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Asunto:[redluzargentina] Objetos prohibidos (no tiene desperdicio)
Fecha:Martes, 15 de Noviembre, 2005  05:58:07 (-0600)
Autor:Ricardo Ocampo <redanahuak @...............mx>

 
 
---------- 
From: Todas las Voces <todaslasvoces05@yahoo.com.ar> 
Date: Sun, 13 Nov 2005 16:43:23 -0300 
To: "**Todas las Voces...\"TODAS\"" <todaslasvoces_todas@yahoogroups.com> 
Subject: Objetos prohibidos (no tiene desperdicio) 
 
 
 
 
  
 
«En toda América Latina, los filántropos del Fondo Monetario y del Banco 
Mundial han multiplicado las exportaciones de carne humana.» 
 
Objetos prohibidos  
 
Eduardo Galeano* <#auteur120134> 
Altercom  
 
13 de noviembre de 2005 
 
La noche del Día de Muertos, en noviembre del 2005, Helena Villagra y yo 
tuvimos que pasar, en tránsito, por el aeropuerto de Miami. Veníamos de 
Honduras, El Salvador y México. A la salida del aeropuerto de México, 
nuestras cuatro maletas fueron cuidadosamente revisadas, ante nuestros
 ojos
, 
por manos enguantadas que las hurgaron hasta el último rinconcito y las 
despacharon a Montevideo. 
 
Todo bien, pero la cosa no terminaba ahí. A continuación, nos tocaba el 
cambio de avión en Miami. Allí estuvimos unos cuarenta minutos, que
 raspand
o 
alcanzaron para cumplir con el calvario de las colas, los formularios, las 
preguntas, las impresiones digitales, las fotos y el strip-tease previo al 
embarque.  
 
Horas después, al fin del viaje, descubrimos que dos de nuestras maletas 
habían sido violadas. De una, había desaparecido el candado. En la otra, 
había sido roto el cierre de seguridad. Adentro encontramos, a Bush
 gracias
, 
una explicación. La violación había ocurrido en Miami. «OBJETOS
 PROHIBIDOS»
: 
ése era el asunto. Dentro de cada valija había un impreso de la 
Administración de Seguridad en el Transporte de los Estados Unidos, que nos 
decía: «Su maleta ha sido elegida para la inspección física. Durante la 
inspección, la maleta y su contenido pueden haber sido revisados en busca
 d
e 
objetos prohibidos.» Y tenía la gentileza de agradecer: «Apreciamos su 
comprensión y cooperación». 
 
 
Helena tiene la afortunada o desgraciada costumbre de ver la realidad antes 
de que ocurra. La ve mientras duerme. Dormida la vio, poco antes de que 
nuestras maletas sufrieran este ataque de la curiosidad oficial. Nos vio en 
un aeropuerto, haciendo fila, obligados a pasar, a través de una máquina, 
nuestras almohadas. La máquina leía, en las almohadas, los sueños que 
habíamos soñado. Era una máquina detectora de sueños peligrosos para el 
orden público.  
 
 
¿Qué encontraron los agentes de seguridad que abrieron nuestras maletas? Me 
temo que no resultaron sospechosas por lo que llevaban, sino por lo que no 
llevaban. Las maletas no tenían armas de destrucción masiva. Por eso 
merecían ser invadidas. Como Iraq. Y para colmo, ahí adentro no había ni un 
solo objeto de esos que no sólo no están prohibidos, sino que son 
recomendables, y hasta imprescindibles, en la cartera de la dama y en el 
bolsillo del caballero: 
 
 Había muchos libros, pero entre ellos no figuraba la colección completa de 
los discursos del presidente del planeta, que desde sus primeras piezas 
oratorias en Texas se ha destacado por su fina prosa, su fervor místico, su 
transparente honestidad y su involuntario sentido del humor. 
 
 Los agentes no encontraron, entre nuestros papeles, ningún contrato de 
trabajo al estilo de la empresa WalMart, modelo universal del éxito, que 
prohíbe los sindicatos y otras molestias enemigas de la productividad 
obrera.  
 
 No encontraron ningún documento de los sabios expertos internacionales 
capaces de demostrar que hasta la lluvia debe ser privatizada, como ocurrió 
en Bolivia hasta que el pueblo la desprivatizó. 
 
 No llevábamos ningún tratado de libre comercio, de esos que dicta el 
todopoderoso país que jamás ha practicado ni practica semejante cosa. 
 
 Tampoco llevábamos picanas eléctricas, ni otros instrumentos de tortura 
necesarios para los interrogatorios que ese país sí ha practicado, y 
practica, para promover la libertad de expresión. 
 
