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Asunto:[redluzargentina] Rv: [MedicinaBioenergetica] Mircea Eliade: hombre histórico, hombre mítico
Fecha:Martes, 23 de Diciembre, 2008  05:39:12 (-0800)
Autor:Alicia Contursi <aliciacontursi @.........ar>



--- El lun 22-dic-08, Lic. Graciela E, Prepelitchi <gra.prepelitchi@fibertel.com.ar> escribió:
De: Lic. Graciela E, Prepelitchi <gra.prepelitchi@fibertel.com.ar>
Asunto: [MedicinaBioenergetica] Mircea Eliade: hombre histórico, hombre mítico
Para: "articulos" <articulosdelalic@yahoogroups.co.in>
Fecha: lunes, 22 de diciembre de 2008, 7:14 pm

 Mircea Eliade: hombre histórico, hombre mítico
Septiembre 9, 2008 —
por Hugo Basile

Hablar de Mircea Eliade es una tarea a la vez apasionante y compleja. Apasionante porque es entrar en el mundo arcaico de los arquetipos, del aspecto más primigenio (no primitivo) del ser humano; compleja, porque no es sólo hablar del historiador de las religiones, sino también del simbolista, del explorador de la mente y del alma humana, del narrador.
 
 
 
Este rumano nacido a principios de siglo, que se doctoró en universidades tan diversas como la de Calcuta y la de Chicago; que abordó temas tan complejos en una vastísima obra escrita, y que investigó hasta los últimos días de su vida, es quizás un paradigma que merece ser seguido, estudiado y comprendido.

 
 
Paradigma porque sus observaciones sobre el hombre no se quedaron en la religión, ni en la psiquis, ni en los ritos; paradigma porque le dio una dimensión distinta a una materia que, si bien obra de eruditos, había quedado inmóvil, estática en su única posibilidad de recopilar datos, sin embargo, Eliade supo darle una transversalidad distinta que pudo atravesar desde el psicoanálisis hasta el misticismo, desde lo arcaico hasta las observaciones mas agudas en la literatura. Pero no avancemos más en esta introducción, y tratemos de abordar solo algunos de los aspectos más relevantes en la obra de Mircea Eliade.

 
 
Quizás uno de los mayores logros de Eliade, y a la vez uno de sus aspectos más cuestionados, haya sido el de articular aspectos aparentemente tan disímiles como la antropología, la religión, la sociología, y la psicología, al aspecto místico y arcaico del hombre.

 
 
Estos aspectos podemos encontrarlo atravesando varias de sus obras capitales como “El mito del eterno retorno” (1949), “Imagen y símbolo’ (1953) o “El chamanismo y las técnicas arcaicas del éxtasis” (1951), pero vamos a detenernos en su obra “El mito…” que quizás marque la síntesis de las ideas que atravesaron sus obras anteriores y que van a aparecer en sus obras posteriores.
 
 
 
Un mundo que se regenera

 
Excavar en la profundidad de las religiones, ritos y costumbres arcaicos de todas las sociedades, le permitió a Eliade establecer las bases para desarrollar el eje de su obra: la necesidad de la regeneración del tiempo. El análisis de las distintas sociedades que nacieron, se desarrollaron y murieron, sus puntos de contacto y sus bases simbólicas, marcaron dos aspectos contrarios y a la vez complementarios en la experiencia humana: por un lado, las sociedades arcaicas establecían la sacralidad del hombre, y de los actos del hombre, dejando irrumpir a lo sagrado en sus vidas cotidianas, y centrando precisamente su devenir en lo sagrado. Los actos que el hombre realizaba, eran solamente un repetición de los actos fundadores de la existencia, por tanto, el ritual permitía al hombre volver a entrar en contado con esos actos iniciales, realizados por hombre verdaderos, protagonistas y fundadores de esos actos, quizás dioses.

