que ambos hermanos defendieran la fe que profesaban. Este
 
hecho lo patentizan la muerte de Santiago que fue ordenada por Herodes
 
Agripa, y la forma en que Juan sobrevivió a la persecución de que
 
fueron víctimas los cristianos, tanto por parte de los judíos, como
 
por parte de los romanos. 
 
   El egoísmo de dichos hermanos, fue sustituido por el afán de
 
defender la plena insturación del Reino de Dios entre nosotros, en
 
cumplimiento del mandato que recibieron de Jesús, de evangelizar a
 
cuantos quisieran profesar, la fe que los caracterizaba. 
 
   San Juan se caracteriza por sus notables sensibilidad y conocimiento
 
de la espiritualidad. Su confianza en Dios fue tan grande, que
 
escribió su Evangelio y el Apocalipsis sin interpretar las escenas que
 
describió en los citados volúmenes bíblicos, albergando en su
 
corazón la esperanza de que, el Espíritu Santo, les interpretaría
 
sus relatos, a quienes estuvieran destinados, a conocer plenamente, el
 
significado de dichas obras. 
 
   Los hermanos Juan y Santiago, junto a San Pedro, fueron los tres
 
Apóstoles que tuvieron una relación más abierta con Jesús. Esta
 
es la razón por la que Nuestro Señor les permitió presenciar la
 
resurrección de la hija de Jairo, la Transfiguración de Nuestro
 
Salvador en el monte Tabor, y su agonía en el huerto de los Olivos, la
 
noche en que fue traicionado por su Apóstol Judas. 
 
   Juan fue el único Apóstol que no abandonó a Nuestro Maestro,
 
durante las horas que se prolongó su Pasión, y, cuando Jesús
 
murió, permaneció cerca del cadáver del Mesías, hasta que
 
Nicodemo y José de Arimatea lo sepultaron. 
 
   La enseñanza que deseo que obtengamos de la meditación que os he
 
propuesto este año, consiste en que, a imitación de los Santos
 
Pedro, Juan y Santiago, nos dejemos evangelizar por el Señor, y nos
 
abramos a la recepción de los dones del Espíritu Santo, para que el
 
Paráclito concluya el proceso de nuestra santificación personal. 
 
   Os deseo que Dios os colme de bendiciones, y os conceda la plenitud
 
de la dicha. 
 
José Portillo Pérez 
 
joseportilloperez@gmail.com 
 
http://trigodedios.blogia.com 
 
 
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</item>

<item>
 <title>Misa de San Esteban.</title>
 <link>http://www.egrupos.net/grupo/padrenuestro/archivo/rsg/935</link>
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 <guid>http://www.egrupos.net/grupo/padrenuestro/archivo/msg/935/</guid>
 <pubDate>Sat, 24 Dec 2011 22:47:09 +0100</pubDate>
 <author>José Portillo Pérez &lt;loli627167575@gmail.com&gt;</author>
 <description><![CDATA[
   Padre nuestro. 
 
   Lunes, 26/12/2011, fiesta de San Esteban, Protomártir. 
 
   Fe, valor y coraje. 
 
   Estimados hermanos y amigos: 
 
   Tal como se diferencian la noche del día, se diferencian el
 
concepto de la Navidad social, y el concepto de la Navidad, que tenemos
 
los cristianos practicantes. A nivel social, quienes carecen de dinero y
 
tienen escasas relaciones, lo pueden pasar muy mal estos días, si se
 
sienten desamparados, porque la Navidad social consiste en comprar
 
muchas cosas, en aparentar tener muchas riquezas, y en celebrar la
 
posición social que se tiene, con los familiares y amigos. 
 
   El concepto de la Navidad cristiana, es muy diferente al significado
 
de la Navidad social. Ayer celebramos el Nacimiento de Jesús, quien
 
vino a este mundo a morir por sus creyentes, para demostrarles que su
 
Dios les ama incondicionalmente. Hoy celebramos al primer mártir de la
 
fe que profesamos, el cuál representa a quienes han muerto por Cristo
 
gustosamente, imitando la conducta de Nuestro Salvador. San Juan
 
Apóstol y Evangelista, -cuya fiesta celebraremos mañana-, representa
 
a quienes defienden el Evangelio sin importarles arriesgar su vida, pero
 
no mueren. La fiesta de los Santos Inocentes que celebraremos el día
 
veintiocho, nos hace recordar a quienes, sin saberlo, tuvieron el
 
privilegio de sacrificar su vida por Cristo y su Evangelio de
 
salvación. 
 
   Vivimos en un mundo en que debemos aprender a respetar las
 
ideologías que difieren de nuestra manera de pensar, siempre que las
 
mismas no atenten contra los derechos humanos. Quizá muchos cristianos
 
no distinguimos entre el respeto que les debemos a quienes no comparten
 
nuestra forma de pensar, y el cumplimiento del mandato que hemos
 
recibido de Jesús, de predicar el Evangelio. Quizá, al excusarnos en
 
el hecho de que cada cuál puede pensar lo que quiera, hemos descuidado
 
la transmisión de la Palabra de Dios a nuestros prójimos los
 
hombres. Mientras que los católicos esperamos que quienes quieran
 
oír la Palabra de Dios vayan a las iglesias, otras denominaciones
 
cristianas hacen que sus miembros salgan a buscar a la gente a la calle,
 
conozcan sus necesidades y carencias y les ofrezcan apoyo y consuelo, lo
 
cuál, -como es lógico suponer-, está haciendo que muchos de
 
nuestros hermanos de fe poco formados en el conocimiento de la Palabra
 
de Dios, y necesitados de afecto, se alejen de la Iglesia, y, muchas
 
veces, se estén convirtiendo en nuestros enemigos jurados. 
 
   La Iglesia, a lo largo de sus veinte siglos de historia, ha tenido
 
que hacerle frente a sus problemas. Algunas veces la Iglesia ha superado
 
muy bien sus problemas, y otras veces no lo ha hecho tan bien, pues le
 
sucede lo mismo que a nosotros, cuando tenemos que superar algún
 
estado de crisis. Si superamos nuestras dificultades desde la óptica
 
de la Palabra de Dios, damos grandes pasos hacia la consecución de
 
nuestra santificación. 
 
   San Esteban, -el Santo cuyo ejemplo de fe recordamos hoy-, fue un
 
notable Diácono, que sirvió excelentemente a Dios, en un tiempo en
 
que surgió un problema en la Iglesia Madre de Jerusalén. 
 
   Cuando los cristianos influidos por la cultura griega se quejaron a
 
los Apóstoles de que sus viudas no eran debidamente atendidas, los
 
cristianos jerosolimitanos se pusieron en guardia contra ellos,
 
objetando que Jesucristo no les había dado la orden de actuar como lo
 
que hoy conocemos como una O. N. G., pues sólo tenían el deber de
 
predicar el Evangelio, a lo que sus hermanos de fe objetaron que, cuando
 
quienes predican no son caritativos, el mensaje que los tales les
 
transmiten a sus oyentes no es fiable, porque no está promovido por su
 
testimonio de fe, el cuál es imprescindible para hacer que la
 
predicación sea aceptable, tanto para los cristianos, como para los no
 
creyentes. 
 
   Los Apóstoles del Señor, siendo conscientes de la necesidad
 
existente de predicar el Evangelio, y de la urgencia de sustentar a los
 
desvalidos, acordaron elegir a siete Diáconos, los cuales se
 
encargarían exclusivamente de servir a los pobres. Puesto que los
 
helenos se quejaban de que sus viudas estaban desatendidas, los
 
Diáconos tendrían que ser elegidos de entre ellos para satisfacer la
 
carencia de que se quejaban, y así, los citados siervos de Nuestro
 
Salvador, no tendrían que interrumpir su ministerio evangelizador. 
 
   San Esteban fue uno de los siete Diáconos asignados por la Iglesia
 
para atender a los pobres, el cuál, si se hubiera limitado
 
exclusivamente a cumplir el servicio que le fue encomendado, hubiera
 
sido amado por la Iglesia a la que obedecía, y hubiera salvado su vida
 
de la muerte. 
 
   San Esteban, además de servir a los pobres tal como se le ordenó,
 
resultó ser un gran defensor de la fe cristiana, que tenía la
 
pretensión de evangelizar a sus hermanos de raza, lo cuál le costó
 
la vida. 
 
   He conocido a sacerdotes que no pasan un segundo en el confesionario,
 
porque dicen estar seguros de que sus feligreses no quieren confesarse.
 
