 | | Asunto: | [tertulia_mujeres] La lengua bífida de la lesbiana. | | Fecha: | 10 de Mayo, 2005 21:50:09 (+0200) | | Autor: | Tertulia <tertulia_mujeres @.....com>
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Artículo
Teoria y lenguaje
La lengua bífida de la lesbiana. Una contra-práctica del decir
Por Valeria Flores. “Fugitivas del desierto” Lesbianas feministas de Neuquén,
Argentina
¿Por qué sólo una Lengua?, ¿Una lengua escindida?, ¿Una lengua partida?
La lengua que se bifurca multiplica los sentidos, amplía y potencia la capacidad
de establecer una relación significativa con el mundo. Se erige contra un
lenguaje burocrático y retórico, de frases hechas, estériles y repetitivas.
Una punta, formula el pensamiento en los términos con los que aprendió a hablar,
y la segunda, intenta reformular esos mismos términos, dar pie a la extrañeza.
Una lengua que niega y afirma, de reacción y de creación. Dando lugar a la
apertura del pensamiento, desde la confianza de quien aprendió a hablar, edifica
un lugar tentativo y otro afirmativo, que instalan una rebelión de la sujeta
silenciada, del deseo negado, del impudor, y retoman una genealogía ocultada o
suprimida. De este modo, hablar desde una zona inexplorada permite escenificar
los sentidos borrados, proyectando un nuevo imaginario en una especie de
formación inestable que desconcierte.
Si la lengua es ligazón y apertura a los otros, la lengua bífida es una manera
de vivirla ligada al placer y a la confianza. Por eso es una lengua “encarnada”,
cuyas coordenadas semióticas emergen de la relación cuerpo-palabra, que se
desadhiere de los códigos de expresión y conducta estandarizados, los que imponen
el constreñimiento emotivo en frases preconcebidas, incapaz de nutrirse en esa
reserva infinita e imprevisible de sentido.
Una lengua hendida por la reinvención y la sospecha, continuo juego y rechazo de
significantes, especialmente contra los a priori que fijan y determinan vidas y
sentidos. Si los lugares comunes de la exclusión son el silencio y la ausencia,
es necesario ocupar el lugar cuestionado y confrontarlos abiertamente.
La lengua bífida habita el territorio político donde las palabras se definen, se
negocian y se disputan. Si sobre el asesinato de la Impura se fundó la Historia,
en esta lengua vive su cadáver, su recuerdo, el azote constante de su razón de
justicia. En el relato bíblico, fue la serpiente la que forzó la “caída”, que
resultó en un nuevo saber; entonces, la lengua bífida es una posibilidad poética
y política a decodificar en el mundo contemporáneo.
Una lengua para contra-decir
Las lesbianas usamos nuestra lengua bífida como un sensor que recoge
experiencias, retazos de palabras; cuando la lengua ingresa nuevamente a la boca,
la información es registrada, procesada y analizada. Esta información obtenida
nos guía en nuestro camino de búsqueda, resistencia y sobrevivencia, indicando si
debemos tomar hacia un lado o hacia el otro. De este modo, se constituye en una
práctica sexual y cognitiva de libertad, una libertad que no tiene nada que ver
con el concepto liberal de ideal regulativo o normativo de la condición humana
responsable y respetuosa. Así es que nuestra lengua tiene dos puntas.
Es lengua bífida porque en la erótica lesbiana, las dos lenguas conjugan su
humedad en la unidad del deseo que estalla frente a las narices de la
normatividad.
Las lesbianas políticas hablamos de esta manera, con un extremo articulando una
voz de contraste, repudio, rechazo y repulsión, a la lengua del Padre; el otro
extremo, intentando configurar una lengua propia desde la extrañeza, desde esas
relaciones tejidas con/desde nuestros deseos, con otras lesbianas, con la “hija
del diablo” que quiere pensar otro mundo. En la tradición judeocristiana, el
diablo representa cada uno de los ángeles rebelados contra Dios y arrojados por
Él al abismo. En lo diabólico encontramos energía, la fuerza de la rebelión. El
día que la palabra diabólica de la extrañeza se vuelva incensurable, el orden
simbólico patriarcal se encontrará virtualmente arruinado.
