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Asunto:[redluzargentina] Juan el Bautista Chamana Urbana
Fecha:Viernes, 8 de Diciembre, 2006  19:13:09 (-0300)
Autor:Alicia Y Amira Contursi y Manzur <alicia.amira @.....com>

From: "Dana Tir" <nuriamerkaba@fibertel.com.ar> 
To: <ral-nodocordoba@gruposyahoo.com.ar>, <grialnet@elistas.net>, < 
redluzargentina@egrupos.net>, <favores@eListas.net> 
Date: Tue, 5 Dec 2006 10:54:37 -0300 
Subject: Juan el Bautista 
 
 *En El Secreto se hace referencia a la lámpara mágica, al genio y a
 un
a 
piedra. *    Cuando llegó este mensaje lo sentimos y  pensamos 
conectados   Compartimos en 
amor y respeto 
Chamanaurbana <http://www.chamanaurbana.com/>; 
 
  Muchas Gracias Antonio! 
 ------------------------------ 
   *JUAN EL BAUTISTA*   I 
 
* El Señor de la Tierra* 
 
** 
 
El espíritu del  Señor de la Tierra que había vivido en Elijah
 debí
a ahora 
tomar cuerpo a través de otro hebreo. De esta manera la tierra no
 quedar
ía 
huérfana de su Señor. 
 
La amplia estancia se llenó de luz. Tres seres de túnica blanca se
 acer
caron 
con paso quedo al sarcófago metálico donde yacía el anciano de barba
 
y pelo 
blanco. Con sumo cuidado se fue abriendo la puerta de cristal y al poco 
tiempo los ojos azules de nuestro personaje se abrieron, dejando traslucir 
un alma noble y radiante. Tres besos mediaron desde el anciano a cada uno
 d
e 
los tres visitantes. Luego un silencio sonoro pero un elocuente diálogo
 d
e 
mente a mente: 
 
- Bienvenido hermano nuestro a tu casa. Un poco más y retornarás al
 mun
do de 
los mortales. ¡Bendito seas por poder servir el proyecto del Consejo de
 l
os 
Veinticuatro ancianos venerables! 
 
- Nada ha cambiado en este tiempo entre nosotros, mientras que en la tierra 
los hombres viven y mueren desde la limitación, el dolor y la
 ignorancia.
 Yo 
también doy gracias a la Suprema Inteligencia por darme la oportunidad de 
servir el plan de redención para los seres humanos 
 
- Caminaron por un pasillo luminoso hasta una sala circular en cuyo centro 
palpitaba una bola destelleante de luz de dos metros de diámetro. Con
 pas
o 
seguro, los cuatro personajes se introdujeron en la esfera y al instante se 
vieron transportados a otra enorme sala frente a veinticuatro tronos en 
forma semicircular en cuyo interior se sentaban seres luminosos de
 extrañ
as 
formas y de avanzada edad. El rayo colectivo que salía de sus corazones
 e
ra 
el de la sabiduría y de sus mentes emanaba un discurso casi al unísono
 
que 
daba gloria a la vida y a la continuidad del Cosmos. 
 
El anciano se sentó frente a los venerables y escuchó desde la mente. 
 
- Elijah, servidor del Altísimo. De nuevo has de desdoblar tu alma y 
permanecer dormido entre nosotros para operar a través de otro
 vehículo
 de 
carne. Los señores del Karma y los jardineros del Cosmos establecieron el 
mapa astral de la vida de Juan y se realizaron los cambios genéticos 
necesarios para que Isabel conciba y de a luz al Bautista. De nuevo has de 
morir en la materia y sentir el frío nocturno del desierto. Se ha
 program
ado 
para ti en esta existencia una vida de  austeridad. Deberás asimismo 
afrontar la soledad, la confusión interior y el dolor físico de Juan
 du
rante 
los primeros años para que tu espíritu este disponible a canalizar la 
información y la operatividad que el Cambio de Era ha dispuesto en este 
caso. 
 
Del rayo de luz de los ancianos seguía saliendo una vibración no
 sonora
 que 
decía a su vez: 
 
- Desde el Demiurgo Solar se ha programado el unísono de tu
 alumbramiento
, 
el nacimiento del Señor de la Luz, por tanto tu trabajo será predicar
 e
l 
camino del otro y deberás retirarte a su tiempo para que se realice el 
cambio de Era sin interferencias para aquel que viene después de ti. Tu 
serás la Tierra. Él será la Luz. Tu muerte dará vida a lo bajo. Su
 
muerte 
cambiará lo alto. 
 
En un instante el anciano vio en su mente todo el plan y con sumo respeto y 
resignación dijo: 
 
- Hágase en mi y por mi cuanto está dispuesto para el devenir del ser 
humano. 
 
 
 
De nuevo retornaron los tres seres de luz y el anciano de blanca barba por 
el pasillo de luz a la estancia donde yacía el féretro luminoso de
 cris
tal, 
donde con cuidado fue introduciéndose ante la presencia de sus hermanos.
 
El 
cuerpo estirado y las palmas de las manos cerradas contra el pecho, cual 
momia egipcia, fueron cerrándose los párpado con una cálida sonrisa
 d
e 
despedida hacia los suyos por parte del anciano, hasta que de nuevo fue 
cerrado el féretro por otros treinta y tres años. 
 
Casi al instante en la tierra ocurría lo siguiente: 
 
 
ANUNCIO DEL NACIMIENTO DEL BAUTISTA: 
 
** 
 
En tiempos de Herodes, rey de Judea, había un sacerdote de nombre
 Zacar
ías, 
del grupo de Abias, cuya mujer era descendiente de Aarón y se llamaba 
Isabel. 
 
Isabel era una mujer ya mayor, mermada en carnes y muy nerviosa, con una 
constitución endeble, pero con una especial sensibilidad y ternura. Sus
 o
jos 
eran claros y sus ademanes quedos y aristocráticos. Todo el pueblo
 sabí
a que 
su linaje era especialmente puro puesto que descendía por vía directa
 d
el 
gran sacerdote Aarón. 
 
Durante muchos años Isabel había esperado un hijo, puesto que sus
 sue
ños le 
habían revelado noche tras noche que de su vientre nacía un gran
 león
 que 
era admirado por el pueblo entero. Pero los años habían pasado y su
 vie
ntre 
se había secado, al unísono de su esperanza. Su delgadez y fragilidad
 s
e 
debían a fuertes trastornos intestinales que la postraban reiteradamente
 
en 
el lecho y que no le permitía comer sino alimentos muy limpios y en
 escas
a 
cantidad. Isabel no comía carne por absoluta necesidad, puesto que
 cualqu
ier 
comida grasa o muy condimentada conseguían someterla a fuertes dolores
 en
 el 
bajo vientre. 
 
En Israel, el no tener hijos no solo se entendía como un acto de
 impotenc
ia 
si no que algún castigo gravitaba sobre el hombre y la mujer que no 
conseguían hacer valer su casa y tradición en sus descendientes. Así
 
pues, 
casi no salía de casa y no se relacionaba con sus vecinos puesto que el
 s
er 
mayor y estéril habían conseguido mermar su porte aristocrático para
 
poco a 
poco, convertirse en una sombra silenciosa. 
 
Zacarías por su parte, en igual sentimiento de impotencia y de fracaso
 ha
cia 
mucho tiempo que había dejado la fantasía de tener hijos y se dedicaba
 
al 
culto del templo con celo y abnegación. Ambos marido y mujer, eran fieles 
observadores de la Ley virtuosos probados en cualquier circunstancia de su 
vida. Tan solo le quedaba ir apagándose poco a poco en su ancianidad. 
 
Cierto día en que Zacarías debía de hacer la oferta del incienso y
 pa
n ácimo 
en el templo ocurrió algo que le dejaría profundamente impresionado
 has
ta el 
punto de perder el habla.  Los acontecimientos transcurrieron así: 
 
Habían comenzado los oficios sagrados como cada tarde y en el turno de
 es
e 
día  era Zacarías quien con la ofrenda del incienso se introdujo en el 
Santa-Santorún para ponerlo junto al Arca de la Alianza y las santas 
reliquias. El pueblo estaba en el atrio principal entonando los cantos 
sagrados ajeno totalmente a cuanto se daba en el lugar reservado para los 
oficiantes del culto. 
 
