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Responder a este mensaje
Asunto:[redluzargentina] Juana Azurduy y la Revolución continental. U na historia silenciada. UN articulo de Alberto Lapolla
Fecha:Domingo, 6 de Marzo, 2005  19:54:00 (-0300)
Autor:Alberto Jorge Lapolla <ajlapolla @.........ar>
En respuesta a:Mensaje 166 (escrito por Anahuak Home)

Juana Azurduy y la Revolución continental. Una
historia silenciada
					             Un artículo de Alberto J. Lapolla

Juana de América. La Guerrillera de la Libertad
Francisco de Miranda murió en las mazmorras de
Fernando VII en Cádiz. Mariano Moreno fue envenenado
por el capitán de un barco británico y su cadáver
arrojado al mar, anticipando un destino recurrente
para los revolucionarios argentinos. Manuel Belgrano
murió en la pobreza en 1820, cuando aún la América
necesitaba de sus inigualables servicios. Todavía no
se habían cumplido ocho años de que hubiera salvado a
la Revolución continental en Tucumán. Bolívar murió
solo perseguido por facciones oligárquicas que
combatían su proyecto de unidad continental,
expresando con amargura ‘he sembrado en el viento y
arado en el mar.’ Bernardo O’Higginns fue desterrado y
perseguido luego de luchar toda su vida por la
libertad americana. Monteagudo fue apuñalado en una
oscura calle de Lima.  Dorrego fue fusilado sin juicio
alguno -por instigación de Rivadavia- por su antiguo
compañero de mil batallas, ‘el sable sin cabeza’, el
genocida Juan Galo de Lavalle. Juan J. Castelli el
‘orador supremo de la Revolución’, quien destruyera
los argumentos realistas en mayo de 1810, el jefe del
ejército libertador americano que más cerca estuvo de
llegar a Lima y destruir de un golpe el poder imperial
español, antes de la llegada de San Martín, murió  con
su lengua cortada, preso y perseguido. Apenas dos días
antes San Martín, Alvear y su discípulo Monteagudo
acababan de desalojar al gobierno
contrarrevolucionario de Rivadavia y el Primer
Triunvirato, retomando la senda de Moreno y la
Revolución. En este marco de ingratitud caída sobre
nuestros revolucionarios, aquellos que nos dieron la
libertad y produjeron la más grande de las
revoluciones del mundo occidental del siglo XIX, no es
de extrañar que Juana Azurduy, la mayor guerrera de
América, ‘Juana de América’ -en un continente que hizo
de la resistencia su identidad-, terminara sus días
como una mendiga miserable en la calles de Chuquisaca
habitando un rancho de paja. 
Juana Azurduy y su esposo el prócer americano Manuel
Ascencio Padilla, son los máximos héroes de la
libertad del Alto Perú y por ende de nuestra libertad
como americanos y como provincia argentina de la gran
nación americana. Sólo la ignominia que aun campea
sobre nuestra historia y sobre sus mejores hijos, hace
que la República de Bolivia -escindida de la gran
nación rioplatense, por el elitismo sin par de los
ejércitos porteños que desfilaron, saquearon,
defeccionaron  y abandonaron el Alto Perú, a excepción
del general Belgrano y por las apetencias
oligárquicas- no considere a Juana y a su esposo el
Coronel Padilla, como sus máximos héroes, y sí rinda
honores al mariscal Santa Cruz uno de los generales
realistas que reprimió la Revolución de La paz de
1809, y que se pasó a las filas patriotas al final de
la guerra de la Independencia. Fue el propio Bolívar
quien al visitar a Doña Juana -ya destruida por las
muertes de los suyos, el olvido de sus conciudadanos y
el saqueo de sus bienes- le expresara ante la sorpresa
de sus compatriotas, que Bolivia no debía llevar su
nombre sino el de Padilla, su mayor jefe
revolucionario. Pero los adulones destruyen las
revoluciones.