Estos sacerdotes se niegan a mantener sus iglesias abiertas para que la
 
gente sepa dónde acudir cuando les necesiten, porque dicen que sus
 
feligreses van al templo de mala gana, de manera que les facilitan el
 
camino a los predicadores de otras religiones, que captan a sus
 
feligreses en la calle. 
 
   Por su parte, los seglares les dejan el trabajo de la predicación a
 
los clérigos, argumentando que los sacerdotes son quienes siempre han
 
realizado esa actividad, y, en tiempos pasados, han sido exigentes con
 
la defensa de sus creencias, hasta privar a los laicos de tener copias
 
de la Biblia en sus casas. 
 
   Tal como sucede a veces en el ámbito empresarial con muchos
 
trabajadores, hay quienes pueden evangelizar, y no quieren hacerlo, y
 
hay quienes quisieran ser buenos predicadores, y les cuesta adquirir una
 
buena formación, tal como me sucedió en los años de mi juventud,
 
porque había poca literatura religiosa en Braille, y no había
 
catequesis de adultos en mi parroquia, porque éramos pocos los
 
interesados en formarnos espiritualmente. ¿Os imagináis lo absurda
 
que es la situación de un ama de casa en cuya vivienda moran su marido
 
y sus tres hijos, que no quiere cocinar, porque sólo comerá su
 
marido, porque sus hijos han salido a trabajar? 
 
   El hecho de que San Esteban fuera un buen predicador, aunque no se le
 
hubiera asignado la realización de esa actividad, me sugiere la idea
 
de que debemos ser colaboradores de Dios, y, si lo somos, me hace pensar
 
en la posibilidad de que evaluemos si podemos incrementar el trabajo que
 
realizamos, en la viña del Señor, o si podemos realizar otras
 
actividades, para mayor gloria de Dios. 
 
   Nuestro servicio a Dios tiene que ser desinteresado, pues no debemos
 
tener otro interés al servir al Señor, que no sea el de
 
glorificarlo. Esta es la causa por la que Jesús dijo en cierta
 
ocasión: 
 
   &quot;«¿Quién de vosotros tiene un siervo arando o pastoreando y,
 
cuando regresa del campo, le dice: &quot;Pasa al momento y ponte a la mesa?&quot;
 
¿No le dirá más bien: &quot;Prepárame algo para cenar, y cíñete
 
para servirme hasta que haya comido y bebido, y después comerás y
 
beberás tú?&quot; ¿Acaso tiene que agradecer al siervo porque hizo lo
 
que le fue mandado? De igual modo vosotros, cuando hayáis hecho todo
 
lo que os fue mandado, decid: Somos siervos inútiles; hemos hecho  lo
 
que debíamos hacer.»&quot; (LC. 17, 7-10). 
 
   Dios es Todopoderoso, y no tiene necesidad de que lo sirvamos, porque
 
El mismo puede hacer lo que desee, pero nosotros sí le debemos mucho a
 
Nuestro Padre común. 
 
   No debemos interpretar la expresión &quot;siervos inútiles&quot; en sentido
 
negativo, pensando que no hacemos nada bien, o que no se nos valora como
 
merecemos que se nos aprecie, porque no debemos depender del juicio de
 
los demás bajo ningún concepto, pues, las citadas palabras de
 
Jesús, nos hacen meditar, sobre si estamos realizando nuestro trabajo
 
más o menos bien, y quizá podemos trabajar mejor de lo que lo
 
hacemos, y no queremos actuar como debemos hacerlo, y preferimos
 
dejarnos arrastrar por cosas y situaciones que nos apartan tanto de
 
Dios, como de nuestros prójimos los hombres. 
 
   Pensemos que es mejor que los hombres nos acusen de ser fanáticos
 
religiosos, que sea Dios quien nos acuse de no haberlo servido en
 
nuestros prójimos los hombres, y no podamos defendernos, porque El
 
conoce nuestra vida. No soy partidario del hecho de servir a Dios por
 
miedo a ser condenado en el infierno, porque en ese caso el servicio
 
prestado no es amoroso, sino interesado. Dios merece ser servido sin que
 
se le reclamen intereses, porque El nos ama desinteresadamente. 
 
   No desaprovechemos el escaso tiempo que pasamos en este mundo, y
 
sirvamos a Dios en nuestros prójimos los hombres, porque el hecho de
 
vivir en familia, aún con quienes no son nuestros consanguíneos,
 
aunque a veces atrae desengaños, es fructífero, porque hace de
 
nosotros fieles imitadores de Dios. 
 
   San Esteban podría haber muerto sintiéndose desengañado tanto
 
por Dios como por sus hermanos de raza, porque, teniendo la pretensión
 
de compartir su fe con ellos, lo apedrearon, y Dios no impidió su
 
asesinato. A pesar de ello, dicho Santo murió profesando su fe,
 
adorando a Jesús, y pidiéndole que no les tuviera en cuenta a sus
 
opresores, el pecado que estaban cometiendo. 
 
   La forma en que murió San Esteban, profesando su fe, y amando a sus
 
persecutores, debería hacer reflexionar a los religiosos y laicos que
 
no se afanan más en su predicación, porque hay poca gente dispuesta,
 
tanto a colaborar con ellos en el trabajo que hacen en la viña del
 
Señor, como a escucharlos. 
 
   Muchas veces hablamos de nuestros familiares y de las posesiones que
 
tenemos, porque estamos orgullosos de quienes amamos, y de haber
 
conseguido parte de los bienes por los que hemos trabajado, pero, a la
 
hora de defender la fe que decimos que nos caracteriza, no nos sucede lo
 
mismo, porque nos da vergüenza de que los no creyentes se rían de
 
nosotros. 
 
   Jesús y San Pedro desde sus cruces, San Pablo encarcelado y
 
asesinado, y todos los que han sido maltratados y asesinados por causa
 
de la fe que profesamos, nos gritan que despertemos del letargo en que
 
vivimos sumidos, y hagamos lo que tenemos que hacer, lo cuál consiste
 
en esforzarnos en extender el Reino del que ya somos miembros activos,
 
porque Cristo está por venir a nuestro encuentro, y no quiere tener
 
junto a sí a algunos creyentes inseguros, sino a toda la humanidad,
 
para concederle la plenitud de la dicha. 
 
   Hagamos visible el Reino de Dios en este mundo en que escasea la fe
 
de los hombres, extinguiendo las carencias espirituales y materiales de
 
la humanidad, en conformidad con nuestras posibilidades de exterminar la
 
miseria del mundo. Si el mundo es consciente de que los cristianos no
 
somos charlatanes, y de que hacemos el bien, podremos comprobar que la
 
fe en Dios es más conocida y aceptada de lo que pensamos, pues a veces
 
permanece escondida en el corazón de los hombres solitarios y
 
golpeados por el dolor, que no se atreven a hablar de sus creencias,
 
porque no encuentran con quienes compartir sus pensamientos. 
 
José Portillo Pérez 
 
joseportilloperez@gmail.com 
 
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</item>

<item>
 <title>Misa del día de Navidad.</title>
 <link>http://www.egrupos.net/grupo/padrenuestro/archivo/rsg/934</link>
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 <pubDate>Fri, 23 Dec 2011 18:24:22 +0100</pubDate>
 <author>José Portillo Pérez &lt;loli627167575@gmail.com&gt;</author>
 <description><![CDATA[
   Padre nuestro. 
 
   25/12/2011, Misa del día de la Solemnidad de la Natividad del
 
Señor. 
 
   Jesucristo es la luz del mundo. 
 
   Estimados hermanos y amigos: 
 
   El prólogo del Evangelio de San Juan (JN. 1, 1-18), nos ayuda a
 
esquematizar la vida de Nuestro Salvador. Jesús no vino al mundo para
 
transmitirles un mensaje a quienes quisieran aceptar su Evangelio en el
 
tiempo que habitó en Palestina, pues Dios desea que su Palabra sea
 
aceptada por todos los hombres y mujeres de todos los tiempos. Esta es
 
la causa por la que, en la segunda lectura de la Misa de media noche de
 
la Solemnidad que estamos celebrando, recordamos el siguiente texto de
 
San Pablo: 
 
   &quot;Porque se ha hecho visible la bondad de Dios, que trae la
 
salvación a todos los hombres enseñándonos a renunciar a la
 
impiedad y a las pasiones desordenadas de este mundo, y a vivir desde
 
ahora de una manera sobria, recta y fiel a Dios , mientras aguardamos el
 
feliz cumplimiento de lo que estamos esperando: la manifestación
 
gloriosa del gran Dios y Salvador nuestro, Jesucristo&quot; (TT. 2, 11-13). 
 