Zacarías se acercó al ara principal cuando de súbito un tremendo
 resp
landor 
plateado le sacó de sus cavilaciones sorprendido y asombrado de cuanto 
estaba viendo. Se trataba de una figura luminosa imponente con rasgos 
bellísimos y ante cuya presencia un halo de beatitud impresionó su
 cuer
po y 
su corazón con alegría. Por un momento no supo como reaccionar y se
 fro
tó 
los ojos varias veces hasta comprobar que era algo real y no un sueño.
 Ca
si 
al unísono sintió una potente voz, no en los oídos, sino en la
 cabeza
 que le 
decía: 
 
- No tengas miedo Zacarías, pues tu petición ha sido escuchada y tu
 muj
er 
Isabel te dará un hijo, al que pondrás por nombre Juan. Será para ti
 
causa 
de gozo y alegría, y muchos se alegrarán de su nacimiento, porque
 ser
á 
grande ante el Señor, no beberá vino ni licores y estará lleno del
 Es
píritu 
Santo ya desde el seno de su madre, convertirá a muchos israelitas al
 Se
ñor, 
su Dios. Irá delante del Señor con el espíritu y poder de Elijah,
 par
a 
reconciliar a los padres con los hijos y enseñar a los rebeldes la
 sabidu
ría 
de los justos, a fin de preparar al Señor un pueblo bien dispuesto. 
 
Zacarías dijo al Angel. 
 
- ¿Cómo sabré que es así?. Pues yo soy viejo, y mi mujer de
 avanzad
a edad. 
 
El ángel le contestó: 
 
-Y soy Gabriel, que estoy delante de Dios, y he sido enviado a hablarte y 
darte esta buena noticia. Te quedarás mudo y no podrás hablar hasta que 
suceda todo esto por no haber creído en mis palabras, que se cumplirán
 
a su 
tiempo. 
 
La gente estaba esperando a Zacarías y se extrañaba de que permaneciese 
tanto en el santuario. Cuando salió no podía hablarles, por lo que 
comprendieron que había tenido alguna visión en el santuario. Él les
 
hacía 
señas y permaneció mudo. 
 
Al cumplir el tiempo de su ministerio se fue a su casa. Unos días
 despu
és, 
Isabel, su mujer, quedó encinta; estuvo cinco meses sin salir de casa; y
 
se 
decía: 
 
- El señor ha hecho esto conmigo y me ha librado de la vergüenza ante
 l
a 
gente. 
 
 
NACIMIENTO Y CIRCUNCISION DEL BAUTISTA 
 
 
 
A Isabel se le cumplió el tiempo de su parto y dio a luz un hijo. Los 
vecinos y los parientes al enterarse del gran favor que el Señor le
 hab
ía 
hecho, fueron a felicitarla. A los ocho días llevaron a circuncidar al
 ni
ño. 
Querían que se llamará Zacarías, como su padre. Pero su madre dijo:
 "
no, se 
llamará Juan". Le  advirtieron. " No hay nadie en tu familia que se llame 
así". Preguntaron por señas al padre como quería que se llamase.
 Él
 pidió 
una tablilla y escribió  "Su nombre es Juan". Todos se quedaron
 admirados
. 
Inmediatamente se le soltó la lengua y empezó a hablar bendiciendo a
 Di
os. 
Todos los vecinos se llenaron de temor. Estas cosas se comentaban en toda
 l
a 
montaña de Judea. Todos los que las oían decían pensativos: "¿Que
 l
legará a 
ser este niño?. Porque la mano del Señor estaba con él. 
 
Como casi todos los personajes míticos del Nuevo Testamento, los datos de 
las infancias de todos ellos no dejan de ser sino misterios insondables que 
pasan desapercibidos para presentarles ya maduros ante sus respectivas 
misiones redentoras, pero nadie sabe donde estuvieron o quien les
 enseñ
ó y 
educó. Se habla de la India o de Egipto como lugares de iniciación 
predilectos, pero en cualquier caso, en todos estos relatos se suele
 olvida
r 
uno de los centros más importantes del conocimiento de aquel tiempo. Me 
refiero a los monjes esenios que habitaban el Monte Carmelo y el desierto 
del Qumram principalmente y a lo largo de la ruta de Egipto en conventos y 
centros de trabajo y de aprendizaje. Moveremos por tanto a nuestro
 personaj
e 
en nuestros áridos parajes, pero comencemos a narrar cronológicamente
 l
os 
hechos. 
 
** 
INFANCIA DE JUAN EL BAUTISTA. 
 
 
 
Los datos que ahora vamos a exponer han sido recibidos por vía
 psíquica
 y 
por clarividencia. Conseguimos asimismo llegar a la fecha exacta del 
nacimiento del mismo y por tanto tuvimos acceso a los datos de su propia 
carta natal, por lo tanto pudimos conocer aún mucho más de su
 carácte
r, 
personalidad y de sus limitaciones humanas. Por una y otra vía nos 
encontramos con un personaje transcendente a medio camino entre la grandeza 
de su alma y los fuertes trastornos de una personalidad inquieta y algo 
atormentada. 
 
 
 
Juan el Bautista, al igual que Jesús el Cristo, nació hacia el año
 si
ete 
antes de nuestra era. En ese año se da una fuerte conjunción en el eje 
Piscis Virgo, quizás anunciando la propia Era de Piscis que tanto 
caracterizó una personalidad compasiva, romántica, transcendente y
 sens
ible, 
pero a la vez algo paranoica y con profundos desequilibrios emocionales y 
psicosomáticos. 
 
 
 
Juan era un niño absolutamente inquieto, de carácter aventurero,
 buscad
or 
por excelencia de la transcendencia del alma. Casi indomable. Orgulloso y 
valiente como nadie. Profundamente idealista y hasta cierto punto
 utópico
. 
 
Ya antes de nacer en su inconsciente moraba la atávica memoria de otras 
existencias del viejo profeta que fue, y  la capacidad para sanar o para 
conocer del campo médico. Con unas dotes paranormales absolutamente 
excepcionales. Pero junto con este bagaje, no eran menores sus fuertes 
tensiones psicológicas, sus conflictos interiores, la autocrítica y la 
crítica desatada hacia las personas que no se ajustaban a una vida
 ideali
sta 
y plasmada de virtud. Rendía culto a la amistad y al concepto de grupo o
 
de 
fraternidad unidos para un fin virtuoso o de elevación del alma. Pero no 
perdonaba la traición y la ambigüedad de sentimientos ante el
 compromis
o 
tomado en pacto o en iniciación. 
 
Estamos ante un niño de marcada delgadez, quizás debido a que fue
 conce
bido 
en la ancianidad de sus padres o quizás a las tremendas dificultades que 
siempre tuvo para ingerir alimentos. Ya desde niño la intolerancia a las 
comidas densas o agresivas definían una trayectoria de absoluto cuidado
 c
on 
la dieta. Siempre tuvo fuertes espasmos intestinales que si le hubiera sido 
diagnosticado en nuestro tiempo se había traducido en una colitis
 ulceros
a o 
en un síndrome de Crown. Por otra parte estas patologías, llevan
 asocia
dos 
trastornos psicológicos y neuralgias traumáticas con sintomatología
 d
e 
perdida parcial de memoria o amnesia momentánea, deshubicación y
 peque
ños 
brotes neuróticos en la identidad misma. En definitiva estamos ante un 
sujeto que no solo pudo ser especial por las facultades de su espíritu,
 s
ino 
que su fisiología le predisponía aún sin desearlo a los trastornos
 an
tes 
citados. 
 
Destacaba en él la capacidad de líder carismático. El ser ya desde
 la
 niñez 
un tipo especial, seguramente por que la concepción de Isabel su madre
 fu
e 
controlada e inspirada por entidades superiores. Es seguro que le fue 
acelerado el factor psíquico y perceptivo de su ADN para volverle un 
mutante. ¿Que es un mutante?. En el lenguaje de los seres superiores 
tendríamos al clásico individuo que deja su cuerpo o parcelas de su
 alm
a 
para ser utilizado o cabalgado por otra entidad, bien por compenetración 
pura o por inducción. A estos seres siempre les acompañan extrañas
 bo
litas 
de energía dinámica imperceptibles al ojo humano, pero que vibran en el 
espectro de la cuarta dimensión, y por tanto perceptivas para dotados 
psíquicos. Estas "lenguas de fuego" tienes la misión de hacer de ojos 
vigilantes capaces de controlar el entorno del mutante, al igual que
 induci
r 
sobre el sujeto informaciones precisas desde la otra dimensión. 
 
En el tema natal de Juan, la posición de los nodos lunares nos hablan de
 
un 
inconsciente rico en percepciones psíquicas, de videncia y de la
 necesida
d 
de realizar en forma práctica una vida de anacoreta o ermitaño. La
 posi
ción 
del Nodo norte en Tauro,  en la casa XII, no deja lugar a dudas. De ahí
 e
sta 
predilección por vivir en una cueva en condiciones de absoluta
 dependenci
a 
natural y ecológica. 
 