Así, nuestra lengua bífida sale al espacio público para combatir la economía del
deseo heterosexual que genera un abrumador mutismo sobre nosotras o también, en
su (d)efecto, una producción de fantasías que dominan el imaginario hetero
masculino, sustentado en una relación de poder y violencia. Y esta economía
también implica procesos de producción, distribución, circulación y uso de las
palabras, una administración y distribución de recursos expresivos, que produce
una única Lengua, la que penetra y coloniza las bocas, los ojos y las manos que
hacen inteligible el mundo.
En el discurso del deseo masculino, las mujeres tienen una posición de objeto,
la mujer está formulada desde la ausencia, desde aquello de lo que carece. Si la
mujer es la ausencia, las lesbianas somos lo ausente de la ausencia, una sujeta
ausente pero prisionera del discurso, inexpresable pero exhibida.
Es en la dialéctica entre los recursos de la Lengua y la otra lengua, intrusa o
fronteriza, donde se preserva la creatividad lingüística.
Lengua de mujer y de lesbiana, la raza “bastarda” de las mujeres, aquella en la
que la culpa no halla posibilidad de expiación. La vida de la bastarda se
desarrolla en el terreno prohibido, vivirá en la cruz de su contradicción porque,
por una parte, le está permitida toda licencia y todo pecado en tanto es
infracción de las reglas, pero por otra, tendrá que convertirse en criatura
aceptable. De esta manera, su lengua es expresión ineludible de la herida
visible.
Lengua de feminista y de lesbiana, de serpiente que incita a la desobediencia.
De la rebeldía y del guetto que refugia, pero que contraría la autocomplacencia
de víctima. La sexualidad femenina no reproductiva ha sido expulsada y excluída
del discurso de occidente. La construcción y apropiación de lo femenino para uso
del erotismo masculino asegura la heterosexualidad institucionalizada
obligatoria, una sexualidad bisexuada, determinada por la oposición
masculino/femenino. La lengua bífida se sabe generada por el contrato social
heterosexual, pero su sobrevivencia estará marcada por confrontar el acuerdo
entre los sistemas teóricos y epistemológicos modernos de no cuestionar el a
priori del género y de sostener que la oposición hombre-mujer es fundante y
necesaria de toda cultura.
Como el imaginario y lo simbólico masculino han impregnado cualquier posibilidad
de palabra, la lengua salvaje es la que nos convierte en extranjera, para
mantener una relación viva con la realidad. Por ello, nuestro habla se convierte
en un duelo de lenguas que forman la memoria palimpsestuosa de la unión con
nuestro cuerpo, dando forma a la estética del fragmento, una forma de mirar las
historias, que pueda reconocer las rupturas y discontinuidades, los placeres
simultáneos de la identificación y desidentificación con el pasado.
La lengua bífida expresa una gramática afectiva y política de la lesbiana que
vive en tensión y conflicto, pero que reinvindica la autoridad sobre las propias
palabras y acciones. Se asume vulnerable en al antagonismo que provocan sus
palabras al combinar prácticas políticas reflexivas y de conocimiento, análisis
crítico y activismo político.
Representa la lengua del monstruo y de la inválida, de la que estremece los
cimientos de lo establecido y de la que se revuelve en el confinamiento del
sentido adjudicado por el orden político, social y sexual hegemónico.
Quien habla esta lengua emprende la osadía de indagar sobre sí misma, en la
necesidad de hacerse conciente acerca del significado de la propia existencia, y
no se deja intimidar por la amenaza de ser agrupada en las extremistas, radicales
y exageradas. Nos conduce, así, a una manera diferente de habitar el lenguaje en
la que la travesía personal y social es su activa inspiración.