   Las palabras del citado Apóstol son dignas de ser meditadas, porque
 
describen cuál ha de ser el comportamiento que debemos observar los
 
cristianos, rehusando todas las oportunidades que tengamos de pecar,
 
mientras aguardamos la plena instauración del Reino de Dios entre
 
nosotros. Dios nos ha llamado a ser santos, y, según las siguientes
 
palabras de San Pablo, por medio de su Hijo Jesucristo, nos ha
 
demostrado su amor, de una manera admirable. 
 
   &quot;Pero ahora se han hecho patentes la bondad y el inmenso amor que
 
Dios, nuestro Salvador, tiene a los hombres. El nos ha salvado, no en
 
virtud de nuestras buenas obras, sino por puro amor; y lo ha hecho a
 
través del agua, que nos hace nacer de nuevo y nos renueva bajo la
 
acción del Espíritu Santo que Dios ha derramado en nosotros con
 
abundancia por medio de nuestro Salvador Jesucristo. Restablecidos así
 
por la gracia de Dios en su amistad, hemos sido constituidos herederos
 
de la vida eterna que estamos esperando. Doctrina de fe es ésta, y
 
quiero que también tú insistas con tesón en ella, para que cuantos
 
creen en Dios, se apliquen seriamente a la práctica del bien. Esto es
 
bueno y útil a los hombres&quot; (TT. 3, 4-8). 
 
   El nombre de Jesús, se traduce a nuestro idioma, como &quot;Salvador&quot;, o
 
&quot;Dios salva&quot;. Todos los nombres tienen un significado, que está
 
relacionado con la misión que desempeñamos durante los años que se
 
prolonga nuestra vida. Esta es la razón por la que, cuando son
 
bautizados los nuevos cristianos, la Iglesia desea que los mismos tengan
 
nombres de Santos, para que los mismos les sirvan de orientación, para
 
realizarse como seguidores de Nuestro Hermano y Señor. 
 
   La misión con que Jesús vino al mundo, le fue revelada por el
 
Arcángel San Gabriel a Nuestra Santa Madre, en el pasaje bíblico de
 
la Anunciación. San Gabriel le dijo a Nuestra Corredentora: 
 
   &quot;Vas a concebir en el seno y vas a dar a luz un hijo, a quien
 
pondrás por nombre Jesús&quot; (LC. 1, 31). 
 
   Cuando San José pensaba en la posibilidad de separarse de la que
 
fue su futura esposa, porque iba a tener un hijo, del que él no era el
 
padre, tuvo un sueño, en que un ángel le dijo: 
 
   &quot;Dará a luz un hijo, y tú le pondrás por nombre Jesús, porque
 
él salvará a su pueblo de sus pecados&quot; (MT. 1, 21). 
 
   ¿Qué significa el hecho de que Jesús salva a sus creyentes de
 
los pecados que han cometido? 
 
   Tanto las personas como las cosas que están en contacto con Dios,
 
deben ser puras. Cuando Adán y Eva transgredieron el mandato divino de
 
evitar comer del fruto del árbol del conocimiento de la ciencia del
 
bien y del mal, cometieron un pecado que, según enseña la Iglesia,
 
siguiendo la doctrina de San Pablo, se transmitió a toda la humanidad,
 
por ser descendiente de nuestros primeros padres. 
 
   El pecado es una ofensa contra Dios, y ha de ser juzgado tanto por
 
este hecho, tanto como por la gravedad del mal que el mismo representa. 
 
   Dios, siendo conocedor de lo difícil que es corregir una vida
 
desordenada, quiso que el castigo que merecen los pecados cometidos por
 
toda la humanidad, fuera reparado, mediante un sacrificio mortal. Dado
 
que todas las personas relacionadas con Dios deben ser totalmente puras,
 
y el género humano fue mancillado por la desobediencia a Dios de
 
nuestros primeros padres, sólo había una víctima que podía
 
aplacar la justicia divina: Nuestro Señor Jesucristo. Si Jesús se
 
hubiese sacrificado estando marcado por la mácula original, su
 
sacrificio no hubiera sido aceptado por Nuestro Santo Padre, quien
 
consintió la muerte de su Hijo, pero no lo hizo porque nos odiaba,
 
sino para que creyéramos en El, y nos sintiéramos motivados a
 
recorrer el difícil camino de nuestra santificación, a pesar de
 
nuestra debilidad, impotencia y cansancio, tanto a la hora de corregir
 
nuestras desviaciones en el cumplimiento de la Ley divina, como a la
 
hora de superar las dificultades que vivimos. 
 
  El hecho de que Jesús nos salvó de nuestros pecados, significa que
 
sufrió el castigo que nos correspondía haber padecido, puesto que la
 
mácula del pecado nos ha afectado a nosotros, y no a El. La relación
 
existente entre el Hijo de María y Dios Padre siempre fue perfecta,
 
pero nuestra relación con Dios, fue afectada por causa del pecado. 
 
   Jesús se hizo Hombre, para demostrarnos que, a pesar de nuestra
 
inconstancia en el seguimiento de Nuestro Salvador, nos es posible ser
 
buenos cristianos, porque Dios distingue la diferencia que hay, entre la
 
maldad, y la debilidad característica de nuestra vida. 
 
   Veamos cómo San Juan, en el Evangelio que meditamos este día tan
 
especial, nos demuestra que Jesús vivió, cumpliendo la voluntad de
 
Nuestro Santo Padre. 
 
   &quot;Cuando todas las cosas comenzaron, ya existía aquel que es la
 
Palabra (de Dios). Y aquel que es la Palabra vivía junto a Dios y era
 
Dios&quot; (JN. 1, 1). 
 
   San Juan nos recuerda que ha existido una magnífica relación
 
entre Jesús y Nuestro Santo Padre, desde la eternidad. Recordemos un
 
fragmento de la oración con que Nuestro Salvador se dirigió a
 
Nuestro Padre común, antes de ser traicionado por Judas. 
 
   &quot;Ahora, pues, Padre, hónrame en tu presencia con aquella gloria que
 
ya compartía contigo antes que el mundo existiese&quot; (JN. 17, 5). 
 
   San Juan describe la misión que Jesús ha desempeñado a lo largo
 
de la historia de la salvación, actuando como verdadero Dios, siempre
 
obediente a Nuestro Santo Padre, por causa del amor y respeto, que le
 
une a Nuestro Creador. 
 
   &quot;Todo fue hecho por medio de él y nada se hizo sin contar con él&quot;
 
(CF. JN. 1, 3). 
 
   Dios fue el &quot;Diseñador&quot; del mundo, Jesús fue el &quot;Creador&quot; de la
 
obra divina, y, el Espíritu Santo, es quien nos dio la vida. Dios
 
creó el universo por medio de Jesús, y, aunque Nuestro Señor es
 
obediente para con El, el Padre no hizo nada sin contar con su Hijo
 
Primogénito. Ojalá todas las relaciones entre padres e hijos, fueran
 
tan magníficas, como lo es la relación existente, entre el Padre, el
 
Hijo, y el Espíritu Santo. 
 
   &quot;Cuanto fue hecho era ya vida en él, y esa vida era luz para los
 
hombres; luz que resplandece en las tinieblas y que las tinieblas no han
 
podido sofocar&quot; (CF. JN. 1, 3-5). 
 
   ¿Cómo fue Jesús luz para los hombres? 
 
   Jesús predicó el Evangelio, y socorrió a quienes tenía
 
necesidades espirituales y materiales. Estos hechos se constatan en el
 
Evangelio de San Juan. Nuestro Señor le dijo al Padre, en su oración
 
sacerdotal: 
 
   &quot;He procurado que te conociesen aquellos que tú sacaste del mundo
 
para confiármelos a mí. Eran tuyos; tú me los confiaste, y han
 
obedecido tu mensaje. Ahora han llegado a comprender que todo lo que me
 
confiaste es tuyo y han aceptado esta enseñanza que tú me diste.
 
