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Asunto:[redluzargentina] Sobre el Tao Te King
Fecha:Jueves, 2 de Junio, 2005  09:15:23 (-0500)
Autor:Anahuak Home <redanahuak @...............mx>

From: Pablo <kristalrune@yahoo.com.ar> 
Date: Thu, 02 Jun 2005 01:00:41 -0300 (ART) 
Subject: [askasis] sobre el Tao Te King 
 
EL FILÓSOFO PROHIBIDO Y EL ARCHIVISTA 
 
Lic. Marcos Ghio  
 
(Conferencia dictada el pasado 31-5-05 en la ciudad de Buenos Aires) 
 
En el día de la fecha presentamos la obra de Julius Evola El Tao te king de 
Lao tsé. Dicho texto, escrito por el aludido pensador chino quien viviera
 e
n 
el siglo VI a C., se encuentra precedido por una esclarecedora introducción 
al taoísmo elaborada por J. Evola. Acotemos al respecto que, si bien del
 Ta
o 
te king se habla mucho hoy en día existiendo del mismo una pluralidad de 
versiones, es muy poco lo que se sabe en cambio de su autor. Pero henos 
también con la paradoja que de J. Evola, autor nacido en 1898 y muerto en 
1974, esto es, hace poco más de 30 años, es todavía menos lo que de él se 
sabe entre el gran público. Hasta nos arriesgaríamos a decir que, mientras 
que todos los aquí presentes conocen o han escuchado hablar del filósofo 
chino y de la obra que presentamos, en cambio de J. Evola algunos hasta 
ignoraban su existencia. Y ello es por una razón muy especial. No porque 
haya escrito muy pocos libros o que lo que escribió carezca de importancia, 
sino todo lo contrario; ello es por el hecho esencial de que se trata de un 
pensador sumamente conflictivo e inconveniente para los principales
 círculo
s 
del poder, cultural, mediático, político, académico, etc., que rige en el 
planeta, el que lo reputa como una especie de outsider en el mejor sentido 
del término, un autor conflictivo por las cosas que sostiene y por los 
influjos que puede ocasionar y ante el cual, en tanto resulta sumamente 
difícil deformarlo como en otros casos, lo más conveniente en cambio 
consiste en aplicarle un espeso manto de silencio. Sin embargo debemos 
acotar también dentro de esta misma perspectiva que en Europa, debido al 
creciente interés que se ha despertado por su obra entre algunos sectores, 
no hace mucho tiempo un autor que no es exactamente de la línea de Julius 
Evola ha escrito un sugestivo libro titulado Evola, el filosofo prohibido, 
obra de más de quinientas páginas, redactada para un círculo muy selecto de 
personas, pero en la cual, más que indagarse seriamente en lo que el autor 
pensó, se expresan en cambio las razones por las cuales tal doctrina
 deberí
a 
ser excluido por lo riesgosa que la misma resulta ser para el normal 
desarrollo de la modernidad. Pero lo destacable a recordar aquí es que 
utilizó un término que sería bueno incluirlo de ahora en más: lo llamó el 
filósofo prohibido, resaltando de tal modo las abismales distancias que 
existen entre su pensamiento y la modernidad. Con Lao Tsé y el Tao tê king, 
obra que, tal como veremos, en su espíritu no es disímil de lo que Evola ha 
manifestado a través de sus escritos, en cambio, gracias a las 
características especiales que posee el idioma chino, el que admite una 
pluralidad de interpretaciones, ha sido posible en cambio modificarle el 
sentido esencial convirtiéndolo en inofensivo para la modernidad hasta 
incluso haberse llegado al absurdo de transformarlo nada menos que en un 
texto anticipatorio de la principal ideología que conforma a nuestra época: 
el liberalismo.  
 