Hablamos el lenguaje de los hombres y el silencio de las mujeres, una
contradicción interna, precisamente la contradicción específica del discurso
feminista. La lengua bífida es un invento de práctica del lenguaje en la que el
género no se ve suprimido ni desmaterializado en la misma discursividad, sino
reivindicado y negado al mismo tiempo, afirmado y cuestionado, deconstruido y
reconstruido.
La lengua bífida se instala como una cuña dentro del discurso dominante para
minar sus pretensiones de homogeneidad y universalidad. Hablar la lengua bífida
significa seguir sosteniendo una realidad múltiple que ningún discurso puede
decir unívocamente, de forma completa o universal. De este modo, intenta
convertirse en una salida a la prisión del lenguaje patriarcal, desplazando el
significado que gobierna el lenguaje, situándolo para siempre fuera del alcance
de un conocimiento estable y autentificador, alentada su existencia por la sangre
de posiciones múltiples y contradictorias, situadas y parciales, en la que se
articulan de manera no reductora, las variadas diferencias de clase, género,
sexualidad, etnicidad, nacionalidad, en un capitalismo heteropatriarcal
racialmente estructurado. Esta manera de hablar implica, desde el punto de vista
de la opresión, una propia organización conceptual de lo social y su revaloración
por medio de nuevos conceptos.
La lengua bífida es la del closet y la del coming out, expresando esa relación
controvertida con la política sexual de la verdad. El closet nos mantiene en la
invisibilidad e ignorancia en tanto otros tienen el conocimiento “privilegiado”
de nuestra identidad sexual, por lo tanto, también su control. Por el contrario,
el coming out es el acto político que desestabiliza el orden de lo visible, en el
que nos adjudicamos el estatus de sujetas; pero que, sin embargo, la legitimidad
para hablar, ser escuchadas y tomadas en serio, sin tratar de negar o poner entre
paréntesis la condición de lesbiana, se devalúan en forma continua, arrojándonos
al lugar del descrédito como sujetas hablantes. Es el/la heterosexual quien tiene
las credenciales que autorizan a hablar, las que nunca deben ser presentadas por
ocupar la posición de privilegio.
Si el yo es una necesidad política, de superviviencia tanto física como psíquica
y también epistemológica, lo que define esta lengua es un deseo nacido de esa
necesidad, transformando una política del yo, en la que se hace sentir el
sedimento de la historia de las mujeres, en la voluntad de validar y confirmar la
propia presencia viva en el mundo. En este sentido es una lengua que porta
historias, historias que interrogan, de vidas en pedazos, de desechos. Por esta
razón, es primordial que exceda los límites y discursos de aceptación,
pacificadores de fracturas.
Advenir de este modo a la lengua bífida impone una división: aprender a mirar en
dos direcciones divergentes simultáneamente, un doblez entre una hablante
disminuida a la servidumbre por los designios del patriarcado, y su
identificación explícita con la otra, que representa el plano de los deseos y la
política en contraste con su realidad. Al mismo tiempo, esta lengua intenta
designar un número creciente de prácticas de representación de la lesbiana, que
promueva itinerarios de lectura para desdomesticar el cuerpo y la palabra de las
mujeres. Es por ello que el exceso es una estrategia política fundamental,
produciendo imágenes o contra-imágenes, hiperbólicas, provocadoras, ultrajosas
apasionadas y suficientemente violentas en el lenguaje y complejas en la forma
como para destruir el discurso amoroso masculino y reinventar lo erótico y el
amor, que permita a la lesbiana reconstituirse en otra economía erótica,
reconocerse en otra semiótica. Por ejemplo, explorando las humedades de las
palabras, esas que se van corroyendo por el tiempo, devolviendo o aproximándonos
a la inteligibilidad del placer, a la especificidad del erotismo lesbiano.