Otro de los factores característicos de nuestro personaje es lo que 
reencarnación tras reencarnación se prodigaba en el cómo un factor 
repetitivo. Me refiero a la capacidad de comunicar o de hablar. Juan el 
Bautista tenía la facultad del Verbo y sus discursos, eran absolutamente 
transcendentes. El arquetipo de Moisés incluso el de Jesús, seres
 movid
os 
por la Jerarquía Solar, son más operativos en las acciones y en el
 pode
r de 
sus prodigios. Mientras que en el caso de Moisés dice la tradición que
 
era 
tartamudo, en el segundo la parquedad de las palabras y la mayor actividad 
de sus prodigios les hacen depender en ambos casos de portadores de su 
conocimiento; es decir Aarón habla por Moisés y Juan anuncia y comunica 
antes que Jesús. 
 
 
 
Zacarías e Isabel criaron a su hijo hasta los siete años. Durante este 
tiempo, Isabel se desesperaba al comprobar que casi toda la comida que 
ingería Juan era devuelta simultáneamente. La leche no la toleraba y
 er
a 
difícil encontrar el alimento preciso para que el niño creciera con 
normalidad. Mas de una vez aquella resignada madre pensaba que su hijo
 deb
ía 
tener algo maligno dentro. Luego se avergonzaba y por supuesto, sentía
 qu
e 
su hijo era especial y maravilloso y sin duda esta falta de apetito y de 
celo por la comida debía ser una forma de preparación para afrontar su 
destino de "hombre de Dios". Zacarías, todo un erudito de la Ley
 observab
a 
en silencio los periodos de abstracción en los que vivía el niño y
 so
bre 
todo las noches que eran convulsivas y extrañas debido a que Juan
 comenza
ba 
a hablar solo en un idioma ininteligible con algo o alguien que velaba su 
lecho y que por más que se esforzaba el padre en ver, nunca veía. 
 
Los dos esposos rondaban los cincuenta años y de una u otra manera
 habí
an 
olvidado conscientemente la profecía del Angel. Ambos querían creer
 que
 su 
querido niño les acompañaría en sus últimos años de vida. Sin
 emb
argo la 
profecía y el destino no suelen conceder treguas ni sensiblerías y
 cuan
do 
Juan tuvo siete años dijo a sus padres: 
 
- Queridos Padres, esta noche fui despertado por un ángel de Dios. Era 
luminoso y brillante. Me hablo con voz suave y me dijo que vosotros os 
iríais pronto a una casa muy grande donde viven felices los dioses y los 
hombres y que yo debía aprender las cosas que están reservadas para
 m
í y que 
ayudaran a muchos. 
 
Isabel comenzó a llorar a la vez que tomaba la mano temblorosa de su
 espo
so 
y dijo mirando al cielo: 
 
- Señor Dios de Israel, tanto tiempo pasé añorando en mis entrañas
 
el fruto 
deseado de un hijo y ahora que me lo diste, me lo arrebatas cual ladrón
 q
ue 
busca su botín. ¿Que fui yo, sino habitáculo de tu capricho?. ¿Que
 
clase de 
madre soy que me quitas el más precioso de mis tesoros y me arrancas
 part
e 
de mis entrañas con algo que como el viento viene y se va sin raíces y
 
sin 
progenie?. Yo soy hija de mi padre y mi padre a su vez hijo de otro padre 
que han hecho este pueblo y han vivido en la obediencia de tus leyes. No 
tengo joyas, ni poder ni acaso suficiente belleza, pero siempre asumí mi 
linaje con orgullo. Y desde nuestro padre Aarón todos sembraron en el
 r
ío de 
la vida la semilla de la continuidad. Siento ahora, mi Señor Dios que te 
llevas a mi hijo para hacerle grande e inmortal por medio de su sacrificio
 
y 
de su muerte. Concédeme señor el hacerle un simple mortal sin gloria
 pe
ro no 
te lo lleves de mi lado. 
 
Zacarías miró con compasión y con ternura a Isabel, a la vez que
 cog
ía al 
pequeño en sus brazos mirándole con orgullo, diciendo: 
 
-Juan, hijo mío, has sido forjado en la voluntad de Dios y por su
 mandato
. 
Ellos te sembraron entre nosotros pero no somos tus dueños. Hágase la 
voluntad del Señor y no la nuestra. Si has de marchar que sea pronto,
 par
a 
que no se rompa tu alma ni nuestro corazón en la partida. Los hijos de 
nuestro pueblo se hacen en nuestras casas aprendiendo de sus padres y de
 su
s 
vecinos. Tu aprenderás de la soledad, del viento, de la tierra y de las 
alimañas del desierto pero tus maestros no lo serán de este mundo,
 sino
 del 
cielo. Crece y vive libre. No te alimentes de la debilidad del amor hacia 
los tuyos. Corre ahora  que eres niño hacia tu destino, no mores entre el 
exquisito cuidado de los que te amamos  y nos prodigamos en cuidados 
materiales. Ve a buscar a tus hermanos entre los desheredados y fija tu 
morada en las estrellas. Nosotros viviremos unos pocos años y pasaremos
 c
ual 
anécdota en el tiempo, pero tu estás llamado a entrar en el halo de los 
inmortales, pues tu ejemplo perdurará por los siglos y los siglos. 
 
El ángel del Señor me mostró tu alma y me hizo comprender con
 tristez
a que 
un día deberías marchar para cumplir tu destino. 
 
 
 
Tanto Isabel como Zacarías y otras familias, como Maria la madre de
 Jes
ús y 
su esposo José, frecuentaban  con asiduidad las casas comunales esenias, 
incluso en su hogar moraban de paso los terapeutas del desierto, cuando de 
pueblo en pueblo iban prodigándose en su oficio de médicos magistrales. 
 
Tomó pues Zacarías la decisión de consultar a los dirigentes de la
 or
den por 
la posibilidad de que su hijo Juan fuera enseñado por éllos y
 acompañ
ado de 
su pequeño se acercó tras dos días de marcha a las estribaciones del
 
Monte 
Nebo, junto al lado oriental del Mar muerto. En dicho lugar se ubicaba una 
de las comunidades más prestigiosas y santas de los esenios. Llegó
 haci
a la 
hora de los oficios comunitarios del atardecer y espero a que los monjes 
salieran de la casa común. Preguntó por el Maestro Superior y fue
 condu
cido 
hacia el centro de la estancia donde estaba sentado un viejecito de barba 
blanca y rostro de paz. No había comenzado a hablar cuando del propio 
anciano escucho con parsimonia: 
 
- Bienvenido seas Zacarías. Traes de tu mano a un ser grande. En su
 cuerp
o 
habita nuestro Maestro de Justicia. Nuestro Padre (se refería al
 espíri
tu de 
Elijah). 
 
Y diciendo esto el anciano se levantó y con paso quedo  se arrodillo
 ante
 el 
niño Juan con la cabeza casi tocando el suelo. Parecía algo cómico
 ve
r como 
un anciano reverenciaba a un niño. Zacarías se llenaba de orgullo y su 
corazón latía deprisa cuando este gesto elevaba la categoría
 espiritu
al de 
su niño. 
 
Juan simplemente entornó los ojos y dirigió la mirada a los rollos de
 l
a Ley 
que dormían sobre los estantes, contemplando la austeridad y el silencio
 
de 
aquellos monjes sabios dedicados al cultivo del conocimiento y del
 espíri
tu. 
 
El anciano se incorporó y con gesto ahora más grave dijo: 
 
- Sabe Zacarías el porqué de tu visita. Desde ahora comenzaremos a
 educ
ar a 
tu hijo en la tradición de nuestro padre Moisés y en la adoración de
 
nuestro 
Señor Dios de Israel. Puedes regresar confiado. Podéis ver a vuestro
 hi
jo 
cada vez que la Luna se llene, por tanto vete tranquilo y consuela a tu 
esposa Isabel. 
 
 
 
Era tradicional para los esenios recoger niños a los que educaban en sus 
conventos, preparándoles como terapeutas y hombres de Dios para el
 futuro
. 
Al frente del colegio de Monte Nebo estaba Zaqueo, un sabio de pelo blanco, 
de expresión dura y facciones marcadas por la rigidez del carácter de
 u
n 
docente que tiene que enfrentarse a la picaresca de aquellos diablillos. La 
disciplina era para este hombre una forma de vida necesaria si se quería 
alcanzar el nivel de voluntad necesario para enfrentarse a la vida de 
adulto. Por ello su rigidez era el mejor de los antídotos para forjar
 men
tes 
capaces de superar los obstáculos y las vacilaciones de una época de
 fu
ertes 
vacilaciones culturales y de anomalías sociales y políticas donde
 cualq
uier 
ser humano perdía su norte. 
 