Sin embargo digamos aquí inmediatamente, para contrarrestar tal sofisma,
 qu
e 
no solamente ello no es cierto, sino que la obra de Lao tsé y la de Evola 
tienen muchos puntos en común que trataremos de reseñar, justamente en el 
profundo contenido antimoderno que las informa, aunque convengamos que las 
existencias de ambos fueron muy diferentes. Y convengamos también que, si 
bien las circunstancias históricas en que vivieron fueron sumamente 
distintas, la labor desempeñada por Lao Tsé tuvo caracteres similares a la 
de J. E., en tanto que ambos, en circunstancias históricas distintas, 
ofrendaron por igual su vida entera a la difusión y testimonio de una 
doctrina metafísica esencial, milenaria e inmutable. Lao Tsé fue un 
archivista de la corte del emperador; pero enseguida tenemos que hacer una 
corrección con la finalidad de sortear las distancias abismales que existen 
con la situación de nuestros días respecto de alguien que escribiera hace 
2.500 años. Cuando se piensa en tal f unción inmediatamente se imagina uno
 
a 
una de las tantas figuras rentadas y mediocres, encargadas actualmente de 
acomodar en diferentes estantes los decretos y reglamentos que elabora una 
clase política en mayor o menor medida corrompida, como puede ser la
 nuestr
a 
o la de los otros países en los que se practica un mismo sistema político; 
aquello que en nuestro léxico florido y argentino hoy en día se califica 
como a un ñoqui. En verdad los archivos que cuidaba Lao tsé eran documentos 
milenarios en los que se hallaban los principios esenciales referentes al 
buen gobierno. Principios que, si bien eran relativos a la actividad 
política, en tanto encuadrados en una óptica tradicional y no moderna, eran 
por lo tanto también y esencialmente de carácter metafísico por su valor 
inmutable, permaneciendo siempre idénticos en todo tiempo y lugar, 
resultando absolutamente inmunes al devenir histórico. Por supuesto que la 
labor de un archivista de esos tiempos no era simplemente la de acumularlos 
en unos estantes, cuidarlos, limpiándolos del polvo que recibiesen con los 
años, sino, a la inversa, de hacerlos presentes y de recordarlos sea a 
quienes tenían la función eminentísima de gobernar como a aquellos que 
debían ser gobernados. Pero además ello no significaba meramente la tarea 
erudita de repetirlos mecánicamente, desentendiéndose del grado de 
comprensión que tuviesen los interlocutores, sino en cambio de adaptarlos a 
los léxicos del propio tiempo a fin de hacerlos comprensibles a los 
contemporáneos, y especialmente entre éstos a la figura eminentísima a
 quie
n 
iba principalmente dirigido el mensaje, el emperador chino, a fin de que 
éste no sucumbiera a las tentaciones propias de un político, cual es el 
halago de las muchedumbres o el deseo de mandar. Y a su vez la ardua labor 
de hacerlos comprensibles al tiempo en el que se vivía no debía significar 
en manera alguna degradarlos, haciendo perder el sentido de las distancias 
que siempre debe pose er un texto sagrado, incurriéndose así en un terreno 
propio de terminologías demagógicas y populacheras tan comunes entre 
nuestros hombres públicos y entre muchos de nuestros "comunicadores". Ésta 
es la razón por la cual el texto fue formulado en un lenguaje poético, 
haciéndose notar así las abismales diferencias que existen entre lo que 
pertenece al saber y al sentido vulgar y lo que es en cambio propio de lo 
metafísico, entre lo que corresponde al lenguaje coloquial propio de las 
muchedumbre, que tan sólo afinca en lo que ya se es y aquel que en cambio 
eleva y transforma. 
 
A tal efecto y adentrándonos ya en el texto que aquí tratamos, intentemos 
contestar a estas dos preguntas esenciales: ¿cuáles eran los principios que 
allí se indicaban? Y ¿cuáles las razones por las que los mismos debían 
formularse justamente en ese tiempo, en el siglo VI por parte de ese 
ocasional archivista llamado Lao Tsé? 
 