La lesbiana, como sujeto de un conocimiento distinto, tal como dice Wittig, no
es una mujer, no es el sujeto social mujer, sino el sujeto de una particular
“práctica cognoscitiva” que permite rearticular las relaciones sociales y las
condiciones mismas del conocimiento desde una posición excéntrica respecto a la
institución de la heterosexualidad. De esta manera, posibilita transformar las
condiciones de visibilidad social y redefinir el campo de lo visible, es decir,
de lo que se puede ver, en tanto las formas de la visibilidad social y las formas
de subjetividad están determinadas y delimitadas por una perspectiva
heterosexual.
Esta práctica cognoscitiva de la sujeto-lesbiana se manifiesta en la escritura
como práctica de la contradicción y se vive en la conciencia de escribir, pensar,
sentir, desear, en la no coincidencia de experiencia y lenguaje, en los
intersticios de la representación, en los intervalos que nuestros amos no han
conseguido llenar con sus palabras de propietarios. Y la lucha con el lenguaje
para re-escribir el cuerpo, más allá de sus representaciones convencionales y
precodificadas, no puede contentarse con la reapropiación ni la representación
del cuerpo femenino tal como está, domesticado, materno, sexuado por Edipo o por
un imaginario dual, es necesario y prioritario pensarlo, hacerlo accesible en
otra economía socio-sexual. Por ello, la lengua bífida es una lengua capaz de
producir una ficción teórica, una práctica de escritura en femenino experimental
en la forma, crítica y lírica, autobiográfica y filosófica, que atraviese los
límites impuestos por los géneros - entre poesía y prosa, entre palabra e imagen,
entre narrativa y crítica- creando nuevas correlaciones entre signos y
significados, entre lenguaje y cuerpo.
Una lengua bífida es la que se resiste a ser saneada o heterosexualizada
La lengua bífida: entre el deseo y la política, un espacio habitable
“j/e es el símbolo de la vivencia quebrantada que es m/i escritura, de ese
desgarro en dos que constituye en toda la literatura el ejercicio de un lenguaje
que no m/e constituye en sujeto,” ha escrito Wittig. Esa partición en dos, esa
lengua bífida expresa un doble movimiento, siendo al mismo tiempo la condición de
un silencio forzado y de la victoria sobre el mismo con la entrada en el
discurso; esta entrada tiene lugar con la toma de conciencia y la afirmación de
la propia división de sujeto, de las diferencias de que deriva toda identidad que
tiene necesidad de ser reinvindicada.
La lengua de la lesbiana interpela el mecanismo que debería convertir en
automática, para las mujeres, la producción y reproducción ininterrumpida de la
heterosexualidad, que erotiza la dominación y el control. La representación que
persigue la lengua bífida se aleja de la simple oposición lesbiana/heterosexual e
invita a plantearse la pregunta del deseo lesbiano en un continuum de relaciones,
práctica crítica y de vivencia. Es necesario pensar el lesbianismo fuera de esa
oposición, para recuperar los espacios eróticos y las prácticas necesarias para
la existencia de una comunidad, no en términos de lazos naturales, sino una
comunidad como fruto del trabajo, de la lucha, la interpretación. De esta manera,
es una lengua del deseo inverso y diverso, por un lado, afirmando una sexualidad
femenina activa y autónoma respecto del hombre, y por otro, reivindicando y
expresando los impulsos eróticos directos hacia las mujeres, de un deseo por las
mujeres que no se confunda con la mera identificación entre mujeres. Esta
des-identificación de la feminidad no resulta necesariamente en su opuesto, no se
convierte en una identificación con la masculinidad, sino que se traduce en una
forma de subjetividad femenina que excede la definición fálica.
Toda transformación implica dejar o renunciar a un lugar seguro por otro lugar
desconocido, en el que se corre un riesgo no solo afectivo sino también
conceptual, un lugar en el que hablar y pensar son actos inciertos, inseguros y
no garantizados. Este desplazamiento, des-identificación de un grupo, una
familia, un yo, una casa, es un desplazamiento del propio modo de pensar,
comporta nuevos saberes y nuevas modalidades de conocimiento.