Pronto destacó Juan entre la treintena de niños que se educaban con
 Zaq
ueo. 
No paraba de preguntar y las acciones las realizaba con un ímpetu
 impropi
o 
de su edad, como si tuviera prisa por encontrarse de bruces con su destino. 
Zaqueo tenía que emplearse a fondo para llevarle a la disciplina de la 
quietud y aunque le castigaba con frecuencia su corazón aparentemente de 
piedra derramaba de vez en cuando una lagrimita de admiración por aquel
 n
iño 
que sin duda era diverso de los otros. De una u otra manera se empeñaba
 c
on 
mas saña en la educación de Juan, puesto que aquel anciano como buen 
clarividente sabía que el futuro de aquel muchacho le exigiría un
 esfue
rzo 
sobrehumano y en cada castigo o cada tarea que le encomendaba surgía de
 s
u 
interior una palabra de disculpa por lo que no era sino un entrenamiento 
espartano para prepararle para el acto de heroísmo más importante al
 qu
e 
ningún hombre tuvo que enfrentarse. 
 
El niño, con un corazón de oro, todo lo veía como necesario y
 difíc
ilmente 
podía captar ningún rasgo de maldad de su educador. Juan no concebía
 
el 
mundo de la maldad. Vivía como en una nube extasiada donde el
 conocimient
o y 
la sabiduría eran el punto culminante al que se aspira y del que se
 recib
e 
todo bien. Era paciente hasta el límite ante cualquier agresión, pero
 s
i por 
una u otra razón captaba en él o en los demás alguna negligencia, su
 
ira se 
encendía para resolver con contundencia el problema. Luego casi al
 instan
te 
se olvidaba de aquella afrenta pasada y volvía a la búsqueda de la 
Inteligencia y al perpetuo encuentro de la sabiduría. 
 
Ocurrió una vez que uno de sus compañeros mortificaba a uno de los
 má
s 
jóvenes aprendices de esenio, a través del miedo sistemático. Se
 trat
aba de 
poner en el camastro del niño lagartos y cucarachas del desierto que
 adem
ás 
de ser repugnantes producen la desagradable sorpresa de despertar con un 
trauma al durmiente. Luego surgía la risa del gracioso junto con los
 má
s 
afines a tales bromas. Juan en un principio, pensaba que se trataba de 
diversiones sin importancia y que las risas no eran sino uno de los 
numerosos juegos con los que rellenaban la vida lúdica sus compañeros.
 
Pero 
una de esas noches, el pequeño comenzó a gritar presa del pánico
 cuan
do un 
lagarto le trepó por la túnica y se vio atrapado entre el cuerpo y la
 m
anta 
que cubría el lecho. El lagarto del desierto de Judea no ataca al ser
 hum
ano 
puesto que son escurridizos y timoratos, pero sus patas tienen uñas 
afiladas. Al verse atrapado en tal situación el animalito raspó con
 fue
rza 
sus patas  contra la delicada piel del niño y el daño fue considerable. 
 
En un instante Juan que dormía en el lado opuesto de la cama del
 pequeñ
o 
salió corriendo sin pensárselo para atajar el dolor de su compañero y 
después de liberar al bicho y de comprobar el daño de su compañero
 gi
ró la 
cabeza con una parsimonia y frialdad absoluta y clavó sus ojos azules 
penetrantes en el gracioso. Casi al instante el niño malvado comenzó a 
convulsionarse puesto que veía junto a su cuerpo una serpiente de gran 
tamaño que se le acercaba para matarle. El terror fue tal que sin  poder 
controlar sus esfínteres, hizo sus necesidades ante la mirada atónita
 d
el 
resto de los compañeros, mientras que los gritos lastimeros ponían el
 p
elo 
de punta a cuantos estaban presentes. Poco a poco Juan retrocedió hacia
 e
l 
lado consciente de la compasión y tomándole de la mano lo levantó
 del
 suelo 
diciéndole con cariño: 
 
- No lo vuelvas a hacer. 
 
El niño aún tremendamente asustado preguntó dónde estaba la temible 
serpiente que quería matarle, sin que nadie supiera de qué estaba
 habla
ndo. 
Juan a su vez le dijo: 
 
-La serpiente que has visto estaba dentro de ti. Yo la he llamado para que 
vieras lo que anida en tu corazón. Todos somos templos del bien y del
 mal
. A 
veces alimentamos el mal, el dolor o el odio hasta el punto de formar una 
gran serpiente que termina por destruir nuestra vida. - ¡Hágase la luz
 
en tu 
corazón para siempre! 
 
Aquel niño reprendido paso de ser el gracioso de la comunidad al más
 fi
el 
seguidor y discípulo de Juan en la edad adulta. 
 
 
 
Zaqueo se empeñaba en enseñar como la mente puede ser decisiva en la
 vi
da de 
las personas y como el pensamiento termina por ser una herramienta
 física
 al 
servicio del hombre consciente. Reunió por tanto a todos los niños en
 l
a 
sinagoga de la comuna y los puso en forma de media luna. En el centro puso 
un pequeño recipiente de cristal sujeto en el aire por un pequeño palo
 
cuya 
base estaba atado a una mesa. En el extremo del palo y a un metro del suelo 
puso el pequeño recipiente y ordenó a los niños uno a uno que desde
 t
res 
metros de distancia trataran de empujar con el pensamiento dicho objeto
 par
a 
que cayera en el suelo. 
 
Uno a uno fueron probando desde sus respectivos lugares y en cada caso el 
pequeño vaso no se movió. Cuando le tocó al turno a Juan y Zaqueo se 
proponía darle paso, el objeto cayó al suelo espontáneamente.
 Volvi
ó a 
colocarlo sobre el pequeño soporte y casi al instante Juan con una mirada 
picaresca lo volvió a tirar con la mente a tres metros de distancia.
 Zaqu
eo 
se maravillaba de aquellos prodigios que superaban con mucho su propia 
capacidad psicocinética y la de todos los monjes que eran capaces a su
 ve
z 
de realizarlo. 
 
Zaqueo dijo a los jóvenes: 
 
- Habéis impulsado vuestra mente con violencia y con ímpetu hacia el
 ob
jeto, 
sin daros cuenta que con la armonía es más fácil. Habéis intentado
 
empujar 
el vaso por la parte alta del mismo para desestabilizarlo cuando en
 realida
d 
deberíais haberlo empujado desde el lado aparentemente más difícil;
 e
s 
decir, desde la base. 
 
Intentarlo de nuevo, pero esta vez visualizar vuestro pensamiento como un 
brazo luminoso de pequeñas partículas de luz que ordenada y quedamente
 
se 
acercan a la base del baso, haciendo una espiral bajo el mismo
 empujándol
o 
hacia arriba. Veréis entonces como cae. 
 
Retomaron de nuevo los niños el ejercicio y en esta ocasión casi la
 mit
ad de 
los mismos consiguieron tirarlo al suelo. 
 
 
 
Las facultades de Juan eran tales que a menudo solía ponerse en el
 centro
 de 
la media luna formada por sus compañeros y Zaqueo le transmitía
 imáge
nes 
mentales que a su vez Juan proyectaba hacia el grupo. En casi todos los 
casos los niños veían sin dificultad dichas imágenes reflejadas en
 su
 mente 
sin ningún esfuerzo. 
 
 
 
Zaqueo les enseñó durante siete años a sanar con la mente, a asociar
 
las 
plantas medicinales con la zona fisiológica del cuerpo mediante la
 visi
ón de 
la clarividencia. A visualizar el aura de las personas, a conocer la 
enfermedad desde el lado astral, a limpiar el cuerpo etéreo de las
 person
as, 
a someter a los enfermos al sueño hipnótico, a leer en las nubes el
 fut
uro y 
a soportar el dolor mediante periodos de ayuno, grandes caminatas y 
ejercicios de resistencia tremendos, tanto mentales como físicas. 
 