Ahora saben con absoluta certeza que yo he venido de ti y han creído
 
que fuiste tú quien me enviaste... Haz que sean completamente tuyos
 
por medio de la verdad; tu mensaje es la verdad. Yo los he enviado al
 
mundo, como tú me enviaste a mí. Por ellos yo me consagro a ti, para
 
que también ellos te sean totalmente consagrados por medio de la
 
verdad. Y no te ruego sólo por ellos; te ruego también por todos los
 
que han de creer en mí por medio de su mensaje. Te pido que todos
 
vivan unidos. Padre, como tú estás en mí y yo en ti, que también
 
ellos estén unidos a nosotros. De este modo, el mundo podrá creer
 
que tú me has enviado. Yo les he dado a ellos la gloria que tú me
 
diste a mí, de manera que sean uno, como lo somos nosotros. Yo en
 
ellos, y tú en mí, para que lleguen a la unión perfecta; así el
 
mundo reconocerá que tú me has enviado y que los amas a ellos como
 
me amas a mí. Padre, es mi deseo que todos éstos que tú me has
 
confiado lleguen a estar conmigo donde esté yo, para que gocen
 
contemplando mi gloria, la gloria que tú me diste, porque ya me amabas
 
antes que el mundo existiese&quot; (JN. 17, 6-8. 17-25). 
 
   Agradezcámosle al Dios Uno y Trino todo lo que ha hecho por
 
nosotros. Démosle gracias al Padre por habernos creado, al Hijo por
 
habernos redimido, y, al Espíritu Santo, por darnos la vida natural, y
 
la vida eterna que aguardamos. 
 
   Os deseo, no sólo una feliz Navidad, sino una feliz vida, en que le
 
pido a Dios que os colme de bendiciones, y os conceda la plenitud de la
 
felicidad. 
 
José Portillo Pérez 
 
joseportilloperez@gmail.com 
 
http://trigodedios.blogia.com 
 
 
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</item>

<item>
 <title>Misa de la Aurora de Navidad.</title>
 <link>http://www.egrupos.net/grupo/padrenuestro/archivo/rsg/933</link>
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 <guid>http://www.egrupos.net/grupo/padrenuestro/archivo/msg/933/</guid>
 <pubDate>Wed, 21 Dec 2011 22:02:09 +0100</pubDate>
 <author>José Portillo Pérez &lt;loli627167575@gmail.com&gt;</author>
 <description><![CDATA[
   Padre nuestro. 
 
   Domingo, 25/12/2011, Misa de la Aurora de la Solemnidad de la
 
Natividad del Señor. 
 
   Imitemos a los pastores que adoraron al Niño Dios en Belén. 
 
   Meditación del Evangelio (LC. 2, 15b-20). 
 
   Estimados hermanos y amigos: 
 
   Al celebrar la Misa de la media noche de la Solemnidad que estamos
 
viviendo, empezamos a conmemorar la Natividad de Nuestro Salvador. La
 
Iglesia que ha pasado horas contemplando el Nacimiento de Jesús, nos
 
propone que imitemos la conducta de aquellos humildes pastores que lo
 
adoraron en la gruta de Belén. 
 
   Veamos el contexto en que se desarrolla el relato que estamos
 
considerando. 
 
   &quot;Había en la misma comarca unos pastores, que dormían al raso y
 
vigilaban por turno durante la noche su rebaño. Se les presentó el
 
Angel del Señor, y la gloria del Señor los envolvió en su luz; y
 
se llenaron de temor. El ángel les dijo: «No temáis, pues os
 
anuncio una gran alegría, que lo será para todo el pueblo: os ha
 
nacido hoy, en la ciudad de David, un salvador, que es el Cristo
 
Señor; y esto os servirá de señal: encontraréis un niño
 
envuelto en pañales y acostado en un pesebre.&quot; Y de pronto se juntó
 
con el ángel una multitud del ejército celestial, que alababa a
 
Dios, diciendo: «Gloria a Dios en las alturas y en la tierra paz a los
 
hombres en quienes él se complace&quot;&quot; (LC. 2, 8-14). 
 
   Es importante recordar que los ángeles no les dieron la buena
 
noticia del Nacimiento del Niño Dios a los saduceos, -los cuales
 
constituían la clase sacerdotal de Palestina-, ni a los fariseos,
 
-quienes eran grandes conocedores y estrictos cumplidores de la Ley
 
religiosa-cívica-, ni a Herodes, -el Rey-, sino a unos pobres
 
pastores, quienes tenían fama de ser ladrones, por causa de su estado
 
social, que los obligaba a robar, para poder sobrevivir. 
 
   Los pastores recibieron la visita de los ángeles cuando estaban
 
turnándose para vigilar sus rebaños. Este hecho nos hace pensar que
 
Dios se nos puede manifestar en cualquier momento de nuestra vida, y que
 
por ello debemos estar atentos a sus revelaciones, porque su voluntad
 
consiste, en hacernos vivir en su presencia, para que así podamos
 
alcanzar, la plenitud de la felicidad. 
 
   &quot;Y sucedió que cuando los ángeles, dejándoles, se fueron al
 
cielo, los pastores se decían unos a otros: «Vayamos, pues, hasta
 
Belén y veamos lo que ha sucedido y el Señor nos ha manifestado&quot;&quot;
 
(LC. 2, 15). 
 
   Los citados pastores sintieron curiosidad por comprobar la veracidad
 
del anuncio que les hicieron los ángeles. Nosotros también
 
deberíamos tener curiosidad y un gran deseo de conocer la Palabra de
 
Dios, porque, de la aceptación de la misma, depende el hecho de que
 
podamos alcanzar la felicidad, tanto en esta tierra, como en el Reino de
 
Dios, cuando el mismo sea plenamente instaurado, entre nosotros. 
 
   Tal como los pastores dejaron sus rebaños bajo el cuidado de
 
algunos de sus compañeros, y fueron a adorar a Jesús, nosotros
 
deberíamos pensar en hacer todo lo que esté a nuestro alcance, para
 
encontrar el tiempo que necesitamos, para servir al Dios Uno y Trino, en
 
sus hijos los hombres. 
 
   &quot;Y fueron a toda prisa, y encontraron a María y a José, y al
 
niño acostado en el pesebre&quot; (LC. 2, 16). 
 
   Los pastores no fueron a Belén tranquilamente para verificar lo que
 
les habían dicho los ángeles, así pues, San Lucas nos dice que
 
fueron corriendo a encontrarse con Nuestro Salvador. Este hecho me
 
sugiere la idea de que deberíamos ocuparnos seriamente de nuestra
 
instrucción religiosa. Tal como nos gusta conocer profundamente a
 
nuestros familiares y amigos, así deberíamos ser conocedores del
 
Dios Uno y Trino, porque El se siente dichoso al concedernos sus dones y
 
virtudes, por medio del Espíritu Santo. Existen muchas cosas que nos
 
distraen a la hora de formarnos espiritualmente, de manera que acabamos
 
por obviar el conocimiento de la voluntad divina, cuyo cumplimiento, es
 
lo mejor que puede sucedernos. 
 
   &quot;Al verlo, dieron a conocer lo que les habían dicho acerca de aquel
 
niño; y todos los que lo oyeron se maravillaban de lo que los pastores
 
les decían... Los pastores se volvieron glorificando y alabando a Dios
 
por todo lo que habían oído y visto, conforme a lo que se les
 
había dicho&quot; (LC. 2, 17-18. 20). 
 
   Los pastores, apenas vieron al pequeño Jesús, empezaron a dar
 
testimonio de la experiencia que habían tenido, al encontrarse con el
 
Redentor de las naciones, no en un lujoso palacio rodeado de riquezas y
 
de siervos, sino sumido en la más absoluta pobreza, tal como estaban
 
ellos, porque Jesús no es el clásico predicador que dice que hay que
 
servir a los pobres y se olvida de los tales en cada ocasión que tiene
 
la oportunidad de beneficiarlos, así pues, Nuestro Señor, fue pobre
 
entre los pobres, porque, al adquirir la experiencia del sufrimiento,
 
-que nadie puede experimentar al nivel que El lo hizo, porque es
 
sumamente perfecto-, se sintió más identificado, con quienes fueron
 
sus predilectos. 
 
   Los pastores no cesaban de dar testimonio de su encuentro con el
 
Niño Dios en la cueva de Belén. Igualmente, si estuviéramos
 
orgullosos de ser hijos de Dios, nosotros también buscaríamos la
 
manera de aumentar el número de hijos de la Iglesia, dedicándonos a
 
predicar el Evangelio. 
 
   El hecho de celebrar la Natividad de Jesús, ha tenido la
 
consecuencia, de que los niños, sean grandes protagonistas de la
 
Navidad. En este tiempo, quienes esperan ser padres, -especialmente, si
 
lo hacen por primera vez-, al contemplar a Jesús en Belén, junto a
 
María y José, sienten una gran ilusión, por saber cómo será su
 
hijo, e incluso planean cómo será la educación que le darán.
 