El Alto Perú tierra india
Juana Azurduy -junto a su esposo- simbolizan lo mejor
de la revolución americana, lo popular  y lo indio de
nuestra gesta emancipadora. Combatieron por la
libertad del Alto Perú -por entonces parte del
Virreinato del Río de la Plata primero y de las
Provincias Unidas después- desde la revolución de
Chuquisaca y la Paz  en 1809 -que fueran ahogadas en
sangre desde Lima y Buenos Aires. Y en particular
guerrrearon sin descanso y sin cuartel desde el grito
de libertad del 25 de mayo de 1810. Ellos y los 105
caudillos indios y gauchos como Vicente Camargo, el
Cacique Buscay, el Coronel Warnes, el padre Muñecas,
Francisco Uriondo, Angulo, Zelaya, el Marqués de Tojo,
el Marqués de Yavi, José Miguel Lanza, Esquivel,
Méndez, Jacinto Cueto, el indio Lira, Mendieta, Fuente
Zerna, Mateo Ramírez y Avilés entre muchos otros,
junto a Güemes en Salta, fueron quienes impidieron que
luego de las sucesivas derrotas de los ejércitos
porteños al Norte, los realistas pudieran avanzar
sobre Buenos Aires y destruyeran la revolución. Juana
y Padilla eran oriundos de Chuquisaca -también llamada
La Plata o Charcas- sede de la universidad. Allí
estudiaron -y conspiraron- Mariano Moreno, Juan José
Castelli y Bernardo de Monteagudo. Castelli, ya jefe
del ejército del Norte, se hospedó en la casa de
Padilla en su marcha hacia La Paz. Moreno era abogado
defensor de indios pobres y perseguidos en el estudio
del Doctor Gascón en Chuquisaca. Allí contactó con el
movimiento revolucionario. Juana nació en 1780, el año
en que Túpac Amaru lanzó su revolución indígena que
casi liquida al poder español. Sería el mismo favorito
-de la reina- Godoy quien señalara que la rebelión de
Túpac estuvo a punto de quitarle a España los
virreinatos del Perú y del Plata. Esa rebelión ahogada
en la sangre de los cien mil indios ajusticiados por
la represión genocida española y en los gritos del
suplicio del gran Túpac, su esposa Micaela Bastidas
Puyucawa y sus hijos, abrió el camino de la libertad
pese a su derrota. El ejemplo del Inca Condorcanqui no
podía sino conmover hasta los tuétanos el corazón de
la América del Sur, del cual el Ato Perú y el Perú
eran su núcleo principal de población original, con
culturas profundas y altivas. Nada sería igual después
de la rebelión de Túpac: ni el dominio español ni la
resistencia americana. La generación posterior a su
derrota, sabría vengar su suplicio y expulsaría a los
criminales españoles por mucho tiempo -por lo menos
hasta la llegada del Traidor  Carlos Saúl I, ya al
final del siglo XX. Es así  que el sol de nuestra
bandera es el glorioso sol de los incas y de Túpac
Amaru. 

La Revolución continental
Juana Azurduy es la máxima heroína de la Independencia
Americana y su vida un verdadero ejemplo de la 
entrega a la revolución y a la lucha por la libertad
de sus semejantes. El Alto Perú era el corazón del
sistema colonial español y del genocidio indígena.
Allí los indios enviados al socavón del Potosí eran
despedidos para nunca más volver. Morían a los veinte
años de edad con los pulmones perforados, a los dos
años de llegar a la bocamina. Allí todas las
injusticias eran realizadas en nombre del rey de
España. Los azotes -las arrobas- eran el trato
habitual para el indio. Juana, una hermosa mujer de
familia criolla, habría podido tener una vida
acomodada de mujer casada. En lugar de ello prefirió
el combate sin cuartel por la libertad. En esa lucha
perdió de la manera más cruel a sus cuatro hijos
pequeños, destruidos por el hambre, las penurias y el
paludismo. Vio la cabeza de su esposo -el héroe
Padilla- clavada en una pica carcomida por los
gusanos. Vio a los ejércitos elitistas porteños, subir
hasta la garganta del Desaguadero y ser destruidos uno
tras otro por las tropas del Virrey del Perú.
Arrogantes al extremo de impedir que las fuerzas
guerrilleras -mejor capacitados que ellos para el Alto
Perú- combatieran como parte del ejército regular.
Cada vez más deteriorados, centralistas, autoritarios
y cada vez más odiosos contra lo indígena. El extremo
fue el ejército corrupto, de Rondeau y Martín
Rodríguez, que en el colmo de su impericia hizo volver
al General  Arenales que oficaiba -por orden de San
Martín- como comandante de las montoneras, dejándolas
sin estrategia de conjunto. Martín Rodríguez por su
parte, hizo su aprendizaje de saqueo y enriquecimiento
ilícito en el Alto Perú, para luego continuarlo en la
‘feliz experiencia’ de la restauración rivadaviana
posterior a 1820. Primero fue Castelli, que en su
ejemplar afán revolucionario no estuvo exento de un
jacobinismo a veces desmesurado, en particular por las
actitudes iconoclastas del joven Monteagudo. Belgrano
intentó reparar luego, los excesos de su primo
Castelli. Él ayudó y premió a  Juana y al coronel
Padilla. Fue sin duda la mejor de las expediciones,
pero tenía por meta un imposible como era llegar a
Lima por allí, cuestión que Don Manuel ya sabía. Sólo
aceptó continuar por las presiones de Buenos Aires.
Luego,  la lamentable experiencia de Rondeau. Por
último el intento también fallido de Lamadrid, enviado
por Belgrano para auxiliar la feroz represión de que
eran objeto los ejércitos montoneros de los caudillos
altoperuanos luego de Sipe Sipe. 

