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Asunto:[redluzargentina] Un cuento de Navidad Por Alicia Contursi
Fecha:Miercoles, 24 de Diciembre, 2008  10:59:22 (-0800)
Autor:Alicia Contursi <aliciacontursi @.........ar>

A todos mis amigos y hermanos de la Red Luz Argentina y otras Redes amigas como un obsequio de Navidad y con los mejores deseos, este cuento de mi autoría
Alicia 
 
 

Un cuento de Navidad

Por Alicia Contursi

 

 

Casi ritualmente, con plena conciencia de lo que hacía, me dispuse a colocar como todos los años las figuras del pesebre sobre la mesita de madera; ésa que había sacado del cuarto de arriba, había lustrado y adornado con la antigua carpeta tejida al crochet por mi abuelita.

Faltaban días apenas para la Nochebuena. Pero ésta tenía que ser distinta, pensaba. Algo iba a pasar, lo presentía.  Algo muy bueno. Algo llegaba junto con la Navidad.

Todas esas noticias en la TV, la violencia creciente, el caos político, el campo contra el gobierno, nadie en quien creer, los mercados mundiales derrumbándose, la gran crisis europea... La reunión con la familia iba a ser como siempre, como un uso social más, comiendo pan dulce y descorchando champaña. Brindando por lo mejor. Y luego otra vez las mismas indiferencias, los egoísmos, los pequeños intereses de cada uno.

Sabía que venía algo que cambiaría las cosas, nos diera esperanza y  señalara un Norte, como la Estrella que guió a los Magos. ¿Había existido esa Estrella? Dicen que fue un stellium formado por Saturno, Júpiter y Marte y que los grandes astrólogos de distintas partes de Oriente siguieron sabiendo que anunciaba un nacimiento ejemplar.

Seguir una estrella... cuántas veces en la vida lo había hecho. Ahora mismo estaba siguiendo una. Me había despojado de apegos tras largos años trabajando mis emociones y vivía en la felicidad cotidiana del ahora, de la música elegida, del cantar de los pájaros al amanecer y recibiendo la visita de un hermano colibrí que libaba las flores rojas de mi rosa china.

Seguía una estrella: tenía un Norte, un proyecto. Pero dejaba fluir. ¿Adónde me llevaría mi Estrella?

Tomé en mis manos la brillante y dorada de pasta y busqué un lugar para colgarla, porque las estrellas deben estar arriba, para que levantemos la cabeza, nuestros ojos se eleven y subamos los brazos intentando alcanzarlas.

Lo primero que coloqué en la mesita fue la figura de la Virgen y al lado su burro. Si era verdad lo que me contaban las queridas monjitas cuando era apenas una niña, esa pobre mujer parturienta andando sobre el balanceante animal, sin un lugar para descansar, debía haber sufrido mucho. ¿Por qué tanto sufrir? La espiritualidad no tiene que ver con eso, que es masoquismo enmascarado.

Aunque hace años que supe que esas historias contadas por las queridas, ignorantes y reprimidas monjitas eran algo así como la caricatura de lo realmente acontecido. O la versión que eligieron contarnos, allá en los comienzos, cuando el cristianismo se volvió oficial o con el pasar de los años fue anquilosando el amor del mensaje.

 

¿Cómo habrá sido el parto de María, dando luz al Maestro Jesús en aquellos años y  tierras desérticas? Recordé mi propio parto, con todas las comodidades, atendida por médicos, en un sanatorio. Vino a mi memoria el momento supremo de éxtasis cuando, después de pujar terminé de parir y sentí esa sensación indescriptible de supremo poder vital. La fuerza de la vida y el primer aliento pránico de mi criatura. Y esa relación interminable, profunda, a veces lacerante pero maravillosa de madre-hijo o madre-hija.

La vida y sus misterios allí en el pesebre. El misterio del cuerpo de la mujer, de su sagrado vientre que alquimiza la vida.

Terminé de acomodar a la Madre, con su manto celeste pálido y su vestido blanco. Me hubiera gustado que tuviera vestimentas de color rojo intenso, con ribetes dorados. ¡Caramba! Esta simbolizando el traer al mundo un altísimo espíritu, un Maestro de conciencia expandida hasta sobrepasar los límites de lo que podamos imaginar. A un taumaturgo excepcional. A un hombre que marca un antes y después en la notación de las eras históricas. Ella misma es una Reina. Sus ropas deben tener el color de la realeza y de las más altas jerarquías espirituales. Pero seguimos andando con niñerías y pensamos que los colores pastel son más adecuados.