Este es un tiempo excelente para jugar con los niños, y para ayudar a
 
aquellos en quienes se refleja perfectamente la imagen de Nuestro
 
Salvador, por causa de su pobreza. 
 
   Los pastores no sólo anunciaron lo que habían visto y oído,
 
sino que también glorificaron y alabaron a Dios, tanto por haberse
 
hecho Niño y pobre, como por habérseles manifestado a ellos, que
 
eran sumamente indigentes. 
 
   Quizá nos sucede que servimos al Señor ocasionalmente, pero no le
 
dedicamos tiempo a la oración, porque nuestra fe es muy débil.
 
Aunque en el mundo hacen faltan muchos predicadores y trabajadores que
 
realicen otras actividades necesarias en la viña del Señor, si el
 
trabajo que realizamos para servir a Dios no está iluminado por la
 
oración, es un servicio social útil, pero le falta ser hecho con la
 
caridad espontánea que podemos vivir, si le dedicamos horas, tanto a
 
nuestra instrucción religiosa, como a hablar con Dios y sus Santos. 
 
   &quot;María, por su parte, guardaba todas estas cosas, y las meditaba en
 
su corazón&quot; (LC. 2, 19). 
 
   María Santísima debía sentir una gran felicidad por el hecho de
 
tener a su Hijo entre sus brazos, pero, a pesar de ello, no dejaba de
 
meditar los acontecimientos religiosos, que surgían en torno al
 
anuncio del Nacimiento, y la vida de Nuestro Salvador. 
 
   María aceptó ser la Madre de Jesús cuando se le manifestó el
 
Arcángel San Gabriel en nombre de Dios, y, milagrosamente, estaba
 
destinada a contraer matrimonio con un gran Santo, que rehusó a
 
apedrearla por haberle sido infiel supuestamente, y aceptó la
 
paternidad del Señor, porque también le fue comunicado en sueños
 
que su prometida no le había sido infiel, y que, el Hijo que iba a dar
 
a luz, era fruto del Espíritu Santo. 
 
   Cuando Nuestra Santa Madre se gozó por ver a su Hijo recién
 
nacido, unos pastores, avisados por ángeles, fueron a adorar a Nuestro
 
Redentor, lo cuál era otro hecho misterioso. 
 
   Nuestra vida es parecida a la experiencia que tuvo María de Nazaret
 
con respecto a la vida de Jesús. Tenemos dificultades muy variadas,
 
somos víctimas de enfermedades, experimentamos el dolor de la
 
separación cuando fallecen nuestros familiares y amigos queridos, y,
 
aunque no podemos averiguar satisfactoriamente la necesidad que tenemos
 
de vivir dichas experiencias, no nos desanimamos, porque recordamos las
 
siguientes palabras de San Pablo: 
 
   &quot;Estamos seguros, además, de que todo se encamina al bien de los
 
que aman a Dios, de los que han sido elegidos conforme a su designio&quot;
 
(ROM. 8, 28). 
 
   Cuando nos quejamos por causa de nuestras dificultades, nos acusamos
 
de que no tenemos fe, porque tenemos la costumbre de reprocharnos
 
excesivamente nuestros defectos, lo cual se debe a nuestro bajo nivel de
 
autoestima. 
 
   ¿Debemos considerarnos pecadores al quejarnos porque sufrimos? 
 
   En el libro de los Salmos, leemos: 
 
&quot;Sálvame; ten piedad de mí&quot; (CF. SAL. 26, 11). 
 
   Si el Salmista le suplicó a Dios, ello sucedió porque se quejó
 
por causa de sus dificultades. 
 
   Jesús también se lamentó por causa de la Pasión y muerte que
 
debía afrontar, para demostrarnos que Dios nos ama. 
 
   &quot;Se trata del mismo Cristo que durante su vida mortal oró y
 
suplicó con fuerte clamor, con lágrimas incluso, a quien podía
 
liberarle de la muerte; y ciertamente fue escuchado por Dios, en
 
atención a su actitud de acatamiento. Pero Hijo (primogénito del
 
Padre) y todo como era, aprendió en la escuela del dolor lo que cuesta
 
obedecer&quot; (HEB. 5, 7-8). 
 
   No somos pecadores si nos quejamos de nuestras dificultades, pero no
 
debemos permitir que nuestras quejas se conviertan en amargura
 
frustrante, porque no debemos dejar de creer, ni en Dios, ni en
 
nosotros, que, por ser sus hijos, no tenemos por qué pensar, que somos
 
incapaces de ser perfeccionados por El porque, aunque Nuestro Padre
 
común prueba nuestra fe, mediante las dificultades que vivimos, no
 
dejará de realizar en nuestra vida, su obra salvadora. 
 
   Os deseo, no sólo una feliz Navidad, sino una feliz vida, en que
 
Dios os colme de sus bendiciones, y os haga plenamente felices. 
 
   José Portillo Pérez 
 
joseportilloperez@gmail.com 
 
http://trigodedios.blogia.com 
 
 
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                 ]]> </description>
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<item>
 <title>Misa de media noche de Navidad.</title>
 <link>http://www.egrupos.net/grupo/padrenuestro/archivo/rsg/932</link>
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 <guid>http://www.egrupos.net/grupo/padrenuestro/archivo/msg/932/</guid>
 <pubDate>Tue, 20 Dec 2011 21:26:42 +0100</pubDate>
 <author>José Portillo Pérez &lt;loli627167575@gmail.com&gt;</author>
 <description><![CDATA[
   Padre nuestro. 
 
   Domingo, 25/12/2012, Misa de media noche de la Solemnidad de la
 
Natividad del Señor. 
 
   No dejemos de aumentar nuestro círculo de relaciones. 
 
   Estimados hermanos y amigos: 
 
   Un año más, estamos celebrando la Navidad. Nos hemos vuelto a
 
reunir con nuestros familiares y amigos, porque esta es una ocasión en
 
que intentamos olvidar nuestros problemas, y dejar a un lado los
 
rencores que dificultan algunas de las relaciones que mantenemos, porque
 
tenemos muy arraigada la costumbre de reunirnos, en la santa noche en
 
que el Niño Dios nació, para demostrarnos cómo nos ama el Dios Uno
 
y Trino. 
 
   Las calles de nuestros pueblos y ciudades se han llenado de luces,
 
indicándonos que ha llegado el tiempo en que tenemos que comprar
 
muchos regalos para repartir, lo cual es cada año una tarea más
 
difícil para quienes tienen una buena posición económica, porque,
 
¿qué les regalarán a sus familiares y amigos, que ya no hayan
 
conseguido los mismos con anterioridad? 
 
  Cada época del año está asociada a una serie de tradiciones, y,
 
aunque ello es positivo, debemos evitar actuar por inercia, con tal de
 
que podamos valorar al Dios que se hizo Hombre para salvarnos, a
 
nuestros familiares y amigos, a nosotros mismos, y las posesiones que,
 
gracias a Dios, hemos podido conseguir. 
 
   La Navidad es un tiempo propicio para que hagamos un recuento de los
 
éxitos que hemos logrado a lo largo de nuestra vida, porque, al estar
 
acostumbrados a olvidar lo bueno que hemos hecho, y al considerar
 
demasiado los fracasos que hemos vivido, podemos hacer que la amargura
 
nos corroa el alma en estos días tan entrañables, en que Dios nos
 
invita a dar y recibir amor sin tacañería, pero no un amor basado en
 
la compra de bienes materiales, -en el reparto de regalos que serán
 
intercambiados por otros bienes de igual o mayor valor del de las
 
dádivas que concederemos-, sino en la imitación del modo en que Dios
 
derrama incesantemente su misericordia sobre nosotros. 
 
   Por causa de la publicidad con que somos bombardeados durante el
 
Adviento y la Navidad, tenemos muchas sugerencias para vivir la Navidad,
 
haciéndonos regalos y celebrando grandes fiestas, lo cual no es malo
 
en absoluto, siempre que no dejemos de satisfacer las necesidades de
 
nuestros familiares, no nos olvidemos de socorrer a los más
 
necesitados de bienes espirituales y materiales de nuestro mundo, y, si
 
somos cristianos, evitemos el hecho de olvidar contribuir a sostener las
 
obras de nuestra Iglesia, de las cuales, en este tiempo de crisis
 
económica, yo les daría preferencia a la predicación del
 
Evangelio, -porque la misma puede hacernos solidarios con nuestros
 
prójimos los hombres-, y a la ayuda a los más necesitados de bienes
 
espirituales y materiales. 
 
