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Queda la Palabra

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Asunto:[QuedalaPalabra] [Jesus] - Una de las sectas mas falsa, hipocrita, da ñina, criminal y asesina que ha existido en toda la histori a de la humanidad.
Fecha:Martes, 5 de Octubre, 2010  23:11:59 (+0200)
Autor:Colectivo Queda la Palabra <quedalapalabra @.....com>

 
   En verdad te digo que quien participa o
apoya a una secta cuya historia está llena de injusticias, torturas, crímenes y asesinatos de personas que pensaban diferente, es participante y cómplice de todo ello. Maldito malnacido todo aquel que ha provocado o permitido sufrimiento y muerte en mi nombre o el de "dios" (Amor: Justicia, igualdad, compartir y austeridad). Constato su maldición que repercute en su descendencia. Todas estas sectas son las iglesias del "diablo" (individualismo: injusticia, poder, acumulación y dinero).
 
   La mayor prueba de la falsedad de la "iglesia católica, apostólica y romana" está impresa en su propio nombre: "Romana", cuando fueron los romanos (el poder del imperio) quien intentó matarme y persiguió y exterminó a todos los únicos verdaderos cristianos que vivían en comunidad compartiéndolo todo. Constantino I fue quien primeramente compró a unos pocos hipócritas con riquezas y poder para crear dicha maldita secta que continúa representando su poder y ostentación demoníaca en el vaticano. Ésta no es mi casa ni sus miembros mis hermanos.
 
   Los "buenos" son los peores, hipócritas, terroristas contra la Verdad.
 
 
Jesús
 
 
 
GIORDANO BRUNO TENÍA RAZÓN,
Y LA IGLESIA ROMANA ES CULPABLE DE SU ASESINATO
 
 
   Los astrónomos de las universidades de California y Santa Cruz, y del Instituto Carnegie, han comentado alborozados el descubrimiento de un planeta, conocido como Gliese 581g, que reúne las condiciones imprescindibles para tener vida. Orbita junto a otros cinco planetas alrededor de la estrella Gliese 581, una enana roja situada a veinte años luz de nuestro sistema planetario. Su descubridor, el profesor Steven Vogt, ha declarado su convicción de que es segura la existencia de vida en él. Por supuesto, se trata de investigaciones científicas, imposibles de confirmar en la práctica, dadas las enormes distancias siderales que nos separan.
 
   Sin embargo, todo hace suponer que las hipótesis son ciertas, y que podemos admitir que hay vida en otros planetas de otros sistemas estelares en un Universo que parece ser infinito. La divulgación de este descubrimiento ha servido para que el profesor Vogt reciba las felicitaciones de científicos de todo el mundo. En cambio, esas mismas ideas llevaron a Giordano Bruno a morir quemado vivo en una hoguera encendida por la Iglesia catolicorromana hace cuatro siglos.
 
   Bruno (1548-1600) creía en la doctrina de esa misma Iglesia, tanto como para ingresar en la orden dominica, la encargada de manipular el llamado Tribunal del Santo Oficio de la Inquisición, para perseguir, torturar y quemar vivos a los acusados de herejía, brujería, sodomía, leer la Biblia en lenguaje común, discutir los dogmas, poseer libros prohibidos, etcétera. Fue el mayor error de su vida.
 
   Pero este creyente no era un crédulo, sino un filósofo y teólogo, que meditaba sobre las bases de su religión. No fue un científico, aunque sus deducciones se aplicaran a la ciencia. Ordenado sacerdote en 1572, solamente cuatro años después fue acusado de herejía, lo que le obligó a huir de Italia, y peregrinar en busca de libertad por Suiza, Francia, Inglaterra y Alemania, países en los se consideraba a salvo de la Inquisición dirigida por sus antiguos compañeros de la orden dominica.
 
   Sus deducciones filosóficas le obligaron a rechazar las teorías religiosas impuestas por la Iglesia romana, según las cuales nuestro planeta Tierra está fijo en el centro del Universo, que es finito y lo rodea. Bruno llegó a la conclusión de que la Tierra gira alrededor del Sol, y de que hay innumerables planetas orbitando alrededor de sus estrellas en un Universo infinito, por lo que es factible que exista la vida en muchos de ellos. Explicó que el Universo es una unidad en la que reina el orden, lo que le animó a decir que la materia está animada, y su ánima o alma es la natura naturans, el espíritu de los espíritus, por otro nombre Dios.
 