La Guerra gaucha montonera
Luego de Vilcapugio y Ayohuma, pero en particular a
posteriori del desastre de Sipe Sipe en 1815, la
situación del Alto Perú se tornó terrible. El poder
español impuso un terror desenfrenado como política de
‘pacificación’ de la revolución altoperuana. Decenas
de miles de paisanos fueron pasados por las armas o
murieron en combate. Las torturas más atroces y los
escarmientos más crueles fueron aplicados a los
guerrilleros mayoritariamente indios de lo que hoy es
Bolivia. 105 caudillos altoperuanos libraron la Guerra
Gaucha. ‘La Guerra de las Republiquetas’ la llamó
Mitre en su historia oficial, para no usar la palabra
montonera, pues su gobierno había sido enfrentado por
la montonera federal -y que él pasó a degüello de la
misma manera que los españoles- de todo el país. Fue
la mayor guerra de guerrillas del continente americano
entre 1810 y 1825. De los 105 jefes sólo sobrevivirían
nueve, al final de la guerra. La mayoría moriría en
combate o sería bárbaramente ajusticiada por el terror
de Abascal y Pezuela. Sus cabezas serían clavadas en
picas en las plazas de los pueblos para escarmiento
popular.  La guerra de partidarios -partisanos-
montoneros o de recursos, la guerrilla del Alto Perú y
la de Güemes en Salta, fueron organizadas por el
General San Martín veterano de la guerra de guerrillas
en España contra Napoleón. Pocos saben que esta guerra
sería el ejemplo que tomarían los patriotas italianos,
franceses, yugoeslavos, rusos, bielorrusos, ucranianos
y griegos para luchar contra la ocupación alemana en
la Segunda Guerra Mundial. Hasta allí llegaría el
rumor  potente y  victorioso de Juana de América y sus
compañeros, pese a que entre nosostros Doña Juana sea
sólo una canción. 
La historia oficial argentina prefirió olvidar a los
gloriosos revolucionarios del Alto Perú, por dos
razones. Primero porque debido a las infamias
cometidas por los ejércitos porteños, lograda su
independencia en 1825 -y tal cual dejó entrever
Ascencio Padilla en la carta que envió al fugitivo
Rondeau- el Alto Perú decidió independizarse no sólo
de España, sino también de Buenos Aires. Pasaría a
llamarse Bolívar primero y Bolivia después, pese a la
oposición del Libertador que comprendía que así ambas
naciones perdían, pero el Alto Perú perdía más. La
medida  a su vez profundizaba la balcanización de la
América unida que Gran Bretaña piloteaba a toda
máquina apoyada en los Rivadavia y García de cada
ciudad-puerto del continente. La segunda razón del
olvido altoperuano en la historia argentina, obedece a
razones más abyectas. La guerra del alto Perú es
esencialmente una guerra de indios, de caudillos, de
gauchos, de los patriotas de a caballo, del pueblo
puro de América. Ese mismo pueblo que las tropas 
porteñas destruirían una y otra vez  en la Banda
Oriental, en el litoral o en el interior y finalmente
en el Paraguay. Además eran guerrilleros, caudillos
militares y habían ganado su grados -Manuel Ascencio
Padilla fue designado Coronel del ejército del Norte
cuando su cabeza estaba ya clavada en una pica. Juana
Azurduy fue nombrada Teniente Coronel del ejército
argentino a pedido de Manuel Belgrano- en el combate.
Reivindicar su memoria para la historia oficial es
nombrar lo innombrable. Lo gaucho. La ‘barbarie’ de
Sarmiento, la lucha de los pobres. Reconocer que los
indios, los gauchos, los negros, los esclavos, los
mestizos no eran inferiores sino que por el contrario,
lucharon con mayor tenacidad y desprendimiento que la
clase culta porteña por la libertad. Reconocerlo es