   La Navidad es un tiempo en que pensamos mucho en los sueños que
 
tenemos y aún no hemos cumplido. Si creemos que no podemos realizar
 
las citadas aspiraciones, y no tenemos un buen círculo de relaciones,
 
dada la necesidad que en este tiempo tenemos de no estar solos, podemos
 
tener todo lo necesario, para ser víctimas de una profunda tristeza. 
 
   ¿Por qué tenemos una gran necesidad de rehuir la soledad en
 
Navidad? Necesitamos no sentirnos solos durante todo el año, pero,
 
durante la Navidad, al ver que la sociedad está de fiesta, y cómo la
 
gente se saluda, habla entre sí más de lo habitual, e intercambia
 
regalos, en el caso de sentirnos solos, podemos ser más conscientes de
 
la necesidad que tenemos de tener buenas relaciones. 
 
   En este tiempo en que nos vienen a la mente recuerdos y emociones que
 
han marcado nuestra vida, tenemos una gran necesidad de tener familiares
 
y amigos con quienes compartir largas horas de conversación, porque la
 
publicidad que bombardea a la sociedad que se mueve por el interés de
 
los bienes materiales, juega con nuestra psicología con mucha
 
habilidad, haciéndonos creer, -sin que nos percatemos de ello-, que,
 
si no adquirimos muchos bienes, y no tenemos relaciones, no podemos ser
 
felices, y, por ello, no tiene sentido, el hecho de celebrar la Navidad. 
 
   Hay gente solitaria que no se entristece por causa de su situación,
 
pues se adapta a su situación actual. Tal es el caso de quienes tienen
 
que trabajar haciendo guardia en hospitales y en otros lugares, y,
 
aunque muchos de los tales no sean solitarios, lo normal es que quienes
 
se sienten tristes por su soledad no piensen en ellos, en el sentido de
 
intentar llegar a la conclusión de que no son los únicos que no
 
pueden asistir a las celebraciones navideñas, sino que piensan que el
 
mundo está de fiesta, y que ellos sufren por situaciones de las que
 
piensan que no pueden, o no saben remediar. 
 
   La soledad no es un mal exclusivo de la Navidad, pues caracteriza la
 
vida de mucha gente en nuestro tiempo. Vivimos en un mundo caracterizado
 
por el stress y las prisas, y puede sucedernos que no tengamos el tiempo
 
necesario para mantener relaciones satisfactorias con nuestros
 
familiares y amigos. Si no nos relacionamos tal como debemos hacerlo con
 
nuestros seres queridos, no podremos evitar que, al perder la confianza
 
que tenemos con los mismos sin percatarnos de ello, se debiliten las
 
relaciones que mantenemos con los tales. 
 
   En esta Navidad, deberíamos plantearnos la posibilidad de aumentar
 
el tiempo que pasamos con nuestros familiares, especialmente con los
 
niños y los ancianos. En ciertas situaciones, sucede que los niños
 
no carecen de bienes materiales, pero crecen sin disfrutar del afecto de
 
sus padres. Igualmente, los ancianos, aunque comprenden que sus hijos
 
viven consagrados a la realización de sus actividades laborales, se
 
sienten solos. 
 
   Quienes se sienten desamparados en el tiempo de Navidad, deben pensar
 
que el problema que tienen no es exclusivo de ellos, pues afecta a mucha
 
gente, durante todo el año. Es importante que quienes se afectan por
 
su soledad valoren las relaciones que tienen en su justa medida, los
 
éxitos que han cosechado y los bienes que han conseguido, con tal de
 
evitar sumirse en un estado de depresión frustrante. 
 
   La soledad que podemos sentir en muchas ocasiones, no proviene del
 
hecho de que no mantenemos buenas relaciones, pues está fundamentada
 
en nuestra baja autoestima, que nos impide valorar todos los aspectos
 
positivos de nuestra vida, y nos insta a restarnos el valor personal que
 
nos caracteriza. Si yo no me valoro como persona, -y, al ser cristiano,
 
no me valoro como un hijo amado por Dios-, cuanto más me valoren mis
 
familiares y amigos, más perderán los tales el tiempo, porque sólo
 
pensaré en la idea de que soy un fracasado. 
 
   ¿Por qué atraemos los recuerdos dolorosos en Navidad, y olvidamos
 
los acontecimientos que nos han hecho felices, aunque sólo haya sido
 
durante un corto espacio de tiempo? Debemos ser fuertes para evitar la
 
presencia de recuerdos dolorosos en nuestra mente, para sustituir los
 
mismos por pensamientos más placenteros. 
 
   En el caso de que no podamos reunirnos con nuestros familiares y
 
amigos, porque no nos tratamos con ellos, o porque vivimos lejos de
 
quienes amamos, podemos valorar la posibilidad de relacionarnos con
 
otras personas con tal de tener nuevas relaciones, por ejemplo, formando
 
parte de un voluntariado, lo cual no sólo nos beneficiará en nuestra
 
búsqueda de amistades, sino que, al recordarnos que hay quienes sufren
 
más que nosotros en el mundo, encontraremos fuerza para seguir
 
enfrentando y confrontando las dificultades características de nuestra
 
vida. 
 
   Si intentamos aumentar nuestro círculo de relaciones, debemos
 
recordar que las grandes amistades se afianzan con el paso del tiempo.
 
Necesitamos abrirnos mentalmente al mundo, para que el mundo se abra a
 
nosotros, y no desanimarnos en nuestro empeño de evitar el
 
aislamiento, aunque sean muchos los fracasos que dificulten la
 
consecución de nuestra meta. 
 
   Recordemos que la gente no sabe que estamos solos en nuestra casa. DE
 
la misma manera que quienes se casan necesitan independizarse de sus
 
padres, para constituirse en familia, si necesitamos tener amigos, somos
 
nosotros quienes tenemos que explotar todos los recursos de nuestra
 
imaginación, con tal de encontrarlos. 
 
   No todas las relaciones que mantenemos llegan a ser grandes
 
amistades, pero no por ello son inicuas las interacciones que tenemos
 
con mucha gente. Quienes tengan dificultades para mantener relaciones,
 
pueden empezar a enfrentarse a su problema, saludando a la cajera del
 
centro comercial al que suelan ir, hablando con quienes tengan confianza
 
más a menudo, y apoyándose en la ayuda que pueden prestarles,
 
aquellos de sus familiares y amigos, que son muy abiertos de mente. Hay
 
que evitar el aislamiento no adoptando el hábito de expresar los
 
pensamientos, intentando ocultarlos, pensando el efecto negativo que
 
pueden tener, en nuestros interlocutores. 
 
   Imitemos a Dios esta Navidad, pensando en quienes sabemos que están
 
más aislados en nuestro círculo social, e intentemos acercarnos a
 
ellos. Tengamos en cuenta que puede suceder que haya quienes tengan
 
problemas relacionales causados por la timidez, la incomunicación que
 
ha marcado su vida, u otros factores, que no podrán relacionarse
 
adecuadamente con nadie, hasta que un profesional los ayude a vencer sus
 
obstáculos. 
 
   Si la bondad de Dios se ha manifestado en el mundo por medio de
 
Cristo, hagamos que esa bondad acabe con la incomunicación de quienes
 
se sienten tristes, para que, de paso, aumentemos nuestro círculo de
 
relaciones, porque ello es positivo, tanto para quienes se sienten
 
solos, como para nosotros. 
 
   En esta santa noche en que recordamos el Nacimiento de Nuestro
 
Salvador, os deseo una feliz Navidad, y que Dios os ayude a realizar
 
vuestras más anheladas aspiraciones. 
 
   (José Portillo Pérez 
 
joseportilloperez@gmail.com 
 
http://trigodedios.blogia.com 
). 
 
 
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                 ]]> </description>
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 <title>Vigilia de Navidad.</title>
 <link>http://www.egrupos.net/grupo/padrenuestro/archivo/rsg/931</link>
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 <pubDate>Tue, 20 Dec 2011 16:15:26 +0100</pubDate>
 <author>José Portillo Pérez &lt;loli627167575@gmail.com&gt;</author>
 <description><![CDATA[
   Padre nuestro. 
 
   Sábado, 24/12/2011, Misa de la Vigilia de la Solemnidad de Navidad. 
 
 
 
   1. Comentario de la primera lectura (IS. 62, 1-5). 
 
&quot;Por amor de Sión no he de callar, 
por amor de Jerusalén no he de estar quedo, 
hasta que salga como resplandor su justicia, 
y su salvación brille como antorcha&quot; (IS. 62, 1). 
 