   De modo que Bruno creía en la existencia de Dios, pero por su presencia en el Universo, y no por las revelaciones de la Biblia judeocristiana. Rechazó tanto las declaraciones cosmológicas judías sobre la creación del Universo, como las enseñanzas cristianas a partir de la encarnación milagrosa de Jesús en el seno de una virgen, porque se oponen a ese orden lógico imperante en el Universo, y por lo mismo deben ser falsas.
 
   Escribía en latín y en italiano, y la Iglesia romana quemó en la plaza pública sus obras, además de incluirlas todas ellas en el Index librorum prohibitorum, con pena de muerte para quienes osaran leerlas.
 
   El autor fue detenido por la Inquisición, y encarcelado en sus prisiones romanas el 27 de enero de 1593. Allí fue torturado durante siete años, sin lograr que renegase de sus ideas, por lo que el 8 de febrero de 1600 se le condenó a morir quemado vivo en la hoguera, inculpado de ser un hereje impenitente y contumaz. Según relató un testigo, tuvo la serenidad de decir a sus jueces: “Tembláis más vosotros al dictar esta sentencia que yo al oírla.” Sabía que sus deducciones eran ciertas, y por eso no podía desdecirse de ellas, por fidelidad a la ciencia antes que a una religión falsa.
 
   El 17 de febrero se cumplió la sentencia, y Bruno fue quemado vivo en el Campo dei Fiori de Roma. Era papa Clemente VIII. El impulsor del proceso condenatorio fue el cardenal Roberto Belarmino, el mismo que llevó dieciséis años después el proceso contra Galileo por difundir unas ideas cosmológicas semejantes a las de Bruno, pero con mejor suerte para el acusado por acceder a retractarse de ellas.
 
   La muerte de Bruno y la condena a Galileo sirvieron para que los científicos de los países sometidos a la Iglesia catolicorromana se callaran. Por este motivo la ciencia quedó estancada en esas naciones, mientras se desarrollaba en los países de religión reformada, en los que carecía de autoridad la Inquisición romanista. Es el motivo del atraso científico padecido todavía en Italia, España, Portugal, Bélgica, las naciones hispanoamericanas, y en menor media en la Francia católica, pero enfrentada al poder temporal de Roma con sus ejércitos.
 
   Es culpa de la Inquisición, naturalmente, pero también de los monarcas que aprovecharon el terror impuesto por el sanguinario Tribunal del Santo Oficio para librarse de sus opositores. A los reyes católicos europeos les resultaba muy beneficioso mantener a sus vasallos en el miedo a ser acusados de herejía, con su secuela inevitable en la hoguera, para que no se atrevieran a discrepar de sus órdenes.
 
   Pero la ciencia avanzó en los países libres del fanatismo romanista, y ha demostrado que la Iglesia catolicorromana es una secta integrista enemiga del saber, porque necesita retener a sus fieles en la ignorancia, para así conservar sus privilegios opresores del pueblo.
 
   Nadie, por muy retrógrado intransigente que sea, puede negar hoy que Giordano Bruno estaba en lo cierto, y que la Iglesia romana sostenía creencias erróneas contrarias a la realidad confirmada por la ciencia. Si en el Vaticano cupiese la vergüenza, se declararía santo a Giordano Bruno, puesto que murió por defender la verdad frente a los errores postulados por la Iglesia. Pero esto es imposible, dado que la misma Iglesia defiende la suposición de que no puede equivocarse, al estar dirigida por el Espíritu Santo, y tener al frente a un dictador absoluto que es infalible, según decretó el Concilio Vaticano I.
 
   Sin embargo, la astronomía confirma que Bruno tenía razón, y el papa Clemente VIII era un ignorante, además de un asesino.
 
   Por eso, y por toda su historia de errores y crímenes continuados, el Tribunal Internacional de Justicia debiera prohibir la existencia de esta secta genocida, quemando sus libros doctrinales por ser falsos, igual que sus sectarios han estado haciendo durante veinte siglos con los incluidos en su Index. Pero no se atreve a incoar la causa, y así los papas persisten en promulgar dogmas para oponerse a la investigación científica. Lo único que se ha ganado es que ya no pueden condenar a la hoguera. Sus aniquilaciones de los adversarios son ahora mucho más sutiles.
 
 
Arturo del Villar
Presidente del Colectivo Republicano Tercer Milenio

 
 




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