Este proceso de conocimiento insólito, no es únicamente personal y político,
sino textual, una práctica de lenguaje en sentido amplio. Si esta posición está
fuera del sistema conceptual, asumirla u ocuparla implica disociarse, hablar una
lengua bífida que permita entrar y salir de la casa, que posibilite un espacio
conceptual y experiencial en que las contradicciones son afirmadas pero no
resueltas.
Atento a esto, una lengua bífida se presenta como posibilidad de resistencia o
capacidad de obrar a través de formas de sexualidad no normativas o autónomas del
hombre, que contribuya a dislocar tanto la conciencia feminista como la
sexualidad femenina fuera del círculo vicioso de la paradoja mujer. Una lengua
“excéntrica” respecto del monopolio masculino heterosexual del poder/saber, una
posición discursiva en exceso de saberes subyugados, no reasimilables por la
institución socio-cultural de la heterosexualidad. Y en este sentido, la
institución de la heterosexualidad no es simplemente uno entre los diversos
mecanismos de dominación masculina, sino que está implicado en cada uno de ellos,
como estructura sostenedora del pacto social.
Si hay un punto de identificación privilegiado que dé ímpetu al trabajo de
auto-(de)construcción de la sexualidad, es el ser lesbiana, no porque comporte
una identidad sin contradicciones sino porque es el punto neurálgico que favorece
la comprensión y la toma de conciencia.
La lesbiana de Wittig no es simplemente una persona con una particular
“preferencia sexual” y tampoco es una feminista con una “prioridad política”: es
un sujeto excéntrico al campo social, constituido en un proceso de interpretación
y de lucha, de reescritura de sí en relación a otra forma de entender lo social,
la historia la cultura. De esta manera, lesbiana no se refiere simplemente a una
mujer lesbiana que puede existir en el aquí y ahora, es conciencia de otra cosa,
es el término conceptual de la conciencia feminista. En este sentido, la lengua
bífida es una práctica alcanzada a través del desplazamiento político y personal
atravesando los límites entre identidad y comunidad socio-sexual, entre cuerpos y
discursos.
Contrariamente a lo que se podría esperar o suponer, la lengua bífida no es una
lengua inmune o externa al género, pero sí es autocrítica, distanciada, irónica,
expresando la convivencia no pacífica de voluntad política y deseo. De este modo,
es necesario comprender que el deseo sexual, expulsado de la formulación de la
subjetividad política por la coherencia ideológica, cuando irrumpe, no
proporciona identidad sino división. Al deseo no se le ordena, él excava galerías
en lo más profundo y subterráneo de nuestra subjetividad.
Vinculado a procesos de desidentificación, negatividad, desmoronamiento,
disgregación, dispersión de la coherencia del yo, al deseo hay que tenerlo en
cuenta, afrontarlo de vez en cuando, y contratar con él si es posible. Por ello,
la sexualidad es el nudo central, el lugar en donde lo corpóreo, psíquico y lo
social se entrecruzan para constituir los límites del yo. En este sentido, es
necesario volver a pensar la subjetividad femenina teniendo en cuenta qué
prácticas comporta y qué necesidades sostiene el deseo cuando obra desde un
cuerpo de mujer.
Es así que la sexualidad es el lugar común de la existencia lesbiana. El lugar
en que sucede una travesía del cuerpo, experiencia erótica de la otra y del
propio, con el consiguiente cambio de percepción respecto a los esquemas
heterosexuales. Es el sitio donde se abre una inteligencia, un saber corpóreo y
una forma de conocimiento de sí y del mundo.