negar el papel rector de Buenos Aires en el destino
americano que inventó el partido unitario -y luego
mitrista- y tanto daño hizo a la causa americana.
Mejor es olvidar. ‘- No sólo son bolivianos
-‘bolitas’- además son indios, negros, matacos
-monos’. 
Era verdad como demostraría San Martín que por el Alto
Perú no se podía llegar a Lima, pero Buenos Aires con
la historia oficial oculta algo más grave que explica
el suplicio de la población altoperuana, jujeña y
salteña entregada a la represión genocida española.
Buenos Aires pudo haber liberado un gran ejército que
tuvo combatiendo largo tiempo en  la Banda Oriental
para auxilio de los pueblos del Norte. Sólo debía
reconocer -tal cual lo planteó Moreno en su Plan
Revolucionario- que Artigas debía comandar la guerra
por la liberación de la Banda Oriental, con sus
gauchos y su pueblo, del cual era el jefe natural.
Pero eso era inadmisible para la elitista y
exclusionista clase mercantil porteña. En lugar de eso
prefirieron entregar la Banda Oriental, primero a
Portugal -se lo propusieron en secreto Alvear, Alvárez
Thomas y Pueyrredón- y luego aceptaron  su
‘independencia’ colonial británica, que lograba así
crear otro estado en la boca del Plata, impidiendo que
la Argentina tuviera el exclusivo control de los Ríos
de la Cuenca. Esa y no otra fue la causa de todas las
guerras contra Rosas, Caseros incluida. Cualquier cosa
antes  de aceptar que los gauchos se manden a sí
mismos o peor aun que ‘nos manden’.  Con sólo enviar
esas tropas al Alto Perú y estacionarlas en Potosí
-como señalaron Belgrano y San Martín- mientras se
preparaba el cruce de los Andes, el pueblo boliviano
habría sido salvado de sufrir lo indecible.
Juana Azurduy es la Revolución, es el pueblo en armas,
son las mujeres del pueblo en armas, que pelean junto
a los hombres, igual o mejor que ellos, que los
mandan. Mujeres y hombres que destruyen ejércitos
completos, superiores en número y armamento. Armados
con hondas, macanas, lanzas, boleadoras, a fuerza de
coraje y fiereza. Coraje y fiereza que dan la decisión
de luchar hasta el fin por la libertad, por la
justicia contra la opresión y el sometimiento de los
semejantes. Luego del asesinato de su esposo y de
varios de los principales jefes guerrilleros, Juana
bajó a Salta y combatió junto a Güemes, quien la
protegió y le dio el lugar correspondiente. Luego del
asesinato de Güemes en 1821, Juana entró en una
profunda depresión. En 1825 solicitó auxilio económico
al gobierno argentino para retornar a Chuiquisaca. La
respuesta del gobierno salteño resultó indignante,
apenas le otorgó ‘50 pesos  y cuatro mulas’ para
llegar a la ‘nueva nación de Bolivia’. Doña Juana
murió  a los 82 años en la mayor pobreza. ‘Juana
avanzaba casi en línea recta, rodeada por sus feroces
amazonas descargando su sable a diestra y siniestra,
matando e hiriendo. Cuando llegó a donde quería
llegar, junto al abanderado de las fuerzas enemigas,
sudorosa y sangrante, lo atravesó con un vigoroso
envión de su sable, lo derribó de su caballo y
estirándose hacia el suelo aferrada del pomo de su
montura conquistó la enseña del reino de España que
llevaba los lauros de los triunfos realistas en Puno,
Cuzco, Arequipa y La Paz.’ (1) Por esta acción en la
batalla del Villar, en 1816, Juana Azurduy fue
ascendida por Belgrano al grado de Teniente Coronel
del Ejército de las Provincias Unidas.

(1) O’ Donnell Pacho. Juana Azurduy. Planeta.  1998




	

	
		
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