Aquellos niños sabían recitar los libros sagrados traídos por
 Moisé
s desde 
Egipto de memoria. Se levantaban a las cinco de la mañana para salmonear
 
los 
cánticos sagrados antes del saludo al Sol. Se bañaban de cuerpo entero
 
en 
los periodos más fríos del año. Se hicieron duros como el pedernal
 pe
ro a la 
vez cándidos como palomas. Eran seres que viviendo en el mundo no eran
 de
l 
mundo. Eran la casta más noble y pura que ha crecido sobre la tierra.
 Era
n 
los hijos de la Luz, los Esenios, creadores silenciosos de la cultura y la 
continuidad de la tierra. 
  PRIMER ENCUENTRO CON EL CIELO 
 
 
 
Es necesario dar de vez en cuando las gracias a lo "alto" por permitirnos 
retroceder en el tiempo y ver imágenes rotundas de cuanto vivieron estos 
seres. 
 
En la Primavera de su 16 años Juan, comienza a apagarse poco a poco. El 
aprendizaje ya no le motiva y comienza a abstraerse poco a poco de la 
disciplina del convento. En este periodo también frecuenta con asiduidad
 
la 
compañía de otro joven llamado Andrés (el que luego fuera
 discípulo
 de 
Jesús) por medio del cual y por la inquietud de este gran amigo el 
inconsciente de Juan produce un sinfín de respuestas que desde el sueño 
interior van aflorando a la boca llenando lagunas tanto para el que 
pregonaba como para el que respondía. El uno y el otro se frecuentaban 
puesto que ambos conseguían el beneficio del conocimiento. Pero llegó
 e
l 
momento en que Juan ya no tenía preguntas, y la inquietud que le había 
movido hasta entonces se apaga. Ya nada ni nadie le retenía en aquel
 luga
r. 
Un profundo sentimiento de soledad le invadió desde entonces y no 
desapareció jamas mientras viviera entre los humanos. 
 
Zaqueo que observaba a su mejor discípulo, comprendió que su trabajo
 ha
bía 
terminado y acercándose al joven le dijo: 
 
-Querido hijo mío; comienzan en tu cara a aflorar los símbolos de tu
 pe
queña 
hombría y se dibuja en ti los rasgos de un servidor de Dios. Nada puedo 
darte ya, puesto que no solo has vaciado el almacén de mi gran
 ignorancia
, 
sino que has sido el mejor de mis maestros. Tu luz y tu poder me ha
 enseñ
ado 
a mis ochenta años a ser humilde, pues he aceptado que Dios se revela en
 
el 
hombre cuando y como quiere y que el conocimiento se complace en un niño
 
más 
que en la vanidad de un viejo. Doy gracias a Dios por haberme permitido 
vivir en tu tiempo y amarte con todo mi corazón. Debes ahora buscar por
 t
i 
mismo y abrir el libro interior que tienes dentro, pues no hay mejor 
conocimiento que el que descubrimos cada día en nosotros mismos. Mi
 verda
d, 
querido Juan, no es la tuya, aunque ambas son ciertas. Vive y experimenta. 
Aprende del vuelo del águila, de las olas del mar, del árbol de la
 mont
aña, 
de tus sueños, de los ángeles del Señor y de la anarquía de tus
 pen
samientos 
Aprende del dolor y de la muerte, del amor y del odio. Pero sobre todo hijo 
mío, perdónate en tus errores y en tus limitaciones, puesto que los
 Dio
ses 
te dieron una mente de Ángel en un cuerpo mortal. Y aún deseándolo
 co
n todo 
tu corazón no podrás cambiar el mundo, sino que el mundo te cambiará
 
poco a 
poco a ti. Aprende, hijo mío, a buscar respuestas en los designios
 ingrat
os 
y violentos del devenir del tiempo. Recuerda que de la basura más
 pútre
a 
nacen las rosas más bellas. 
 
Juan, se abrazó a su maestro diciendo: 
 
-No es por casualidad que El Señor te designara para encaminar mis pasos 
hacia la sabiduría. Aprendí más de tu espíritu que de tu boca,
 pues
 cada 
noche mientras dormía, de tu cuerpo salía otro más bello y radiante
 y
 me 
hablaba incesantemente de muchas cosas que aún no entiendo y que
 segurame
nte 
moverán mis próximos pasos. Pero como niño aprendí de ti que el
 ges
to, la 
palabra y la acción deben ser acompasadas a los sentimientos puros del
 al
ma. 
Gracias Maestro. Nunca te olvidaré. Yo te visitaré en tus sueños y
 se
guirás 
enseñándome a pesar del tiempo y de la distancia. 
 
 
 
Y el joven Juan deseo comenzar el reto solitario de la vida con tan solo un 
bastón, una túnica, mucho valor y un montón de quimeras que pululaban 
desordenadamente en su mente. El reto era abrir el camino del dictado 
interno, la senda de la intuición pura. 
 
Tomó el camino de Gaza, por ser el lado mas alejado del convento y el que 
marcaba el límite de la tierra y el comienzo del gran mar. 
 
Caminó durante dos semanas haciendo la ruta del Engadí, monte Hebrón
 
y Gat 
hasta llegar al Mar. Durante ese tiempo su comida parca y frugal no pasaba 
de un poco de pan y varias piezas de fruta que habría tomado de los
 árb
oles 
a su paso. Por otra parte su intestino no habría aceptado mayor cantidad
 
y 
calidad de alimento. En el caso de nuestro pequeño héroe la virtud de
 n
o 
comer, no solo era un proceso de voluntad, sino una prevención para 
liberarse de las reacciones espasmódicas del intestino y a veces los 
terribles cólicos intestinales que le sometían febril por varios días 
enteros al borde de la propia muerte. 
 
Caminó si rumbo por la orilla del mar, mientras escuchaba dentro de sí
 
mismo 
alguna respuesta o alguna tendencia, alguna dirección o cualquier otra 
motivación que diera significado a esa desenfrenada búsqueda de "no se
 
sabe 
que". Pero nada ni nadie le respondía. El hambre era tan tremenda que 
incluso comenzaba a ver trozos de pan entre las piedras de la orilla. Las 
visiones delirantes comenzaron a asociarse a un fuerte proceso febril que
 a
l 
final desembocó en un espasmo intestinal tan doloroso que solo la 
inconsciencia y el desmayo pudo liberarle de tanto sufrimiento. 
 
Quedó Juan tendido en la orilla de la playa, cuando desde el otro lado
 de
l 
espacio y del tiempo, yo, su amada, le gritaba desde lejos preocupada por
 s
i 
la marea subía y se ahogaba. Podía sentir su dolor y su tristeza, a la
 
vez 
que le reprochaba su tenacidad en descubrir la quimera del conocimiento.
 Er
a 
tal su celo, que se había provocado una muerte inmediata y desde este
 lad
o 
yo le gritaba con fuerza para que se despertara. 
 
De repente ocurrió algo que me dejó pasmada: Un ser luminoso de una
 bel
leza 
inusitada con un traje ajustado de vuelo se acercó por la orilla al
 mucha
cho 
y sin tocarle elevó la mano a la vez que el cuerpo de Juan se movía en
 
el 
aire e iba caminando parejo al personaje hasta un pequeño entrante a
 modo
 de 
cueva en el acantilado. Juan se despertó asustado por la presencia
 tremen
da 
de aquel individuo, sin saber si estaba consciente o inconsciente. Luego 
este ser luminoso tomó del aire una copa y le dio a beber a Juan un
 líq
uido, 
que no era otro, que el mismo maná que le había sido dado al pueblo de 
Israel a la salida de Egipto. El hombre del traje ajustado dijo: 
 
- Mi nombre es Link, y aunque tu  no me conoces, tu espíritu sí.
 Siempr
e he 
seguido tus pasos y te he consolado vida tras vida. Te he dado de comer 
cuando tenías hambre y te he puesto palabras en tu boca y en tu corazón 
desde el lado que tu no ves Siempre estarás unido a mí, por que tu y yo 
somos uno en el septenario del espíritu. 
 
Y dicho esto desapareció en la misma manera que había aparecido. 
 
Juan, una vez recuperado, retomó el camino hacia la fuente del Engadí,
 
donde 
moraría a partir de ese momento buscando, no tanto fuera, sino dentro de
 
sí 
mismo. 
 