Vayamos primero a la segunda pregunta. Se ha dicho que el siglo VI fue una 
etapa significativa en la historia de la humanidad. René Guénon sostiene
 qu
e 
fue un momento de inflexión en el que se produjo el estado de aceleración y 
de caída en el Kali Yuga o Edad del hierro, propio de nuestro ciclo 
histórico. Tres acontecimientos esenciales en diferentes civilizaciones 
acontecen en tal siglo. En Grecia surge la filosofía, en la India el 
buddhismo y en China el taoísmo con la obra que aquí comentamos. Sin 
embargo, de acuerdo al punto de vista que se adopte, tales movimientos 
pueden ser concebidos sea como una profundización de la decadencia, en
 tant
o 
que pueden haber significado una caída de nivel y vulgarización del saber 
tradicional, así como, a la inversa, de restauración y puesta a punto de 
ciertos principios primordiales justamente como un reactivo ante un desvío. 
Si en Grecia la filosofía puede ser comprendida como una caída de nivel en 
tanto significó el pasaje del mito al lógos o de la sabiduría (sofía) al 
simple amor o preparación para la misma (filo-sofía), en la India a su vez 
el buddhismo representa una concepción espiritual surgida de una casta 
jerárquicamente inferior, la de los kshatriyas (guerreros) respecto de los 
brahamanes (contemplativos), en donde la acción, bajo la forma del
 ascetism
o 
y del heroísmo, se sustituye a la contemplación. Pero a su vez, desde otro 
punto de vista, en tanto que se considera que la decadencia se genera 
siempre en su origen como una caída acontecida en el seno de las castas 
superiores, tales fenómenos pueden ser comprendidos también como reacciones 
acontecidas ante un estado de aletargamiento espiritual, de decaimiento de 
lo que es superior hasta el nivel de un mero ritualismo burocrático carente 
de la levadura propia de la verdadera espiritualidad. Así pues, sea el 
buddhismo, como la filosofía en Grecia pueden ser comprendidos también como 
corrientes de renovació n y de revitalización de ciertos principios, tales 
como en algunas vertientes del buddhismo como el zen y en algunas escuelas 
filosóficas griegas, sea pre-socráticas como post-socráticas, tales como
 la
s 
de Parménides, Platón, Aristóteles o Plotino. En todos estos casos depende 
pues de la óptica desde la cual nos ubiquemos para juzgar a ciertos 
fenómenos. Toda vez que existe un movimiento de decadencia también 
sobrevienen por reacción escuelas y figuras que por el contrario resaltan 
hasta límites de mayor profundidad los principios metafísicos esenciales. 
Tal es el caso de lo sucedido en el siglo pasado, siglo signado por la 
crisis más notable en toda la historia universal, con expresiones notorias 
de materialismo extremo y de postmodernidad como no sucediera nunca, pero
 e
n 
el cual, paradojalmente y como un verdadero contraste, ha podido darnos 
también en su pureza metafísica más plena la doctrina tradicional, a través 
de las inigualables plumas de Julius Evola y René Guénon, la que fue 
formulada en sus principios de una manera tan nítida y contundente como no 
sucediera en otras épocas anteriores en las que la decadencia aun no había 
socavado y embrutecido tanto a la humanidad. En el caso específico del Tao 
que aquí nos convoca, podemos decir que, analizado desde una óptica 
estrictamente tradicional, el mismo representa un texto que fuera escrito a 
la manera de un alerta en previsión de ciertas tendencias de decaimiento
 de
l 
orden social acontecidas, sea en la cúspide del Estado y sea por extensión 
en el resto de la comunidad toda. Por lo cual es que se hacía necesario 
formular de una manera clara y contundente los principios que hacen a la 
ciencia política relacionados siempre con su disciplina rectora, la 
metafísica.  
 