La dificultad de vivir desgarraduras y contradicciones entre voluntad y
afectividad, la resistencia a medirse con las limitaciones del propio cuerpo y la
conciencia del riesgo que la sexualidad siempre comporta para quien es definida
como mujer en un contexto social regido por la institución de la
heterosexualidad, son las tensiones que afronta la lengua bífida.
Mirar en ese lugar de soledad y deseo, de fantasmas y ambivalencias, razones de
una política de las mujeres concretas, es uno de los tantos desafíos del
feminismo lésbico. Pero es fundamental para ello, comprender y sostener que el
lesbianismo no es una simple variante de la heterosexualidad institucionalizada,
es decir, de la sexualidad reproductiva en la que hombre y mujer son ambos
complementarios y necesarios, porque sería seguir pensando en el binomio
hombre-mujer, que es una construcción sexista y heterosexista. Por consiguiente,
es en la frontera entre una política para las mujeres y una política lésbica que
emerge esta lengua partida. La lengua bífida se convierte así en una lengua de
víctima y guerrera, de palabras y silencios, de lo posible y lo imposible, de lo
dado y lo por dar, de la disidencia y la unión. Una lengua que lleva en sí misma,
como la palabra, su sentido contrario. Para finalizar, consiste en un ensayo de
contra-práctica del decir, en la que deseo y voluntad política son los hilos
conductores de los itinerarios, que aún siendo aquellos siempre ambivalentes,
contradictorios, imprecisos, habilitan un espacio para pensar tanto la propia
vida como el activismo político.
“En el génesis bíblico, por el contrario, es Dios Padre quien tiene la primera
palabra y pretende tener la última. La serpiente habla en segundo lugar para
inducir a la pareja a la desobediencia. Abriendo el juego, la lengua bífida del
alma para el alma será declarada culpable a ojos de la Ley y, como tal, cortada
por el Amo de la creación. Resaltemos aquí que es Eva la que, hablando en tercer
lugar, después de Dios y de la serpiente, comete el pecado original dejándose
seducir por la pro- mesa de la serpiente e implicando a Adán a quien, en cuarta
posición, no le queda más que consumir el fruto prohibido del que ya había
mordido su compañera.
En esta escena decisiva entre Dios, la serpiente, Eva y Adán, Adán es el único
que se calla. No hablará sino después del pecado, para justificarse ante Dios
acusando a Eva de haberle tentado, quien a su vez acusará a la serpiente de
haberla seducido. En unas pocas frases del relato, todo el dispositivo de
culpabilidad -seducción, transgresión, traición, delación- se despliega. Los
chivos expiatorios de esta historia serán la mujer y la serpiente. Adán, que
antes no ha dicho nada, se hace el encargado del poder y el portavoz del Padre
después de la caída. Prohibida la palabra a Eva y a la serpiente, sólo quedan
Dios y Adán en posición de fundar la civilización. Al final de esta escena, dos
alianzas se forman: la alianza Dios-hombre, del lado de la ley, por tanto del
lado del bien; la alianza serpiente-mujer, del lado de la transgresión, por tanto
del lado del mal. Sobre esta separación de lo simbólico y lo diabólico se fundará
la moral del Patriarcado judeo-cristiano”.
Bibliografía
Teresa de Lauretis (2000) “Diferencias. Etapas de un camino a través del
feminismo”. Ed horas y Horas, Madrid.
Otras inapropiables (2004) Introducción a cargo de Eskalera Karakola. Ed.
Traficante de sueños, Madrid.
Rosario Castellanos (1995). “Mujer que sabe latín...”. Fondo de Cultura
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Marina Fe –comp.- (1999). "Otramente: lectura y escritura feministas". Editado
por Programa Universitario de Estudios de Género-Facultad de Filosofía y
Letras-Fondo de Cultura Económica-México.
Chiara Zamboni (2000) “Las reflexiones de Arendt, Irigaray, Kristeva y Cixous
sobre la lengua materna”. Traducción: Piera Oria. Centro de Documentación de la
Mujer. Buenos Aires.
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