   Estimados hermanos y amigos: 
 
   Faltan escasas horas para que empecemos a celebrar el acontecimiento
 
que hemos esperado expectantes durante las cuatro semanas que se ha
 
prolongado el tiempo de Adviento. Quienes hemos meditado la Palabra de
 
Dios valiéndonos de la Liturgia de la Iglesia durante los Domingos
 
anteriores a la Solemnidad de la Natividad de Nuestro Salvador, hemos
 
recordado, que no debemos aprender a interpretar la Palabra de Dios
 
exclusivamente en nuestro beneficio, pues debemos ser predicadores de fe
 
y justicia, ora en nuestro entorno, ora en cualquier parte del mundo,
 
bien presencialmente, o bien valiéndonos de los medios de
 
comunicación, que podamos utilizar, para cumplir la voluntad de
 
Nuestro Santo Padre, de evangelizar a la humanidad. 
 
   El Profeta Isaías nos dice, en el texto que estamos considerando: 
 
&quot;Por amor de Sión no he de callar&quot;. 
 
   ¿Cuál es la causa por la que debemos compartir la fe que nos
 
caracteriza, con nuestros familiares y amigos, y con quienes estén
 
dispuestos a conocerla y aceptarla? 
 
   Tal causa, es el amor que sentimos por nuestro Dios, cuyo
 
conocimiento queremos que se extienda por toda la tierra, y el amor que
 
sentimos por nuestros prójimos los hombres, pues ellos también son
 
parte de la ciudad de Dios, esa Jerusalén celestial, por cuyo amor el
 
Profeta Isaías se jugó la vida, sabiendo que, al estar de parte de
 
Dios, no tenía nada que perder, pero sí tenía mucho que ganar. 
 
&quot;Por amor de Jerusalén no he de callar, 
por amor de Jerusalén no he de estar quedo&quot;. 
 
   Isaías indica dos veces que el amor que siente por la ciudad de
 
Dios le impide dejar de predicar, para subrayar cuál es el motivo que
 
lo mueve a sufrir lo que le sea necesario, con tal de extender, todo lo
 
que pueda, su conocimiento de Yahveh. 
 
   ¿Amamos a Dios como amó el Profeta Isaías a Nuestro Padre
 
común? 
 
   ¿Hasta cuándo debemos anunciarles el Evangelio a quienes quieran
 
oírnos? 
 
&quot;Hasta que salga como resplandor su justicia, 
y su salvación brille como antorcha&quot;. 
 
   En el lenguaje bíblico, la justicia, tal como la entendemos
 
nosotros, equivale a la segunda acepción del significado de dicha
 
palabra, pues, el primer significado, es el de la fe. 
 
   Isaías nos invita a predicarles el Evangelio a nuestros oyentes y
 
lectores, hasta que la fe de los mismos, y su capacidad de practicar la
 
justicia, resplandezcan, para que, la salvación con que Dios
 
compensará el amor que han de sentir por El, brille como una antorcha. 
 
   El texto que estamos considerando, se refiere, -en el campo de la
 
Escatología-, al estado en que vivirán los elegidos de Dios cuando
 
nuestra tierra sea el Reino de Nuestro Santo Padre. Es esta la razón
 
por la que el Profeta nos sigue diciendo: 
 
&quot;Verán las naciones tu justicia, 
todos los reyes tu gloria, 
y te llamarán con un nombre nuevo 
que la boca de Yahveh declarará&quot; (IS. 62, 2). 
 
   ¿Ven nuestros prójimos los hombres nuestra justicia? 
 
   ¿Se percatan quienes nos conocen de que actuamos impulsados por la
 
fe que nos caracteriza, y de que hacemos el bien, no sólo porque ello
 
es bueno y grato a nuestros ojos, sino que también lo hacemos para
 
cumplir la voluntad de Nuestro Santo Padre? 
 
   Los reyes del mundo verán la gloria de los hijos de Dios, la cuál
 
será mayor que la gloria de quienes hayan acumulado más riquezas, a
 
lo largo de la Historia. Tal gloria se refiere al hecho de que viviremos
 
en un mundo en que no existirá el sufrimiento en ninguna de las formas
 
en que se manifiesta actualmente. 
 
   Para los hebreos, el hecho de conocer el nombre de una persona,
 
significaba tener cierto dominio sobre la misma. El hecho de que Dios
 
nos dará un nombre nuevo a sus creyentes cuando concluya plenamente la
 
instauración de su Reino entre nosotros, significa que seremos el
 
pueblo de su propiedad, una familia que vivirá totalmente consagrada
 
(dedicada a cumplir la voluntad divina) a su Creador. 
 
&quot;Serás corona de adorno en la mano de Yahveh, 
y tiara real en la palma de tu Dios. 
No se dirá de ti jamás &quot;Abandonada&quot;, 
ni de tu tierra se dirá jamás &quot;Desolada&quot;, 
sino que a ti se te llamará &quot;Mi Complacencia&quot;, 
y a tu tierra, &quot;Desposada&quot;. 
Porque Yahveh se complacerá en ti, 
y tu tierra será desposada. 
Porque como se casa joven con doncella, 
se casará contigo tu edificador, 
y con gozo de esposo por su novia 
se gozará por ti tu Dios&quot; (IS. 62, 3-5). 
 
   Durante las semanas que se prolonga el Adviento, la Iglesia nos insta
 
a recordar las dos venidas de Jesús a este mundo. La Eucaristía de
 
la Vigilia de Navidad, nos recuerda la esperanza que tenemos en que
 
Jesús vuelva a encontrarse con nosotros, para que así, las tres
 
celebraciones eucarísticas siguientes de esta Solemnidad -la Misa de
 
media noche, la Eucaristía del alba y la del día-, nos ayuden a
 
visualizar el día del retorno de Nuestro Salvador, que aguardamos con
 
fe. De la misma manera que vamos a celebrar el Nacimiento de Jesús,
 
llegará el día en que el Señor venga a nuestro encuentro, para
 
hacer de la tierra su Reino. En la Profecía de Isaías, se nos
 
describe el citado día en términos escatológicos, indicándosenos
 
que viviremos en un mundo purificado del pecado, en que no existirá el
 
sufrimiento. 
 
&quot;Mirad que Yahveh hace oír 
hasta los confines de la tierra: 
«Decid a la hija de Sión: 
Mira que viene tu salvación; 
mira, su salario le acompaña, 
y su paga le precede. 
Se les llamará &quot;Pueblo Santo&quot;, 
&quot;Rescatados de Yahveh&quot;; 
y a ti se te llamará &quot;Buscada&quot;, 
&quot;Ciudad no Abandonada&quot;&quot; (IS. 62, 11-12). 
 
   La salvación divina viene acompañada del salario con que Dios ha
 
prometido vivificar a los hombres, y de la paga correspondiente a la fe
 
que todos tenemos en Nuestro Santo Padre, y a las obras benéficas que
 
hemos llevado a cabo, porque, el primer Obispo de Jerusalén,
 
escribió en su Carta -o Epístola- bíblica: 
 
   &quot;Imaginad el caso de un hermano o una hermana que andan mal vestidos
 
y   faltos del sustento diario. Si acuden a vosotros y les decís:
 
&quot;Dios os ampare, hermanos; que   encontréis con qué abrigaros y
 
quitar el hambre&quot;, pero no les dais nada   para remediar su necesidad
 
corporal, ¿de qué les servirán vuestras palabras? Así es la fe:
 
si no produce obras, está muerta en su raíz. Se puede también
 
razonar de esta manera: tú dices que tienes fe; yo, en   cambio, tengo
 
obras. Pues a ver si eres capaz de mostrar tu fe sin obras,    que yo,
 
por mi parte, mediante mis obras te mostraré mi fe&quot; (ST. 2, 15-18). 
 
   Es interesante el reto que les propone Santiago a quienes dicen que
 
no nos es necesario hacer el bien para ser salvos. Es verdad que Dios
 
nos salvará porque nos ama, y no lo hará por causa de nuestras obras
 
benéficas, pero, si no hacemos el bien, ¿cómo podremos demostrar
 
la fe que nos caracteriza? ¿Cómo podrá demostrarle un hijo a su
 
padre enfermo que lo ama, si no lo socorre cuando más lo necesita? 
 
&quot;Mirad que Yahveh hace oír 
hasta los confines de la tierra&quot; (CF. IS. 62, 11). 
 