Pasemos a analizar ahora el sentido en que se entendía la ciencia política 
que emana del Tao. Como en toda disciplina común a las distintas 
tradiciones, sea occidentales como orientales, la política no era entendida 
como un saber y una práctica autosuficientes. A diferencia de lo que 
acontece hoy en día, las ciencias y las técnicas no se convertían en tales 
en tanto se separaran de su tronco principal y se independizaran
 adquiriend
o 
un método propio, tal como se entiende en nuestros días, sino que, al 
contrario, todo saber podía reputarse como científico tan sólo en tanto 
estuviese orientado jerárquicamente por una disciplina superior que le 
indicara su razón de ser, la de constituirse como un medio adecuado a la 
realización de la meta esencial del hombre, su conquista de la
 inmortalidad
. 
Todas las actividades, sea científicas como artísticas o técnicas, estaban 
orientadas hacia tal fin y era ello lo que les otorgaba su carácter 
científico. Un conocer por el mero co nocer o peor aun en función de un 
dominio o acrecentamiento del poder sobre la naturaleza eran reputados como 
cosas inconcebibles y como el producto de una severa crisis. Como 
consecuencia de tales independencias de los diferentes saberes hoy en día 
hemos arribado a la época de las especializaciones en donde se ha hecho en 
modo tal que todas las disciplinas se han convertido en compartimientos 
estancos en la medida en que se han separado de su causa final, careciendo 
totalmente de un rumbo que las determine en su camino, de una razón última 
de ser, convirtiéndose así, al decir de Guénon, como formando parte todas
 d
e 
un "saber ignorante". Y ha sido justamente este abandono de lo superior lo 
que ha hecho en modo tal que, en lo referente a lo que es propio de la 
política, presenciemos el fenómeno de que hoy en día los políticos ya 
ignoran lo que signifique propiamente gobernar, sino que en cambio hayan 
suplantado tal actividad por la inferior y económica de administrar, 
llegándose así al absurdo extremo de confundir lo que es la acción de 
gobierno con la actividad meramente administrativa, equiparable a la 
actividad de quien lleva los libros contables de una empresa. Es decir la 
política se ha convertido en la actividad encargada meramente de asegurar
 e
l 
bien común de las personas, entendiendo por ello principalmente el
 bienesta
r 
económico de las sociedades, razón ésta por la cual en los días que corren 
dicha disciplina, que en un primer momento de decadencia ha comenzado 
declarándose como autosuficiente y autónoma respecto de un saber superior 
que la orientara, ha terminado con el tiempo como estando cada vez más 
subordinada a una de carácter inferior cual es la economía. Pues de acuerdo 
a un dicho tradicional, una vez que se ha abandonado lo superior, lo que se 
produce no es la emancipación de un saber sino la consecuencia forzosa de 
subordinación a lo que es inferior. En coherencia con tal tendencia, se ha 
hecho ya un lugar común en los regímenes democrát icos modernos manifestar 
no solamente que un gobernante es un administrador, sino que quien lo hace
 
y 
quien posee la principal influencia en el Estado es el ministro de
 Economía
. 
 
No nos cansaremos de manifestar, en razón de las terribles confusiones en 
que se ha incurrido en los tiempos actuales, que el Tao, lejos de ser un 
anticipo de la mentalidad moderna y progresista, es esencialmente un texto 
antimoderno. La política se encuentra allí orientada por una ciencia 
superior cual es la metafísica, representando una rama práctica de la
 misma
, 
la encargada de realizar esa dimensión suprema en el hombre. Se parte aquí 
de una visión antropológica diametralmente opuesta a la de los tiempos 
actuales. Mientras que hoy en día, en virtud de la antes mentada
 decadencia
, 
rigen criterios unidimensionales con respecto al ser humano, en donde todo 
se uniforma y confunde: se confunde el cuerpo con alma, el individuo con la 
persona, la psicología con la conducta externa y ostensible de los sujetos, 
etc. reduciéndose así toda la realidad a aquello que es tangible y visible, 
a lo que se capta a través de los sentidos, y la política a su vez, tal
 com
o 
dijéramos, queda comprendida por la economía y la administración; el 
pensamiento tradicional en cambio es tridimensional en tanto comprende que 
en el hombre existen tres dimensiones claramente diferenciadas entre sí,
 co
n 
leyes propias aunque no independientes, ordenadas todas bajo un principio
 d
e 
jerarquía en donde lo inferior sólo se comprende a través de lo superior y 
no a la inversa. Existe la esfera más primaria y elemental que es la 
espacial, vinculada con el cuerpo, luego la temporal relacionada con el
 alm
a 
y finalmente la eterna, que es la relativa al espíritu o persona en el 
hombre. Y era a su vez una premisa esencial que informaba toda acción de 
gobierno verdadero –que por supuesto no es la propia de los modernos 
administradores o políticos minúsculos que nos "gobiernan"– la de que, 
mientras se nace con las dos primeras dimensiones, existe una educación 
especial que es la que nos permite obtener y despertar la tercera. 
 