Hasta los veintiún año, Juan aprendió a escuchar en la soledad su
 pro
pio 
libro interior, a caminar en la quietud del desierto, a robar al raposo la 
miel de las colmenas, a comer de la nada de la arena o de las langostas que 
surcaban el aire del desierto. Su extremada delgadez llamaba la atención
 
a 
propios y extraños, pero nunca se apagó la luz de sus profundos ojos
 az
ules. 
Visitó asiduamente a sus hermanos los terapeutas en Qumram, en Monte
 Carm
elo 
y en Nebo y entre sueños y experiencias aprendió a domar su ego para
 de
jarlo 
disponible al espíritu del Señor de la Tierra que le había designado
 
como 
templo de carne para la próxima misión. Simultaneó estas estancias
 de
 retiro 
ascético con las visitas al grupo de iniciados que instruía su padre. 
Zacarías; su padre,  era depositario de una serie de pergaminos que
 ven
ían 
de tiempo antiguo. Se trataba de determinadas enseñanzas confiadas a sus 
antepasados de  propia mano de Aarón. Solo unos pocos iniciados
 conocía
n de 
la existencia de estos pergaminos y solo  tres veces al año se reunían
 
para 
dialogar y renovar los compromisos de dicha sabiduría. Juan, fue
 admitido
 a 
estas reuniones puesto que debía continuar la tradición de la guarda de 
aquellos papiros, a fin de que no cayeran en manos de los gentiles o de 
personas indignas sin aristocracia espiritual. 
 
Llegada la fecha de dicha reunión, un mensajero se adentraba al desierto
 
y 
entregaba a Juan un trozo de tela que tenía representado dentro, un rombo 
con un corazón y un rombo con dos olivos. Estas señales y otras
 conveni
das 
con anterioridad le hacían saber que era llamado a la reunión de la 
Fraternidad de los Hijos de la Luz. Siempre se usaba el rombo con signos 
precisos dentro, y solo unos pocos dentro del pueblo conocían de dicha 
existencia. Todos los iniciados eran afines a la secta esenia, aunque 
también había celotas y un par de fariseos que también habían sido
 
llamados 
por designación superior. 
 
Estas reuniones se practicaban después de una semana de ayuno total. En
 e
ste 
periodo los iniciados no solo dejaban de comer absolutamente, sino que se 
sometían a oración y no tenían ningún tipo de contacto sexual.
 Solo
 agua y 
un poco de fruta al amanecer eran lo que les mantenían activos hasta la 
reunión. 
 
Normalmente era la casa de Zacarías la que más y mejor albergaba dichas 
reuniones. La misma casa de Zacarías comunicaba por el suelo con la casa 
contigua y esta a su vez con otras tantas casas próximas. En las paredes
 
de 
adobe se ubicaban distintos agujeros perfectamente camuflados donde se 
ponían los pergaminos y el acta de las sesiones que periódicamente se 
realizaban. 
 
Una vez juntos  todos en cónclave, se procedía a la adoración solar
 y
 se 
invocaba el espíritu de Moisés y el de Elías. Se ponía a su vez
 sob
re una 
mesa un trozo de pan ázimo y una copa de vino curado de tres cosechas 
anteriores y a cada lado de dicha ara se ponían dos candelabros de siete 
brazos con velas de cera virgen que permanecían encendidas durante todo
 e
l 
tiempo que duraba la asamblea. Hecha la oración se procedía a un
 period
o de 
silencio. Casi al instante una de las personas, y a veces dos o tres, 
entraban en un profundo trance y comenzaban a hablar ordenadamente con la 
iluminación del espíritu. Extrañas presencias luminosas acudían a
 l
a sala y 
se incorporaban a aquellas sesiones. Un amanuense comenzaba a escribir 
cuanto salía de las bocas de aquellos extasiados en trance y se
 elaboraba
 un 
acta que como antes dije se escondía en lugares secretos de la casa o del 
campo. El conocimiento que llegaba en aquellas sesiones era absolutamente 
maravilloso. La luz se hacía palabra, reflexión y conocimiento. Bien
 va
lía 
la pena haber estado sin comer todo aquel tiempo, pues aquel alimento 
mantenía a aquellos hijos de Israel en una plena comunión con el
 espí
ritu. 
No se podía revelar nada de dichas sesiones puesto que el que revelara
 al
gún 
secreto era reo de muerte y efectivamente en una o dos contadas ocasiones 
ocurrió que los desobedientes fueron castigados severamente. Uno de los 
asistentes movido por el amor a su esposa, quiso comunicarle alguna de las 
cosas que en dichas sesiones se celebraban y quedó absolutamente mudo
 par
a 
siempre. Otro de los conjurados en  el misterio también se dejo llevar
 po
r 
el pecado de la vanidad y comenzó a revelar conocimientos que
 expresament
e 
habían sido reservados, respecto de acontecimientos futuros por llegar. 
Efectivamente se cumplió cuando él había anunciado, pero no reveló
 
la fuente 
de su información; aún así fue castigado sin remisión, puesto que
 c
umplida 
la profecía, en el mismo instante murió ante sus amigos y contertulios. 
Nadie por tanto osaba revelar aquellos conocimientos y nadie delató a sus 
hermanos del espíritu. Pero todo el mundo sabia que algo o alguien hacia 
distintos a Zacarías y a sus amigos. Que sus ayunos y comportamientos
 fue
ra 
de la costumbre del pueblo le señalaba como cómplices de alguna
 extra
ña 
secta o privilegio. 
 
Israel en aquellos tiempos era algo así como un barril de pólvora a
 pun
to de 
estallar, puesto que por un lado se encontraba la dominación Romana; el 
férreo yugo de Herodes y sus intrigas y por otro, los movimientos 
nacionalistas dentro del pueblo y la amenaza de las fronteras próximas al 
Imperio que acechaban permanentemente contra los habitantes de aquella 
peculiar nación. Era por tanto peligroso tener secretos en este clima. 
 
Herodes había desplegado una red de chivatos bien pagados que se
 adentrab
an 
entre las tribus y ocupaban puestos en los mercados, en las sinagogas y en 
el ejercito y nada ni nadie se escapaba a su control. Zacarías por tanto 
estaba destacando en forma peligrosa ante la gente y era sometido en 
silencio a una permanente vigilancia. Él lo sabía y había dado
 instru
cciones 
muy precisas a Juan respecto de lo que debía de hacer en el caso de que 
fuera atacada la orden o él falleciera de muerte violenta. 
 
Pero quedaban unos cuantos años antes de que se desataran los 
acontecimientos y Juan simplemente se estaba preparando para ser un profeta 
de Dios y sobre todo hacerse  hombre en medio de los hombres. 
 
Muchos se preguntan el porqué los profetas o los grandes avatares
 pasaron
 un 
periodo de cuarentena más o menos largo en el desierto o en profunda y
 du
ra 
soledad. La respuesta está en la mecánica del espíritu y en la
 lógi
ca del 
"mutante". Sólo cuando un ser ha sido capaz de vencer las tendencias del
 
ego 
y dejar limpio su edifico de carne de las pasiones y de la concupiscencia 
puede luego ser compenetrado por el espíritu superior que toma
 posesión
 de 
su templo carnal en las mejores condiciones para operar.  Este fenómeno
 s
e 
había producido en el caso de Elijah y se repetía con Juan. De hecho el 
sentimiento de soledad y de ermitaño fue siempre una característica
 pro
pia 
de este espíritu, estuviera en una u o otra estancia de carne, que a lo 
largo del tiempo habitara. 
  LA PIEDRA MAGICA 
 
 
 
Existen pequeñas anécdotas que afortunadamente el velo del tiempo nos
 h
a 
dejado desvelar. Solo quien tiene la llave puede abrir la vieja puerta de
 s
u 
casa. Sólo quien sabe caminar por el laberinto no se pierde ni se ciega
 c
on 
las fantasmales luces del Maya. En este caso nos referiremos a un
 capítul
o 
que nunca se escribió de Juan. 
 
Era un día cualquiera de su impetuosa juventud; Juan había dejado la
 cu
eva 
donde habitualmente moraba y se había dirigido a la fuente del Engadí,
 
donde 
periódicamente se bañaba antes de que saliera el Sol. Las viejas
 ense
ñanzas 
de Zaqueo eran para él como un código imperturbable de conocimiento. En 
estas enseñanzas, el baño ritual antes de saludar al Sol era obligado, 
además de higiénico. Pero esa mañana, un extraño y minúsculo sol
 
artificial 
estaba iluminando con reflejos vistosos el agua de la fuente. Por un
 moment
o 
Juan se desconcertó e incluso comenzaba a pensar que el fin de los
 tiempo
s 
estaba próximo al ver como el sol de este amanecer estaba pálido de
 vid
a o 
bien todo se estaba apagando ante sus asombrados ojos. La luz continuó su 
evolución hasta que se puso matemáticamente sobre la vertical de su
 cab
eza. 
Nuestro hombre levantó la cabeza y se quedo asombrado ante la cegadora
 lu
z 
que salía del mismo. Uno de esos rayos comenzó a descender desde el
 peq
ueño 
sol metálico y alcanzó a Juan, que con suavidad se vio ascendido hacia 
arriba, como si algún águila gigante le estuviera levantando desde la 
tierra. Comenzó a pensar que a lo mejor todavía estaba dormido y que
 en
 todo 
caso se trataba de su imaginación, pero no solo no fue así, sino que
 se
 vio 
impetuosamente introducido en una extraña tienda de un color jamás
 vist
o y 
con una luz maravillosa que iluminaba toda su figura. Dentro de aquella 
tienda de extraño metal era de día, pero mirando desde la puerta de la
 
misma 
hacia abajo, era de noche. Enseguida comprendió que aquello no era obra
 d
el 
hombre, sino de Dios. 
 