 
 
La existencia del ritual, del mito, permitía, por tanto, existir en el mismo tiempo que ese hombre sagrado que había realizado el acto por primera vez. El resto de los actos que un hombre podía realizar fuera del espacio ritual, eran en verdad actos que no tenían mayor importancia, pues entraban dentro del campo de lo profano. La única relación auténtica del hombre, podía considerarse como aquella en la cual el hombre entraba çn el espacio sagrado, o bien la que permitía que el espacio sagrado entrara en nuestro tiempo. El espacio sagrado era tal porque había dado origen a la creación, por tanto, esta creación era el momento auténtico, y la imitación de este acto daba autenticidad al hombre. Este retomo a lo sagrado daba al hombre la oportunidad de poder regenerar a la historia y depurarla para comenzar de nuevo. El hombre podía manejarse por ciclos, y era conciente de que los ciclos tienen un comienzo y un fin: comenzar en lo sagrado
para terminar en lo profano, regenerarse y volver a crearse.
 
 
 
Gran diferencia marcaba la visión de estas sociedades arcaicas con las de las sociedades modernas, en las que el hombre basa su existencia, no en lo sagrado, sino en lo profano, no en el tiempo cíclico sino en lo histórico.
 
 
 
Hay un tiempo cíclico y un tiempo histórico. Las ciencias sociales, principalmente, marcan con énfasis ese hecho, considerando que la humanidad comienza a evolucionar a partir de comienza a experimentar su propia historia, por tanto el hombre, fuera de la historia, no puede ser sino un animal, sin identidad y sin evolución.
 
 
 
Sin embargo, Eliade precisa exactamente lo contrario, sostiene que el hombre es un ser histórico, pero no solamente histórico, sino que el hombre es en esencia:
 
 
 
“Al escaparse de su historicidad, el hombre no abdica de su cualidad de ser humano para perderse en la “animalidad”; vuelve a encontrar el lenguaje y, a veces, la experiencia de un “paraíso perdido”. Los sueños, los ensueños, las imágenes de sus nostalgias, de sus deseos, de su entusiasmo, son otras tantas fuerzas que proyectan al ser humano, condicionado históricamente, hacia un mundo espiritual infinitamente más rico que el mundo cerrado de “su momento histórico”.
 
 
 
Esta observación quizás nos lleva a reparar entre un aspecto conciente de la existencia, ubicado en el momento histórico, y un aspecto inconciente, que podemos ubicar en el momento mítico.
 
 
 
Todo lo que hace el hombre lo encuadra y lo remite a su momento histórico, y esto es cierto, sin embargo, hay momentos que pertenecen al ensueño, a la melancolía, a la beatitud e incluso a la evasión, en los que el hombre queda fuera del campo de la historia, entra en su espacio sagrado, en su espacio mítico, y revive los estados de su creación.
Hay un momento en el cual el hombre sale de la dualidad de su existencia, “sale de su tiempo”, que es lo que demarca la existencia, y entra en un espacio único, que le pertenece, y que es el estado propio, el estado auténtico.

 
 
La ilusión de la historia

 
 
 
Mas allá de lo tangible de las situaciones que el hombre vive cotidianamente
como ‘su historia” hay un aspecto de ‘esa historia” que sale de la realidad. La historia tanto en su pasado corno en su futuro es una sucesión de presentes que guardan como vivencia a través de la memoria. Esas sucesiones de presentes determinan en cierta forma, su existencia futura, no como destino inamovible, sino como mapa de ruta de la experiencia vivida.

 
 
Sin embargo esa dualidad que va desde el pasado hacia el futuro, esa historicidad que el hombre construye, no pertenece al hombre real, no pertenece al hombre en sí, sino al hombre “en situación” El hombre dentro de esta situación histórica construye una realidad aparente plagada de repeticiones generadas por esos recuerdos agradables o desagradables, concientes o inconcientes de su pasado. Sin embargo fuera de esa situación histórica, el hombre “es” en un espacio sagrado es en su origen y en su autenticidad. Si se quiere en su espíritu
 
 
 
Volviendo Eliade, la necesidad del hombre de regenerar la historia es precisamente la posibilidad de volver a ese momento, que es de autenticidad y no de “no existencia”. Podemos hablar de no existencia histórica pero no de no existencia como ser.
 
 
 
Dos críticas

 
 
Precisamente, son estas las críticas que Eliade hace sobre los existencialistas y sobre el psicoanálisis.

