Las semejanzas se prestan mejor que
las definiciones para referirse a lo que, por naturaleza, es inefable. Por eso
el Señor utiliza parábolas para describir las tan variadas facetas de su
personalidad.
Cristo es la Vid Verdadera que ha
llevado a la plenitud la viña del antiguo Israel, no sólo en cuanto hombre sino
como Verbo Encarnado, principio de la Gracia y Cabeza de la Iglesia que,
habiéndose hecho hombre, nos permite insertarnos en su tronco para unirnos a Él
de manera íntima y orgánica y así tener vida.
El pecado atrofia y aún corta esta
unión impidiendo la acción santificante de la Gracia, sangre de la vida
espiritual, sin la que las cualidades del hombre, por más buenas que parezcan
ser, den buenos frutos. Y finalmente provoca la muerte del sarmiento que, ya
seco, será arrojado al fuego.
Pero aún a sus amigos, a sus
predilectos, quienes según los criterios mundanos deberían recibir los placeres
de una vida cómoda y sin dificultades: ¡Dios, no solamente permite que otros los
poden, sino que los poda Él mismo! Caen sobre las almas más santas persecuciones
y tribulaciones, terribles dramas interiores y aún la misma muerte. Es la poda
del Padre que espera un fruto más sabroso. Por eso, bendigamos y besemos la mano
del Dios que nos poda, esa mano que elimina los obstáculos al paso triunfal de
la vida de Cristo.
Pidamos a la Vid de la que brota el
Vino que embriaga nuestros corazones con la sobreabundancia de Dios, y da vida
al mundo, que, penetrando en nuestro interior con cada Santa Comunión, se
implante en nosotros haciendo que sus afectos y sus voluntades sean los
nuestros, de modo que podamos decir con el Apóstol: "Ya no soy yo quien
vive, es Cristo que vive en mí". (Gal 2, 20).