  ¿Cómo hace Dios que su Palabra se oiga hasta los confines de la
 
tierra? 
 
   Dios se vale de la Biblia para difundir su Palabra, así como
 
también lo hace de sus predicadores, de la naturaleza, y de nuestras
 
circunstancias vitales. Si verdaderamente deseamos conocer a Dios,
 
cualquier cosa que nos suceda, será interpretada como un intento de
 
Nuestro Santo Padre, de acercarse a nosotros. 
 
   Por la fe que nos caracteriza, creemos que somos el &quot;Pueblo Santo de
 
Dios&quot;, los &quot;Rescatados de Yahveh&quot;, porque Jesús nos redimió mediante
 
su Pasión, muerte y Resurrección, los hijos de la ciudad divina
 
conocida como &quot;Buscada&quot; por el Señor, quien tanto se ha esforzado en
 
convertirnos a su Evangelio de salvación, la &quot;Ciudad no Abandonada de
 
Yahveh&quot;, a pesar de nuestras infidelidades. 
 
   ¿Tenemos dificultades? 
 
   ¿SE nos debilita la fe por causa de la preocupación que nos
 
causan los problemas que tenemos? 
 
   Isaías nos dice a los habitantes de la futura Jerusalén
 
celestial, -la cual será la capital del mundo-, que &quot;no se dirá de
 
ti jamás abandonada&quot;, porque, aunque tarde en socorrernos, con tal de
 
probar la fe que tenemos en El, Dios nos dice, por medio del Salmista: 
 
&quot;DE Yahveh penden los pasos del hombre, 
firmes son y su camino le complace; 
aunque caiga, no se queda postrado, 
porque Yahveh la mano le sostiene. 
Fui joven, ya soy viejo, 
nunca vi al justo abandonado, 
ni a su linaje mendigando el pan&quot; (SAL. 37, 23-25). 
 
&quot;Escucha, Yahveh, mi voz que clama, 
¡tenme piedad, respóndeme! 
Dice de ti mi corazón: 
«Busca su rostro.&quot; 
Sí, Yahveh, tu rostro busco: 
No me ocultes tu rostro. 
No rechaces con cólera a tu siervo; 
tú eres mi auxilio. 
No me abandones, no me dejes, 
Dios de mi salvación. 
Si mi padre y mi madre me abandonan, 
Yahveh me acogerá&quot; (SAL. 27, 7-10). 
 
   Somos los hijos de una Tierra Santa de la que no se dirá jamás
 
&quot;Desolada&quot;, porque el Señor no permitirá que seamos probados por el
 
sufrimiento, más allá de la fuerza que tenemos para soportarlo,
 
así pues, San Pablo, nos dice: 
 
   &quot;Hasta ahora, ninguna prueba os ha sobrevenido que no pueda
 
considerarse humanamente soportable. Por lo demás, Dios es fiel y no
 
permitirá que seáis puestos a prueba más allá de vuestras
 
fuerzas; al contrario, junto con la prueba os proporcionará también
 
la manera de superarla con éxito&quot; (1 COR. 10, 13). 
 
   Esperamos que llegue el día en que el Señor nos llame &quot;Mi
 
Complacencia&quot;, porque cumpliremos cabalmente su voluntad, la cual
 
consiste, en que alcancemos la felicidad, viviendo en su presencia. Esta
 
es la razón por la que, San Pedro, nos instruye, y conforta, en los
 
siguientes términos: 
 
   &quot;También vosotros, como piedras vivas, constituís un templo
 
espiritual y un sacerdocio consagrado, que por medio de Jesucristo
 
ofrece sacrificios espirituales y agradables a Dios&quot; (1 PE. 2, 5). 
 
   San Pedro nos dice que somos piedras vivas del edificio de la
 
Iglesia, en el sentido de que, al realizar nuestra vocación,
 
contribuimos al mantenimiento de la institución fundada por Nuestro
 
Señor. 
 
   Somos una raza sacerdotal consagrada a Dios, porque El nos ha
 
destinado a que vivamos cumpliendo su voluntad. 
 
   Los sacrificios que le ofrecemos a Nuestro Santo Padre por medio de
 
Jesucristo, son todo lo que hacemos en el mundo como cristianos,
 
sabiendo que ello obedece al querer del Dios Uno y Trino. 
 
   Somos los hijos de la ciudad &quot;Desposada&quot; con el Señor, porque, en
 
la Biblia, las relaciones existentes entre Dios y sus creyentes, son
 
equiparadas a las relaciones matrimoniales. La Parusía o segunda
 
venida de Nuestro Salvador al mundo, y la conclusión plena de la
 
instauración de su Reino entre nosotros, son las bodas que aguardamos,
 
el compromiso matrimonial que nos unirá a Dios, a quien le
 
permaneceremos fieles, sin volver a pecar, y sin volver a ser víctimas
 
del sufrimiento. 
 
 
 
   2. Comentario del Salmo responsorial (SAL. 88/89, 4-5. 16-17. 27 y
 
29). 
 
   Dios le prometió al Rey David que perpetuaría su Reino.
 
Salomón, -el hijo del citado Rey que heredó el Reinado de su padre,
 
y que lo arruinó por causa de su falta de inteligencia para
 
gobernarlo-, es un símbolo de Jesucristo, el heredero del citado Rey
 
en términos espirituales, cuyo Reinado jamás tendrá fin. 
 
   el Salmo responsorial de esta primera Eucaristía de la Navidad,
 
empieza recordando la promesa que Dios le hizo a David, de perpetuar su
 
Reino, por medio de un descendiente, de quien sabemos que es Jesús. 
 
   Dios, nos dice: 
 
&quot;&quot;Una alianza pacté con mi elegido, 
un juramento hice a mi siervo David: 
Para siempre jamás he fundado tu estirpe, 
de edad en edad he erigido tu trono&quot; (SAL. 88/89, 4-5). 
 
   Debemos considerarnos afortunados al poder aclamar y bendecir a Dios,
 
porque hay millones de personas que carecen de alguien en quien poder
 
confiar, tal como nosotros lo hacemos en Nuestro Padre común. 
 
&quot;Dichoso el pueblo que la aclamación conoce, 
a la luz de tu rostro caminan, oh Yahveh&quot; (SAL. 88/89, 16). 
 
   ¿Cómo podemos caminar a la luz del rostro de Dios? 
 
   En el libro de los Salmos, leemos: 
 
&quot;Yo amo, porque Yahveh escucha 
mi voz suplicante; 
porque hacia mí su oído inclina 
el día en que clamo. 
Los lazos de la muerte me aferraban, 
me sorprendieron las redes del seol; 
en angustia y tristeza me encontraba, 
y el nombre de Yahveh invoqué: 
¡Ah, Yahveh, salva mi alma! 
Tierno es Yahveh y justo, 
compasivo nuestro Dios; 
Yahveh guarda a los pequeños, 
estaba yo postrado y me salvó. 
Vuelve, alma mía, a tu reposo, 
porque Yahveh te ha hecho bien. 
Ha guardado mi alma de la muerte, mis ojos de las lágrimas, 
y mis pies de mal paso. 
Caminaré en la presencia de Yahveh 
por la tierra de los vivos. 
¡Tengo fe, aún cuando digo: 
«Muy desdichado soy»!, 
yo que he dicho en mi consternación: 
«Todo hombre es mentiroso». 
¿Cómo a Yahveh podré pagar 
todo el bien que me ha hecho? 
La copa de salvación levantaré, 
e invocaré el nombre de Yahveh. 
Cumpliré mis votos a Yahveh, 
¡sí, en presencia de todo su pueblo!&quot; (SAL. 116, 1-14). 
 
&quot;«El me invocará: ¡Tú, mi Padre, 
mi Dios y roca de mi salvación! 
Y yo haré de él el primogénito, 
el Altísimo entre los reyes de la tierra. 
«Le guardaré mi amor por siempre, 
y mi alianza será leal con él; 
estableceré su estirpe para siempre, 
y su trono como los días de los cielos&quot; (SAL. 88/89, 27-30). 
 
   Jesús invocó a Nuestro Santo Padre como el Dios y roca de la
 
salvación de su aflicción, y, por causa de su fidelidad, Nuestro
 
Señor fue encumbrado, sobre todos los reyes de la tierra, cuando,
 
después de resucitar de entre los muertos, ascendió al cielo. 
 
   (José Portillo Pérez 
 
joseportilloperez@gmail.com 
 
http://trigodedios.blogia.com 
). 
 
 
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