Vinieron a mi mente las letanías lauretanas, que repetía sin entender luego de que me obligaban a rezar el santo rosario: Sancta Mater Dei, Sancta Virgo virginum, Mater Christi, Mater Ecclesiae, Mater Divinae Gratiae, Mater Creatoris, Mater Salvatoris, Virgo prudentissima, Virgo veneranda, Virgo predicanda, Virgo potens, Virgo clemens, Rosa Mystica, Turris davidica, Turris eburnea, Domus aurea, Foederis arca, Ianua Coeli, Stella matutina, Salus infirmorum, Refugium peccatorum, Consolatrix afflictorum, Auxilium christianorum, Regina angelorum, Regina patriarcharum, -se me mezclaban- Sancta María, Santa Dei Genetrix, Santa Virgo Virginum. ¿Se daban cuenta al recitar una y otra vez estas alabanzas que estaban dirigidas a la Diosa, al lado femenino de Dios y que esto venía desde los primeros tiempos? No querían darse cuenta. Le decían Madre de Dios, Madre del Creador, Madre del Salvador...

Coloqué al Niñito, nacido de mujer, pero Divino, según me habían enseñado también.

El Niño Divino, el Puer aeternus. El niño-eterno mencionado por Ovidio en su Metamorfosis, en relación con los misterios eleusinos. Una forma más del mito que se dio en todas partes del mundo: Grecia, Roma, India, México y muchos otros lugares. El Niño Dios, el perseguido y nacido dos veces, quien desde la cuna tiene poderes divinos. 

A su lado San José, protector. La verdad era que la tradición católica no le daba un gran papel a este varón. Mi idea del hombre era otra, no sé la de las monjitas. Ciertamente este carpintero tenía grandes virtudes, pero su masculinidad y su rol secundario no terminaban de convencerme. 

Completé con la vaca. Recordaba imprecisamente ciertas alusiones a los signos zodiacales y a la Virgen entre el asno y la vaca. Pastores y ovejas  en un segundo plano.

Cada figura, cada personaje o animalito hablaban, sugerían desde su simbolismo.

Pensé en agregar o no, en ese momento, a los tres Reyes Magos. Tradicionalmente los poníamos después. Los coloqué lejos, como acercándose.

 

Había terminado de montar la escena. Los pesebres siempre habían tenido una fascinación especial para mí, por lo que representan. Dicen que el primero en Occidente, con personas y animales vivos, lo hizo San Francisco. El Poveretto de Asís sabía lo que hacía. Son altamente movilizadores.

¿Qué quería decirnos esta costumbre antiquísima, que persiste a través de los siglos?

¿Por qué, para qué, montar un pesebre, ritual y cíclicamente en esta época del año?

¿Qué estaba haciendo yo, con esta sensación de un inminente e importante suceso?

¿Qué había hecho, por detrás de las acciones físicas? ¿Había provocado algo?

 

Pasaron varios días y siguieron las noticias desalentadoras. Llegó por fin la Nochebuena. La cena en familia, como todos los años. El brindis, los buenos deseos, los regalos. Nada extraordinario. No hubo incidentes inesperados.

Dieron las doce y seguía con esa expectativa, esperando.

Ningún ángel se manifestó. Nadie entró en trance de canalización y  trajo un mensaje de los Cielos, cosa que hubiera puesto en cuestionamiento. Nadie tocó a la puerta, ni siquiera un  pobre en el que Cristo se manifestara. Ninguna noticia ni por teléfono –sólo las llamadas habituales- ni por otro medio.

Besos y abrazos de despedida, acomodé todo lo que puede  y me fui a dormir.

Allí a relajarme, sucedió.

Empecé a sentir una inmensa alegría, una indescriptible alegría, que era a la vez poder personal e infinito amor. Yo, la cama, el aire, el árbol que entraba por la ventana, los queridos objetos de mi mesa de luz, la lámpara, éramos uno. Todos éramos uno. Consciente de mi cuerpo, hasta de los más pequeños músculos y partes, me levanté y caminé hasta la ventana. Miré al cielo y también era el cielo y las estrellas y la noche.

Una gran explosión de Amor se focalizaba en mi pecho. Yo era la Madre Divina, el burro, San José, la vaca, los pastores, sus ovejas y los Tres Reyes Magos. Yo era el Pesebre. Y eso que había surgido en el medio de mi pecho, como un estallido de color, de luz, de alegría y de fuerza de cohesión total que me hacía sentir amorosamente una con el resto del mundo, era el Niño Divino, nacido.

El Cristo interior se estaba manifestando.

 

 

 




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