 En nuestras valijas no había bandejas de MacDonald¹s ni de Burger King, ni 
de ninguna otra empresa consagrada a la noble misión de luchar contra el 
hambre multiplicando a los gordos. 
 
 Tampoco había ningún automóvil, lo que sin duda tiene que haber llamado la 
atención en un país donde hasta los bebés tienen permiso de conducir y
 desd
e 
que nacen pueden pudrir la atmósfera sin que les suene para nada la palabra 
Kyoto.  
 
 Resultaba también reveladora la ausencia de semillas transgénicas, de ésas 
que están convirtiendo a los campesinos del mundo en felices funcionarios
 d
e 
la empresa Monsanto. 
 
 Y no menos reveladora era la ausencia de la prensa transgénica, cuyos 
transgénicos periodistas llaman catástrofes naturales a los cotidianos
 acto
s 
terroristas de la sociedad de consumo. 
 
 
Nosotros veníamos corridos por los huracanes. Habíamos estado en algunos de 
los países más golpeados por estas locuras, ciclones, sequías,
 inundaciones
, 
cada vez más frecuentes y más feroces. 
 
¿Qué tienen de naturales estas catástrofes matapobres? ¿Tan perversa es la 
naturaleza? ¿Loca de nacimiento? ¿Perversa y loca? ¿O estamos confundiendo 
al verdugo con la víctima? ¿Es la naturaleza la que envenena el aire, 
intoxica el agua, arrasa los bosques y envía el clima al manicomio? 
 
En Honduras, visitamos las ruinas de Copán. Éste fue uno de los reinos
 maya
s 
misteriosamente derrumbados seis siglos antes de la conquista española. O
 n
o 
tan misteriosamente: los investigadores tienden a creer, con creciente 
fundamento, que esos fueron desastres ecológicos. En el caso de Copán, al 
menos, está claro que los bosques se habían reducido a desiertos que daban 
piedras en lugar de maíz. 
 
¿No se está repitiendo esa historia? Sólo en Honduras, el exterminio avanza 
a un ritmo de setenta y cinco mil árboles por día, según denuncia el 
sacerdote Andrés Tamayo, que vive al servicio del cielo y de la tierra. 
 
En las Américas, y en muchos otros parajes del mundo, los bosques
 naturales
, 
verdes fiestas de la diversidad, están siendo brutalmente reducidos a la 
nada o convertidos en pasturas de ganado o en falsos bosques industriales 
que resecan la tierra. 
 
¿No podemos mirarnos en el espejo de los tiempos pasados? ¿Será la memoria 
un objeto prohibido? 
 
El desastre del ciclón Stan en Chiapas se hubiera reducido a la mitad, 
afirman los entendidos, si esa región estuviera todavía defendida por sus 
bosques. En Cancún, donde Wilma no dejó nada en pie y vació de arena las 
playas, los inmensos hotelones del negocio turístico habían aniquilado las 
dunas y los manglares que protegían esas costas. 
 
 
¿Y los otros huracanes? Esas imparables ventoleras que arrastran gentíos 
desesperados desde el sur hacia el norte, ¿son catástrofes naturales? En 
Tegucigalpa, en San Salvador, en Oaxaca, vimos largas filas de mujeres 
descalzas, cargadas de niños, venidas de aldeas lejanas, ante las casas de 
cambio. Ellas esperaban el dinero enviado, desde los Estados Unidos, por el 
marido, el hermano o el hijo. 
 
Las desgracias se disfrazan de fatalidades del destino y dicen ser 
naturales. ¿Es natural que un país condene a sus hijos más pobres a jugarse 
la vida y a perseguir la esperanza al precio de la humillación y el 
desarraigo?  
 
En toda América Latina, los filántropos del Fondo Monetario y del Banco 
Mundial han multiplicado las exportaciones. de carne humana. 
 
¿Emigrantes o expulsados? Muchos de los idos, los llamados mojados, caen en 
el camino, por sed o por bala, o regresan mutilados a sus pueblitos de 
origen.  
 
Los que sobreviven y llegan al prometido paraíso, se desloman trabajando en 
lo que sea y como sea, día y noche, para que sobrevivan, allá lejos, en el 
país que los expulsó, sus familias despojadas de tierra y de comida. 
 
Dura odisea.  
 
Ellos también son objetos prohibidos. 
 
Eduardo Galeano 
Periodista y escritor uruguayo, autor de Las Venas Abiertas de América 
Latina, La canción de nosotros, Días y noches de amor y de guerra, Las 
palabras andantes, El libro de los abrazos, entre otros. 
Altercom 
 
  
 
  
 
www.altercom.org/article130908.html 
<http://www.altercom.org/article130908.html>; 
 
 
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