Comenzó a caminar por un pasillo circular largo donde la luz y la
 brillan
tez 
de las paredes le hacían pensar que estaba en una casa hecha de la más
 
fina 
plata que jamás habría visto ningún ser humano. Después de
 recorrer
 un largo 
tramo. Se abrió en su lado izquierdo una puerta, y pudo ver una sala 
circular desprovista de muebles y sin la presencia de ser viviente alguno. 
Juan se acercó al centro y vio una peana de un color plateado brillante
 q
ue 
saliendo del suelo de dicha habitación llegaba hasta su cintura. *En
 dich
a 
peana brillaba una piedra preciosa de color rojo que destellaba con fuerza
 
y 
asemejaba a las más bellas de las gemas que nunca jamás habría
 visto.
 Era 
del tamaño de un huevo de gallina, pero estaba cortada en forma
 caprichos
a y 
regular. Casi al instante, se escuchó una voz, que sin saber de donde
 sal
ía 
exactamente llenó con ímpetu autoritario toda la estancia:* 
 
*-Juan, toma la piedra y no la pierdas nunca. En otra vida te perteneció. 
Úsala cuando necesites preguntar algo o cuando en tu turbación y
 soleda
d 
necesites de nuestra ayuda. Siempre estaremos unidos a ti por medio de la 
misma. Escucharás y verás en sus entrañas cuando acontece a los
 hombr
es y a 
tu tierra. Verás el pasado y el futuro y te protegerá de todo mal.
 Guar
dala 
celosamente de los curiosos y de los ladrones y escóndela en un lugar
 seg
uro 
cercano a ti.* 
 
*Tomó por tanto la piedra con veneración y asombro y tal y como
 había
 venido 
hasta allí retrocedió hasta el final del pasillo de acceso. Estaba
 pens
ando 
cómo bajaría a tierra, cuando en un solo instante se vio junto a la
 fue
nte 
como si de magia auténtica se tratara. Comprobó que la piedra estaba
 en
 su 
regazo. Luego vio como el pequeño sol metálico se iba apagando a la
 vez
 que 
los primeros rayos de Sol salían por el horizonte.* 
 
*Ascendió rápidamente a la cueva y después de buscar un lugar
 seguro,
 lo 
encontró en una pequeña hendidura en el lado más obscuro de su
 morada
. Puso 
después una pequeña piedra plana tapando la ranura y allí estuvo su
 g
ran 
tesoro, que solo él y una amiga suya a la que luego me referiré
 conoc
ían.* 
 
*Todas las noches antes de dormir, Juan avivaba el fuego que ardía 
continuamente en su cueva, pues las ascuas del día prendían en la
 noche
 con 
el pequeño manojo de palos secos que antes de retirarse tomaba nuestro 
anacoreta del entorno. Cada noche, tomaba la piedra de su escondite y la 
contemplaba silencioso. Al cabo de un ratito de quietud y observación 
comenzaba a ver imágenes del pasado y del futuro. Bastaba con que Juan 
pensara en forma consciente o distraída en algo para que se reflejara en
 
su 
interior una respuesta visual acompañada de una potente voz que solo se 
escuchaba en su propio cerebro. A veces cuando la meditación ante la
 pied
ra 
se prolongaba por horas y el fuego se apagaba, una maravillosa luz violeta 
salía de la gema e iluminaba la estancia sin que el profeta reparara en
 q
ue 
el fuego se había extinguido y que la luz era la de la preciada gema.* 
 
*Por medio de la misma le fueron dadas a Juan instrucciones precisas por 
partes de los dioses, de como emplearla para curar a los enfermos, incluso 
de como defenderse de sus enemigos. Así pues, por medio de giros
 monóto
nos y 
repetitivos sobre las zonas patológicas de los enfermos se producía al
 
poco 
rato una verdadera regeneración de los tejidos y un claro alivio de los 
males del enfermo. * 
 
*Esta dichosa piedra fue vista poco a poco cada vez por más gente, hasta
 
el 
punto de levantar todo tipo de especulaciones sobre la misma. Solo Jhana,
 s
u 
entrañable amiga, sabía donde se escondía y quienes se la habían
 da
do. * 
 
*Existe incluso un capítulo muy polémico que nunca se ha registrado en
 
las 
escrituras sagradas pero que hace alusión a un tema escabroso. Si se lee 
bien los Evangelios se puede observar una clara rivalidad entre los 
discípulos de Juan y los de Jesús el Cristo. Fueron precisamente varios 
discípulos de Jesús los que atraídos por el poder de la piedra
 maravi
llosa 
del profeta, y  seguidos de otras personas, se acercaron a la cueva de Juan 
para que les mostraba el poder de la misma. En un principio el anacoreta no 
hizo caso de este  macabro interés, pero ante la pesada insistencía de
 
estos 
dos discípulos y los curiosos que les seguían, optó Juan por salir a
 
la luz 
desde la penumbra de su cueva, pero con la piedra en la mano. Levantó el 
Hombre de Dios la gema sobre su cabeza y al instante salió de la misma un 
rayo rojo que envolvió en  aparentes llamas a los curiosos. Fue tal el 
impacto y el susto que recibieron que salieron corriendo a la vez que las 
chispas salían de sus túnicas por el efecto térmico de aquel rayo. * 
 
 
 
Comprendo que estas historias puedan resultar fantásticas, pero son tan 
reales como la propia certeza de haberlas vivido desde el arcano registro 
akásico donde está grabado cuanto se ha dado en los corazones de los
 ho
mbres 
y en la vida y devenir de la Humanidad. Algunos comprobarán cuanto
 decimo
s 
desde el "otro lado". Mientras tanto, para otros la pequeña historia de
 l
a 
piedra de Juan, no será sino un despiste literario de los autores. 
 
Deseo recordar al respecto algo curioso que fue famoso para los seguidores 
del mundo del contactismo moderno. Me estoy refiriendo a una vieja historia 
de un periodista alemán que fue contactado por seres venidos del espacio
 
y 
al que le entregaron una piedra roja que debería llevar a una cita
 precis
a 
junto al mar en un día determinado. Aquel hombre escéptico, tiró la
 p
iedra 
al agua y no quiso dar crédito ante cuanto estaba viviendo pues
 compromet
ía 
su vida y sus creencias en forma peligrosa para su cordura. Al día
 siguie
nte 
este periodista contactado murió extrañamente. Es una pequeña
 anécd
ota 
curiosa que se dio en nuestros días. Pero sin recurrir a ella,  muchos
 so
n 
los que conocen la función de las piedras preciosas en manos de dotados 
psíquicos y el empleo en los campos de la medicina, la parapsicología
 y
 la 
magia, que a lo largo de la historia han tejido de leyendas las actuaciones 
de seres y de entidades, que emplearon dicho poder para estos y otros
 tanto
s 
usos fantásticos. 
 
Juan no solo la empleaba para hablar con los dioses y para sanar, sino que 
cuando tenía los fuertes dolores intestinales y las fiebres que
 provocaba
 su 
precario estado, ponía la piedra en la frente o en el abdomen y poco a
 po
co 
se dormía con una sensación de paz y de satisfacción por el alivio
 di
recto 
de las vibraciones de la misma. 
 
 
JHANA, SU AMADA VIRGEN. 
 
 
 
Como el Arcángel San Gabriel anunciara en su día a Zacarías, Juan
 hab
ría 
nacido con el sagrado deber de servir a Dios. En el libro sagrado se da a 
entender que este profeta no debería conocer mujer, por su dedicación
 a
l 
Señor. Y así fue en los primeros años de su predicación, pero no
 en
 la etapa 
final; es decir, poco antes de su muerte. 
 