 
 
Sobre los primeros, porque precisamente, a partir de la concepción de que el hombre es “arrojado” a la existencia, “condenado a vivir el sinsentido de la vida”, no tiene otra alternativa que la del compromiso con su momento histórico, es decir, consolida al hombre como “ser histórico”, en tanto que la regeneración del tiempo, o en otros términos, la abolición de la historia, proyecta al hombre hacia un espacio sagrado, que le da una mayor trascendencia como “Ser”.

 
 
Por su parte, el psicoanálisis le da otra dimensión a la historicidad del hombre, pues su entrada en el inconciente no puede menos que acercarse a los símbolos, a las imágenes, y a la mitología que este contiene.
 
 
 
Sin embargo, estas imágenes quedan cercenadas al ser interpretadas parcialmente, es decir, casi literalmente. Los símbolos que aparecen en los mitos que el psicoanálisis maneja (Edipo, Electra, étc.), son mitos que aparecen aun en las sociedades más arcaicas, sin embargo, el significado de esos símbolos trasciende la historia personal del hombre para transformarse en mitos universales. Las representaciones arquetípicas de esos símbolos se transforman en un despropósito cuando son ‘amputados” para aplicarlos a la historia personal del hombre. La representació n de Padre o Madre, en el complejo de Edipo son mucho más amplias, vastas y completas que las q le el psicoanálisis les da como padre y madre personal en la historicidad individual, contienen a esa historicidad individual pero no se agotan en ella. La interpretació n se transforma en una falacia cuando es cercenada. Eliade no dejó de reconocer la genialidad de Freud, pero tampoco
dejó pasar el hecho de que , englobado como “moda cultural”, el psicoanálisis aceptó como válidos aspectos de la obras de Freud como “Tótem y Tabú”, basada sobre argumentos que en su momento, fueron refutados en forma total por “no poder basar el origen de las religiones en el totemismo, porque ya había sido suficientemente demostrado que el totemismo era un fenómeno demasiado parcial, además de no ser el más antiguo”. Sin embargo, la grandiosidad de la obra de Freud, arrastró como una genialidad una teoría que no tenía mayor trascendencia.

 
 
El terror a la historia

 
 
 
Eliade sostenía que uno de los principales problemas que presenta al hombre como ser histórico, es precisamente el terror a la historia, una historia que por su propio devenir, ejerce presiones cada vez más grandes sobre el hombre mismo. La vigencia de estos conceptos se hace carne hoy, en los tiempos en que la posmodernidad nos impone una historia que quizás no queramos vivir. La irreversibilidad de la globalización arrastra al hombre posmoderno a sufrir la consecuencia de su propia creación: el mercado.
La dicotomía mito-logos se presenta hoy como una decisión que la misma historia impone, y esta historia que lo impone, es producto de la dicotomía. Recuperar el espacio de lo sagrado o aceptar una razón, que no es lógica. o una lógica no racional, que no está en sintonía con el ser, sino con la historia. una historia con destino incierto, una historia fuera de control.

 
 
Según Eliade, el hombre actual “se sabe y se quiere creador de la historia”, a diferencia de el hombre arcaico que “no la consideraba como una categoría específica de su propio modo de existencia”.

 
 
El hombre actual se ata al cabo de la historia, pero el terror a la historia deviene de no saber exactamente hacia dónde esa historia conduce, sumiéndolo en una completa incertidumbre, característica fundamental del posmodernismo.

 
 
Visto de esta manera, el hombre, como ser histórico, pierde todo sentido, porque la misma historia pierde sentido.
 
 
 
Pretendiendo ser el creador de la historia, el hombre ignora que en realidad, los protagonistas de la historia son unos pocos, cada vez más restringidos, y son los verdaderos protagonistas de la historia, en tanto que la masa “soporta las consecuencias para ellos”, y no para si misma.

 
 
El hombre atado al cabo de la historia pierde sentido junto con la historia, en tanto que el hombre cíclico, “es libre de no ser ya lo que fue, libre de anular su propia historia mediante la abolición periódica del tiempo y la regeneración colectiva”

 
 
Escrito en Artículos de Hugo Basile, Culturas originarias. Etiquetas: mircea eliade.
 
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Graciela E, Prepelitchi
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