Despertar al espíritu en el hombre, convertir al individuo en persona, a la 
masa en pueblo: tal es la función principal del hombre de Estado 
tradicional. El Estado era pues comprendido esencialmente como un pedagogo, 
como un ente formativo del hombre. Como aquel que era capaz de convertirlo 
de mero animal social y gregario, que era aquello perteneciente a la 
naturaleza inmediata que éste traía al nacer, en un ser libre y con 
espíritu. Era pues su función, más que la de satisfacer las necesidades del 
vientre, más que administrar o hacer "felices" a los hombres, la de 
elevarlos hacia la dimensión eterna, es decir, arrancar al ser humano del 
mundo meramente animal, físico y promiscuo por el que se encuentra 
mancomunado a todo lo existente, para enaltecerlo hacia una dimensión que 
trasciende la propia inmediatez natural con la que nace. Por ello era un 
esencial alerta formulado por el Tao en el sentido de que nunca puede ser
 l
a 
mera vida o el "bienestar general" la meta principal del hombre de Estado 
verdadero, sino lo que es más que vida, la supravida, o eternidad, la 
capacidad de trascender la esfera natural e inmediata en la que se ha 
nacido. Fue así como clásicamente se consideraba al gobernante como un 
pontífice, es decir, como un hacedor de puentes entre la tierra y el Cielo, 
entre lo natural y lo sobrenatural, entre lo material y físico que captan 
nuestros sentidos externos y lo metafísico y eterno que es propio de la 
esfera espiritual.  
 
Pero a pesar de tales contundentes aseveraciones, los modernos, basándose
 e
n 
párrafos parciales y arrancados de contexto, insisten en su confiscación
 de
l 
Tao para su ideología con la excusa de que en el mismo se habla de una no 
intervención del Estado en las cosas privadas. Digamos una vez más: no 
existe un texto que se encuentre más alejado del liberalismo o de la 
modernidad que el Tao te king que aquí comentamos. Lejos de pretender 
disolverse y de desaparecer como brega tal ideología, el Estado tradicional 
es un ente sumamente activo y omnipresente. No es el organismo que
 desplieg
a 
o ayuda a desplegar la naturaleza del hombre tratando de intervenir lo
 meno
s 
posible a fin de no interferir en su sagrada espontaneidad, sino por el 
contrario es el que la modifica y transforma, elevándola por encima de lo 
que es su mera inmediatez. 
 
Es desde tal perspectiva como es posible comprender el sentido de no-acción 
que aparece formulado en el texto, como formando parte del carácter
 esencia
l 
del gobernante taoísta. Hay no-acción tan sólo en tanto un gobernante 
verdadero no se entretiene en cuestiones secundarias, como la economía, la 
administración, las relaciones públicas, etc., sino que, al ser su meta 
principal la eternidad, es hacia ella que ordena todo lo existente. Nada
 qu
e 
ver pues con el laissez faire liberal del gobernante que se entromete lo 
menos posible en la vida de sus semejantes, sino que aquí en cambio está 
presente la idea aristotélica de causa final, de motor inmóvil que mueve
 si
n 
moverse, que atrae como un imán en tanto poseedor de un carisma del que 
carece el común de los hombres. A la inversa exacta de la ideología moderna 
y liberal, el gobernante tradicional, lejos de permanecer ajeno y 
desinteresado respecto de las acciones particulares de sus semejantes, está 
presente absolutamen te en todas aun en las más mínimas e insignificantes, 
tratando de otorgarles a todas ellas un contenido superior, un sentido a la 
totalidad de la existencia de sus gobernados. Por ello es que su acción
 deb
e 
ser siempre a la distancia, como la de un imán que atrae hacia sí, 
constituyéndose de esta manera en una fuerza mucho más fuerte e
 indoblegabl
e 
que la más poderosa de las acciones materiales. Estamos así lejos también 
del concepto moderno del Estado que ejerce el monopolio de la fuerza
 física
; 
el gobernante tradicional puede estar desarmado pero sin embargo, por su 
prestigio y autoridad, por el carisma que emana de sus actos, alcanza a 
obtener de sus súbditos una obediencia reverencial muy superior a la que 
alcanza a través del miedo y el terror el más tiránico de los gobernantes. 
 
El emperador chino permanecía por lo tanto alejado de la muchedumbre, vivía 
su existencia entera en una ciudad oculta de la que nunca salía, ni
 siquier
a 
para viajar y conocer el mundo como hacen los líderes actuales, a fin de no 
contaminarse y no mezclarse con los afanes del vulgo al cual él debía 
transformar; pero no por ello permanecía ajeno a los verdaderos "intereses" 
de su pueblo, sino por el contrario, por su acción a la distancia que les 
dirigía el rumbo, él le estaba siempre presente, mucho más cerca que el más 
pegajoso e incisivo de los demagogos actuales, siempre a disposición de la 
gente, poblando con sus imágenes mediáticas nuestra vida cotidiana, aunque 
no por ello estando más cercanos a nosotros. 
 
continuará ....  
 
 
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