 Zacarías vivía en Jerusalén en las cercanías del templo, puesto
 qu
e los 
sacerdotes que permanecían asiduamente en el servicio religioso habitaban 
los barrios próximos al mismo. La humilde casa de  la familia de Juan
 ten
ía 
en su vecindad más próxima a otra familia de mercaderes de telas que
 ad
emás 
de ser virtuosos y fieles amigos de Zacarías e Isabel habían tenido
 cin
co 
hijos; cuatro varones y una hija pequeña llamada Jhana. Esta niña
 hab
ía 
nacido matemáticamente al unísono de Juan, y los mismos dolores de
 part
o 
habrían pasado ambas madres en casas contiguas y en habitaciones
 separada
s 
por tan solo un pequeño tabique. En esa misma medida, los primeros
 años
 del 
hombre de Dios se habían dado con una total y absolutamente
 compenetraci
ón 
con esta niña que por la carencia de hermanos por parte de Juan, había 
ocupado en todo momento esta parcela sentimental tan necesaria para todo 
niño. 
 
Durante pocos años habían vivido indistintamente en cada casa, y
 habí
an 
comido y dormido en una y otra con total libertad y con el consentimiento
 d
e 
ambas familias que por otra parte eran entrañables en sus lazos y en su 
respectivo trato. 
 
Juan amaba a Jhana, pero le era imposible concebir a su vecinita como una 
mujer objeto de deseo, sino más bien como una verdadera hermana. De una u 
otra manera los primeros lazos y las primeras pautas infantiles definen de 
una u otra manera el comportamiento futuro del adulto y no podría haber
 s
ido 
de otra manera en este caso, puesto que la profecía del Angel se debía 
cumplir por designios infalibles de lo alto, hasta que de "lo alto" le
 fuer
a 
permitido conocer mujer. 
 
Cuando a los siete años Juan fue llevado a iniciar su educación al
 cole
gio 
esenio, Jhana acudía cada fiesta junto con Zacarías y con Isabel a ver
 
y 
dialogar con su querido amigo. Esta entrañable amistad no solo no
 habrí
a 
disminuido con el tiempo sino que se veía incrementada por la
 separació
n de 
ambos. Pero así como en Juan el encuentro con Jhana no era otra cosa que 
renovar lazos familiares; Jhana iba desarrollando junto con este amor una 
lógica atracción femenina que no descartaba el deseo de poseer y amar
 c
omo 
hombre al Profeta de Dios. Por otra parte decía Jhana -Y a quien voy a
 am
ar 
si no es a Juan-.  Pues ella no podía amar a otro hombre. Sobre Jhana, 
evidentemente habitaba el espíritu de Sheisha y vida tras vida los lazos 
afectivos que se han visto iluminados con la luz del espíritu no 
desaparecen, sino que se incrementan y se buscan. 
 
Jhana no sabía que aquel ser amado no viviría muchos años sobre la
 fa
z de la 
tierra y tampoco sabía que "los hijos del Sol" son como soldados al
 servi
cio 
de un plan y no de una mujer. Por tanto se requería de la fortaleza y la 
concentración absoluta de la mente del profeta para llevar a cabo el plan 
previsto y en este plan el celibato era una herramienta muy útil para no 
desviar intereses o debilitar las tremendas decisiones que debía tomar el 
hombre de Dios en lo sucesivo. 
 
Jhana siempre había visitado a Juan, pero no solo por propio interés 
sentimental en si, sino por cuidar en todo momento de la precaria salud del 
profeta y de atender a su perpetuo descuido en las comidas y en el cuidado 
de su cuerpo. Y es que Juan además de ser un despistado sufría
 enormeme
nte 
con la digestión, hasta el punto de apurar la comida al mínimo para no 
enfrentarse a las reacciones posteriores. 
 
Jhana llevaba asiduamente queso, dátiles y miel a su amado Juan y este
 lo
s 
comía poco a poco hasta que de nuevo en la siguiente visita le eran 
repuestos los víveres que se habían terminado. Pero ocurría muy a
 men
udo que 
la comida se estropeaba en el fondo de la cueva y cuando Jhana llegaba se 
entristecía por ver la afrenta de su gesto despreciado por el profeta. 
 
- ¿Juan por que no has comido lo que te envíe?, decía Jhana. 
 
Juan saliendo de su letargo y con un total despiste afirmaba: 
 
-Mujer; no ves que ya he comido todo. Y seguía abstraído haciendo
 dibuj
os y 
jeroglíficos en el suelo de la caverna. Entonces Jhana con tristeza
 tomab
a 
el queso repleto de gusanos y se lo ponía en la nariz y ante los ojos
 par
a 
que evidenciara no solo que no era cierto, sino que además flaqueaba su 
memoria o su despiste era tremendo. Juan ante tal gesto sonreía con
 ternu
ra 
y decía: 
 
- ¡Lo siento Jhana!....no sabía que todavía tenia comida. 
 
En pocas ocasiones Jhana retrasaba su visita al profeta  enfadada por esta 
desconsideración por parte de su querido amigo, pero Juan no solo
 seguí
a en 
el mismo despiste  sino que terminaba por comer todavía menos y
 aumentaba
 su 
extremada delgadez. En ocasiones llegó incluso a comer langostas y
 líqu
enes 
del desierto. 
 
En otras ocasiones era Jhana la que le impulsaba a realizar su función 
terapéutica por la cual debía de curar a los enfermos que
 ocasionalment
e 
acudían a la cueva. Juan tomaba su piedra de color rojo y realizaba
 varia
s 
pasadas por el cuerpo del enfermo, produciéndose al poco rato una 
regeneración total del mismo. Cuando no conseguía llevar el alivio o
 ca
lmar 
el dolor, decía al enfermo: 
 
-Regresa a casa y reza al Señor; pues el se ocupará de ti. Pero no
 pequ
es 
más. 
 
*Aquella noche, Juan tomaba la piedra y la ponía encima al costado del 
fuego. Luego se concentraba mentalmente y pedía al Señor Dios de
 Israel
 por 
todos y cada uno de los enfermos que habían venido a su encuentro. No 
tardaban éstos en amanecer con las dolencias curadas o ampliamente 
mejoradas. Por estas cosas y otros tantos prodigios, crecía cada vez
 má
s la 
fama de Juan ante el pueblo y era respetado y amado por todos.* 
 
*Aconsejaba siempre el profeta de Dios practicar la caridad entre los 
vecinos, perdonándose las ofensas e impulsaba a llevar una vida digna, 
moderando la comida y la bebida. Solía repetir reiteradamente:* 
 
*-Sois lo que coméis. Buscar estar limpios por dentro y fuera y la 
enfermedad nunca visitará vuestras moradas. Cumplid los preceptos
 sagrado
s y 
no tendréis tribulaciones en el cuerpo y en el alma.* 
 
Al otro lado de las fronteras de Israel llegaba la fama del profeta de Dios 
y eran muchos los que peregrinaban a su rústica morada para escuchar su 
enseñanza. Esta fama también llegó a dos focos distintos y
 enfrentado
s en la 
sociedad de aquellos días. Por un lado los grupos celotas; o 
ultranacionalistas judíos y a su contrario el Rey Herodes. Ambos
 procurar
on 
saber más de él y de su enseñanza. Los primeros pensaban que el
 puebl
o 
seguiría a un líder con el carisma y la fuerza de Juan. El segundo,
 pen
saba 
en la misma medida que aquel hombre podría ser peligroso si todo su 
prestigio lo ponía al servicio de una idea liberadora del pueblo. 
 
Tanto los celotas como los informadores de Herodes habían concurrido a
 es
tos 
encuentros dialécticos en los que el profeta revelaba la más pura
 sabid
uría 
jamás conocida. Y unos y otros hacían sus conjeturas en un sentido o en 
otro, según convenía a sus intereses respectivos. 
 
*Jhana sabia de este interés por parte de los movimientos políticos de 
Israel hacia la figura de su querido Juan y reiteradamente le advertía de 
estas intrigas. Juan por su parte totalmente ajeno a estos intereses
 decí
a:* 
 
*-¡ Mujer...! ¿Que pueden querer estos de un pobre hombre como yo?. He 
venido para hacer la revolución del corazón, no para sublevar ni
 enfren
tar a 
nadie. ¡Déjales que hablen y murmuren!.* 
 
*No sabía el profeta que aquellas intrigas le costarían poco tiempo
 des
pués 
la vida. Pero estabamos ante un ser limpio de corazón que no callaba
 nada
 y 
que cuando se arrancaba en su discurso era tal la fuerza de su verbo que 
temblaban las montañas de Judea.* 
 
 
 
*Heliocentro* 
 
*www.heliocentro.net* <http:///>; 
 
 
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